miércoles, 2 diciembre, 2020
Banner Top

 

Miro al pájaro negro, sonriente ante su grave y serio continente y le comienzo a hablar, no sin un dejo de intención irónica: «Oh cuervo, oh venerable ave anacrónica, ¿cuál es tu nombre en la región plutónica? » Dijo el cuervo: «Jamás ». Edgar Allan Poe

Vaya a saber cual habrá sido la razón que usaron en su país natal para nombrarlo como “de Kraai” (el cuervo, en neerlandés). Quizás fuera por su mirada amenazante al sacar o ir a buscar una pelota a la red. Posiblemente sea por sus piernas largas y flacas, algo típico en una persona de 1,95 metros. A lo mejor comenzaron a nombrarlo de esa forma simplemente por estar siempre presente, acechante, pero sin motivo aparente como mencionaba Poe en su poema. Pero si algo caracterizaba a la carrera de Richard Peter Stanislav Krajicek era aquel “jamás” que vociferaba el oscuro pajarraco del relato.

El hijo de inmigrantes checoslovacos (nacido el 6 de diciembre de 1971, Muidenberg, Países Bajos) era, en la década de los 90´, un muy buen jugador de tenis, el mejor de su patria por aquellos tiempos -y posiblemente el mejor de todos los tiempos junto a Tom Okker-, pero algo pasaba con él: no solo sufría lesiones en su rodilla que le molestaban mucho, si no que había algo más allá, su cabeza.

 

“Durante mi carrera, luché contra mí mismo, así como frente a mis rivales. Había veces en los entrenamientos que mi entrenador se sacudía la cabeza. Mi actitud no era mala, ni siquiera eso… Me estaba volviendo loco. Era demasiado perfeccionista”.

Krajicek al sitio web de la ATP

 

Su entrenador, el australiano Rohan Goetzke, muchas veces no sabía como lidiar ante los repentinos cambios de ánimo de su pupilo. Y eso que lo conocía prácticamente de toda la vida. Para el neerlandés no existían los términos medios: podía vencer a cualquier jugador sobre la faz de la tierra con un buen día (así se llevó nueve títulos antes de julio de 1996, además de llegar a semifinales en Australia en 1992 y Roland Garros un año más tarde), pero tranquilamente podía caer ante jugadores ignotos poco tiempo después. Era una montaña rusa sumamente exasperante.

El punto clave de esta historia sin embargo sería Wimbledon, un torneo que le costaba sobremanera pese a que su estilo -de saque potente y volea- debería, en teoría, facilitarle las cosas. Su mejor performance hasta 1996 había sido una cuarta ronda en 1993, donde cayó en un gran partido ante André Agassi. Sin embargo, en las dos temporadas posteriores cedería en la primera ronda. En 1994 fue por 6-3, 6-2, 5-7 y 7-6 (7-5) ante el australiano Darren Cahill, mientras que un año más tarde el norteamericano Bryan Shelton lo sacó del certamen blanco, esta vez por 7-6 (7-2), 6-3 y 6-3. Lo dicho, Krajicek podía vencer en una final a Michael Chang, Jim Courier, Michael Stich o Boris Becker, pero también podía ser derrotado por jugadores que apenas si han tenido momentos destacables en sus trayectorias.

También puedes leer:   Vivianne Miedema, goles para hacer grande a un país

Aquel 1996 no era particularmente bueno para Richard, que había caído en las finales de New Haven (Agassi) y Roma (Muster) y cuyos resultados lo desalentaban bastante. Fue por eso que incluso decidió junto a su novia tomarse unas “vacaciones deportivas”, algo que le sentó muy mal a su entrenador: “Si te vas de vacaciones, me voy. Wimbledon es el torneo más grande del año. Vas a mirar atrás en tu carrera y te preguntarás qué hiciste. ¡Haz algo!”.

Aquellas palabras, hirientes en un principio, surtieron el efecto deseado en su discípulo, que volvió al poco tiempo para prepararse a conciencia para el certamen con más historia y misticismo del mundo del tenis. Goetzke tenía una fe por Krajicek que podía mover montañas y se lo transmitió ni bien lo vio: “Puedes ganar esto” le dijo, “puedes llegar lejos. Necesitas disfrutar el proceso, el camino”. No había nada más que agregar, era prepararse y disfrutar del viaje.

