viernes, 10 julio, 2020
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3 de junio. Jesse Owens se prepara para despegar hacia su primer oro Olímpico. El Estadio Nacional, con sus 100.000 personas apretando, es el escenario de la batalla que librarán los más rápidos velocistas del planeta. A su lado, el sueco Lennart Strandberg sabe lo que va a venir pero prefiere mirar al cielo y suplicar que ésta vez le toque a él. No va a poder ser, Owens cabalga hacia la victoria, la primera de las cuatro que conseguirá en una de las actuaciones más impresionantes de toda la historia.

Los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, escenario de aquella proeza, no se entienden sin la participación histórica de Jesse Owens. El águila, el mito, el que derrumbó a Hitler con su rapidez, el negro que desterró el mito de la raza aria. Esa es la imagen que Owens nos hace recordar cada vez que se recuerda aquella gesta. Pero, ¿de verdad fue esa la imagen que quedó de aquella cita?

 

Unos Juegos que podrían no haber sido

 

En cuanto al contexto previo a la cita, los Juegos de la capital alemana fueron precedidos por un cambio de gobierno en el país, cuando en 1933 Adolf Hitler asumió el mando del Tercer Reich en una Alemania que ya comenzaba a sentir los aires del antisemitismo y el totalitarismo impulsado por el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. 

Contrario sin embargo a lo que se pensó posteriormente, Adolf Hitler no quería acoger los Juegos. El Führer pensaba que el evento constituía un excesivo gasto de recursos que bien podrían haberse utilizado en otras campañas más importantes, pero Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda del Reich, lo convenció del poder mediático que el deporte ofrecía no solo pensando en una nación como la alemana, sino también teniendo en cuenta al resto del mundo.

Ante los primeros reportes de lo que ocurría bajo el recientemente instaurado régimen Nazi, numerosas naciones pidieron explicaciones al Comité Olímpico Internacional (COI) sobre la decisión de organizar los Juegos en aquel país. Entre los reclamos, el más renombrado fue el de los Estados Unidos, que en aquella época ya concurría en gran número a las citas olímpicas y era, por ende, una voz importante dentro de ese ámbito. En aquel entonces, los norteamericanos, que estaban representados por la American Olympic Association, amenazaron con boicotear los Juegos.

Testimonios como el expresado por el miembro estadounidense del COI, Ernest Lee Jahnke, en una carta al Conde Henri de Baillet-Latour, presidente del COI en aquel entonces ayudan a entender el punto de vista de aquellos que se oponían a los ideales alemanes y sus verdaderos objetivos con respecto a los Juegos de Berlín: ¨Ni americanos ni los representantes de otros países pueden tomar parte en los Juegos en la Alemania Nazi sin al menos estar consintiendo en el desprecio de los Nazis por el juego limpio y su sórdida explotación de los Juegos¨.

Luego de ver las discusiones y disputas internas que tenían lugar en cada federación, el COI organizó una reunión entre sus delegados para determinar si un cambio de sede debía llevarse a cabo. Hitler, y en particular Goebbels, convencieron a Avery Brundage de que modificarían el modo de proceder y su manejo de las circunstancias y permitirían competir a los atletas judíos. Para esto, la Cámara de Prensa del Tercer Reich censuró los mensajes racistas y antisemitas durante el tiempo que duraron los Juegos, ordenados por Goebbels.

 

Una tienda es marcada con símbolos y lenguaje antisemitas (AP)

 

Los Nazis, así como transformaron la imagen del país (y de Berlín en particular) con banderas y sonrisas amables, también despoblaron las calles de ¨indeseables¨, quienes fueron los primeros huéspedes de unas lejanas instalaciones situadas a las afueras de las ciudades que con el tiempo pasaríamos a reconocer como los lugares donde millones de personas murieron durante la Guerra. Toda la nación fue llamada a eliminar los mismos prejuicios que sus gobernantes habían usado como principal baza para llegar al poder, atendiendo a los turistas de la mejor manera posible, sin escatimar esfuerzos.

