sábado, 16 octubre, 2021
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Una de las cosas que más se esperaba de Tokio 2020 era el poder presenciar el paso triunfal de la estadounidense Kathleen Ledecky en cada una de las series en las que iba a ser parte. Sin embargo, Katie, que venía de ganar cuatro oros y una plata en Río 2016, tuvo que ver como una australiana se le adelantaba tanto en los 200 como 400 metros libres, dejando estupefacto a todos, tanto en el Centro Acuático de Tokio como en nuestras propias casas. Ariarne Titmus fue la nadadora capaz de derrotar a la nacida en Washington con estilo y finales demoledores.

Nacida un 7 de septiembre del 2000 en Launceston, Tasmania, la pequeña Ariarne comenzaría a nadar desde los 7 años en su colegio. “Recuerdo que hicimos natación en la escuela y pensé, ya sabes, realmente me gusta nadar, así que me inscribí y comencé a entrenar, a competir y me metí en eso” recordaría en el Courier Mail en el 2018. Sin embargo, este amor por el deporte no era algo nuevo para Titmus, debido a que su madre, Robyn, fue campeona australiana en la posta 4×100 de atletismo y su padre, Steve, jugaba al cricket.

Prontamente empezó a destacar en las categorías inferiores y fue por eso que, en el 2015, ella y su familia se mudarían a Brisbane para empezar a trabajar más seriamente, primero con Peter Gartrell y luego con Dean Boxall. No fue un paso difícil el desarraigo, ya que Arnie siempre tuvo las metas claras. De hecho, en una época en donde la psicología en el deporte empieza a tomar cada vez más relevancia, reveló al Olympic Channel a inicios de año que siempre intenta hablar consigo mismo antes de las pruebas, recordando todo lo que hizo bien, justamente para motivarse y demostrarse a si misma que siempre puede conseguir lo que desea, además de observar los malos momentos para reconocer lo que no salió para mejorarlo. “Se lo mejor que puedas ser” es su lema de referencia.

Dos años después de su arribo a la capital del estado de Queensland competiría en el Campeonato Mundial de Budapest, donde no pudo llegar a las semifinales de los 200 metros libres, aunque en los 400 metros libres ya comenzaría a dar señas de que estaba para grandes cosas, finalizando en el cuarto lugar. Pero no todas fueron malas noticias: junto a Madison Wilson, Kotuku Ngawati y Emma McKeon (quién sería la máxima ganadora de medallas en Tokio 2020 con siete) conseguiría el bronce, cayendo ante la Estados Unidos de Ledecky, su gran rival, amiga e inspiración para los siguientes años.

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Y es que, gracias a Katie, la australiana ha logrado mejorar considerablemente. “Definitivamente es una inspiración para mí porque solo es tres años mayor. Verla en los mundiales y poder competir con ella, fue realmente bueno para aprender” le manifestaría al Courier Mail. En el 2018 ya empezaría a hacer de las suyas en los Juegos de la Commonwealth, llevándose los 400, 800 y la posta 4×200 libres, y en el Mundial de Piscina Corta (25 metros, contra los 50 de la piscina olímpica) de Hangzhou lograría los 200 y 400, entre otras medallas. Pero lo más importante vino en Gwangju un año más tarde, ahora si en la medida olímpica. En los 400 metros libres se clasificó para la final con un tiempo de 4:04.42, solo quedando por detrás de Ledecky. Pero en la última instancia no solo rompería el récord oceánico (3:58.76), sino que le provocaría la primera caída en esta distancia a la estadounidense en 6 años. Luego terminaría ese torneo ganando la posta 4×200 libres por sobre Estados Unidos, aunque aquí ya sin la nacida en Washington.

A Titmus comenzaron a apodarla Terminator porque mostraba un final arrasador, como si en sus piernas tuviera un turbo escondido. Para las nadadoras comenzó a convertirse en una pesadilla, en un monstruo siempre al asecho. No importaba si arrancaba mal, si estaba rezagada, ya que, al igual que el personaje de Arnold Schwarzenegger, siempre terminaba apareciendo para llevarse a sus víctimas.

