jueves, 28 octubre, 2021
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En proporciones históricas, Yibuti es un país relativamente nuevo. Con solo 47 años de vida, es la segunda nación más joven del Cuerno de África por detrás de Eritrea, que obtuvo su independencia en 1993, luego de estar bajo el dominio francés por siglos junto a Somalia. Recién en 1977 su población pudo expresar su opinión a través de un referéndum en el cual la opción de liberarse de la autoridad de Francia ganó por amplia mayoría. Ese mismo año fue reconocido oficialmente como un país por la ONU y, a diferencia de la mayoría de sus vecinos, dio sus primeros pasos de forma agigantada y sin conflictos bélicos.

Si se lo compara con el crecimiento de un niño, la nación en ciernes salteó las etapas de gatear y caminar para integrarse al mundo corriendo con un rápido establecimiento de una Constitución y de leyes para regular el día a día en su territorio. En materia deportiva, su inclusión global tuvo la misma rapidez que a nivel estatal dado que en 1983 creó su Comité Olímpico Internacional que en solo unos meses ya recibía las credenciales del Comité Olímpico Internacional y, al año siguiente, diagramaba cuál iba a ser la primera delegación de la historia del país en aparecer en unos Juegos Olímpicos.

Continuando el paralelismo con un infante de forma más literal, la pequeña comisión de tres atletas que envió Yibuti a su debut olímpico en Los Angeles 1984 estuvo compuesta íntegramente por maratonistas. Djama Robleh fue el abanderado por ser el más conocido y el que mejor rendimiento había mostrado en los meses previos a la ceremonia de apertura y estuvo escoltado por Ahmed Salah y Omar Abdillahi Charmarke. De hecho, ese fue el orden en el que llegaron a la línea de meta al finalizar en la 8°, 20° y 32° posición respectivamente, con un gran papel de Robleh quedando a 2:18 del portugués Carlos Lopes.

Por más prominente que pareció la actuación de Robleh en Los Angeles, el protagonista de esta historia será Ahmed Salah, quien había llegado a esos Juegos con experiencia en el Mundial de Atletismo de 1983 y con la medalla de plata obtenida en el Campeonato Africano de Atletismo de ese mismo año. Pero sus mejores años estaban por venir: en 1985 fue el campeón del primer Mundial de Maratón de la IAAF en Hiroshima y se llevó el segundo lugar en la Maratón de Nueva York, al año siguiente obtuvo el mismo resultado en la Maratón de París y en 1987 se terminó de dar a conocer a nivel mundial con su subcampeonato en el Mundial de Atletismo de Roma. Como si eso fuese poco, en pleno año olímpico registró su mejor marca personal en la Maratón de Rotterdam con un tiempo de 2:07:07, que lo depositó en el segundo lugar de la competencia y que, de esa manera, se transformaba en el record nacional de Yibuti dejando atrás el 2:08:08 de Djama Robleh.

Sus resultados lo llevaron a ser el abanderado en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Seúl 1988 y lo posicionaron como uno de los candidatos a pelear por alguna medalla en la maratón. Esta vez, a diferencia de hace cuatro años, el tamaño de la delegación se había duplicado y, en cierta forma, diversificado, ya que estaba compuesta por seis atletas, cinco corredores y un velero. Dentro del atletismo también había esparcido variado la influencia yibutiana ya que entre esos cinco garantizaban la presencia de la bandera africana en las pruebas de 1500, 5000, 10000 y, como se mencionó anteriormente, maratón.

Fue justamente este último evento el que bajaba la persiana del calendario en la capital de Corea del Sur el 2 de octubre. La importancia de la fecha radica en el calor al que se tuvieron que enfrentar todos los participantes, unos 34 grados centígrados constantes que provocaron varios abandonos a lo largo de la prueba y que demoró la separación de los corredores de punta de los del grupo del medio. Recién en el kilómetro 20 el grupo veía como Salah, el italiano Gelindo Bordin, el keniata Douglas Wakiihuri y el japonés Takeyuki Nakayama se despegaban de ellos para ingresar en su propia carrera.

Nakayama aguantó el ritmo hasta el kilómetro 33, donde los integrantes del podio comenzaron a ser previsibles por la merma del nipón. Hasta el kilómetro 38 Salah marchaba primero conteniendo el ritmo de Bordin pero el italiano demostró que se había estado guardando un resquicio de energía que utilizó para superar al yibutiano y encaminarse a la victoria. Tal había sido el esfuerzo de nuestro protagonista que también sufrió el sobrepaso de Wakiihuri, aunque sin quedar relegado como Nakayama ya que, al cruzar la línea de meta en el Estadio Olímpico de Seúl, sólo 27 segundos separaban a los tres primeros, una de las definiciones más cerradas de la historia de la competencia.

Hussein Ahmed Salah hacía historia obteniendo la medalla de bronce, la primera en la historia de Yibuti en la segunda participación del país en unos Juegos Olímpicos. Fiel a su estilo, la nación que había nacido corriendo llegaba a la gloria deportiva, justamente, a través de la Maratón. En cambio, al momento de festejarlo no había que correr, simplemente había que aplaudir de pie la hazaña de su representante, el deportista más admirado de su tierra.

A diferencia de la mayoría de los atletas tras conseguir su primer gran hito profesional, Salah interiorizó su éxito con total normalidad y se tomó un año sabático luego del bronce. Decidió que estar sin competencias en 1989 le iba a venir bien para descansar el cuerpo y para alejarse de la vida del maratonista: los entrenamientos, las métricas y los viajes, entre otras cosas.

Volvió en 1990 como si no hubiese parado un segundo y con tan solo un año de regularidad se volvió a llevar la medalla de plata en el Mundial de Atletismo de 1991 en Tokio y se mantenía en forma para los Juegos de Barcelona 1992. Para esa edición Salah no llegaba con el rótulo de candidato como hacía cuatro años por dos principales motivos: su edad, 35 años, y el año que estuvo sin competencias que, pese a su exitosa competencia en Japón, lo excluyó del grupo de élite que podía pelear por medallas en España. Y así fue: finalizó 30° en Barcelona y, ya con 39 años y entrado en la curva decreciente de su físico, 42° en Atlanta 1996.

Luego de su cuarta y última experiencia olímpica siguió compitiendo aunque en maratones de menor nivel, alejadas de las cámaras que cubren las principales como la de Boston o la de París. En un lapso de dos años ganó las carreras de Reims, Belgrado, Viena y Enschede y en 1998 le puso el punto final a su carrera de más de 15 años. Una carrera en la que Salah fue la personificación de su país: comenzó creciendo a pasos agigantados y, a principios de los 90, mermó su progreso, uno por la edad y otro por sus conflictos internos.

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Me declaro ferviente enemigo del monopolio del fútbol en los medios e impulsor de historias polideportivas. También soy fanático del olimpismo, su espíritu por lo que creo que hay que contarlo y difundirlo todos los días, no cada cuatro años.

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