domingo, 20 septiembre, 2020
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El 11 de febrero de 1990 un hombre negro marcó la historia de la humanidad y hasta hoy su legado ha sido recordado. En Sudáfrica, Nelson Mandela salía de la cárcel luego de 27 años al haber luchado por la disolución de las diferencias raciales y clasistas que habían azotado la parte más baja del continente africano. Simultáneamente, en Tokio-Japón, el deporte de las narices chatas presenciaba un hecho sin precedentes y que dejó sin explicaciones realistas a propios y extraños; Mike Tyson, el campeón reinante del boxeo mundial, caía por primera vez en su carrera, perdiendo un invicto casi imposible de batir y firmando su descenso desenfrenado con apenas 23 años de edad y muchos problemas personales por delante.

Mike Tyson llegaba al Tokyo Dome con 37 peleas ganadas de las 37 que había disputado desde su debut en 1985. Había sido campeón de peso pesado con 20 años (1986), siendo el más joven de la historia hasta ese momento y su última pelea había sido en julio de 1989 en Atlantic City ante Carl Williams. Los amantes del boxeo estaban a la expectativa y llegaban con sed de un nuevo show en el ring. Tyson estaba de moda, asesinaba y masacraba a quien se le cruzara por el frente, sus rivales parecían carnada de serpiente y sus golpetazos eran fulminantemente destructores; su poderío era tan gigante que llegó a esa velada boxística con 33 KO, de los cuales 13 habían sido en el primer round. Nunca levantó un cinturón con estadio lleno porque la gente no había terminado de entrar cuando ya se alzaba como el vencedor.

¡Tyson is back! Tuvo por nombre dicha pelea, donde la cuota para el vigente campeón fue de seis millones de dólares solo por pisar el suelo japonés. Y aunque no fue una pelea de parálisis mundial y récords televisivos, el objetivo de la organización era ver una vez más al más grande asesino boxeador de todos los tiempos. Una exhibición. Un espectáculo de pocos minutos. Un capricho deportivo que no consideraba otro resultado que no fuera la victoria obvia. Tyson peleaba solo. Peleaba contra una sombra. Peleaba contra sí mismo. Peleaba para el público. Todo eso, a priori y sin poder ver el futuro, incluso estando en Japón.

Por la otra esquina, de pantalón blanco y con el silencio como máxima compañía estaba James Buster Douglas, un norteamericano de 29 años que llegaba con un invicto de seis peleas; su récord para el momento era de 30-4 desde 1981, pero con ningún logro en el boxeo. Estaba perdido y listo para morir. Su única ventaja frente al invencible contrincante era la estatura y el sobrepeso que lo delataba como perdedor por profesión; medía 14 centímetros más y estaba cinco kilogramos por encima de Mike Tyson. Su único éxito en el deporte había sido en su lapso como jugador de baloncesto universitario, cuando militó por lo menos para tres equipos y llegó a la universidad de Mercyhurst gracias a una beca deportiva. Su padre, William, fue boxeador en la década de los 60´, pero con un anonimato similar al de su hijo.

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El condimento que rodeaba la pelea era más emocional que competitivo. Tyson, quien hasta ese momento no conocía lo que era caer en la lona, se había divorciado de su esposa y enfrentaba una acusación por violencia conyugal, acoso y demencia de por medio. Por el lado del humilde Douglas, su madre había muerto hace pocos días y él había sufrido una fuerte gripe la noche anterior; igualmente, sabía que probablemente iba a perder ipso facto. Y es que la diferencia entre ambos era abismal; en la rueda de prensa previa, cientos de periodistas salieron de la sala cuando Douglas tomó el micrófono y uno de los comentaristas boxísticos más famosos de HBO, Larry Merchant, afirmó: “Esta pelea está terminada antes de empezar. Terminará unos pocos minutos después”.

Tyson estaba a un solo golpe de ganar su undécimo campeonato de peso pesado de manera consecutiva. Para Douglas era una utopía. Era imposible. Ni Don King, ni José Sulaimán (ambos promotores), ni mucho menos Donald Trump habían asistido al Tokyo Dome para ver caer al asesino consentido a manos de un sparring.

 

Una pelea sospechosa

La voz oficial anunció a Douglas. El único ruido que se escuchó al mencionarse su nombre fueron los coches que iban a toda velocidad a dos kilómetros de distancia. O bueno, aparte de sus entrenadores que ya tenían las toallas y la vaselina lista para asistirlo cuando cayera, tal vez algún aficionado compasivo aplaudió sosamente, pero igual apoyando al verdaderamente importante. Cuando los parlantes del coliseo nipón transmitieron la palabra Tyson, todo el aforo vitoreó al gran campeón y la energía ganadora se volvió a sentir en el ambiente, pero curiosamente, no en el luchador que tenía los lentes de las cámaras encima de su tez amorenada.

