lunes, 25 octubre, 2021
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Por Sebastián Chittadini

El sol del frío domingo 23 de julio de 1995 hacía que pareciera menos invierno, y también alimentaba la sensación de que la selección uruguaya de fútbol estaba iluminada en su búsqueda por cambiar su suerte reciente, o al menos eso querían creer las 60.000 personas que llenaron el Estadio Centenario. Sobraban los condimentos: había un invicto de local en Copas América por defender y enfrente estaba Brasil, que además era el campeón del mundo vigente. 

El primer gran torneo organizado en Uruguay desde el Mundialito de 1980 despertaba gran expectativa, como lo demuestra el gran número de periodistas acreditados de todo el mundo (7290). Además del Centenario, la Copa América 1995 se jugó en otros tres escenarios: los remodelados Campus Municipal de Maldonado y Atilio Paiva Olivera de Rivera y el estadio Artigas de Paysandú, construido para la ocasión. En el grupo A, jugado en el Centenario y el Campus, estaban Uruguay, Paraguay, México y Venezuela; en el B, con sede en Rivera, Brasil (casi local por ser una ciudad fronteriza) Colombia, Ecuador y Perú. Y en el C, en Paysandú, Argentina con Estados Unidos, Chile y Bolivia. 

La de los años 90´ fue una década de cambios, el fin de un mundo y el comienzo de otro (incluso en Uruguay). Por aquellos tiempos; no había internet, celulares ni televisores Smart, los CD’s eran casi un artículo de lujo y pocos tenían una computadora. Hacía cuatro años de la llegada de McDonald’s al país, y en la televisión llegaban desde Argentina Chiquititas, El Rayo y CQC; mientras que VideoMatch pasaba a llamarse El Show de Videomatch. El videoclub convivía con los comienzos de la TV Cable, MTV reinaba con sus videoclips, en las radios empezaba a aparecer el hip hop y los adolescentes rebobinaban los cassettes con una lapicera para no gastar las pilas del walkman. Sobre la realidad uruguaya en los ’90, dice el periodista Diego Zas en su libro Los ’90. Relatos de una década bisagra (Ediciones B, 2016):

“A lo largo de la década pasaron cosas que derivaron en cambios políticos importantes, en fenómenos culturales y sociales inéditos y de gran repercusión, y en modificaciones profundas en el comportamiento del consumo de los uruguayos”.

Fidel Castro había visitado Uruguay por segunda vez, invitado por Julio María Sanguinetti, quien estaba en los primeros meses de su segunda presidencia. El gobierno saliente de Luis Alberto Lacalle empezaba a recibir denuncias judiciales por sucesos de corrupción ocurridos durante su gestión. Hacía dos años que el Peso Uruguayo había reemplazado al Nuevo Peso como moneda oficial (por un valor de 1000 Nuevos Pesos = 1 Peso Uruguayo). La década de 1990 no fue complaciente con Uruguay, y en fútbol tampoco.

En la mitad exacta de la década, llegaba el año apuntado para que el deporte rey le diera una alegría a la gente después del fracaso de las eliminatorias para el Mundial de Estados Unidos 1994. Mirando a los vecinos y clásicos rivales, la cosa parecía irles bastante mejor. Argentina había ganado la Copa América en 1991 y 1993, superando en cantidad de conquistas a la Celeste, mientras que Brasil había ganado su cuarto título del mundo en tierras norteamericanas. Uruguay no era anfitrión del torneo desde 1967, no lo ganaba desde 1987 y sobre sus jugadores recaía toda la presión de defender una localía con ribetes de inexpugnable. Así lo recuerda el volante Gustavo Poyet en su web gustavopoyet.com:

“Cuando jugás en la selección uruguaya y, en particular, cuando jugás un torneo de estas características de local, el resultado solo puede ser uno: SALIR CAMPEÓN. Todo lo que no sea ganar no es aceptado, así que con estas palabras quiero que se imaginen la presión que tenía este grupo de jugadores en la Copa América de 1995”.

