miércoles, 22 septiembre, 2021
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Hegemonía; la palabra que mejor describe a ese América de Cali que se hizo invencible en la década de los ´80 en el fútbol colombiano. No había ningún rival que le plantara competencia, tal como sucedió con Atlético Nacional en 2016 o Millonarios en la época naciente de la liga cafetera. Era un equipo que causaba temor, no solo por sus descomunales figuras, sino también por la época de su más alto estatus; los años negros del narcotráfico y los asesinatos masivos que desangraron todo un país. Era la época de Pablo Escobar, aún joven en la criminalidad, y el auge del Cartel de Cali, dos bandos que hicieron su propia guerra urbana.

América de Cali siempre ha sido un equipo cercano al infierno y a la oscuridad. Incluso en su mejor momento histórico, cuando era el único e inigualable, sus hinchas tampoco se salvaron de vivir los peores momentos y el temor de caer una y otra vez. Mucho no se puede pedir, pues desde 1948 su trasegar profesional estuvo marcado por maldiciones y brujerías supuestas, las cuales, mito o realidad, llenaban el libro de los recuerdos y argumentaban los fracasos. El autor maldito era Benjamín Urrea, un viejo directivo que, al parecer, tuvo un poder superior al que deseaba. De él hablaremos más adelante.

Y es que mientras el equipo dirigido por Gabriel Ochoa Uribe no dejaba vivo a ninguno de sus rivales en el rentado local, la historia en Copa Libertadores parecía sacada de cuento de terror; perdió tres finales consecutivas, dos de esas, en condiciones increíbles y atípicas para un equipo tan fuerte como aquel escuadrón rojo. La nómina era de ensueño; incluso muchos de los mejores del fútbol colombiano eran suplentes en aquel América. Así sucedió con Hernán Darío Herrera, Pedro Sarmiento y Pedro Zape, tres jugadores que siempre fueron figuras en los máximos rivales.

La mejor forma de acabar con el rival era quitarle a sus figuras y mandarlos al banco. Funcionó. Pero no a nivel continental. Aunque en la esfera internacional tenía nombres como César Falcioni, Ricardo Gareca o Roberto Cabañas. Curioso, pues la época dorada de los extranjeros en Colombia había terminado unas décadas atrás.

La hegemonía comenzó en 1982, cuando el elenco colombiano alzó su segundo título local; el primero había sido en 1979, luego de 31 años de sequía en la primera división. Los diablos rojos encadenaron una seguidilla de cinco títulos ligueros consecutivos hasta 1986. Ese hito sigue siendo único; ningún otro equipo lo ha podido superar, incluso con el formato actual donde se juegan dos campeonatos en el año. Millonarios, con el mismo Gabriel Ochoa Uribe como DT, fue cuatro veces campeón a comienzos de los ´60. Era un estratega de chapa victoriosa.

 

1985: un fracaso comprensible

La Copa Libertadores no es para cualquiera. América lo entendió bien pero no lo materializó. Se armó con los mejores elementos de dicha competición. Tenía en el arco a Julio César Falcioni, figura de Vélez Sarsfield en el triangular semifinal de 1980 cuando se enfrentó a un joven América. También tenía a un ya recorrido Willington Ortiz, de los mejores en la historia e ídolo en los dos clubes de Cali. El equipo escarlata era el tricampeón de Colombia y era el momento de soñar con algo más. Sin embargo, era un sueño.

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Dicho equipo en la Copa Libertadores de 1985 fue primero del grupo 3, por encima de Cerro Porteño, Millonarios y Guaraní. Aún se concedían dos puntos por victoria y América hizo ocho unidades; dos victorias y cuatro empates. Con su rival más acérrimo, Millonarios, empató 0-0 en ambos compromisos. Le ganó a los dos paraguayos en condición de local. Pero por el otro lado estaba Argentinos Juniors, campeón de ese año.

El equipo del que salió Diego Maradona vestía una tonalidad similar de rojo. Fue primero del grupo 1, haciendo nueve puntos contra Ferro, Fluminense y Vasco da Gama; desde la estadística, mejor que América. También lo superó en los triangulares semifinales; Argentinos, ante Independiente y Blooming hizo seis puntos; América, contra El Nacional y Peñarol hizo cinco. Simultáneamente, la liga colombiana era un entrenamiento.

En la final de ida, jugada en El Monumental de River Plate, los locales ganaron por 1-0 con anotación de Emilio Commisso. También estaba Sergio Batista, campeón del mundo en 1978 y el recordado Claudio Borghi. Más que ser Argentinos Juniors, La Paternal era conocida por haber tenido en su cancha a Diego Maradona, figura del Nápoles en esa época. No obstante, en el Pascual Guerrero de Cali, Argentinos Juniors era uno más de la lista; América ganó 1-0 con un gol tempranero de Ortiz, empatando la serie 1-1. Como no había tandas de penales que definieran resultados, Asunción fue la sede del tercer partido.

Con público reducido y solo dos días después de haberse jugado en Colombia, América y Argentinos pusieron la serie 2-2. Commisso volvió a marcar, pero Ricardo Gareca puso la igualdad casi media hora antes del pitazo final. En penales, ahora sí, Julio César Falcioni podía ser el héroe. Esa era su mejor cualidad, tal como lo había hecho años atrás en Liniers. Por parte de los jugadores, la experiencia y carácter parecía ser suficiente. Ochoa Uribe conformaba un equipo de luchadores, fríos y directos a la guerra.