 

Romper con los miedos

El neerlandés comenzó a planificar Wimbledon sabiendo que, pese a ser el 14° del ranking, no había entrado por poco como cabeza de serie, algo que podía costarle muy caro. Sin embargo, la diosa fortuna comenzó a sonreirle desde temprano, ya que el austríaco Muster se lesionó en Queen´s, por lo que pudo ingresar finalmente dentro del grupo de 16 sembrados.

En la primera ronda despachó prontamente al español Javier Sánchez Vicario (hermano de Arantxa) por 6-4, 6-3 y 6-4, mientras que en segunda el eliminado sería el estadounidense Derrick Rostagno por 6-4, 6-3 y 6-3. El neerlandés comenzaba a sentirse a gusto con sus golpes. El entrenamiento que había realizado junto a Goetzke en una pista de cemento comenzaba a dar sus frutos.

 

“Decidimos entrenar en pista dura, porque siempre me costó tomar ritmo. Mi juego no daba demasiado ritmo, pero los puntos eran tan cortos que después de unos cuantos días en hierba, sentía que estaba jugando peor y peor. Quizás estaba sacando y voleando bien, pero no tenía timing. Leí el reportaje sobre la victoria de Andre Agassi en Wimbledon 1992 y me sorprendí: André apenas pasó tiempo sobre hierba. Lo hizo sobre cemento. Y eso es lo que quería: ritmo. Golpeé unas cuantas veces en pista dura, 20 minutos al día, y fue así como experimenté una buena sensación con la pelota”.

 

Parecía algo normal atravesar las dos primeras rondas del Grand Slam británico, pero para algunos no lo fue así: Yevgevny Kafelnikov, André Agassi, Jim Courier y Arnaud Boetsch sufrieron el mismo mal que Krajicek en los años anteriores, cayendo en la rueda inicial, mientras que Thomas Enqvist y Stefan Edberg armarían sus valijas una instancia después.

En la tercera ronda, sin embargo, la mente volvió a jugarle una mala pasada a Richard. Este jugaba ante el australiano Brett Steven -otro de esos jugadores de mucho ímpetu pero sin lugar en la memoria colectiva-, a quien derrotó en el primer set por 7-6 (7-5), cediendo sorpresivamente el segundo 6-7 (5-7) y llegó a estar 1-4 en la tercera manga. Parecía el final del camino.  “Volví a mi negatividad, a mis antiguas formas durante el primer y segundo set” expresaría. Pero, de repente, algo hizo un quiebre en su mente. Se relajó y dejó fluir todo su potencial. “Bueno, vamos a dejar de quejarnos y a jugar, me dije. Fue probablemente el partido más importante mentalmente” manifestaría tiempo después. Al final se llevaría aquel tercer set por 6-4 y luego el cuarto por 6-2 para pasar a los octavos de final. Allí lo esperaba el alemán Michael Stich, campeón de Wimbledon en 1991 y ex número 2 del mundo. Mucho pergamino en la previa, pero en la pista el que se mostró como un jugador top sería el neerlandés, que ganó 6-4, 7-6 (7-5) y 6-4 para meterse en cuartos de final, y plantarse ante el peor rival posible.

También puedes leer:   Johan Cruyff y la travesía estadounidense

 

Y el cuervo ya no dijo jamás

En la ronda de los 8 mejores esperaba el sembrado número uno del torneo y el gran favorito, el norteamericano Pete Sampras. Este venía de ganar los tres torneos anteriores y hacía tres años que era elegido como mejor jugador del año tanto por la ATP como la ITF (galardones que se llevaría de manera ininterrumpida hasta 1998). Además, salvo en algunos pasajes de sus duelos anteriores, siempre se había mostrado muy superior. Parecía ser el final para Krajicek. Nadie lo daba como vencedor ante tamaño rival. Sin embargo, pocos se habían percatado en la previa no solo del gran estado anímico del gigante europeo, sino que a este no le sentaba mal jugar ante el californiano, con el que tenía un historial de 2-2 (6-4 a su favor al final de su carrera, algo impresionante).

