jueves, 6 junio, 2019
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Allí iba él, con sus 177 centímetros de pura fibra, corriendo como si no hubiera un mañana por las hermosas calles de Roma, aquella añeja Ciudad Eterna que comenzaba a rendirse a sus descalzos pies. El público gritaba de alegría y miraba sorprendido al maratonista venido del este africano.

Los que estaban presentes en aquella mítica tarde-noche del 10 de septiembre de 1960 no lo sabían aun, pero estaban siendo testigos de un momento que quedaría grabado a fuego en la historia grande del deporte.

Cuando Abebe Bikila Demissie cruzó la línea de meta rodeado de gente que lo quería abrazar se estaba siendo evidente que se acababa una era para iniciarse otra. Y es que, luego de su triunfo, Estados Unidos, Japón, Checoslovaquia o Finlandia le dejarían su lugar en el más alto lugar a los atletas venidos de Etiopía, Kenia o Uganda, en donde la maratón se volvería no solo el deporte nacional, sino también un estilo de vida y de supervivencia.

Abebe nació el 7 de agosto de 1932 en la pequeña comunidad de Jato, perteneciente a la antigua provincia de Shewa, en el centro de Etiopía. Curiosamente, su llegada a este mundo coincidió con la maratón disputada en los JJOO de Los Ángeles, ganada con récord olímpico por el argentino Juan Carlos Zabala. Sin dudas, el destino ya le había guiñado el ojo al recién nacido.

Los primeros años fueron duros para el pequeño etíope y su familia, ya que el 3 de octubre de 1935 comenzaría la segunda guerra ítalo-etíope, lo que llevaría a los Bikila a retirarse a Gorro hasta finalizado el conflicto, el cuál ganarían finalmente las tropas comandadas por Benito Mussolini, aquel que había prometido un gran imperio italiano y que, en base a este tipo de operaciones -más su alianza estratégica con Adolf Hitler- parecía que llevaría a cabo sus sueños con éxito, aunque el tiempo se ocupó de poner todo en su sitio: el 5 de mayo de 1941 los etíopes, apoyados por el Reino Unido, expulsaron a las tropas de Italia y sería Haile Selassie I quien volvería al poder.

La madre de Abebe, Wudinesh Beneberu, se divorciaría de su segundo marido (Bikila Demissie) y se casaría con Temtime Kefelew. La nueva familia, una vez estabilizada la situación en el país, volvería a Jato para manejar su propia granja, haciendo que el joven Abebe se convirtiera en un humilde pastor de cabras.

En Jato crecería el desgarbado y sonriente niño, haciendo nuevos amigos y teniendo como pasatiempo jugar al tradicional genna, que es una especie de hockey sobre césped, aunque jugado directamente sobre la tierra, sin muchas delimitaciones, lo que hacía que Abebe, ya desde ese entonces, se dedicara a correr.

A los 17 años decidió alistarse en el ejército para poder ganar un poco de dinero. Allí pasaría a formar parte del Quinto Regimiento de Infantería de la Guardia Imperial de Haile Selassie. Si bien participar de una maratón no entraba dentro de sus planes, Abebe tenía la costumbre de correr casi todos los días tanto de ida como de vuelta los 20 kilómetros que separaban las colinas de Sululta con Addis Abeba, la capital del país.

Etiopía se estaba reconstruyendo de a poco. Durante la guerra hubo muchas matanzas por parte del bando italiano y, a su vez, recién en 1942 se abolió la esclavitud allí -ya con el país liberado del yugo de los devenidos de la bota europea-, algo que era sumamente necesario debido a que había entre dos y cuatro millones de esclavos sobre una población aproximada de once millones.

Uno de los países que Haile Selassie visitó para pedir ayuda moral y financiera fue Suecia y estos lograron enviar entre 600 y 700 familias para ocuparse de distintos ámbitos, como podían ser la educación, las telecomunicaciones, la medicina y hasta fueron los que construyeron los cimientos para que se originase la Fuerza Aérea en el país.

Onni Niskanen trabajaba como entrenador deportivo para la Svea Life Guard Infantry Regiment (el Regimiento de la Guardia de Infantería de Svea Life) en Estocolmo. Corría el año 1946 cuando recibió el llamado de Viking Tamm (uno de los pioneros en ir al país africano para ayudarlo en lo que se necesitase) y le preguntó si quería trabajar allí como entrenador para la Guardia Imperial y, luego de hablarlo con su mujer -Mary Jacobsson-, decidieron ir a probar suerte, ya que el contrato iba a ser por solo dos años. Lo que Niskanen no sabía era que su trabajo sería tan bien recibido que se quedaría en el país hasta 1984, regresando a su tierra natal solo para morir. Sin dudas, Etiopía lo convertiría en un hijo más.