La pelea se hizo rara antes de comenzar. Mientras Douglas lanzaba puñetazos al aire, movía la cabeza de un lado para otro y se apropiaba del cuadrilátero como si no sintiera su muerte cerca, Mike Tyson estaba ausente en alma, su mirada no se mantenía en píe y su actitud ganadora parecía haberse quedado en Migraciones al llegar a Japón. No era el Tyson que todos conocían. Más bien era un impostor disfrazado de Kid Dynamite que igualmente tenía las de ganar contra un fracaso del boxeo que no había hecho nada importante.

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Sonó la campana y lo único que pudo frenar a James Buster Douglas fue el cuerpo de su oponente. Se fue de frente ante el abismo, aunque sorpresivamente resultó con paracaídas. Desde los primeros segundos, los golpes directos y los tradicionales jabs de uno y del otro encendieron la expectativa de cuánto iba a durar consiente la víctima número 38 de Mike Tyson. El combate era parejo y la lucha por el cinturón parecía igualada por primera vez. Jabs, Jabs, Jabs. Pasó el primer minuto, los primeros dos, los primeros tres, y el hecho de que Buster Douglas estuviera en pie ya era algo atípico. Siguieron dándose sin compasión, con la guardia por momentos baja y por momentos alta. Tyson y Douglas estaban en un baile, mirándose cara a cara (pese a la diferencia de estatura) y moviéndose al ritmo de los golpes secos.

 

Mike Tyson Vs James Douglas

Mike Tyson en la lona tras un sorpresivo desenlace. Foto: Archivo

 

Al quinto round pasó algo que no estaba en los planes de nadie, las dos tonalidades de tez negra se combinaban entre sí. Durante la primera mitad del combate (12 rounds) el aburrido clinch comenzó a asomarse (el abrazo para descansar) y la paridad no se decantaba para ningún lado. El cansancio se veía claramente y la sangre ya brillaba por su ausencia. De milagro no se apagaron las luces del Tokyo Dome al haberse planificado el evento para solo cinco minutos desde la hora cero.

Solo en octavo round Tyson fue casi Tyson. Con un uppercut sorpresivo mandó a Douglas contra la lona,  dejándolo al punto de desvanecerse mientras el referee Octavio Meyrán contaba lenta y parsimoniosamente para decretar el KO tardío. Dicen, los que presenciaron dicha pelea, que Meyrán se demoró 14 segundos para llegar hasta nueve, factor que le dio aire a Douglas para recomponerse, siendo salvado de inmediato por la campana mientras no era capaz de sostener el equilibrio en una laguna mental provocada por el voraz puño bien conectado de Mike. “No me dolió en absoluto. Estaba totalmente metido en la pelea”, sostuvo Douglas tiempo después. La verdadera pregunta es si Meyrán, el mejor referee del momento, sí contó como lo debía haber hecho.

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Lo que nadie se imaginó

En el décimo llegó lo que nadie nunca se había imaginado para 1990. Tyson estaba desgastado, y cómo no, si no estaba acostumbrado a llegar hasta tal punto del combate. Había conocido el tablero del round 10 y las gotas de sudor que probablemente nunca sintió bajar por su rostro. Su ojo izquierdo había debutado en recibir golpes contundentes y para ese punto del pleito, ya solo podía ver las ráfagas de Douglas con la parte derecha de la cara. Era un primerizo en peleas largas. Su contrincante se fue arriba y llegar a 30 minutos peleando contra Tyson ya era algo histórico y no había nada por perder.

A falta de 1:12 para el campanazo, James Buster Douglas conectó el uppercut que preparó toda su vida y vio cómo Mike Tyson, el invencible del boxeo mundial, caía desparramado mientras su protector bucal se perdía en la lona. No lo vio venir, gateó por el cuadrilátero como todas sus víctimas y no supo cómo ponerse en pie, algo a lo que nunca había estado expuesto. Al momento en que Mayrán llegó a 10 y abrazó a Mike Tyson decretando el KO, la sorpresa y lo irreal llenaron a todo el Tokyo Dome de un silencio absoluto y de un momento que nunca se creía que llegaría. Ni siquiera los comentaristas de ESPN pudieron aguantar el voltaje que propinó esa derrota increíble, dejando un largo espectro silencioso en la transmisión televisiva de aquella noche. No había palabras para describir lo sucedido, y es que cómo se podía explicar que Mike Tyson cayera con un desconocido e infravalorado James Buster Douglas. Ni los más expertos encontraron palabras.

Fue tan irreal lo real que la Asociación Mundial de Boxeo demoró 72 horas luego de la pelea para reconocer a James Buster Douglas como campeón de peso pesado ante Mike Tyson. La única manera por la que se podía explicar algo de tal magnitud era encontrar cualquier tipo de irregularidad que justificara una derrota del mejor de todos los tiempos. Fue legal. Con demoras en el conteo de Octavio Meyrán y todo, si. Pero resultó ser real.

 

 

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