martes, 12 noviembre, 2019
Banner Top
  • El ascenso del SC Bastia (Parte 1)

 

El éxtasis europeo de un club que hacía poco más de una década que se había integrado al sistema profesional fue tal que un director de cine francés, Jacques Tati, tuvo la idea de realizar un documento fílmico para contar lo sucedido. El film, Forza Bastia (2002), retrata los momentos que se vivieron en aquella tarde del 26 de abril de 1978 en Furiani por la ida de la final de la Copa de la UEFA frente al PSV Eindhoven. La película de Tati, humilde como el mismo club, reflejó el lado más cercano a la gente de Bastia, con imágenes que comienzan en el puerto como un espectador de lujo del ambiente que no hace más que crecer y crecer durante el transcurso del día. Niños jugando en las calles, autos adornados con banderas y banderines, globos, trompetas sonando por todos lados y abuelas que, curiosas, conversaban en las esquinas bajo el calor de un ambiente festivo y expectante que presagiaba un día histórico que desafortunadamente no tuvo el final que a veces las películas de Hollywood nos ofrecen. 

Tras aquella inolvidable campaña, el Sporting tenía un desafío incluso más grande que el que acababa de protagonizar: el de mantenerse en la zona alta de la tabla para poder seguir construyendo un futuro todavía mejor. Hasta aquí, Les Bleus no conocían otra manera de transitar por el profesionalismo que la del crecimiento constante y hasta a veces vertiginoso. En sólo quince años, el club había pasado de competir contra equipos semiprofesionales y amateurs a enfrentarse a la élite europea y a ser animador del campeonato ante lo mejor de Francia. La vara estaba alta, y la resaca de la epopeya europea prosiguió con una liga complicada que no le permitió más que un 14º puesto. 

Posteriormente, en la 79/80 comienza a desarmarse el núcleo de jugadores que llegaron a la final europea dos años antes. A la partida de Cahuzac -que se marchó para dirigir al Toulouse- se sumaron las sensibles salidas de Johnny Rep, que reforzó al ya poderoso Saint Etienne de Michel Platini, y la de Felix Lacuesta, quien fue adquirido por el Girondins de Burdeos. Las repetidas derrotas como local y un desempeño pobre como visitantes hicieron inútiles los esfuerzos del siempre presente Claude Papi para mejorar los números de un equipo al que la competición local parecía mostrarle sus dientes más afilados. El Sporting sufre aún más que en el curso anterior y llega incluso a coquetear con el descenso, un descenso del que no sería capaz de salvarse matemáticamente hasta la última jornada.

Ya adentrados en la década de los 80, en Bastia recibían con brazos abiertos a Felix Lacuesta, que volvía del préstamo al Burdeos y al nuevo cabeza de grupo proveniente de Lille, Antoine Redin. La 80/81 vio una renovación casi completa de un plantel que dejó ir a 11 jugadores y trajo a 12 nuevos integrantes más el cambio de entrenador. La primera mitad de la temporada fue costosa y sufrida por un Bastia falto de rodaje que no logró superar la mitad de tabla y se encontró sólo dos puntos por encima del descenso, todavía sin haber conseguido una victoria fuera de casa. Sin embargo, en la Copa de Francia, victorias frente al Caen, Auxerre, Mónaco y Martigues depositaron al cuadro corso en semifinales gracias a la eficacia de uno de los fichajes de verano que terminaría siendo clave en el devenir de la temporada bleu y comenzaría a hacerse un nombre a nivel internacional, el camerunés Roger Milla.

Tras una victoria ante el Lille por 5 a 1 en la jornada 37, el Sporting selló su salvación y dos semanas después enfrentaría al Lens en semifinales de la competición de knock-out. El partido de ida terminó en un 2 a 0 favorable al elenco isleño que evocó los mejores momentos de aquella gesta europea tres temporadas atrás. Con goles del lateral derecho Cazes y otro de Roger Milla que mandó a las redes un centro de Marcialis, los azules, a estadio lleno, saboreaban otro viaje a una final, y quedaba un duro partido en Lens para hacerlo realidad.

