miércoles, 14 abril, 2021
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Por Aitor Alexandre

Se nos fue. No por esperada tu marcha duele menos y nos has dejado huérfanos de mitos, de mitos de verdad; de esos en los que te puedes reflejar, no porque sean virginales sino porque son como cualquier persona. Fuiste humano, tuviste mil defectos. Precisamente por eso te veíamos como el dios imperfecto, el hombre con cualidades deportivas casi divinas y con comportamientos personales que reflejaban todas las taras en las que los seres humanos podemos caer en determinados momentos de nuestra vida.

¡Qué felices nos hiciste, Diego! Ahora que estamos aquí solos tú y yo te contaré una historia. La historia de un niño de 8 años que un día, durante el verano de 1986, jugaba en el salón de su casa, mientras en la vieja televisión Grundig ponían un partido. Un partido digo… aquel fue El partido. Argentina – Inglaterra.

Aquel niño no se sentía especialmente atraído por el fútbol y entonces sucedió. El crío levantó la vista hacia la televisión y vio a un pequeño demonio de pelo rizado que, con cada zancada dejaba tirado a un inglés en el suelo. Un quiebro, otra finta… una danza ritual, una orquesta de una sola persona en la que manejabas todos los tempos, tatatatatatata… caían como bolos.  La combinación perfecta de una potencia de la naturaleza con la finura del trazo del pincel de Miguel Ángel. Fueron menos de 15 segundos lo que tardaste en hacer la jugada de todos los tiempos, aunque para aquel niño el tiempo se detuvo. Cada gesto, cada movimiento, fue escudriñado por aquellos pequeños ojos marrones que no daban crédito a lo que salía del tubo catódico.

Aquel niño ya no apartó la vista de la vieja Grundig. Fue en ese preciso momento cuando el chavalín entendió la belleza y la plasticidad que escondía el fútbol. Y se enamoró, se enamoró profundamente y, de tal manera, que terminó haciendo del fútbol un medio de vida, con el bolígrafo, el micrófono o la cámara, pero siempre fútbol. Sí, Diego, fuiste tú quien hizo posible todo aquello. Sin Maradona yo no estaría escribiendo esto.

Conseguiste que todos fuésemos un poco argentinos cada cuatro años. Y sí, cometiste errores imperdonables, pero tal y como tú decías, no querías ser “ejemplo de nadie”. Muchos de los que te critican deberían hacer examen de conciencia y ver que en sus vidas, también han cometido errores. Y no pasa nada, porque eso es precisamente lo que nos convierte en humanos. 

No sé, creo que quizás los niños serían mejores si sus padres los educaran en condiciones y no se delegara siempre en agentes externos como la televisión, los videojuegos o los “ídolos”.

Ahora las grandes figuras del fútbol son personajes de revista y tienen una legión de asesores que crean el producto. Serán mejores, más guapos y un “ejemplo” para los niños; de perfección sobrehumana –impostada por supuesto–. Pero Diego, tú eras humano, hacías y decías lo que pensabas. Te enfrentaste a todos los poderosos, siempre supiste de dónde venías. Fuiste valiente para ser tú mismo. Ahora ninguno de esos ídolos hace o dice algo que se salga del ‘establishment’, tú te cagaste en el ‘establishment’.

Los ídolos son inalcanzables, son personajes inmaculados, ganadores, guapos e intachables. Tú eras un chaval que se forjó en un potrero, que conseguiste todo por tus méritos y a base de trabajar, que nos enseñaste que aun siendo pobre se podía; y que cuando se llegaba había algo más importante que la fama y el dinero: Las raíces. Y por eso te enfrentaste a todo y a todos. Porque tú no eras un personaje plastificado. Tú eras el Diego.

Tal y como va el mundo en general y el fútbol en particular, te voy a echar mucho de menos, Diego.

P.D.: El destino ha querido que te vayas un 25 de noviembre, el mismo día en el que se marchó otro de mis más grandes referentes, George Best. Creo que te está esperando. Dile que también le añoro y de paso coméntale a Michael Robinson que le envidio, podrá ver y comentar las pachangas que montaréis por ahí arriba. Menudo espectáculo.

 

También puedes leer:   El fútbol después de la pandemia

 

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