 

La Juventud Hitleriana, como producto del lavado de imagen express, cantó ¨Después de los Juegos aplastaremos a los Judíos¨

 

 

Según se supo después, los alemanes se encargaron de ofrecerle todo tipo de comodidades y tratos especiales a un Brundage que, a su vuelta en septiembre de 1934, comunicó a los estadounidenses su decisión de participar finalmente de los Juegos afirmando que el deporte debía mantenerse alejado de la política y que “los Juegos Olímpicos eran de los atletas, no de los políticos”.

Los Juegos de 1936, finalmente, se iban a realizar en Berlín de la manera perfecta, con el escaparate idílico para demostrar su capacidad organizativa y deportiva. 

Sin embargo, aquel cambio de proceder que Alemania prometió al COI no impidió que el Líder de Deportes del Tercer Reich en ese momento, el doctor Theodor Lewald, fuera removido de su cargo tras haberse revelado los orígenes judíos de su abuela paterna. Como reemplazante, el Reich designó a Hans von Tschammer und Osten, alguien que entendía perfectamente, al igual que Goebbels, como el Reich podía usar al deporte para promover el espíritu alemán en la juventud y expandirlo hacia el resto del mundo.

Fue entonces Osten el encargado de insertar la política de selección exclusivamente Aria, ignorando a aquellos atletas judíos y prescindiendo de, entre otros, grandes estrellas del momento como el tenista Daniel Prenn y el boxeador Erich Seelig. Algunos otros deportistas, ante el desolador panorama que existía en su casa, terminaron reencauzando sus carreras en el exterior en países como Estados Unidos, mientras que otros menos afortunados terminaron en campos de concentración.

 

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Otra de las vidas Olímpicas que fueron afectadas por el contexto fue la de Gretel Bergmann, quien fue removida del equipo Olímpico días después de haber clasificado a la cita del 36´ en total regla. El motivo de tal decisión, según le comunicaron tiempo después, fue la baja performance que había ofrecido. Algo raro, sobre todo después de haberse ganado el derecho de participar habiendo roto el récord mundial de salto de altura. Todo esto, además, sucedió después de que la Federación hubiera tenido que repatriar a Gretel y a otros atletas judíos que se encontraban compitiendo en Inglaterra, para complacer los deseos del COI y enmascarar con esa acción su desprecio por gente como Gretel.

Inmediatamente después, Gretel emigró a los Estados Unidos, donde siguió compitiendo hasta el ingreso de los norteamericanos a la Guerra en 1942. Se casó con un médico y volvió por primera vez a su país natal en 1999 para atender una ceremonia en la que se adjudicó su nombre al estadio multipropósito de Leupheim, la localidad en la que nació. Diez años después de aquel reencuentro con su tierra, la Federación Alemana de Atletismo restauró su récord de 1.60m, que había quedado en el olvido.

Pero aún ante el presunto lavado de imagen de Alemania, algunos atletas judíos extranjeros, como los austríacos, franceses y canadienses que  decidieron no formar parte de aquella gran puesta en escena. Varios atletas judíos norteamericanos también se sumaron a la protesta contra el antisemitismo, tal como ocurrió con el caso de Marty Glickman, solo que éste lo haría de una de las maneras más dolorosas posibles deportivamente hablando.

Todo estaba listo para que la prueba final de los 400 metros por equipo tuviera lugar. En la mañana del día de la carrera, dos de los integrantes iniciales del equipo norteamericano, los judíos Sam Stoller y el propio Glickman, fueron notificados de que habían sido removidos de la formación. En su reemplazo, ingresaron la sensación de aquellos Juegos, Jesse Owens, y su compañero, el también afroamericano Ralph Metcalfe

La versión oficial del hecho justificó el cambio alegando la necesidad de contar con los mejores atletas disponibles, algo que no terminó de convencer a los involucrados, ya que el equipo estadounidense, sea con judíos o norteamericanos en pista, hubiera ganado fácilmente la competencia. Glickman, que posteriormente luchó en la Segunda Guerra Mundial, diría años después que Brundage fue el que presionó para que aquello ocurriera con el objetivo de no incomodar a Hitler. Dos años más tarde, de vuelta en Estados Unidos, cuando a la compañía constructora de Brundage se le otorgó la concesión de la renovación de la embajada alemana en Washington, aquella versión con la que especulaba Glickman tomó aún más credibilidad.