Con ese ímpetud y esas ganas de nadar llegó a Japón. La tarea no era para nada sencilla, ya que la gran favorita era nuevamente la estadounidense, que se había anotado en cinco modalidades (200, 400, 800 y 1500 metros libres, más la posta 4×100 libres) con el afán de superar a su compatriota Jenny Thompson como la máxima medallista dorada de este deporte en la rama femenina. La estadounidense poseía 5 victorias, producto de sus triunfos en Londres y Río y con sumar 3 oros igualaría a la mujer que había arrasado en la natación en los ’90 e inicios del 2000.

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Pero la que se encargó de destruir aquellos sueños sería un demonio de Tasmania de 1.77 metros de altura y 63 kilogramos de puro amor por la natación. Ledecky llegaba a los 400 metros libres siendo la poseedora tanto del récord mundial como del olímpico, conseguido justamente en el torneo de Brasil. Y el heat se lo llevó con total facilidad, con una marca de 4:00.45. La australiana terminaría en el tercer lugar, por detrás de la china Li Bingjie, que fue récord asiático. Pese a todo, lo importante siempre se ve en la final y allí nuevamente Titmus se lució, logrando otra plusmarca continental con 3:56.69, dejando al mundo en shock. Aquella era la primera definición olímpica individual que Ledecky perdía. “Es una locura cuando haces este plan masivo para algo. Probablemente sea lo más importante que podrías lograr en tu carrera deportiva, así que estoy en la luna ” le expresaría al sitio olímpico tras el golpe.

Tras esto vinieron los 200 metros libres, una carrera que se presentaba más compleja. De hecho, en los heats Ledecky ganó, pero apenas estuvo por delante de la canadiense Penny Oleksiak y las australianas Wilson y la propia Titmus, la cuál sería la mejor en las semis, apareciendo como segunda la hongkonesa Siobhan Haughey. Y en la final justamente ellas dos repetirían el uno-dos, aunque Arnie finalizaría con un registro de 1:53.50, rompiendo el récord olímpico de la estadounidense Allison Schmitt en el 2012. Pero este golpe resonaría más por la performance de su rival, Katie, que terminó en un lejano quinto lugar. Sin embargo, Titmus solo tenía palabras de apoyo y agradecimiento para con Ledecky: “Si no tuviera a alguien como ella a quien perseguir, definitivamente no estaría nadando de esta manera. Ella puso el standard”. 

Titmus soñaba con un tercer oro en la posta 4×200 libre, ya que era parte del equipo que tenía el récord mundial, conseguido en aquel recordado mundial del 2019 en Corea del Sur. Y, de hecho, el cuarteto (que no contó con ninguna de las mejores nadadoras) ganó con pasmosa facilidad los heats. Pero, como siempre repetimos, las finales suelen ser historias completamente diferentes y aquí las que aparecieron con fuerza serían las chinas, que romperían el récord mundial. Las estadounidenses, con Ledecky, romperían el mejor tiempo de toda América y se alzarían con la plata y las australianas, con un gran conjunto (Titmus, McKeon, Wilson y Leah Neale) también corrieron por debajo de la marca global que ellas habían impuesto, quedándose con el mejor registro de Oceanía. Incluso el cuarto equipo, Canadá, nadó para tener el mejor tiempo de su país. Sin dudas, una carrera que quedará en los anales de la natación por su velocidad e intriga.

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A la australiana le quedaría por afrontar su última prueba, quizás la más compleja de todas: la de los 800 metros, la tierra de Ledecky. Y allí si que, pese a luchar, tendría que mirar desde atrás a la estadounidense, que hizo historia al llevarse la prueba por tercera vez consecutiva. Sin embargo, la plata tuvo sabor a victoria para la mujer de Tasmania, que logró convertirse en Tokio en una de las nuevas caras de la natación, un deporte siempre adepto a ganar nuevos mitos.

En su tierra natal la adoran tanto que hasta han propuesto cambiar el nombre del Centro Acuático de Launceston por el de ella, además de salir a festejar sus grandes triunfos. Su sueño antes de viajar a Japón era ganar al menos un oro, cosa que cumplió con creces. París 2024 espera a la australiana, que buscará seguir demostrando su poderío y, porque no, sumar más festejos a su insipiente colección.

 

 

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Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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