domingo, 24 octubre, 2021
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Fueron casi treinta años en las que el mundo pareció vivir en una tercera guerra mundial encubierta: la guerra fría. Tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial, los soviéticos decidieron que debían tener estados títeres de su régimen. Pero el mundo caminaba a mediados y finales de la década de los cuarenta del siglo XX hacia un paradigma de dicotomías: democracia frente a tiranía. Al menos ese fue el dibujo que imperó a lo largo de casi tres décadas en Alemania, escenario donde la lucha por el discurso de lo que era mejor para el planeta.

Hubo mucha media verdad, otra verdad de propagando y, sobre todo, mucho mensaje contradictorio sobre qué era lo mejor. Al final, Alemania Oriental y Alemania Occidental se retroalimentaban y jugaban un partido de fútbol que duró casi tres décadas. En estos momentos, el fútbol del Este apenas se está aún recuperando de la privatización de todas las entidades deportivas o, mejor dicho, la falta de la red de seguridad que daba el Estado socialista de influencia soviético a sus deportistas. No había otra cosa: el deporte y la política se unieron de manera definitiva y eso terminó derivando en unas consecuencias fatales y que, a día de hoy, aún siguen padeciendo.

Todo se vino abajo con el derrocamiento del muro que separaban las dos Alemanias en Berlín. Todo comenzó en Leipzig, en septiembre de 1989, cuando no dejaron de perseverar las manifestaciones masivas que entonces se llevaron a cabo. Lunes tras lunes, semana tras semana, antes y después del derribo del Muro berlinés, protestaban por una reunificación pacífica, democrática, la abolición del SED (partido único en la República Democrática Alemana), y la libertad de poder viajar y establecerse en el oeste. Familias separadas por años, fallecidos intentando traspasar una frontera que, en muchos sentidos, jamás debió existir.

No solo fue un año difícil en lo social, sino también en lo deportivo; el fútbol no fue algo ajeno a ello. Tras ese 8 de noviembre, la Oberliga (primera división de la Liga de Alemania del Este) tocaría su fin cuando concluyera a mediados de 1990. A todos los equipos de fútbol les dejaron una sensación de que todo había llegado a su fin, que un nuevo orden se establecería y que no habría más “Papá Estado”. Porque sí, efectivamente, todos los equipos tuvieron una relación (más o menos) directa con el Estado. Su red de seguridad iba a desaparecer y tocaba sobrevivir a la reunificación. Antes debía haber una temporada de transición hasta que todo se estabilizara y fuera segura dicha reunificación, algo que se completó a mediados de 1991. Sin embargo, en 1990, la descapitalización deportiva fue patente. Algunas de sus estrellas más rutilantes de la RDA a finales de los años ochenta, como Matthias Sammer o Ulf Kirsten, volaron hacia el oeste y, por extensión, la élite. Fue el principio del fin para los equipos del Este.

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En esos casi treinta años de fútbol socialista, hubo dos décadas donde el título estuvo muy repartido, pero ya en la década de los setenta, el Dynamo Dresden (equipo de la policía del pueblo) fue el dominador de la competición hasta que el estado potenció, y usó todos sus recursos e influencias para construir un equipo potente que le diera a Berlín una gloria ausente de las que, paulatinamente, iban a tener todas las grandes ciudades europeas a lo largo de la historia. No sólo hubo una influencia estatal, en tanto y en cuanto reclutaban y “ofrecían” incorporarse a buenos futbolistas a sus filas, ofreciéndoles además estudios de su especialidad, sino bajo la amenaza del famoso dicho “patria o muerte”. A veces metafórica, y otras tantas veces, como le pasó a Lutz Eigendorf, tan veraz como la vida misma. También coacciones a los árbitros en decisiones polémicas. “Todo por el pueblo y para el pueblo…el resto, a callar”.

Bajo esas premisas se llegaron a los comienzos de la década de los noventa, con un duelo Hansa Rostock vs Dynamo Dresden por el título, con un Dínamo Berlín en caída libre (por lo que se venía después de noviembre de 1989) y con un Lokomotive Leipzig en auge tras su final de la Recopa varios años antes ante el Ajax neerlandés. La RDA daba sus últimos coletazos. Cuando terminó la temporada 89/90, la DFB decidió reintegrar a los equipos de la ya extinta RDA en las diferentes ligas nacionales, de la que sería una manera justa y equitativa en función del nivel de sus equipos: por su clasificación. Así, los dos primeros serían integrados en una liga de la, hasta entonces, Bundesliga de la República Federal.