El sueco, que había sido atleta en su juventud (iba a competir en la media maratón durante la Olimpiada Popular de Barcelona de 1936, pero cuando el equipo sueco arribó a París se enteraron de que habían comenzado los levantamientos militares que darían inicio a la guerra civil, por lo que tuvieron que volverse a su patria), comenzó a trabajar sin saber que se encontraría con un verdadero diamante en bruto.

En el ejército se solían realizar distintas actividades deportivas y allí Abebe comenzó a demostrar todo su potencial. Solía competir en los cinco y diez mil metros y hasta jugaba al baloncesto. Gracias a un torneo que realizaron las tres fuerzas etíopes (la Armada, la Marina y la Fuerza Aérea) Bikila pudo darse cuenta de que la maratón era algo que realmente le apasionaba. Terminó aquella competencia con un tiempo de aproximadamente dos horas y 37 minutos, lo que llamó la atención de Niskanen, quién lo tomó bajo su tutela para que este terminara de explotar.

La preparación para los Juegos Olímpicos de Roma de 1960 fue ardua pero exitosa. Abebe ganaría su primera maratón en la capital de su país, aunque solo lograría la plaza para el equipo olímpico luego de que un miembro del mismo se rompiese un pie jugando al fútbol. El destino seguía jugando a favor del militar etíope.

Bikila viajó a Italia siendo un tapado, ya que el candidato del certamen era el soviético Sergey Popov, quien era por aquel entonces el mejor maratonista europeo y que el año anterior había roto el récord mundial con una marca de 2h:17.45

A pesar de que casi siempre que se habla de Abebe en aquellos juegos se refiere a él solamente por haber competido descalzo (como si siempre hubiera hecho eso) se debe aclarar que en realidad él compitió así en la capital italiana no porque quería, sino porque no le quedó otra opción, ya que las zapatillas que había conseguido le habían provocado tantas ampollas que decidió tirarlas y competir con los pies completamente desnudos. Era eso y dejar pasar un momento que quizás no volviera a repetirse.

La estrategia que diseñaron para la carrera con Niskanen fue simple pero efectiva: correr a un ritmo regular durante la primera mitad para luego atacar con todo en los últimos 20 kilómetros. Así, el etíope se mantuvo con el pelotón que perseguía al belga Aurele Vandendriessche -que era, a su vez, quíntuple campeón de su país- durante gran parte del trayecto, hasta terminar de despegarse en el kilómetro 25 junto al que sería su único competidor serio, el marroquí Rhadi Ben Abdesselam.

La pelea entre los dos africanos fue titánica, pero a falta de solo quinientos metros Abebe decidió dar el golpe final y terminó por romper la resistencia del marroquí, quien quedaría como escolta a 25 segundos.

Bikila marcaría un récord mundial con sus 2h:15.16 y sería largamente ovacionado y llevado en andas por el público de un país que en su día había sido el enemigo a vencer y que en ese momento se terminaba por rendir a los pies del pupilo de Niskanen. Curiosamente, el momento en el que apretó para lograr el triunfo se dio luego de que ambos competidores pasasen junto al obelisco de Axum, que había pertenecido a los etíopes hasta que el gobierno de Mussolini decidiera llevárselo como uno de los tantos trofeos de guerra.

Al terminar la hazaña un médico italiano lo revisó y expresó su asombro, ya que Abebe apenas tenía 88 pulsaciones por minuto, sus ojos brillaban, no tenía signos de cansancio y ninguna señal de lesión en sus pies. Niskanen le preguntó cuánto más podría seguir corriendo a lo que Bikila, de manera sencilla, exclamó que aun tenía físico para seguir por unos 10 o 15 kilómetros más. De hecho el sueco, en una nota para la revista Duvbo IK de aquel año, diría que no le sorprendió el oro conseguido por su muchacho y que incluso pensaba que podría haber roto el récord por una diferencia incluso mayor.

Este triunfo le abrió las puertas a Niskanen para entrenar a más atletas en Etiopía, además de que sirvió de aliciente para todo un pueblo: Abebe se había convertido, de la noche a la mañana, en toda una celebridad, abriendo las puertas del atletismo a miles de jóvenes que soñaban ser como él.

Un año más tarde, en la Maratón Internacional de Atenas, Bikila volvería a correr descalzo, aunque ya por última vez, dado que había logrado un acuerdo con Puma. Antes de los JJOO de Tokio en 1964 el etíope seguiría demostrando que era el mejor, ya que ganaría todas las maratones que disputaría menos la de Boston, donde finalizaría en quinto lugar. Luego de algunos años en donde no había podido bajar las dos horas y veinte minutos de marca, Abebe lograría vencer en los trials de su patria con un tiempo de 2h.16:18, siendo un presagio de lo que se vendría un tiempo después en las tierras del sol naciente.