El vuelo del Pichón

No haber clasificado al Mundial de Estados Unidos significó -en un país tan futbolero- un trauma de proporciones mayúsculas que se vio agravado por el conflicto entre el técnico Luis Cubilla y los denominados “repatriados”, entre los que se encontraba Enzo Francescoli. Luego de tocar fondo, la AUF decidió recurrir a un hombre de experiencia para cicatrizar las heridas y devolver a la Celeste a los primeros planos.

Avalado por su trayectoria internacional y su perfil bonachón, Héctor “Pichón” Núñez asumía un papel que iba mucho más allá de lo estrictamente deportivo. Futbolista surgido en Nacional y con paso por la selección uruguaya, Núñez era un hijo de inmigrantes gallegos que desarrolló casi toda su carrera como jugador y entrenador en España (incluso trabajó como analista y fue columnista del diario MARCA). Valencia, Mallorca y Levante lo vieron jugar; Tenerife, Levante, Valladolid, Granada, Rayo Vallecano, Atlético de Madrid, Las Palmas y Valencia lo tuvieron del otro lado de la línea de cal (además dirigió a Tecos de México, la selección de Costa Rica, Nacional, Al-Nassr de Arabia Saudita y Tacuarembó FC). 

El “Pichón” logró volar alto en 1995, días en los que era una verdadera celebridad. Con su carácter extrovertido y afable, su humor, su espíritu conciliador y el inefable acento español que lo acompañaba pudo conformar un buen equipo, ganó la Copa en casa y fue elegido como mejor técnico del año en América por la prensa especializada del continente. Fallecido en 2011, dejó sus pensamientos y revelaciones en un libro editado por el desaparecido diario Últimas Noticias, titulado “Así ganamos”. En esa obra, revela el proceso de trabajo, los sueños, las ilusiones, anécdotas e intimidades de un equipo que le dio alegría a la gente y renovó la ilusión de cara al futuro. 

Sin embargo, pese a todo lo que logró, aquello quedó en flor de un día. La exigencia de las eliminatorias rumbo a Francia ’98 fue demasiada, y su ciclo terminó mucho antes de lo que se esperaba del técnico que le había dado al fútbol uruguayo su único título en una década muy difícil.

Todos goleando

El 5 de julio, tras una breve ceremonia previa al partido inaugural entre Uruguay y Venezuela sonaba oficialmente por primera vez “Todos goleando”, la canción oficial de la Copa que había compuesto el músico uruguayo Carlos “Pájaro” Canzani. Por aquel entonces, no mucha gente conocía al músico, que estaba radicado desde los años setenta en Francia. Muchos, incluso, creían que era puertorriqueño o español.  

Luego de haber instalado su canción “Chibidon” como un hit en las radios uruguayas, Canzani fue propuesto como compositor de la canción de la copa por la agencia de publicidad que tenía la cuenta del torneo, tras una visita a París en la que lo vieron en un afiche de un festival de Rock Latino. Mientras se lo proponían por teléfono, el músico iba pensando la letra del pegadizo pop-rock que se terminó llamando “Todos goleando”. Una semana después, ya estaba grabada y circulando en un CD por todas las FM del país. 

La canción que hablaba de “un tiempo muy especial, un supermomento de felicidad” podría considerarse un puntapié inicial a una movida que tuvo a muchas bandas protagonizando una efervescencia del Rock uruguayo en los años finales de la década de los ’90 y principios del nuevo siglo. Todos la cantamos sin parar y la recordamos hasta hoy, lo que demuestra que fue un hit. En nota con Montevideo Portal, Canzani comparó a su gran éxito con las nuevas canciones de la Copa América: “Las últimas [canciones], de Argentina y Chile, ya ves… son un desastre total. ¿Alguien retuvo el estribillo de esas canciones? Además, la diferencia es que ‘Todos goleando’ es una canción ganadora, ¿no?”. 