35.000 espectadores son los que según reportes de aquel día llenaron el Bollaert-Delelis para empujar a su equipo hacia la remontada, en un partido en el que la suerte volvió a estar del lado del Sporting que con un gol en el minuto 95 de Marcialis puso su nombre en otra final de copa, la segunda en la historia del club. 

El partido definitorio enfrentó a dos clubes de marcado contraste, con el campeón liguero Saint Etienne, que seguía manteniendo el nivel con el que dominó la década de los 70′ en el fútbol galo, y un Sporting que consiguió evitar la zona roja en los últimos compromisos del torneo.

Los dos goles que marcó el Sporting fueron de los jugadores más determinantes en la última recta de competencia copera. El primero fue de Marcialis tras una jugada que él inicia en tres cuartos de cancha, eliminando a su marcador más inmediato y ejecutando un feroz cambio de ritmo llegando al vértice del área que le permitió anular a los dos defensores verdes, los cuales sólo pudieron mirar como soltaba el derechazo ajustado al palo derecho del portero Castañeda.

Ocho minutos más tarde, el central Orlanducci tomó el balón en campo propio y, con una calidad y visión de juego propias de un mediocampista que ya venía mostrando en el pasado, lanzó un pase certero a la bota de Roger Milla que controló, evitó al arquero y depositó la pelota modelo Tango en el fondo de la red en lo que fue su octavo gol en la Copa. Los corsos, tras el descuento de Santini, consiguieron aguantar la presión y el embiste del rival y llegó, por fin, a la tierra prometida. Roger Milla agarró la pelota y salió corriendo hacia el lateral para abrazar a sus compañeros.

Segundos después, el campo de juego ya se había convertido en una marea azul en la que las banderas que rememoraban la gesta europea ondeaban con orgullo, de alguna forma uniendo aquello con lo que estaba ocurriendo en un logro unido que compartía la misma significación, la de dar a la isla y a su gente la pieza de reconocimiento máximo, aquello por lo que todos luchan pero pocos pueden llegar a alcanzar, vinculando la tristeza y la desazón de Eindhoven con la algarabía y la historia que se acrecentaba con la final de París, todo en un mismo color, el azul de Bastia. 

Parecía un cuento, especialmente luego de tan poco tiempo en el profesionalismo, teniendo que haber luchado por el reconocimiento y por un lugar en las competencias nacionales. Un cuento que también se escribió con el nombre de talentos locales, de chicos que jugaban a las orillas del mar soñando ser ellos quienes llevaran al club de su isla a lo más alto, rodeados por talentos importados y jugadores espléndidos como Roger Milla.

Y ocurrió que, finalmente, tres años después de la epopeya europea, en la temporada 80/81, la primer pieza importante de plata llegó a Furiani en forma de la Copa de Francia, el tercer título en el profesionalismo francés tras su victoria en segunda división en 1968 y la conquista del Desafío de Campeones en el 73′.

Paul Marchioni levanta la Copa de Francia en el Parque de los Príncipes.

Para cuando el siguiente curso dio comienzo, el club se había ganado el derecho de disputar la Recopa de Europa, esta vez como vencedor de la competición doméstica, en la que viaja a Finlandia para enfrentarse al modesto Koitka y pierde en octavos de final ante el vigente campeón de la competición, el Dinamo Tbilisi de la georgiana Unión Soviética que era una fuerza en aquellos años. 

