jueves, 28 mayo, 2020
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El documental Sunderland ‘Til I Die hizo que nos reencontrásemos con el extremo irlandés que encandiló a la afición del Celtic de Glasgow durante más de un lustro

Phoenix – Lisztomania

 

Ver a Aiden McGeady en el documental Sunderland ‘Til I Die, de Netflix, me volvió a ser más viciado con los videojuegos o cómo diablos se diga ahora. No es que haya tenido muchas alegrías en la vida, pero me agradó saber algo del bueno del irlandés. Le perdí la pista cuando regresó al fútbol británico después de su periplo por las tierras frías de Rusia. Lo último que supe de él lo escuché en un partido de la Eurocopa de Francia de 2016, donde dijeron que jugaba a préstamo en el Sheffield Wednesday. Fue una grata sorpresa saber del rubio.

Cuando la única preocupación era elegir con qué conjunto ibas a despeñar tus esfuerzos hasta llevarlo con un mando de consola hasta la gloria, yo me encontré medio de rebote o medio de intuición con un equipo escocés que me llamaba la atención. Lo único que conocía de la nación que vio nacer a Irvine Welsh, uno de mis escritores favoritos, es que son los creadores del whisky, que tienen descomunales praderas verdes y la vida desangeladas de los chicos de Trainspotting en las calles de Leith.

Por aquel entonces, el Celtic de Glasgow contaba con un extremo habilidoso entre sus filas y que llevaba a la espalda el dorsal 46. Como si de un juego de peleas se tratase, aporreé todos los botones cuando McGeady controlaba el balón sin saber lo que pasaría. El diestro que encaraba a pierna cambiaba empezó a hacer filigranas. Aquellas florituras, virguerías, fueron un viaje para mí. Vi colores que todavía no había visto. Un cuelgue que no superaría ni la sustancia más estupefaciente y psicodélica que exista. Acciones que luego pude ver en la vida real con mis propios ojos.

Por cosas como aquellas y por no esperar nada a cambio, el irlandés se convirtió en uno de mis jugadores fetiches, uno de esos amores prohibidos que no llegas a comprender, te hacen daño y que sabes que nunca vas a recibir lo mismo que das. El periodista Nacho González, de La Media Inglesa, cree que McGeady tiene dos principales ventajas. “Es un jugador desequilibrante y con buen pie”.

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Aquel Celtic, de la temporada 2009/2010, con el greñudo Georgios Samarás, el mítico Robbie Keane, el surcoreano Ki Sung-yueng en la sala de máquinas del centro del campo, el lateral teutón Andreas Hinkel y con Artur Boruc, un portero polaco y grandullón, entre otros, hacía estragos en la confianza de mis amigos porque, aunque a veces se pusieran por delante en el marcador, acababan perdiendo contra un equipo del que solo tenían el vago de recuerdo de sí alguna vez habían levantado la Copa de Europa o no.

Sin saber dónde cojones acabaría, empecé a jugar una liga con la entidad católica en un simulador asiático de fútbol. Hice algunos fichajes. Juan Mata apuntillaba las bandas y el último pase cerca del área rival. El interminable Nikola Žigić, exiliado en Escocia por culpa de Unai Emery, conseguía hacerse un hueco con buenas actuaciones, las mismas que le llevaron a alzar el Balón de Oro en una temporada espectacular, bárbara, mastodóntica o el calificativo que queráis.

También recuerdo la incorporación de Sergio Busquest, que en ese tiempo era muy jovencito, tanto que aún no se presagiaba el potencial que tendría después y que salió de Barcelona a coste cero. El catalán tuvo sus más y sus menos. No cuajaba ni mucho menos grandes partidos cuando el sistema era 1-4-4-2, pero sus cualidades eran excelsas con el 1-4-3-3, formación que para algunos no se puede cuestionar y tiene carácter más que divino. La competición doméstica, la copa del país y la Champions League, con la licencia, eso sí, es el palmarés de aquella campaña. La liga y el torneo del KO no fueron los de Escocia. Aquel videojuego no contenía dentro de sí la autorización para ello, pero incrusté a los The Hoops en la Premier League. De todos modos, tres títulos así no se ven por Celtic Park desde 1967.