Luego de la consagración uruguaya, Canzani y el volante Álvaro Gutiérrez (haciendo gala de sus dotes como guitarrista) anduvieron por todos los canales de televisión cantando la canción de la Copa como las estrellas que eran. Todos contentos, todos goleando.

La campaña uruguaya

Uruguay debutó goleando a Venezuela por 4-1 con goles de Otero, Fonseca, Francescoli y Poyet; sufrió para ganarle a Paraguay 1-0 con gol de Francescoli y logró un empate en la hora con gol de Marcelo Saralegui frente a México, lo que salvó el invicto histórico en casa por torneos sudamericanos. En los cuartos de final superó por 2-1 (goles de Daniel Fonseca y Marcelo Otero) a la mejor Bolivia de la historia. Por las semifinales venció 2-0 (Edgardo Adinolfi y Otero) a un buen equipo de Colombia, en el mejor partido del equipo de Núñez en la Copa.

Tocaba enfrentar a Brasil en la final, que llegaba tras ganarle a Ecuador, Perú y Colombia en su serie; a Argentina en cuartos (el partido de la recordada mano de Tulio) y a Estados Unidos en semifinales. Núñez dispuso de estos once para aquella contienda: Fernando Álvez, Gustavo Méndez, José Óscar Herrera, Eber Moas, Tabaré Silva, Diego Dorta, Álvaro Gutiérrez, Gustavo Poyet, Enzo Francescoli, Daniel Fonseca y Marcelo Otero.

A los 30 minutos, el Centenario quedó en silencio cuando Tulio aprovechó una oportunidad en el área y abrió el marcador. En la misma jugada, el lateral izquierdo Tabaré Silva se fracturó tibia y peroné. La cosa no pintaba demasiado bien, aunque el resultado se mantuvo durante el resto de la primera mitad. A los seis minutos del segundo tiempo, Pablo Bengoechea -ingresado en el entretiempo- aprovechó al máximo una de las pocas oportunidades generadas por un Uruguay que no las pasaba bien. El volante, que se convertiría en uno de los únicos dos jugadores en anotar goles en dos finales de Copa América (el otro es un tal Ronaldo) igualó el resultado con un tiro libre magistral que se metió en el ángulo de un Claudio Taffarel que se quedó petrificado. Sobre la decisión acerca de quién patearía ese tiro libre, Núñez fue sincero en el libro que cuenta los entretelones de la consagración.    

Twitter selección uruguaya

“No fui yo quien indicó que él debía rematar ese tiro libre. Los ejecutantes naturales son Enzo, Fonseca, Herrera y Pablo. En el campo ellos se las arreglan. Pablo habló con Enzo, se pusieron de acuerdo, la pelota fue el ángulo donde tejen las arañas y Taffarel quedó clavado en el piso”.

Uruguay aguantó el resultado con uñas y dientes durante el resto del partido, por lo que el torneo se definiría desde los once pasos. Francescoli, Bengoechea, José Herrera y Álvaro Gutiérrez (sobre quien el DT uruguayo llegó a declarar “yo al Guti lo quiero hasta en la sopa”) anotaron para Uruguay mientras que Brasil convirtió los primeros dos (Roberto Carlos y Zinho) pero el penal de Tulio fue atajado por Fernando Álvez. Dunga marcó el cuarto y forzó la definición al quinto penal en el que si la Celeste anotaba se quedaría con el trofeo. Sergio “Manteca” Martínez tenía en su pie derecho la responsabilidad y el privilegio de definir la Copa. Su remate fue hacia un lado y Taffarel hacia el otro. Uruguay era campeón de América después de ocho años de sequía. En “Así ganamos”, el “Pichón” dio cuenta de cómo se decidió la lista para los penales.

