domingo, 30 junio, 2019
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Allí estaban, frente a frente, Argentina y Alemania, las dos selecciones que habían logrado sobrevivir en una de las mejores Copas Mundiales de la FIFA del siglo pasado. El icónico Estadio Azteca era una caldera que hervía de calor y éxtasis en aquel ya mítico mediodía del 29 de junio de 1986. Nadie se hubiera imaginado, en la previa del certamen, que el plantel comandado por Carlos Salvador Bilardo llegaría hasta el último día de competición. Pero si, entre tantos seleccionados de calidad excelsa los que pisarían el verde césped serían ellos, los gladiadores, los que no se habían dejado amedrentar por las críticas y hasta por las crisis internas. Se merecían estar en este choque global y no dejarían pasar la oportunidad de entrar por la puerta del triunfo.

Ambos conjuntos habían llegado a México de forma diametralmente opuesta. La Die Mannschaft había tenido una fase de clasificación tranquila, aunque luego, en tierras norteamericanas, la situación no había sido tan plácida como se hubiera esperado. Tras perder en la última jornada de la fase de grupos (ante una Dinamarca que estuvo intratable), los comandados por Franz Beckenbauer habían tenido que aprender a sufrir, venciendo a Marruecos -primer africano en pasar de ronda en un Mundial- por 1-0, a los locales por penales en cuartos y a la Francia de Platini, Giresse, Tigana y Amoros por 2-0 para volver a plantarse en la final, como lo habían hecho cuatro años atrás en España. Todo el torneo sirvió para volver a demostrar que Alemania es un monstruo competitivo. No importa si juegan bien o mal, el problema siempre radica en que sus miembros poseen una mentalidad avasallante y que, si no se los liquida, siempre pueden resurgir.

El plantel albiceleste, sin embargo, había ido de menor a mayor durante aquel ciclo mundialista. Lograron el viaje a México luego de un gol en el minuto 81 de Ricardo Gareca ante Perú que evitó que los fantasmas del 69´ reaparecieran. En los amistosos previos, sin embargo, es donde habían surgido los inconvenientes más fuertes. Los malos resultados y las tensiones que iban apareciendo en el plantel (sobre todo las que tenían Daniel Passarella y Diego Armando Maradona, los dos referentes del grupo) hacían tambalear el ciclo de Bilardo, al punto tal de que hasta miembros del gobierno del radical Raúl Alfonsín llamaron al presidente de la AFA, Julio Humberto Grondona, para pedir por su destitución.

 

Pero, ante todo y ante todos, el equipo se recompuso. Las cosas se aclararon y se decidió por ser los primeros en llegar a tierras aztecas (nada menos que 30 días antes, algo impensado hoy en día), con el fin de adaptarse a los 2200 metros de México D.F. En medio de aquel caos Bilardo siempre repetiría lo mismo, que habían sido los primeros en llegar…pero los últimos en irse. Y vaya si cumplió.

Jorge Valdano resumiría esta experiencia de forma magistral hablando con el sitio web de la FIFA: “el equipo llegó con pocas posibilidades, poca confianza, hasta con un clima de división interna. Pero a medida que fue pasando el Mundial se fue conformando un grupo fuerte y de mucha personalidad. Diría que fue el ejercicio de transformación más grande que haya visto en mi vida. En el primer partido teníamos dudas sobre si podríamos vencer a Corea y en el último no teníamos ninguna duda de que le íbamos a ganar a Alemania”.

Luego de vencer a Corea del Sur y a Bulgaria (y empatar con Italia), la Argentina lograría eliminar a la Uruguay de Francescoli por 1-0 en octavos, a Inglaterra por 2-1 en cuartos (con los dos goles ya míticos del 10, en un duelo sumamente tenso por todo lo que se arrastraba de la Guerra de las Malvinas) y a Bélgica por 2-0. Si bien los europeos eran considerados como los favoritos -por saber lo que era disputar una final mundialista-, no se podía subestimar a los sudamericanos, que habían logrado reponerse y jugar cada vez mejor.