Tras vestir seis años la emblemática camiseta de rayas verdes y blancas, McGeady, que parecía que su futuro estaba predestinado a recalar en un club ambicioso inglés, acabó incrustándose en las entrañas del Spartak de Moscú, donde estuvo cuatro temporadas. Aquello me pareció muy rocambolesco y ya empezaba a creer que mis sospechas de que el fútbol no era solo dinero eran falsas.

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Incluso, aunque él no lo recuerde, le comenté aquella decisión a Toni Padilla por Twitter y el periodista también pensaba que habían primado otras cuestiones antes que las deportivas. Solo quedaba poner Lisztomania del grupo Phoenix y no cavilar.

Después del Kremlin, el diestro fichó por el Everton, pero, si le echas un ojo a su trayectoria en Transfermarkt, todo son cesiones y vueltas al conjunto azul del Liverpool. Todo un esperpento, vaya.

En ocasiones, no, no veía muertos, pedí su fichaje para mi equipo. Ese equipo que empecé a seguir casi de manera instintiva, ya que al campo que iba cada fin de semana era al del otro conjunto de la ciudad. Pedí su fichaje como se piden los fichajes: para los adentros. Pensé que un extremo habilidoso sería bueno para tener un jugador diferente a los tropecientos mediapuntas iguales que incorporó un director deportivo que calificaba todas sus contrataciones como asociativas. En aquel momento, ya hacía mucho que ese equipo me quitaba años de vida.

No todo el mundo tiene el mismo pensamiento sobre McGeady como yo. Pará mí le faltan cuatro Balones de Oro, mínimo, pero la carrera del irlandés hace bastante que se fue a la deriva y que empeñó sus anhelos de ser algo grande, no solo por su elección de ser uno de los The Black Cats. En la última Eurocopa, ya no era ni titular con su selección y, a pesar de tener que remontar un marcador adverso, no fue ni el primer cambio.

González, que afirma que el extremo no ha gozado de demasiado protagonismo en Inglaterra y que siempre se ha movido en un nivel inferior al de la elite en Europa, explica: “Todo el mundo sabía que ese Sunderland era un equipo abocado al fracaso y él era uno más de esos veterano con experiencia en la Premier League con los que el club pensaba que podría salvarse. Era un despropósito y así sucedió”.

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Hoy en día, muchos conocerán a McGeady por diversos videojuegos y por una noticia que saltó a la esfera mediática, donde tampoco hizo mucho ruido. En ella se informaba de que el extremo, que, actualmente, es jugador de la Tercera División en Inglaterra, es más habilidoso y que poseía mejor valoración de skills moves que Leo Messi. A ver si vamos a tener que cambiar la pregunta: ¿Maradona o Aiden?

Quizás, en cierta manera y en cierto modo, solo quizás, no hay nada que relacione a James Dean, el rebelde sin causa por excelencia, con un irlandés . Solo puede que les aúne el que hayan sido personas y que hayan vivido en la Tierra. Pero yo vi en McGeady ese halo transgresor, de inconformismo e irreverencia del que tanto hablan los más viejos del lugar, que tanto le atribuían al actor norteamericano y que inspiró al personaje de Armin Tamzarrian.
Tal era la atracción y fanatismo por Aiden que le puse a mi equipo de Comunio su nombre. Me gustaba denominar a mis conjuntos con jugadores de fútbol que mis conocidos no sabían ni que existían. Puede que incluso llegase a ganar aquella liga. Y, sí, aquella liga sí era de granjeros.

Mira que se dice mucho de los jugadores británicos, pero es que más de uno tiene la apariencia de servir pintas en el pub de su padre. Puede, solamente, puede que eso fuese un motivo más para que me llamase tanto la atención el futbolista nacido en Glasgow. Años más tarde un amigo me declaró que di mucho la tabarra con ese tal McDowelds o con cada una de las cosas a las que le añadía un Mc para referirse a él.

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Periodista. Las pasiones que amo me matan. Escribir es una de ellas.

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