 

Glickmann y Stoller, con el uniforme de los Estados Unidos (JTA)

 


 

La realidad escondida tras los anillos Olímpicos

 

La importancia del deporte para el régimen Nazi se entiende si es explicada teniendo en cuenta los valores que Goebbels promovió estéticamente a través de los Juegos. Existieron planes elaborados que fueron funcionales a esta idea estética, como la construcción de los nuevos estadios, la Villa Olímpica y la residencia donde los atletas de todas las delegaciones se alojaron durante la competencia. Para ello, los recursos del Estado fueron puestos a disposición de la preparación de la cita Olímpica, cubriendo sus políticas violentas y racistas, removiendo los carteles antisemitas y tranquilizando la retórica de los periódicos. También, nuevas órdenes permitieron que los visitantes extranjeros no fueran objeto de las leyes homófobas nazis. 

La institución encargada de llevar a cabo la proliferación y el control de esos mensajes fue el Ministerio del Reich para la Ilustración Pública y la Propaganda, que existió entre 1933 y 1945 y representaba la institución central de la propaganda Nazi. Fue el departamento responsable de la regulación de la prensa, la literatura, el arte visual, el cine, el teatro, la música y la radiodifusión durante el gobierno de Hitler. 

Pero el sistema de propaganda Nazi se extendió mucho más allá de los posters, las imágenes imponentes de sus construcciones y de la competencia en el terreno deportivo. En el año 1938, tres años después del lanzamiento del film El triunfo de la Voluntad, una obra cumbre que fue concebida como una herramienta de propagación de la ideología Nazi, la cineasta Alemana Leni Riefenstahl lanzó el film Olympia, un documental que fue realizado con el objetivo de promover los ideales nazis a través de la historia de los Juegos del 36´. El film constituyó para la época una demostración nunca antes vista de recursos audiovisuales, como los rieles utilizados alrededor de las pistas de atletismo por donde se movían las cámaras para captar el movimiento y moverse al mismo tiempo que los atletas. Planos excesivamente cortos y ángulos extraños hicieron que la película fuera reconocida algunos años después como una de los mejores cien films de la historia por la revista Times, y uno de los diez mejores films en los años 60´. La película llegó incluso a ganar premios en reconocimiento de la obra.

Riefenstahl, junto con Goebbels y Albert Speer -el arquitecto encargado de diseñar los estadios y otras obras importantes de la arquitectura Nazi como el Campo Zeppelín de Nuremberg y cuyas obras protagonizan los films realizados sobre el nazismo-, fueron los encargados de llevar a cabo un plan de comunicación propagandístico en conjunto, con el fin de promover y demostrar al mundo el poderío y la organización de Alemania, cuya obra cúlmine fue el mencionado film

Además de todo lo mencionado anteriormente, fue la edición del 36´ la que vio por primera vez en la historia el desfile de la antorcha Olímpica, impulsado por el mismo gobierno, que realizó el increíble trayecto que unió Olimpia, el lugar donde comenzó todo, con la capital del país germano, aprovechando cada instante que el emblema transitó su camino por el país anfitrión para mostrar las ostentosas construcciones y un esteticismo cargado de simbolismos.

 

Planos dramáticos, que apelaban a la épica de la cita Olímpica, la dureza de los rostros en mitad del esfuerzo y la inteligente utilización de la infraestructura construida protagonizaron el documental (IMDB)

 

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Si hay un micro episodio que es digno de destacar, dentro de la inmensidad de historias que un evento como unos Juegos Olímpicos puede ofrecer, es el protagonizado por Louis Zamperini, un velocista de media distancia que llegó a la cita tras haberse graduado de la escuela secundaria. Louis compitió en la modalidad de 5.000 metros y, aunque no logró una medalla en la final, su particular estilo y velocidad fueron suficientes para captar la atención de un importante personaje que se encontraba en el estadio: Adolf Hitler.