Casi 115 mil personas se aprestaban a ver el cierre del Mundial. Ya no importaba el calor -un tema que había sido clave en aquel torneo, dadas las altas temperaturas que acontecieron en aquel verano, al que había que sumarle el smog de la capital norteamericana y, también, el horario irreal impuesto por la FIFA-, ni la forma en la que habían llegado hasta allí: todo se definiría en apenas 90 minutos y la tensión que había en el aire hacía que este se pudiera cortar con cuchillo.

 

Argentina y Alemania, frente a frente en medio de un marco imponente.

Beckenbauer dispuso un 5-3-2 con Schumacher, Jakobs, Forster, Briegel, Berthold, Brehme, Eder, Matthaus, Magath, Rummenigge y Allofs, mientras que Bilardo volvió a parar el ya estable 3-5-2 con Pumpido, Ruggeri, Brown, Cuciuffo, Olarticoechea, Enrique, Batista, Burruchaga, Giusti, Maradona y Valdano. El árbitro sería el brasileño Romualdo Arppi Filho, curiosamente el mismo que dirigió a la Argentina en aquel sufrido encuentro en el Monumental ante Perú de hacía casi un año. Para el ex entrenador de Estudiantes de La Plata todo debía pasar por el duelo Briegel v Ruggeri. Si Oscar (en aquel momento en River) lograba anular completamente al ex decatlonista todo se resolvería en favor de la Argentina. “El que gana ese duelo gana el Mundial” le repitió hasta el hartazgo el Doctor al melenudo defensor albiceleste.

Los primeros minutos son de tanteo. Se notan los nervios y el cansancio acumulado luego de tantas duras batallas y de sufrir un calor sofocante. Incluso hasta a Maradona se lo ve impreciso y recibe su primera tarjeta amarilla a los 16´. Pero, a los 22´, llegará el grito iniciático del encuentro: Diego, que hasta entonces no podía hilvanar buenas jugadas, se la toca de taquito a Cuciuffo, quién intenta desbordar, pero es derribado por Matthaus. Luego de esto llegará el tiro libre desde la derecha, cerca del área, en el cuál Burruchaga (sin dudas, la clave de la final) tirará un centro excelente con comba que irá a parar a la cabeza del Tata Brown para poner el 1-0, quién corre con toda su emoción hacia el otro costado y se tira al piso sabiéndose un héroe. “Ese gol no fue casualidad” le dice Bilardo a Diego Borinsky y Pablo Vignone -quiénes escribieron el libro ´Así jugamos´-, “fue dale y dale y dale en los entrenamientos hasta que logramos el objetivo”. El seleccionador no era un paracaidista: él quería que todo estuviera controlado, desde las jugadas a balón detenido (en las cuáles la Argentina se hizo fuerte durante el Mundial), hasta las camisetas que iban a usar sus jugadores.

Pese al gol, la Selección siguió yendo al frente, buscando amedrentar a una Alemania que todavía no podía asimilar el primer golpe. Aunque luego de algunos minutos el ritmo volvería a bajar debido, sobre todo, al calor cada vez más sofocante que recorría cada rincón del Azteca. El agua se convirtió en un elemento muy común en aquel certamen, en gran parte gracias al alto riesgo de insolación que corrían los jugadores, todo por culpa de una FIFA que pensaba más en el dinero recibido por los derechos televisivos que en quienes de verdad se lo hacían ganar.

Terminada la primera parte, la Argentina se muestra más entera, tanto es así que Bilardo decidirá dejar a los mismos once en cancha, mientras que Beckenbauer sacará a Allofs para que ingrese un Rudi Voller que terminará haciendo bastante ruido. Solo tres minutos pasarán hasta que éste se choque con el autor del gol, quién cae al piso bastante mal, lastimándose el hombro. “La verdad es que no podía estirar el brazo del dolor que sentía. Lo llevaba encogido y así no podía jugar, tenía que hacer algo, entonces mordí la camiseta, le hice ese agujero que ves ahí (señalando un cuadro en donde se puede ver la camiseta de aquel mítico partido), metí el dedo y aguanté como pude. Así jugué casi todo el segundo tiempo” les resaltaría Brown a los autores de Así Jugamos, demostrando la fiereza de un grupo que no quería dar ningún resquicio de inseguridad, menos cuando habían tenido que luchar tanto.

