miércoles, 30 septiembre, 2020
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En 1986 América de Cali sumó a sus filas profesionales a un escuálido, gigantesco y amorenado juvenil de apenas 19 años de edad que salió de las calles de su barrio 12 de Octubre para rebuscarse la vida pateando un balón, pero no en la abandonada y polvorienta cancha de su niñez, ni tampoco con los que siempre fueron sus amigos incluso ya en la gloria de los campeones y en la desgracia de los fracasados. Albeiro Usuriaga medía 192 centímetros, más que la mayoría de sus compañeros de club, pero esa estatura atípica para la época era lo que menos lo hacía llamativo y el factor último en su brillante presencia; sus piernas eran largas en exceso, y le servían para evadir rivales como conos y también para abarcar toda la mesa donde jugaba a las cartas o dominó hasta la medianoche todas las noches, hasta el día concluyente de su vida.

El club dueño de sus derechos deportivos gozaba de un momento inigualable. Había sido campeón cinco veces consecutivas de la liga colombiana, además de llegar tres veces seguidas a la final de Copa Libertadores entre 1985 y 1987. Sin embargo, Usuriaga no era prioridad y al igual que casi 70 jugadores pertenecientes al América, tuvo que migrar y buscar éxito, dependiendo o no del azar. Esa misma suerte de ludópata lo hizo perder y ganar, teniendo pasos silenciosos por Deportes Tolima y Cúcuta Deportivo, pero arribando en 1989 a Atlético Nacional, club que le hizo probar su primer sorbo de gloria. Francisco Maturana lo incluyó en el primer proyecto ganador del país cafetero y de a poco en poco en la selección nacional.

Con el club Verdolaga, acompañado de jugadores como René Higuita, Leonel Álvarez, Andrés Escobar y John Jairo Tréllez, El Palomo conquistó la Copa Libertadores de aquel 89´ manchado de violencia y narcotráfico (año en que la liga local fue cancelada por el asesinato de un árbitro). Fue fundamental, sobre todo en las dos rondas finales, cuando marcó cuatro goles ante Danubio (6-0), y un tanto en la gran final ante Olimpia, enmarcando en letras doradas ese pegajoso y particular apodo que hasta las señoras menos futboleras recuerdan, también por sus zancadas y corridas de 100 metros planos que parecían irreales y hasta cómicas.

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Su sobrenombre de El Palomo no se lo había ganado por volar sobre la cancha, ni por mover sus extremidades inferiores como un ave africana, sino porque desde años atrás su prenda de vestir favorita era un traje totalmente blanco, para salir a caminar, ir a entrenar, concentrar y ser el punto visual de las discotecas donde se encontrara. Era amante de llamar la atención y ser el centro de atracción, contrastando su tez negra con un claro y luminoso vestir, acompañado con una sonrisa del mismo color que siempre iba al frente y joyas preponderantes que brillaban hasta cegar a las multitudes que lo idolatraban. Se veía de Cali a Japón o Tel Aviv en Israel.

 

 

 

En su barrio, del que solo salió en un carro fúnebre, no necesitaba ropa costosa que lo acompañara. En el 12 de Octubre era el Dios, el referente, la muestra de felicidad y de poder salir adelante sin olvidar los orígenes. Incluso, en la cúspide de su carrera, nunca olvidó la pobreza que lo llenó de ganas, y que paradójicamente decoró su último latido. Nunca quiso despedirse de su barrio ni de su gente, pero se lo tomó muy en serio, convirtiendo ese apego en un impedimento para ser el más grande, más allá de la estatura.

 

Volar muy alto fue su error

 

Aunque no habían finalizado los 80´, la década de los 90´ parecía ser la ideal de Albeiro Usuriaga y su fructífera carrera como profesional. Fue el hombre que le dio la clasificación a la selección Colombia al Mundial de Italia 90´, con un agónico gol ante Israel en el repechaje; también llegó al Málaga de España luego de su victorioso paso por Atlético Nacional, convirtiéndose así en el primer futbolista de su país en jugar para un club español. Sin embargo, como en un juego de cartas, no se sabe cómo atacará el contrincante, y el contrincante de El Palomo era sí mismo.