Sin embargo, el suceso más importante de aquella temporada no ocurrió en el terreno deportivo. Una tristeza mucho más grande que aquella eliminación europea golpearía los corazones de jugadores e hinchas cuando la peor de las noticias sacudió Furiani dejando a toda una isla perpleja. Claude Papi, quien había sufrido una grave lesión y se estaba recuperando alejado de las canchas, había fallecido producto de un paro cardiorespiratorio mientras jugaba un partido de tenis, dejando tras de si dos hijas y una esposa, y también huérfana la camiseta número 10 del club Turchini que tantas satisfacciones le había dado a la población de Córcega. Se había ido un hombre amable, de carácter tímido pero un líder sobre el campo y fuera de él. Un hombre que en la cancha hizo uso de su excelsa técnica para iluminar las miradas de los presentes mientras guiaba al club de su vida a cotas inesperadas. Un verdadero jugador del pueblo, nacido y criado en la isla, que eligió quedarse en el club de su tierra en detrimento de mejores salarios y mejores proyectos deportivos y alguien que servía de guía y de ayuda a aquellos jugadores que llegaban por primera vez al club. Es a día de hoy que al mundialista en Argentina 78′ se le recuerda con el inevitable vínculo que este tenía con el escudo turchini que defendió toda su carrera con orgullo y compromiso, convirtiéndolo en el ídolo máximo de la hinchada.

A mediados de la década de los 80′ -más precisamente en la temporada 85/86- Furiani vivía un clima disfuncional y problemático que nada tenía que ver con lo acontecido anteriormente. A la triste desaparición de uno de sus emblemas se sumaron las deudas y los problemas de déficit en las arcas de un club que llegó al punto de sufrir cortes en la línea telefónica por impagos y a tener que lidiar con dificultades para conseguir y mantener sponsors de una temporada a la otra.

La situación se presentaba como algo difícil de superar para un club que lejos estaba de volver a vivir momentos de gloria y sobrevivía sobre una peligrosa ola de infortunios. Tal era la situación que Charles Orlanducci tomó el cargo de Jugador-Director Deportivo a principios de temporada.

Orlanducci, que llegó a jugar solo cinco partidos en aquel curso, tuvo que lidiar con la salida del entrenador en la jornada 11, a lo que el club, falto de presupuesto, respondió con la designación de Alain Mosain, quien a partir de aquel momento cumplió las tareas compartidas de Jugador-Entrenador. Mosain duraría en el cargo de entrenador diecisiete jornadas habiendo debutado en la número 12 como colista y dejando su puesto en la fecha 29 con el equipo en la misma posición. 

Redin, el entrenador que había dejado el club a principios de temporada, es contactado nuevamente por la directiva para volver, pero no puede hacer nada para dar vuelta una historia que parecía tener un final cantado desde julio. El Sporting, por ende, descendía a segunda matemáticamente en la jornada 35 habiendo ocupado el último puesto de la clasificación durante gran parte de la temporada y habiendo obtenido sólo 20 puntos tras estar 18 campañas ininterrumpidas en la élite.

Una vez consumado el descenso, en segunda se mantienen ocho largas temporadas que siempre estarán marcadas por el desastre de Furiani de 1992. Un 5 de mayo de aquel año, el Sporting Club de Bastia se preparaba para recibir al Olympique de Marsella, el equipo de moda de la época, en las semifinales de la Copa de Francia. La semana previa al partido, la expectación era prácticamente incontrolable, y los fanáticos se volcaron para conseguir una entrada para tan importante partido. Era de esperar que tras una larga espera en la que el equipo transitaba sin pena ni gloria por la Segunda División, una oportunidad de clasificar a la final de la Copa de Francia frente al mejor equipo del país fuese una cita a la que todo el mundo quería asistir. 

Fue durante esa semana que el club instaló una tribuna metálica temporal para aumentar la capacidad del estadio y así poder generar una recaudación algo más generosa. A los 9.000 espectadores que hasta el momento se podían albergar en el estadio se añadió una estructura lateral al campo de juego que podía albergar unos 10.000, casi la misma cantidad de gente que el estadio ya albergaba en los partidos de la liga. Con una planificación y un tiempo que lejos estaban de ser los ideales, saltándose los protocolos de control oficiales de la Federación y de los bomberos, la directiva pujaba por la finalización de la instalación, aún sin haber recibido la habilitación formal de la Federación. La proximidad del encuentro y las entradas ya vendidas ejercieron presión sobre los directivos, que no contemplaron posponer el encuentro a pesar de las continuas recomendaciones y advertencias sobre las dudosas medidas de seguridad.