A los 11´ llegaría un verdadero golazo. Si bien se habla siempre del tanto de Maradona a los ingleses (el ya imborrable Barrilete Cósmico), los dos ante Bélgica o el del Burru para el 3-2, este segundo, obra de Valdano, es una verdadera joya sacada del libro del arte de contragolpear: los alemanes tuvieron un tiro libre que es fácilmente capturado por Pumpido, quién se la pasa rápidamente con la mano a Valdano, el cual elude a Magath y conduce hacia la mitad del terreno. Casi llegando al círculo central tocó en corto para Maradona, quién da una media vuelta y se la pasa a un Negro Enrique que corría como un caballo por la izquierda. A su vez, Enrique espera a que Valdano, que se había cambiado de banda, lo pase como un trueno. El 11 del Real Madrid llegó hasta el área rival y se la tocó a la izquierda de un Schumacher derrotado. ¡2-0!

“Recuerdo mirar a las tribunas diciéndome ‘somos campeones del mundo’. Pero claro, me había olvidado de un pequeño detalle: al frente estaba Alemania, y Alemania no muere nunca”, recuerda Valdano en el sitio de la FIFA. Y tenía toda la razón: pese a estar dos goles arriba y a parecer un poco más enteros física y psicológicamente, los teutones comenzaron a golpear poco a poco las puertas de Pumpido, hasta llegar a un sorprendente empate, primero gracias a Rummenigge y luego de la mano del suplente Voeller, quedando menos de 10 minutos para que finalizase el encuentro.

Los hombres argentinos no lo podían creer, lo habían hecho todo bien, estaban cerca, pero, de repente, tenían que barajar y dar de nuevo. Sin embargo, en lugar de hacer lo que equipos como Hungría y Países Bajos hicieron (derrumbarse) en finales anteriores, los de Bilardo fueron al centro del campo y comenzaron a mirarse. En medio de un Azteca rebosante y que tiraba para el lado europeo, se gestó un maravilloso silencio de comunión. No se les podía escapar.

 

Burruchaga apareció para sentenciar un partido que se había complicado.

Solo pasaron tres minutos hasta el instante en el que por fin la albiceleste pudo enterrar la estaca en el corazón de los resucitados alemanes. El 10 del Napoli se la cedió de manera magistral a Burruchaga, quién realizó una carrera memorable en soledad hasta llegar cerca del área defendida por Schumacher, quién, en vez de salir a atorar, decidió clavarse en su línea. Cuando decidió dejar su zona de confort ya sería tarde: el 7 del Nantes se la tocó y convirtió el 3-2 final. Burru se fue a festejar a la banda derecha, levantó los brazos, abrió los ojos y lo vio a Batista y a su tupida barba. Pensó que era Dios mismo el que venía a felicitarlo.

Solo restó que el tiempo se cumpliera, pero la Argentina mantendría a raya a su rival y lograría una segunda corona mundial sumamente festejada por todos. Si bien en ese plantel no había jugadores fuera de serie más allá del propio Maradona, lo importante es que todos se conjuntaron detrás de una idea, haciéndola suya. Una vez que el plantel puso sus diferencias de lado (solo quedaría un Passarella aislado y que se pasó el torneo en el hospital por una fuerte intoxicación) supieron que el torneo debía ser solo de ellos. Porque, a veces, no hace falta contar con “cinco dieces” como el Brasil del 70´, sino solo que todos se dediquen a un juego del cuál se sientan parte, siendo apoyados en todo momento por su entrenador. A veces, un grupo de obreros pueden realizar trabajos maravillosos y eternos.

 

 

 

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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