“Le había ganado [a Sampras] algunas veces antes y mi filosofía siempre fue: “Tengo un gran partido y siempre soy difícil de romper, así que a ellos no les gusta jugar conmigo”. Y sabiendo que voy a servir bien y solo aguantaré el servicio y luego, lentamente, trataré de regresar de su servicio y ver cómo va. Pero estaba realmente concentrado en mi propio servicio y mientras lo mantuviera, entonces no puedes perder un set hasta un tie break, tal vez probablemente, así que esa fue mi estrategia. Traté de concentrarme en el servicio y aceptar que en el primer servicio y los primeros juegos me va a superar, pero poco a poco, si me mantengo alerta y sigo sacando bien y mantengo mi atención en la volea y después así es como lo hago, lo golpearía como en el pasado. Me mantuve concentrado en su revés, el cual se rompería después de un tiempo. No sé si realmente se rompió en ese partido, pero me mantuve muy concentrado” le contaría al sitio Tennis Now.

La estrategia fue la correcta: el encuentro fue sumamente disputado y parejo, casi un golpe por golpe como en las mejores veladas de boxeo. En el Court Central Richard ganó los dos primeros sets por 7-5 y 7-6 (7-3) y luego el encuentro se frenó hasta el día siguiente, algo que pudo perjudicar la dinámica ganadora del neerlandes. Sin embargo, este ya se encontraba a otro nivel y cerró la última manga en 51 minutos por 6-4.

También puedes leer:   Hielo y Fuego en Wimbledon

 

 

Wimbledon, para las semifinales, no contaba con ningún jugador top. Boris Becker había sucumbido en tercera ronda, mientras que Goran Ivanicevic también se marcharía en cuartos, por lo que, de repente, ahora era Krajicek el candidato al título. En semifinales destrozó al aussie Jason Stoltenberg por 7-5, 6-2 y 6-1, pasando a la final, donde se midió ante otra sorpresa, MaliVai Washington.

El nacido en Florida no era uno de los jugadores más destacados del torneo. Solo tenía 3 títulos en su haber (aquel año derrotó al uruguayo Marcelo Filippini en la final de Bermuda) y nunca había pasado de los cuartos de final de un Grand Slam, instancia a la que solo había llegado en Australia dos años atrás. Sin embargo, allí estaba él, vencedor de Enqvist y que había tenido que sudar todo el líquido de su cuerpo para derrotar en cinco sets al alemán Alex Radulescu y a su compatriota Todd Martin.

 

 

La final no tuvo tanta épica como en el partido ante Sampras, terminando casi en un trámite para Krajicek: 6-3, 6-4 y 6-3. Apenas tuvo momentos de duda en aquel encuentro, pero siempre que sintió un poco de presión el norteamericano lo ayudó cometiendo errores. El match fue sencillo y rápido. Quizás no fuera la definición más memorable de todos los tiempos, pero Richard lo había conseguido al fin: acalló las voces de aquel cuervo que tenía en su cabeza y que le decía que “jamás” ganaría un torneo grande.

Krajicek terminaría su carrera con 17 títulos y una semifinal más en Wimbledon. Además, puede decir con mucho orgullo que fue el único que cortó la racha de victorias de Sampras en el certamen blanco, ya que tras la trastabillada que le propinó en cuartos el norteamericano levantó cuatro Wimbledon más de manera consecutiva. Curiosamente, aquel 1996 no sería ni el de su mejor ranking (4° en marzo de 1999) ni en donde derrotaría a más top 10 (solo ganó a Sampras, Chang y Muster, mientras que en 1992 había conseguido 10 triunfos). Ni siquiera ganaría un Master aquella temporada. ¿Pero, acaso importan los números cuando lo importante es vencer a tu propia mente?

 

Fuentes: ATP, Punto de Break, Tennis Now

 

  • ¡Hola! Esperamos que hayas disfrutado del artículo. Antes de que te vayas queremos recordarte que estamos preparando cosas grandes, pero necesitamos la ayuda de nuestros lectores para hacerlas realidad. Por eso, si te gusta lo que hacemos en The Line Breaker, abrimos un canal para que consideres invitarnos a un café y así ayudarnos a mantenernos en pie.
Tags: , ,
Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

Related Article

0 Comments

Leave a Comment

The BreakerLetter

¡Ya salió la The Lines 13!

Consíguela haciendo clic aquí

Wing, el espíritu del fútbol

Mis Marcadores

Nuestras Redes

INSTAGRAM

Archivo