Su denominación era la de NOFV-Liga y terminó con un doblete del Hansa Rostock (liga y copa), el subcampeonato del Dynamo Dresden, tal como había sucedido en la temporada anterior. Ambos fueron integrados en la máxima categoría: la 1. Bundesliga. El Hansa Rostock jugó Copa de Europa, mientras que el Dresden fue excluido de las competiciones europeas el año anterior por problemas de disturbios en el campo. Así que esa segunda plaza de la Copa de la UEFA la ocupó el tercer clasificado: el Rot-Weiß Erfurt. Le acompañaría el cuarto clasificado, el hoy conocido como Hallescher (Chemie Halle).

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Ambos equipos se sumaron al 5º, 6º, 7º y 8º clasificado en su integración en la segunda división (categoría profesionalizada desde hacía década y media), los cuales fueron Chemnitzer y Carl-Zeiss Jena. Pero ahí no quedaría todo: los dos últimos bajarían directamente a la tercera categoría con el mismo nombre que dio comienzo a la categoría de esa misma temporada (NOFV-Oberliga), el Energie Cottbus y Viktoria Frankfurt (del Oder). El resto de participantes, teniendo en cuenta que son ocho equipos, jugaron liguilla con dos grupos; los primeros de cada entrarían en segunda división. Ellos fueron el Lokomotive Leipzig y el Stahl Brandenburg (este último jugó la Recopa).

Cabe decir que esto afectó, principalmente, a la segunda división de la Bundesliga. Tuvieron que formarse dos grupos de doce, los cuales se agruparon por cercanía geográfica al norte y al sur. Esos 24 equipos, de los cuales subieron tres, bajaron de primera división otros tres, y bajaron siete a la tercera categoría para quedarse con veinte equipos compitiendo. Poco después, y con la introducción de las Regionalliga en 1994, la competición terminaría estableciéndose con 18 equipos, así como un sistema de tres ascensos y cuatro descensos hasta que, en 2008, se creó una tercera categoría (3.Liga) que terminaría integrando veinte clubes, reinstaurándose el playoff de ascenso y de descenso en primera, segunda y introduciéndola en la 3. Liga.

Después de toda esta transición, los destinos de los catorce equipos fue muy dispares. Mientras que el Hansa Rostock ha transitado por las tres primeras categorías del fútbol alemán bajo un clima de tensión debido a sus hinchas, el Dynamo Dresde no le fue a la zaga. Aunque los aurinegros nunca volvieron a estar en la máxima categoría después de los noventa. Por su parte, el Lokomotive Leipzig se cambió de nombre (por el del mítico VfB Leipzig), llegó a ascender a primera división y volvió a descender. Problemas económicos a principios del presente siglo le hicieron refundarse y hoy militan en la cuarta división (Regionalliga Nodost). El Rot-Weß Erfurt transitó por la tercera categoría y a partir de 2018 llevan una espiral de dos descensos consecutivos. Hoy se encuentran compitiendo en la Oberliga Süd (5ta división). Cheme Halle (hoy denominado Hallescher) se encuentra en la tercera división y es, sin dudarlo, de las trayectorias más estables de cuantos equipos conformaron la parte alta de la clasificación el último año de la Oberliga. El viejo Stahl Brandeburg, conocido por ser uno de los equipos que más dinero ofrecía a quienes fichaban por ellos (auspiciados por la industria del acero), terminó sufriendo problemas económicos, llegándose a fusionarse con sus archienemigos: el FC Brandeburg Süd 07, de los que se separarían un año después. Hoy en día, tras haber sido refundado en 1998, militan en la Liga de Brandenburgo (6ta división).

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En resumen: todos pasaron por penurias económicas, bancarrotas y refundaciones que no les han permitido volver. Si no todos, la mayoría, con lo que la integración en la República Federal nunca fue exitosa. Tan solo Hansa Rostock, Energie Cottbus o Unión Berlín han sabido, al margen del RB Leipzig, alcanzar la primera división. En el caso de la marca de bebidas energéticas, ha provocado un sinfín de reacciones entre los aficionados del Lokomotive Leipzig. Casi tres décadas después, los que fueron una vez estandartes del fútbol socialista aún siguen viviendo de un recuerdo que llegó porque tenía que llegar.

Y es que, tal como vaticinó Honecker en su día: «El Muro seguirá existiendo en treinta, cincuenta o cien años, si las condiciones por la que se rigió, no se combate». Desde entonces, pocas cosas han cambiado en la vida y en el fútbol de la desaparecida, y a veces añorada, República Democrática.

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Canario de corazón y alemán por devoción, cuento historias que no suelen importar a nadie y suelo estar allí donde la pelota corra y la gente vibre. Amante de la Bundesliga y todo lo que le rodea, mi estilo es no tener un estilo determinado o establecido, entendiendo el fútbol como una perenne globalidad y en la que el aprendizaje es continuo. Miro y escucho, ergo analizo. Me encontrarás en el análisis, en el diálogo y en el sosiego. Estaré rondando por este lugar mientras que todo lo que rodeen a las historias que no suelen importan a nadie, importen de verdad.

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