Pese a que selló la clasificación a una cita orbital luego de 28 años, finalmente no fue convocado por Maturana para el evento principal. Nunca hubo una explicación, pero tiempo después el mismo Usuriaga manifestó que: “Me agrandé, perdí la humildad. Ya me creía que era Pelé”. Lo mismo le pasó en Málaga, pues apenas disputó seis partidos antes de que su hogar, el 12 de Octubre, le hiciera un llamado a la lejanía para evitar su ascenso en las ligas europeas. Prefirió volver al fútbol colombiano, y al fin y al cabo esa era su felicidad. Solo quería estar en casa y no en un lugar donde pasara desapercibido como cualquier otro ciudadano, sin poderse tomar unos cuantos tragos y ser el popular del lugar.

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Las camionetas de lujo, los encuentros excéntricos que alargaban la noche, la rumba en su ciudad y el juego (no el fútbol) lo mataron, literalmente, pero luego de ya haberse consagrado y ganado un puesto en el salón de la fama en Colombia y Argentina cuando brilló sin diamantes encima.

 

Jugar con el diablo y visitar el infierno

 

Luego de su paso fallido por el fútbol español, América de Cali repatrió a Usuriaga. Estaba en su ciudad y con su equipo. No había restricciones por su condición de figura y esos comportamientos poco profesionales eran un plus que llevaban gente al estadio. El rebelde, la sangre caleña, la sangre salsera, la rumba, el que disfruta la vida, la saeta negra. Era un showman que gustaba de ser admirado y consentido. También un ganador por naturaleza, porque en su intención de nunca salir de su pequeño mundo, las victorias y las oportunidades siempre se le atravesaban, pero de una manera finita.

Fue campeón en dos oportunidades con América de Cali (1990-1992), y esa cercanía de colores y grandeza lo llevó a Independiente de Avellaneda en 1994, cuando ya llegaba como un cíclope del fútbol colombiano. Debutó en abril ante River Plate (1-0) y nunca más salió de la formación titular, alcanzando incluso el Torneo Clausura y la Supercopa Sudamericana de ese año, sin olvidar que conformó el once ideal de América en compañía de Sebastián Rambert y Gustavo López. Era el jugador de moda y al que todos seguían. El jugador de la gente y que completó una terna de títulos en El Rojo, siendo primeros de la Recopa Sudamericana de 1995, con sede en Japón.

Se cansó de ganar y se dedicó a lo suyo, a disfrutar de la fama cosechada durante años. Recaló en Necaxa, Barcelona de Ecuador y Santos, antes de volver a Independiente en 1997, pero siendo sancionado durante dos años por una prueba positiva por cocaína. General Paz Juniors, un pequeño club de la ciudad de Córdoba en Argentina le dio una mano en 1999, pero El Palomo ya no tenía vuelo ni tampoco esas ambiciones de chico cool. Su sueño, con apenas 34 años, era pasar el día en la esquina de su barrio (perdido en la delincuencia y la mafia de aquel entonces), tomando cerveza barata, con prendas deshilachadas y dejándose consumir por el calor de aquella ciudad.

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Pasó por varios equipos chicos de Colombia, Argentina y Venezuela, pero ya era demasiada carga para alguien que se retiró del fútbol mentalmente en 1996, y que se conformó con los siete títulos que ganó en tiempos aquellos. La riqueza que cosechó pasó a ser de sus amigos y resultó ser un estorbo en su vida. El único dinero que rotaba por sus manos era el de las apuestas en juegos de mesa que sí lo motivaban un poco, y los estadios repletos que algún día lo vitorearon se transformaron en cantinas de mala muerte que aún recordaban a Usu, el ser humano y parcero de todos.

El 11 de febrero de 2004, cerca de las 7:20 de la noche, dos sicarios en moto llegaron hasta su paradero, y sin mediar palabra, uno de ellos le disparó en 13 ocasiones, concluyendo así una vida no correspondida por Albeiro Usuriaga, aquel que nunca quiso ser lo que logró ser. El coloso de casi dos metros cayó sobre su tierra, su hogar, el lugar donde nació, murió y amó. La hinchada de Independiente, América o Atlético Nacional nunca fue superior a la fanaticada que logró captar en el 12 de Octubre y que con bombos y platillos honró su vida días después de su muerte: ¡Usu, Usu, Usu!

Probablemente sus asesinos también lo apreciaban.

 

Usuriaga fue portada de El Gráfico.

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