sábado, 8 junio, 2019
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Por Adrián Morales Gracia (@MoralesRK10)

El árbitro decreta que el balón se ponga el juego y la grada truena: ¡ARI, ARI, S’agapo…!

 

Fue Casandro de Macedonia, uno de los generales de Alejandro Magno, quien decidió ponerle a aquel enclave el nombre de Tesalónica, en honor a su mujer, Tesalónica de Macedonia, a su vez hermanastra del propio Alejandro Magno.

Y, es curioso remarcar, que el nombre de Tesalónica tiene también una intrahistoria detrás. El nacimiento de aquella niña se dio unos pocos días después de la victoria del ejército macedonio en la batalla de Tesalia. De modo que Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro Magno, bautizó a aquella neonata con la conjunción de las palabras Tesalia y Niké, o lo que es lo mismo: «Victoria sobre Tesalia».

Tesalónica no se convirtió en un núcleo importante de comunicación hasta la caída del Imperio Macedonio y la llegada de los romanos. De hecho, la capital del Reino de Macedonia por aquel entonces era Pella, ciudad situada a unos 50 kilómetros al oeste de Tesalónica. La urbe estuvo en manos de los bizantinos y también el Imperio Otomano, cada uno imbricándose sustancialmente en las entrañas de este importante puerto a orillas del Egeo.

Esta conjugación de eras, períodos, dominaciones y legados se puede apreciar con amplitud en toda la ciudad. Sirva como muestra la Rotonda de Galerio, uno de los monumentos más impactantes de la segunda ciudad más poblada de Grecia. Mientras uno escucha la misa dominical ortodoxa en su interior, no puede parar de arrojarsimilitudes con el Panteón de Roma, a la vez que aprecia el minarete que se yergue paralelo al colosal edificio. Un crisol de culturas que, intrínsecamente, divide el alma de la ciudad.

El ambiente se caldea con la expulsión de Basha por una entrada criminal a Maksimović. Es tan solo el minuto diez de partido y el Aris se queda con uno menos. Un señor bien entrado en los cincuenta baja a toda velocidad las escaleras hasta la valla que separa el césped del graderío. Se encarama a ella y profesa no menos de una docena de «Maláka», el insulto griego por excelencia, al paso del linier por la banda.

Con Atenas, Epidauros, Meteora y cientos de islas como Mykonos, Creta o Santorini, se hace difícil imaginar que Tesalónica sea invadida por una legión de turistas. Mucho menos en pleno febrero, aunque las temperaturas acompañaran a un clima casi mediterráneo. Y al final, existe una máxima a la hora de viajar: a mayor cantidad de turistas asiáticos, más popular es el destino.

En mi estancia en la capital de la región de Macedonia no vi ningún rostro oriental con sus clásicas cámaras Nikon colgadas del cuello. Y es una lástima, porque la oferta monumental de la ciudad nada tiene que envidiarle a Atenas, Partenón mediante.

Pese al influjo del sur con el que cuenta un país como Grecia y a una forma de vida tan alegre y vivaz como la española, es curioso presenciar a cada paso las notables diferencias de una sociedad dividida. Una división acentuada, especialmente, desde las elecciones parlamentarias en los albores de 2015 cuando Syriza, el partido liderado por Alexis Tsipras, se impuso por primera vez en el país dando un giro de ciento ochenta grados a la sociopolítica helena.

Los dos grandes buques políticos de antaño, sobre los que se cimentó el bipartidismo griego, ND (Nueva Democracia, la clásica derecha) y PASOK (Partido Socialista, la izquierda tradicional), se descalabraron en favor de los de Tsipras y del partido de extrema derecha, Amanecer Dorado, los dos grandes beneficiados de aquella larga jornada electoral.

Aquel vuelco en las urnas no sería la última muestra de la fracción en la Hélade. Unos meses después, en aquel caluroso julio de 2015, los griegos votaron en el referéndum sobre la propuesta de los acreedores del país, con el Banco Central Europeo a la cabeza. La famosa campaña en pro del «Oxi» (No), consiguió doblegar a la del «Nai» (Sí), provocando la enésima escisión del país y aviniendo numerosas dimisiones como la del archiconocido ministro de finanzas, Yanis Varufakis.

La primera parte no ha tenido mucha historia. Lo mejor de todo ha sido la afición. ¡Qué afición! Los dos fondos se llaman entre ellos, cantan al unísono, en un hipnótico vaivén que lleva en volandas al Aris. En estas, en plena reanudación, el español Javier Matilla se dispone a lanzar una falta lateral.

Y, como no, el fútbol, fiel reflejo de una sociedad, no iba a permanecer ajeno a todo esto. Y más el griego, un balompié tan particular, que suele ser noticia más por lo extradeportivo que por lo que ocurre en el tapiz verdusco.

La última más sonada ocurrió precisamente en Tesalónica, en el estadio Toumba, cuando el presidente del PAOK, Ivan Savvidis, bajó raudo al terreno de juego para protestar una aciaga decisión arbitral que llevó al club blanquinegro a perder la liga helena en 2018. Savvidis, quizás en un descuido, quizás intencionadamente, bajó al terreno de juego con una pistola en la parte posterior de su pantalón. Esto le acarreó una sanción de 3 años.

En Tesalónica, esa ciudad donde edificios avejentados llenos de grafitis se dan la mano con restos arqueológicos de más de dos mil años de antigüedad, donde los mendigos piden dinero a las puertas de un Zara a rebosar, la escisión futbolística se eleva a la máxima potencia.

