martes, 23 julio, 2019
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Recientemente se cumplieron 25 años de su gol. Ya ha pasado un cuarto de siglo y su recuerdo sigue grabado en los corazones de la gente de su país. Uno de los aspectos que le hizo ganarse a los residentes saudíes fue su lealtad a un club. Saeed Al-Owairan comenzó con su carrera en Al-Shabab en 1988, conjunto en el que se destapó como un mediapunta muy veloz y dotado de gran visión de juego, y continuó allí hasta que se retiró en 2001 con 32 años.

En la final de la Copa del Rey Fahd 1992, que su selección perdió ante Argentina (1-3), convirtió el gol del descuento con un potente remate desde afuera del área que batió a Goycochea. Parecía destinado a brillar. Sin embargo, la carrera de Al-Owairan no terminaría de la mejor manera.

 

 

 

 

Apoteósis en Washington

Todo comenzó en el Mundial de EEUU 1994. Si el día anterior la figura había sido el ruso Oleg Salenko por sus inigualables cinco goles ante Camerún, a la siguiente mañana lo fue Saeed gracias a su magistral anotación que bastó para ganar el compromiso y asegurarse el segundo puesto de su grupo, el F.

Allí marcaría el mejor gol de aquel Mundial, frente a Bélgica. Al-Owairan tomó el balón y, tras una espléndida galopada de más de ochenta metros sorteando rivales, mandó el balón a la red de forma espectacular. Un gol que le proporcionó a Arabia Saudí el pase a octavos de final en su primera presencia mundialista y por el que Al-Owairan fue apodado como el “Maradona del Golfo Pérsico“, debido a la similitud de su tanto con el segundo de Diego Armando Maradona a Inglaterra en México 1986.

 

 

Saeed se convertía, de este modo, en ídolo nacional en Oriente Medio y una especie de embajador del deporte saudí. Llegó a ser la imagen de importantes marcas y un personaje habitual en las cadenas de televisión de su país.

Después de brillar en la Copa gracias a su espectacular gol en el Robert F. Kennedy Memorial Stadium de Washington, y ganar el Premio al Futbolista del Año en Asia, las cosas no fueron como las esperaba el mediocampista ni como las quería la afición saudí. Las estrictas normas de su país impedían que los futbolistas emigrasen y el joven Al-Owairan fue obligado a quedarse en su país, en medio de la fama pero también de la frustración.

 

 

 

Ídolo rebelde

El primer incidente se produjo pocos meses después, tras ser advertido y fuertemente multado por marcharse dos semanas de vacaciones a Marruecos sin permiso del club.

En el mes del Ramadán de 1996 fue arrestado por el Cuerpo Especial de la Policía Moral saudí tras ser visto consumiendo alcohol en un club nocturno con mujeres de nacionalidad rusa durante una concentración del equipo en El Cairo. Fue castigado con seis meses de cárcel y un año de suspensión futbolística por “conducta no musulmana”. En un país como el suyo, con la religión como trasfondo, ese tema se convirtió en un asunto de Estado.

El castigo le impidió disputar la Copa Asiática de aquel año celebrada en Emiratos Árabes Unidos, misma que fue conquistada por su Selección. Tampoco pudo formar parte de los compromisos que Arabia Saudí enfrentó como parte de la eliminatoria rumbo a Francia 1998 por contravenir la Ley Islámica.

Sin embargo, los dirigentes de país hicieron a un lado el escándalo en el que se vio envuelta su gran figura futbolística y le permitieron jugar el Mundial en suelo galo. Con un marcado sobrepeso -pese a que se le permitía entrenar en solitario- y con problemas psicológicos, regresó al Al-Shabab y el brasileño Carlos Alberto Parreira (entonces técnico del equipo nacional) lo convocó finalmente.

 

 

 

Decepción gala

Las expectativas de mejorar lo hecho en Estados Unidos eran ilusionantes. No obstante, Al-Owairan no pudo anotar goles ni marcar diferencias a favor de Arabia Saudí, que fue eliminada en la fase de grupos tras salir derrotada a manos de Dinamarca y el anfitrión Francia y empatar con Sudáfrica. Allí, con treinta años y las miradas del mundo puestas en sus ágiles y rápidas piernas, la estrella se había apagado definitivamente.

Y es que, al igual que El Pelusa, Saeed tuvo todo para llegar todavía más lejos en el mundo del futbol. El árabe, muy probablemente, lo hubiera hecho de no haberse visto involucrado en aquel alboroto, ya que a raíz de ese suceso las autoridades de su país le impidieron irse al fútbol europeo.

Curiosamente, ambos pudieron haber sido rivales en los cuartos de final de Estados Unidos 1994, de no haber sido porque la sorprendente Rumania de Gheorghe Hagi -conocido como el Maradona de los Cárpatos– dejó en el camino a Argentina y porque la la gran Suecia de los Larsson, Brolin, Dahlin y compañía despachó a los saudíes. Hasta ese torneo, solamente la selección de Corea del Norte -en Inglaterra 1966- había avanzado a la segunda fase de un Campeonato del Mundo como parte de la Confederación Asiática.

“Vi ese gol más de mil veces. Ya me aburrí de él”, llegó a declarar en alguna ocasión Al-Owairan.
A pesar de ser golpeado por ese caso, sigue siendo una leyenda y un símbolo del deporte en Arabia Saudí. Saeed está considerado como el futbolista con más talento surgido de su país, con el que acumuló 24 goles en 75 partidos y, por supuesto, incluido uno de los mejores goles de la historia de los Mundiales.

Al Owairan ya no es nadie para el fútbol. Pero su recuerdo será siempre merecido. Y más después de ver el estado actual del fútbol en Arabia Saudí.
Aquel hombre entendió, en ese instante breve que duró su jugada, aquella manifestación del escritor mexicano Juan Villoro: “en un Mundial, cinco segundos pueden durar para toda la vida”.

En ese puñadito de segundos, aquel futbolista sin apellido ni cara reconocibles -en días en los que Internet era algo de ciencia ficción- se transformó para siempre. Durante su corrida y un rato después fue el mejor y el más famoso de todos los cracks. Desde entonces, se adueño de un apodo que hasta llegó a cansarlo por reiteración. Una lástima.

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Juan Zavala
Venezolano del 96. Literatura, geopolítica y deportes. Contando aquellas historias que tanto nos apasionan desde otro punto de vista.

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