Si el triunfo en Roma había sido épico por ganar una maratón sin calzado, la hazaña en Tokio sería incluso mayor, ya que apenas 40 días antes del inicio de los Juegos a Bikila tuvieron que operarlo por una apendicitis y no se sabía si podría defender su corona, aunque su tozudez lo hizo recuperarse en apenas una semana para prepararse para el magno evento.

La estrategia propuesta para los olímpicos había sido diseñada de manera parecida a la de cuatro años atrás: Bikila comenzó corriendo junto con el pelotón en los primeros kilómetros, aunque ya a los 10 decidió empezar a acelerar, logrando llegar al tercer lugar para los 15, teniendo por delante solo a Ron Clarke de Australia y a Jim Hogan de Irlanda. El campeón volvió a poner un cambio más en su marcha y para los 20 kilómetros solo quedaba en pie el irlandés, que se iría descolgando poco a poco, hasta que a los 35 la ventaja entre ambos ya era de dos minutos y medio, una eternidad en este deporte. Finalmente, el triunfo llegó, y de que forma: Bikila rompió nuevamente el récord mundial al dejar el crono en 2h.12:11, más de cuatro minutos con respecto a sus más cercanos rivales, el británico Basil Heatley y el local Kokichi Tsuburuya.

Lamentablemente para él no fueron todas buenas. En estos Juegos se repitió la misma deshonra de hacía cuatro años, ya que Bikila, en las dos oportunidades que se subió a lo más alto del podio olímpico no pudo escuchar su himno (en Roma, inclusive, tuvo que soportar el italiano), dado que las bandas no lo conocían. A su vez, en la capital japonesa le fue robado su anillo de oro, obsequio de Haile Selassie por su primer título olímpico.

Pese a estos percances, Abebe y Onni siguieron trabajando a destajo, ya que si bien habían hecho historia -nunca nadie había logrado ganar dos veces seguidas la maratón- querían todavía más. Bikila ganó algunas maratones más, aunque una lesión en el tendón de la corva en la Maratón Internacional de Zarautz (España) hizo que, por primera vez en su carrera, no completase una competencia. Bikila no se podría recuperar de la lesión y esta se resentiría en los JJOO de México en 1968.

El ahora capitán del ejército aguantó corriendo hasta el kilómetro 15, cuando sus molestias le dijeron basta. Pero antes tuvo tiempo de tener un breve diálogo con su compatriota Mamo Wolde, que años más tarde se daría a conocer en Sports Illustrated (y recuperado en el libro Dos Horas de Ed Caesar):

 

– Teniente Wolde

– Capitán Bikila

– No voy a terminar la carrera

– Lo lamento, señor

– Pero usted ganará la carrera, teniente

– ¡Si, señor!

– No me decepcione

 

Bikila, que sonreía y disfrutaba con el público, era un hombre sumamente serio y centrado en las carreras, por lo que Wolde entendió que el mensaje en ningún momento fue dicho con tintes descontracturantes, sino como una verdadera orden militar. Con esto en mente Mamo lograría ganar la carrera con tres minutos de diferencia sobre el japonés Kenji Kimihara. Etiopía, una de las naciones más pobres sobre la faz de la tierra, lograba poner su nombre en lo más alto del atletismo con su tercer oro consecutivo.

Abebe no lo sabía aun, pero esta había sido su despedida del deporte que tanto aprendió a amar. El 22 de marzo de 1969 -presumiblemente estando ebrio- tuvo un serio accidente con su coche, dejándolo cuadripléjico. Esto, que habría hundido a muchos en una severa depresión, le otorgó nuevas fuerzas, ya que para 1970 se encontraba compitiendo en arquería y tenis de mesa en silla de ruedas en un certamen internacional en Londres que sería precursor de los futuros Juegos Paralímpicos.

El etíope tuvo un último acercamiento con su deporte en los JJOO de Munich en 1972, cuando fue invitado para ver la competencia y pudo saludar al nuevo campeón, el norteamericano Frank Shorter. Lamentablemente, esta nueva vida se apagaría pronto, ya que el 25 de octubre del año siguiente una hemorragia cerebral -producto del accidente- le produjo la muerte.

Su velorio fue considerado un gran y triste evento nacional. Despedido con todos los honores (le hicieron un funeral de estado) por miles de personas, su legado apenas comenzaba. Su triunfo atrajo la atención de cientos de jóvenes del denominado cuerno africano, donde comenzó a aflorar un talento que parecía natural. Los maratonistas de Kenia, Uganda o Etiopía se convirtieron en los nuevos dominadores de un deporte que hasta entonces era eminentemente blanco. Y todo empezó con un solo hombre ganando descalzo.

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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