Tan importante es el choque entre ambas entidades, que no solo es considerado el derbi de Tesalónica, sino también el «derbi del norte de Grecia». Se trata de una rivalidad tan añeja que es casi necesario retrotraerse a la Primera Guerra Mundial para comprender el enfrentamiento entre las clases sociales acomodadas de la ciudad, representadas por el Aris, y la clase obrera y refugiados griegos, avalados por el PAOK.

¡GOL! Gol de Matilla. La megafonía del estadio ruge vocablos indescifrables para mí. La gente a mi alrededor se vuelve loca. De repente, identifico un nombre a través de los altavoces. ¡Javier…! La hinchada contesta exaltada: ¡MATILLA! El atronador sonido ruge de nuevo con más fuerza: ¡JAVIER…! Esta vez inhalo aire en mis pulmones y solo lo suelto para contestar: ¡MATILLA!

Con todos esos ingredientes, decido tomar el bus que marcha desde Platia Aristotelous hasta las entrañas del Kleanthis Vikelídis, puesto que este fin de semana son los amarillos quienes juegan en casa. El partido comienza en apenas una hora y yo ni siquiera tengo una entrada. Deduzco que por la entidad del rival, el Panionios, el estadio no se llenará. Me llama la atención que, pese a que el bus va aparentemente lleno, apenas veo identificativo alguno del Aris. Ni bufandas, ni gorros, ni camisetas, ni chaquetas.

La gente charla entre ellos, se divierte, mientras los primeros «Maláka» empiezan a aflorar. De repente, varias personas se giran sobre sí mismas para dar la espalda a las ventanas laterales de la parte izquierda del bus, y el manido insulto griego se oye con más fulgor. Contrariado, miro hacia las ventanas y a lo lejos diviso el Toumba, el hogar del PAOK. ¿Casualidad? No lo creo.

El autobús nos deja a unos 500 metros del estadio. En cuanto pongo un pie fuera del vehículo, aprecio como los viajeros, ahora sí, comienzan a desempolvar sus banderas, bufandas y demás parafernalia del Aris. «Ojalá la tienda esté abierta, me gustaría añadir la camiseta del Aris a la colección».

Entre los vetustos edificios de aquella larga avenida comienzo a contemplar las banderas amarillas y negras que coronan el estadio, así como los focos de iluminación, ahora tímidamente encendidos. Los vendedores gritan consignas en griego e intentan que los viandantes hagan acopio de frutos secos, golosinas, merchandising o incluso finas tablas de corcho blanco para no arrastrar en sus ropas la suciedad de los asientos.

El Panionios empata en una jugada desafortunada. Pero la hinchada no para de cantar y alentar a los suyos que, con unos menos, se dirigen como flechas en busca del gol de la victoria que les acerque un poco más a Europa. A esa competición en la que en 2007 despachó al Real Zaragoza de Aimar, Diego Milito y D’Alessandro, entre otros, con pasmosa facilidad. El pensamiento me perturba, pero los cánticos me vuelven a ensimismar en lo que sucede en el campo.

Tras conseguir una entrada aleatoria (Sí, la primera que había encima del montón), sin posibilidad de seleccionar ni fila, ni asiento, acudo a la modesta tienda oficial. Me compro la camiseta y una bufanda, que recibo en una bolsa sin identificativo del club alguno. Tampoco es algo dejado al azar.

A la vuelta hay que pasar cerca del territorio PAOK, así que mucho mejor de esta forma, tratando de pasar desapercibido. Sin quitarle la etiqueta, me enfundo la indumentaria provista por la firma estadounidense Nike (nada más apropiado para Thessaloniké). Paso por la grada de uno de los fondos donde se ubican los ultras del Aris, que miran recelosos hacia todos lados. Ni rastro de una posible presencia policial en las inmediaciones de esa puerta. La hay –y mucha- a tan solo unos metros, en el que será el acceso de los seguidores del rival hoy, el Panionios.

Paso el control de seguridad con cacheo incluido. Me sale un nervioso e inesperado «kalispera». Estoy dentro y la emoción me embarga. Lo sé porque me sudan profusamente las manos, porque el corazón late fuertemente y porque una especie de fuerza astral me lleva en volandas escaleras arriba hasta la zona donde tengo asignado me asiento.

El olor almizclado a hierba mojada y puro asciende, uniéndose simbióticamente conforme subo los escalones del avejentado Kleanthis Vikelídis. Mis pulsaciones van a mil por hora, no sé si por el tenue esfuerzo físico o por la emoción de ver las cuatro torres de iluminación arrojando su potente luz sobre el césped.

Busco con ansia el trozo de plástico amarillo en el que me dejaré caer para presenciar el partido. Una jornada más, de una temporada más en la Superliga griega. Para mí, como si fuera la final de la Champions League. Tras preguntar a varias personas, no me queda claro dónde puedo mirar cuál es el bloque que me han asignado. Al final y de casualidad, bajo unas escaleras y reparo en que el número está escrito en los peldaños. Localizo la fila y el asiento.

Los jugadores calientan en la banda. Mis compañeros de asiento fuman. Fuman mucho. El olor me invade. Unos chiquillos se encaraman a la valla para recoger unas camisetas que los jugadores han portado durante el calentamiento. Las enseñan como el mayor de los trofeos. Con orgullo. Y así, sin tiempo para nada más,el árbitro decreta que el balón se ponga el juego y la grada truena: ¡ARI, ARI, S’agapo…!

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The Line Breaker

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