La cosa no pintaba bien. El día del partido, con la tribuna ya ocupada en su totalidad desde horas antes del pitido inicial, algunas señales comenzaron a aparecer ante la mirada de aquellos presentes. A simple vista, era notorio que la cantidad de gente que estaba situada sobre aquella estructura era demasiada. El peligro, a grada llena, era palpable, y la gente comenzó a impacientarse y a querer abandonar el lugar ante los primeros indicios de movimiento. Los simpatizantes tuvieron que escuchar, incluso en medio del terror y la incertidumbre, y en un partido en el que cualquiera quisiera animar a los suyos poniendo todo de sí, como la megafonía del estadio les solicitaba que no se movieran para evitar que la estructura se balanceara de un lado al otro.

Con los jugadores habiendo finalizado el calentamiento previo, y a unos aproximados diez minutos de comenzar el juego, la tribuna colapsó y convirtió lo que debería haber sido un partido de fútbol en una secuela de la tragedia de Hillsborough, con un estadio que sirvió de hospital improvisado con personas acostadas sobre el terreno de juego recibiendo atención médica. Un saldo de 18 muertos y más de 2.000 heridos fue lo que dejó aquella trágica noche, producto de una grosera negligencia en el proceso de venta de entradas que superaron en número a la capacidad de dicha grada y con respecto a cuestiones de seguridad estructurales de la tribuna que pudieron haber sido evitadas de haber dado preponderancia a la seguridad de la gente antes que al dinero.

Investigaciones posteriores reflejaron un sobreprecio en las entradas que nunca fue comunicado a la Federación Francesa de Fútbol, con el único objetivo de engrosar los bolsillos de unos directivos que tuvieron que pagar una condena que en algunos casos llegó a ser de dos años de prisión, mientras que el Presidente del club en aquel entonces, Jean-François Filippi, fue asesinado semanas antes de presentarse al juicio que lo iba a tener como uno de los principales involucrados. Tras aquel episodio, el Sporting Club de Bastia no volvió a saltar al campo de juego en un 5 de mayo como homenaje y respeto a las víctimas de Furiani, y una placa conmemorativa descansa sobre uno de las paredes del estadio.

La tribuna lateral tras la tragedia del 5 de mayo de 1992.

Poco después del trágico episodio, es en 1994 que el club recupera su lugar en la Primera División de la mano de Léonce Lavagna con una victoria ante el Nancy en la última jornada de liga.

Ya en Primera, luego de 11 fechas disputadas, el hacedor del ascenso es cesanteado y Frédéric Antonetti, entrenador local de la reserva, asciende y toma el mando del equipo. Antonetti mantiene un ritmo relativamente estable de resultados y estando dos puntos por encima de la zona roja a finales de mayo, el Sporting se encuentra, silenciosamente y rememorando su rica historia copera, en la final de la Copa de la Liga de 1995 en la que un PSG semifinalista de Champions es demasiado rival y vence por 2 a 0. Otra gran campaña copera que terminó en desazón, otro gran recorrido para morir en la orilla, parecía ser que la gesta del 81 quedaba ahí, inalcanzable para Les Bleus.

 

 

En la próxima entrega, la vuelta a Europa, más descensos y ascensos, y la última gran desgracia de un club que busca, ahora desde los confines del fútbol amateur, retornar al gran baile.

Tags: , , , , , ,
Enzo Del Llano
Periodista. De Córdoba, Argentina. Hincha del fútbol modesto y del básquetbol en todas sus formas. Convencido de que el deporte es cultura.

Related Article

0 Comments

¿Qué te pareció la nota?

¡Consigue la The Lines 11!

Wing, el espíritu del fútbol

Mis Marcadores

Nuestras Redes

INSTAGRAM

Seguinos en Twitter

A %d blogueros les gusta esto: