martes, 20 octubre, 2020
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“En el fútbol hay dos tipos de figuras muy claras: el creativo y el sobreviviente. El creativo se subraya en la individualidad, en la creatividad, en la gambeta. 

La otra figura que genera el individualista argentino es el sobreviviente. Es aquel que no se da por vencido, está acostumbrado a jugar en condiciones deplorables.

Cuando coinciden en una sola persona, el creativo y el sobreviviente, se da el fenómeno Maradona”.

Juan Sasturain

La lógica diría, según el argot argentino, que si Diego Armando Maradona no se hubiera ido de la mano con esa señorita enfermera luego del partido ante Nigeria en el Mundial de USA 1994, a lo mejor tuviera su tercera Copa del Mundo. Pero los casi no valen, como en el fútbol, como en la vida. O se es blanco, o se es negro, jamás gris.

Es que no es fácil recordar a Maradona sin Argentina y a Argentina sin Maradona. Son dos símbolos, dos ecuaciones que funcionan a la perfección cuando el fútbol lo permite. Es como el regalo que te dan de niño y que no olvidas jamás: como la mano ante los ingleses, como el gol a Italia en Nápoles, como el tobillo hinchado ante Brasil en el 90´ y el pase a Caniggia, como todo. 

Ya recuerdo como aplaudía Diego en la platea del Monumental de River luego de la goleada 0 – 5 ante Colombia por eliminatorias. En una de esas efímeras épocas en donde ni Alfio Basile sabía qué hacer con la Selección; un país entero gritaba y presionaba que Diego “era nuestro”, que tenía que estar, porque la antesala al fracaso estaba a la vuelta de la esquina si el ídolo máximo de ese fútbol lírico y pregonante no iba a Estados Unidos. 

Para los libros de historia del fútbol se escribió que Diego jugó su cuarto Mundial en 1994, se escribió que le anotó un gol apoteósico (y su último además con la Selección) a los grandes pensadores de la civilización. También se escribió que se preparó con sudor y sangre para estar a punto en esa Copa y muchas cosas más. Lo que no está escrito es que su amor a la camiseta, su gran amor por la ‘albiceleste’, fue traicionado por la mano de aquella “enfermera” que lo llevó a un lugar del que Maradona y su pueblo argentino no se levantarían jamás en aquella tarde de Boston frente a Nigeria.

Un 25 de junio de 1994, luego de que se conocieran los resultados de la prueba de doping a dos jugadores argentinos, el planeta entero conoció el trágico desenlace. “Me cortaron las piernas (…), nos sacaron del Mundial”. Ni el guionista más grande de Hollywood hubiera podio relatar el drama que Maradona y Argentina estaban atravesando en ese momento. Diego había salido positivo en aquel control por cinco sustancias derivadas de la efedrina. Una vez más, el gigante de Fiorito estaba en el suelo y afuera de la Copa del Mundo. Fue como un golpe en la sien de Mike Tyson, así estaba ‘El Pelusa’.

Le contaremos a nuestros hijos y nietos que luego de luchar contra muchas adversidades, ‘el Diego de la gente’ se alejaría de las canchas durante 15 largos meses por sanción de la FIFA. Fueron los mismos 15 meses en la que Argentina tuvo que prepararse en las eliminatorias de su último Mundial, sólo que esta vez, Maradona nunca estuvo ahí. 

Lo vimos debutar una tarde de octubre de 1994 como director técnico del modesto Deportivo Mandiyú de Corrientes y luego en enero de 1995, en el mismo banquillo, pero esta vez con un Racing Club que llevaba 29 años sin ser campeón. En ninguno de los dos clubes le fue bien, no era como jugar a la pelota y eludir rivales. El Diego soñaba todos los días con ponerse los cortos y hacer un gol de aquellos como a Shilton en el 86´. Era cuestión de tiempo.