Fue tal la impresión que el Führer solicitó una reunión con el delgado y espigado chico de Nueva York. En ese encuentro, Hitler estrechó la mano del joven y le felicitó por su actuación: ¨Ah, eres el chico del final veloz¨, le dijo.

Cinco años después, el mismo Zamperini se enlistaría en el Cuerpo Aéreo del Ejército de los Estados Unidos bajo el rango de Subteniente, con inmediato destino al mar del Pacífico. En mayo de 1943, en una misión de rescate, el avión en el que se encontraba sufrió problemas mecánicos y se estrelló en el mar del archipiélago de Oahu, una de las islas de Hawaii. De las 11 personas que iban a bordo, sólo tres consiguieron salir con vida: Zamperini, el piloto Russell Phillips y Francis McNamara.

Faltos de agua y comida por días, subsistieron comiendo peces, tomando agua de lluvia y defendiéndose de los ataques de los tiburones. 47 días después del accidente, McNamara había fallecido, y a los dos sobrevivientes aún les esperaba lo peor. Fueron capturados por la Marina japonesa en las Islas Marshall y llevados a un campo de concentración, donde fueron severamente maltratados hasta el fin de la Guerra en 1945.  

Durante todo ese tiempo en el que estuvo bajo custodia japonesa, a Louis Zamperini le consideraron perdido en acción primero, y muerto después. Hasta una carta fue enviada a sus padres confirmando la peor noticia. Tras la liberación y hasta su muerte en 2014, se le consideró como un héroe de Guerra y fue condecorado con la medalla del Corazón Púrpura por haber resultado herido en combate, entre tantas otras condecoraciones que este protagonista de la historia Olímpica y bélica recibió a posteriori.  

 

 


 

El mensaje de los Juegos

 

Los Juegos de Berlín, espectaculares desde una perspectiva organizacional gracias a los esfuerzos de Speer, Riefenstahl y Goebbels. Fueron, además, los primeros que se transmitieron por televisión y, aunque el evento sólo fue transmitido por ese medio en Alemania gracias a la compañía Telefunken, las transmisiones radiales llegaron a cubrir la competencia para 41 países diferentes.

Los turistas, desinformados, permitieron que el régimen Nazi tuviera éxito en mantener alejado el escrutinio extranjero de sus políticas raciales. Los Juegos, en definitiva, fueron explotados por Hitler y su partido, y se presentó a los periodistas y espectadores alrededor del mundo una imagen mentirosa de una Alemania tolerante y pacífica. 

En este sentido, el deporte era crucial para el gobierno Nazi, porque daba a los espectadores una imagen general de fortaleza, aptitud física, y un espíritu de lucha que sería necesario mantener al momento de estallar la Segunda Guerra Mundial.

 

¨El deporte alemán tiene una única tarea: fortalecer el carácter del pueblo, empapándolo con el espíritu de lucha y tenaz camaradería necesaria en la lucha por su existencia¨. Joseph Goebbels

 

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Teniendo en cuenta esa clara postura, los atletas alemanes ejercieron, sin saberlo, como representantes indirectos del Nazismo mediante la legitimación que los ideales que se promovían obtuvieron a raíz de las victorias de sus atletas. Los Juegos de Berlín, entonces, ejemplifican un escenario que contó con deportistas que representaron a su país y a su bandera en un ámbito competitivo, atribuyendo los logros y éxitos deportivos al país y al gobierno, enfrentándose directamente a otras naciones con diferentes contextos políticos y sociales, con el objetivo máximo de establecerlo como el modelo de país exitoso y superior a los demás. El primer puesto alemán en el medallero, aventajando por 9 oros y 33 medallas en total a los Estados Unidos, no hizo más que amplificar todo lo ocurrido.