“Había que confeccionar la lista de ejecutantes en la que, sinceramente, no había pensado. Coloqué a Bengoechea primero y Enzo me pidió ser él quien abriera la serie. ‘Claro, claro, tú primero, entonces. Luego Pablo, después Herrera, el Guti…´, ´¿qué?´, me preguntó Morena con una enorme cara de sorpresa. Confirmé a Gutiérrez porque con el profe Tejera le habíamos visto patear penales en entrenamientos de la Sub 23 y era una fiera. Además, su inteligencia, sus cojones. Y me faltaba el quinto. Dudaba entre Méndez y Moas, pero vino Morena y me dijo ´el último que lo patee Sergio Martínez, que los enchufa en Boca. No falla´. Respondí ´pues bien, Sergio entonces´, y nos encomendamos a la Virgen”.

Con un hombro dislocado, el capitán Enzo Francescoli besaba la Copa y luego la levantaba en ofrenda al público. Todo estaba en paz.

Diario El País

Príncipe y profeta en su tierra

Este campeonato fue para Enzo Francescoli una reconciliación con un público uruguayo acostumbrado a criticarlo, pese a su enorme talento y a que llegaba a su tercer título de Copa América. La reivindicación no pudo ser más completa, ya que además de haber sido reconocido como el líder de la gesta fue el mejor jugador del torneo y figura clave en la final.

Cerca de cumplir 34 años, el Príncipe regaló toda su magia en la edición de 1995 y fue, tal vez por vez primera, profeta en su tierra. Fue un año glorioso para uno de los más grandes talentos uruguayos, ya que además se consagró mejor futbolista del año en Argentina, futbolista sudamericano del año, mejor jugador veterano del mundo e integró el equipo ideal de América. 

Con gran tranquilidad, hacía un balance de su carrera en una entrevista para la revista argentina El Gráfico desde la concentración uruguaya durante el torneo. Allí, con la serenidad de los que saben que no le deben nada a nadie, decía: “A esta altura de mi vida, tomo todo con otra filosofía. Si la gente piensa que hice una buena carrera profesional, mejor. Me sentiría gratificado. Pero si no, no me hago drama. Yo sé que entregué todo lo que pude. No me reprocho nada.”

Un oasis en el desierto

En la mitad exacta de una década de ostracismo, el último gran torneo organizado en el país fue una luz de esperanza para un pueblo futbolero que siguió esa campaña como pudo. Por ejemplo, quienes vivían en Montevideo y no tenían televisión con cable no podían ver los partidos de la Celeste por los canales nacionales (en el resto del país sí se pudieron ver algunos partidos de Uruguay), por lo que el resto de la gente que no podía verlo en el estadio lo escuchaba por la radio. Sobre el ambiente que se vivía previo a la final, comentaba el DT Héctor Núñez en “Así ganamos”: “El viaje al Centenario fue impresionante. La gente invadía la calle. Me dicen que 200.000 personas se lanzaron a las veredas ante nuestro paso para apoyarnos. Llegamos al estadio y el panorama era igual. Entramos al vestuario y los ojos de todos estaban llenos de lágrimas por la emoción”. 

Uruguay terminó el Siglo XX invicto de local por la Copa América, con 31 partidos ganados en 38, con 90 goles a favor y apenas 18 en contra. Con esta consagración y con el subcampeonato Mundial Sub 20 de Malasia ’97, la gloriosa Celeste lograba salir del ostracismo sudamericano en los ’90, pero no podría posteriormente conseguir el objetivo de clasificar al Mundial de Francia 1998.

Pese a todo, quedará siempre el recuerdo del inefable Pichón Núñez, la calidad de Enzo, el tiro libre de Bengoechea, el esfuerzo del Guti, el Manteca Martínez festejando de brazos abiertos después de definir la final y Fernando Álvez colgando los guantes en el travesaño. Ese 23 de julio de 1995 era tiempo de festejos y, al menos por un rato, el Uruguay futbolero vivió ese “supermomento de felicidad” que cantaba el Pájaro Canzani en la banda sonora de un resurgir continental que lamentablemente no se concretó.

Sitio web AUF

Fuentes:

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Uruguayo, Licenciado en Comunicación, maestrando en Información y Comunicación. A veces soy docente, por lo general escribo y hago radio donde me dejen. Soy autor de dos libros y coautor de otros cuatro, me divierto en http://lacelestedeantes.com

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