El equipo de Buenos Aires marcó los cinco penales; Falcioni se fue en blanco. América metió los primeros cuatro sin mucho desespero; Gareca, Cabañas, Herrera y Soto hicieron la tarea. Pero el último, Antony El Pitufo de Ávila, quien era el mayor temor de porteros como René Higuita, lo erró. Enrique Vidallé, de buen bigote y buzo azul atajó a su palo derecho, previo a que Mario Videla pusiera el penal campeón.

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Fue el primer tropiezo. Sin mucha responsabilidad encima, América de Cali se convirtió en el segundo equipo colombiano en llegar a una final de Copa Libertadores. Deportivo Cali lo había hecho en 1978.

 

1986: ya no hay espacios para novatadas

La primera duele, la segunda genera preguntas. Mientras América ya tenía cuatro títulos consecutivos y una clara superioridad frente a equipos como Millonarios, Atlético Nacional y Deportivo Cali, en Copa Libertadores su toque final era insuficiente. Incluso, ese equipo de Ochoa Uribe pudo sobrepasar a su clásico rival, quitándole el título liguero en 1985 y 1986. Para el año más ganador de los argentinos, también lo superó en ser, hasta el momento, el equipo con mejor presencia continental del país cafetero.

Esos años eran violentos en Colombia. La muerte no se quedó sin tocar la puerta del fútbol, pues siete directivos de la liga local fueron asesinados. Igualmente, Fernando Navarro Montoya, ídolo de Boca Juniors y jugador de Santa Fe para esa época, se atrevió a decir, antes que cualquiera, que el fútbol colombiano era financiado por la mafia.

A esa versión se le sumó la de Fernando Rodríguez, hijo del narcotraficante Gilberto Rodríguez Orejuela, quien mandaba en el Cartel de Cali; según Fernando, esa organización le daba dinero a los árbitros para favorecer al América y, muchos de los grandes árbitros se dejaron tentar por ese dinero”.

Según lo recordó el propio Rodríguez para El Universal, su tío Miguel había comprado el club en 1979, y todo ese dinero que se invirtió en grandes contrataciones provenía del negocio de las drogas: Conformó un equipo casi invencible que se paseó por todos los estadios de Colombia. Influyó en ciertos resultados, manifestó.

Así pues, en 1986, América de Cali perdió su segunda final de Copa Libertadores consecutiva. Su rival de turno fue el River Plate de Héctor Veira, conformado además por Nery Pumpido, Óscar Ruggeri, América Gallego y Juan Gilberto Funes. No hubo oportunidad para los colombianos, quienes perdieron en Cali y Buenos Aires con una actuación infalible de Funes y su poderío goleador. Era una final perdible contra los campeones del mundo.

La sorpresa llegó un año después.

 

 

1987: la presencia maldita

Como dicen en mi país, la tercera es la vencida. América de Cali era el pentacampeón de Colombia y su mentalidad estaba sí o sí en ganar la Copa Libertadores luego de dos fracasos. Tanto fue el compromiso con dicha cita continental que en la liga colombiana bajó el ritmo y perdió la vigencia de campeón. Luego de cinco años siendo primero, América descartó volver a ganar, todo eso para irse sin frenos por ese caprichoso trofeo cilíndrico.

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En 1948, Benjamín Urrea, más conocido como Garabato, le había hecho una maldición a América de Cali. Estaba en contra de la profesionalización del club y su respuesta a dicha decisión fue intentar bloquear las posibilidades de victoria. Según el mito, le dio la vuelta al estadio Pascual Guerrero de rodillas y dijo que el América nunca será campeón”. Curiosamente, el equipo del diablo en el pecho demoró hasta 1979 para salir primero. Ya en 1980, en presencia del mismo Garabato, se realizó un exorcismo al estadio caleño y él mismo aceptó sus actos.

Esa maldición no desapareció en el torneo continental ni mucho menos. La final fue ante Peñarol, club uruguayo que ya tenía cuatro Libertadores en su haber. El partido en Cali fue para el local, con una contundente victoria 2-0 que parecía dar un nuevo aire de vida y una nueva posibilidad. Sin embargo, en Montevideo, el 3-1 de Peñarol abrió el camino para un tercer partido ya sufrido por los americanos años atrás. Y aunque América habría sido campeón por gol de visitante, aún esa regla no estaba vigente.

Santiago de Chile, sede del tercer partido, tuvo menos de 20.000 espectadores ese 31 de octubre de 1987, una fecha paradójica para la historia del club colombiano. Con el empate, ahora sí, América era campeón, por lo que Ochoa Uribe se dedicó a defender. Enrique Simón Esterilla, quien era defensa, entró como delantero para rechazar balones y llenar los espacios, pero Roberto Cabañas salió expulsado en la prórroga.

Según lo recordó el maestro Óscar Tabárez, técnico de ese Peñarol, desde esa expulsión se sintieron campeones. En Colombia, mientras América estaba a segundos de romper la racha, se generó un daño en el fluido eléctrico a nivel generalizado dejando un apagón mientras todos los televisores sintonizaban la final continental. Nadie vio a Peñarol marcar el gol ganador, ese mismo que anotó Diego Aguirre en el minuto 120 con 28 segundos, ya superado el tiempo reglamentario.

Cuando volvió la luz en toda Colombia, Peñarol celebraba y América, una vez más, lloraba. Todos, luego del gol, se tomaron la cabeza y cayeron desconsolados al suelo, pensado y volviendo a pensar qué se había hecho mal esa vez para volver a ser segundos. 28 segundos separaron a América de ser campeón; un apagón eléctrico salvó a los hinchas de presenciar dicha vergüenza repetida tres veces.

 

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