Por otro lado, la máquina italiana comandada por Vittorio Pozzo prosiguió con su misión luego del éxito del Mundial de fútbol del 34´ y que reforzaría aún más dos años después en el de Francia, cuando el 15 de agosto su equipo tuvo que necesitar de una prórroga para vencer a la selección austríaca con un doblete del jugador de la AS Ambrosiana (futuro Inter de Milán) Annibale Frossi, ante unas 85.000 personas en aquel monstruo de concreto que el Reich se había encargado de construir. Aquel éxito de Italia en esos Juegos, con eventualmente 22 medallas en total y un cuarto puesto en el medallero, sirvió de igual manera a los objetivos de Benito Mussolini de utilizar al deporte para demostrar fortaleza y dotar de moral a su pueblo para lo que inevitablemente estaba por llegar.

 

La selección italiana celebra la victoria en el Estadio Olímpico de Berlín (World Soccer)

 

La excesiva hospitalidad y el aporte económico estatal crearon juegos memorables para el espectador. Adolf Hitler recibió los aplausos del público habiéndose convertido él en el centro de atención y anfitrión maestro de los Juegos, con miles de personas alabándolo con sus brazos estirados hacia afuera realizando el saludo Nazi.

Como resultado del evento, la imagen internacional del país se vio positivamente afectada, tal como muestra esta cita del reporte final de los Juegos del New York Times: ¨…a su llegada esos miles ensamblados se levantaron sobre sus pies, con sus brazos estirados hacia afuera, y las voces se alzaron en un frenético saludo…Adolf Hitler recibía los aplausos de una liga muy alejada de la política, una liga de deporte pacífico del cual él se había convertido en el orgulloso anfitrión…Estos Juegos Olímpicos han tenido una apertura notable, incluso más de lo esperado. Parecen conseguir lo que las reglas de Alemania han deseado francamente de ellos, es decir, dar al mundo un nuevo punto de vista del que puedan mirar al Tercer Reich: es prometedor que este punto de vista será tomado desde una montaña Olímpica de paz¨ 

Esa imagen que Alemania logró exportar fue una imagen modificada necesariamente por el Gobierno luego de la Primera Guerra Mundial. Tanto la propaganda como las imponentes estructuras ayudaron a crear una asociación que vinculó al éxito alemán en el evento con la prosperidad de una nación gobernada por el nacionalsocialismo, dejando atrás la destrucción que la Primera Guerra había provocado. El proceso, llevado a cabo por la puesta en funcionamiento de ideas sistemáticas que se pusieron en práctica con un objetivo en particular, el de la renacionalización, buscó definitivamente la legitimación de los ideales y acciones nazis en torno a la creación de un ideal de nación. 

Aquella idea que se expuso a la sociedad del alemán héroe y superior durante los Juegos no fue tan diferente de la imagen que se promovió unos años después cuando la Segunda Guerra Mundial comenzó. Al concluir los Juegos, se aceleraron las políticas expansionistas de Alemania y la persecución de los judíos y otros “enemigos del estado”, lo que culminó en el Holocausto.

Alemania invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939, tan sólo tres años después de la majestuosa cita Olímpica. El hospitalario y pacífico anfitrión de los Juegos Olímpicos desató la Segunda Guerra Mundial, un conflicto que causó una destrucción incalculable, mientras la cortina de la bandera Olímpica sirvió para esconder los oscuros planes que el mundo conocería a futuro. 

 

(AP)

 

Fuentes: The New York Times, Jewish Virtual Library, Time, The History Place, Bleacher Report, NY Daily News, Barovic (s/a). Radio and Television in the Nazi media system, Hilton, C. (2006). Hitler’s Olympics.

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Enzo Del Llano
Periodista. De Córdoba, Argentina. Hincha del fútbol modesto y del básquetbol en todas sus formas. Convencido de que el deporte es cultura.

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