sábado, 8 junio, 2019
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La lucha era cada vez más encarnizada. Allí estaba el escocés, que había perdido las dos primeras mangas ante un pletórico Roberto Bautista Agut, combatiendo en el azulado territorio australiano para que su última imagen no sea la de un ser derrotado por sus propios demonios. Sus muecas de dolor eran indisimulables y uno hasta podía llegar a compadecerse con el bueno de Andy, deseando que todo ese sufrimiento acabase allí, en aquel tercer set. ¿Valía la pena arriesgar tanto en aquel momento, estando debajo 6-4 6-4 en el marcador? El deseo era que él pudiera encontrar la paz luego de tener que cargar durante tanto tiempo con tan pesada cruz como lo es su físico maltrecho, aquel que no le deja siquiera atarse los cordones de sus zapatillas sin sufrir.

Pero no, no era el momento de arrojar la toalla aún. Andrew Barrow Murray (Glasgow, 1987) decidió que blandearía su espada para decirle al mundo que aun le quedaba una última batalla épica por disputar. Fue entonces que dejó lo mejor de si para llevarse en sendos tie breaks los dos siguientes sets para mandarlo todo a la muerte súbita del quinto. De caer en poco más de dos horas a llevar el partido a las cuatro y con chances de ganar. Una locura para el público, un día más en la oficina para el escocés.

El estadio se rendía a sus pies, como hiciera en tantas otras tardes de gloria. Murray los escuchaba con atención, miraba a las gradas, hacía silencio. Quería guardar cada pequeño gesto en lo más profundo de su corazón, ya que sabía que lo había dejado todo y no tenía mucho resto para aguantar a un español que pese a perder aquellos dos sets de manera ajustada estaba disputando un encuentro a la altura de las circunstancias. Andy ganó el primer saque y se puso 0-30 ante el número 24 del ranking. Fue el momento en el que todo el mundo pensó que la gesta podía darse, que el británico volvería de entre los muertos para convertirse en un símil de Peter Colt (recomiendo que vean la película Wimbledon) que, como el personaje del filme, decidiera hacer de su (¿último?) Grand Slam una experiencia inolvidable.

Pero no pudo ser. Su cuerpo, que no lo ayudaba -pero tampoco le había cortado las alas hasta ese momento- dijo basta, hasta aquí llegué. Murray no solo terminaría perdiendo ese game, sino también los cuatro restantes para ponerse en pocos minutos 5-1 abajo. El encuentro terminaría con un 6-2 final que poco importó: la gente aplaudió a rabiar a un héroe que fue puro corazón valiente para decidir presentarse y competir como todo un campeón. No siempre las hazañas terminan en victorias.

 

“Si hoy fue mi último partido fue una forma brillante de terminar. Eso es algo que probablemente también tendré en cuenta. Fue un ambiente increíble. Literalmente, di todo lo que tenía en la cancha, luché lo mejor que pude y me desempeñé mucho mejor de lo que pensaba viendo lo que entrené y practiqué. Estaría bien si este fuera mi último partido”, fueron las palabras de Andy al terminar el encuentro.

 

Quizás vuelva a luchar en Wimbledon, quizás no, pero nadie puede negar que la trayectoria del cuarto integrante del Big Four moderno (lugar que compartió con Federer, Nadal y Djokovic) ha sido espectacular: tres veces campeón de un Grande (más ocho finales), doble campeón olímpico en singles -una gesta que será difícil de igualar-, 14 Masters, una Copa Davis (que Gran Bretaña no obtenía desde 1936) y el honor de haber sido número uno en una era donde desbancar a los pesos pesado del circuito parecía prácticamente imposible.

Pero Murray no solo fue grande por todo lo que ganó, sino por su legado. Fue uno de los que luchó firmemente por los derechos de la mujer en su deporte, defendiendo a muerte a su entrenadora, Amelie Mauresmo, y a su madre, dos de las personas que lo convirtieron en el tenista que llegó a ser, pese a la mirada muchas veces machista que existe en el circuito. Pero también fue uno de los que pidió equidad en el mundo del tenis, sabiendo que las féminas juegan igual cantidad de torneos que ellos, pero ganando mucho menos.

Esa pelea, más su simpatía y camaradería, hicieron que sus compañeros se sintieran abatidos por este posible adiós, al punto tal de reunirse para hacerle un vídeo que se proyectó al final del encuentro ante Bautista Agut, aunque también expresando sus sentimientos por las redes sociales. No todos tienen la capacidad de llegar al corazón de los demás como lo hizo el primer campeón british de Wimbledon desde Fred Perry en 1936. Y seguramente ese será el recuerdo más grande que Andy Murray se lleve de su paso por el tenis. Como el William Wallace de Mel Gibson, el oriundo de Glasgow luchó hasta el final con hidalguía. Ganó y perdió, pero dejó una marca y es por ello que la ovación de pie está más que justificada. Adiós, vaquero.

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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