Los saltos de esta historia no nos hacen olvidar el campeonato de Boca de 1981, la noche del 10 de abril en la que le ganan a River 3 – 0 con dos goles de Miguelito Brindisi y uno del ‘mago’, ¡inolvidable! Voló en el área para bajarla con la zurda, dejó en el piso al ‘Pato’ Fillol y eligió un rincón donde ponerla. Ya recuerdo haber visto al ‘Tano’ Forte que corrió para sacarle una foto y resbaló. No lo pudo alcanzar. Lo que pasa es que él no salía en las fotos. No era humano.

No fue humano, tampoco, cuando en una conferencia en la Universidad de Oxford, con un mechón de pelo pintado y la sotana de un juez, se puso a hacer jueguitos con una pelota de golf ante todo el auditorio. Sólo demostraba que era distinto, que no tenía que obedecer estándares y que su amor al juego lo ponían en situaciones en las que, por todo y su fama, tenían que cerrar dos calles para que vaya al cine con Claudia.

La fama lo abrumaba a Diego. La única vez que pensó seriamente en dejar el fútbol por todo y lo que su figuraba significaba, ocurrió cuando apenas tenía 20 años. Dos referentes de ese Boca de los ochenta lo cuidaron, hablaron con él y estuvieron en sus épocas en donde los años mozos de la juventud comenzaban a hacer estragos en un artista que, con todo y lo extraterrestre que era, mostraba también su lado humano.

Maradona dejó de lado esa tonta idea producto de una ráfaga de efervescencia interna que no lo acomodaba como él quería sentirse. Superó todas las dificultades que el fútbol y la vida le puso y, además, como lo dijo alguna vez Ernesto Cherquis Bialo: “hay ocho, nueve Maradonas. Hay un Maradona que jugó al fútbol, un Maradona que alcanzó la celebridad, hay un Maradona hijo que murió cuando murieron sus padres, hay un Maradona padre que se reinventa cada día”. Todos esos Maradonas llegaban a ser uno solo después de que tuvo que levantarse de muchos reveses. 

Y la fecha había llegado. Un 7 de octubre de 1995, en La Bombonera, ante Colón de Santa Fe y con clima enardecido de 50.000 personas en ese reducto, Diego regresaba al que fue el club que siempre amó. Regresaba al lugar en el que había anotado 28 goles en 40 partidos. Regresaba a un lugar en el que fue feliz y en el que, por esas cosas de la vida, le diría adiós al deporte que lo puso en el corazón de todos.

Cualquier loco de las estadísticas dirá que esta tarde Boca ganó 1-0 con gol de Darío Scotto al minuto 89. Un soberbio cabezazo proveniente de un centro de zurda del ‘Kily’ González y que se clavó en el ángulo de la portería custodiada por Leo Díaz. Luego de eso anotaría cinco goles más con la camiseta ‘Xeneize’, el primero de ellos ante el club que lo vio nacer, Argentinos Juniors, en la cancha de Vélez y de tiro libre. Diego acabaría por jugar su último encuentro en el súper clásico ante River en el Monumental el 25 de octubre de 1997, en el que salió reemplazado en el segundo tiempo por el último ídolo de Boca: Riquelme. Diego le entregaba la camiseta, y su lugar también, al máximo referente del club en los últimos 25 años. Un cambio de cerebro.

Ese mismo estadio Monumental que cinco años antes lo vio aplaudir a una Colombia con cinco goles, hacía repetir la historia en un ciclo interminable del que tanto hinchas como curiosos del fútbol, recordarán por siempre. Hoy dicen que se fue, que no estuvo en el último Mundial con su novia de toda la vida, la pelota, hipnotizando a todos. Pero será sólo un loco nomás. Porque cada vez que haya una pelota presurosa a esconderse en el fondo de un arco estará él, el único dueño del destino de cualquier pelota. 

Al final a Diego le toca algo muy argentino, volver. A los que tuvimos que dejarlo ir nos tocó como cantaba Gardel: “con la frente marchita”.

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Comunicador Social y Periodista colombiano. Fanático del deporte en general y apasionado por el fútbol. Amante de las buenas historias que pueden cambiar la vida de las personas.

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