martes, 19 enero, 2021
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El sexto partido de las Finales de la NBA de 1998 comenzaba lentamente a morir. Ya no se hablaba de cuartos o minutos sino de segundos, los cuales se desprendían del reloj cual hojas secas en otoño. El marcador se encontraba parejo: 86-85 en favor de los dueños de casa, unos Utah Jazz que todavía tenían la sangre en el ojo por perder su oportunidad ante los toros embravecidos de Michael Jordan y compañía el año anterior. 

Ellos querían su payback y sabían que debían aprovechar aquella oportunidad caída del cielo. Los de Salt Lake City, gracias a su enorme temporada regular, tenían la ventaja de la localía, y si bien habían desaprovechado uno de sus partidos en casa (el segundo), se habían vuelto a subir al carro en el último duelo en el United Center. Estaban 3-2 abajo, es verdad, pero ahora tenían la posibilidad de jugarse el todo por el todo en su ciudad, recibiendo el aliento de su gente y ante unos Bulls que ya comenzaban a mostrar signos de cansancio. Era ahora o nunca.

Scottie Pippen, ese elemento que toda escuadra debe tener para soñar con un título, se había resentido de su lesión en la espalda, jugando apenas 25 minutos en aquella noche –y anotando solo 8 puntos, más 4 asistencias-. El serbio Toni Kukoč salió a darlo todo por el equipo, convirtiendo 15 unidades. Y Dennis Rodman seguía siendo el ladero sacrificado, el que buscaba parar a todo aquel que se le acercase. Pero ninguno había brillado tanto como él, su Aérea Majestad. 2, 5, 10, 30, 43. Lo de Jordan seguía siendo estratosférico, como prácticamente en toda su carrera. Pero incluso él lo tenía claro: si ese día no se iban con la victoria –y el anillo- lo más probable es que terminaran recibiendo un derechazo demoledor en el séptimo asalto. Aquel debía ser su último baile, no podían esperar una pista más. Había que ponerse, una vez más, el equipo al hombro. 

MJ sacó sus pistolas y decidió batirse a duelo él solo ante toda la escuadra de los Jazz. Si Karl Malone convertía, él tenía que devolverle la bala. Si John Stockton decidía dar una de sus exquisitas asistencias, él debía pedirles a sus exhaustos compañeros que hicieran lo mismo. Lo sorprendente era que mientras sus laderos estaban fundidos, para él el tiempo parecía no pasar: estaba en todos lados, buscaba hacer de todo, tanto en ataque como en defensa. No era el mismo jugador que en los ´80 o en su primer three-peat, es cierto. Pero era Jordan. 

Tic, toc, tic, toc. El reloj sigue su marcha y parece jugar en contra de Chicago. Los locales llegaron a estar arriba 83-79 a falta de 2.25 gracias a una canasta de Malone a pase de Stock. Para El Cartero, aquella lucha ante el californiano era especial. Este llegaba con dos oros olímpicos en el cuello (siendo el nexo entre los dos primeros Dream Team olímpicos de la historia) y con varias condecoraciones individuales a cuestas, pero le faltaba lo más especial, un anillo para vestir sus desnudos dedos. Aquel 14 de junio se encontraba imparable, convirtiendo desde cualquier lugar. Al final terminaría con 31 puntos, 11 rebotes y 7 asistencias. Había que darlo todo en pos del triunfo y él lo estaba consiguiendo.

2.07 para el final. Byron Russell le hace falta a un Jordan que iba solo hacia la canasta, regalándole dos tiros libres Su Majestad. ¿Sentía nervios al ver a una multitud vociferando en su contra? Para nada: fueron dos tiros sencillos, una rutina en medio de una final sumamente tensa y apasionante. Las siguientes jugadas, sin embargo, tuvieron esa cuota de suspenso y miedo que todo desenlace de nivel necesita. Stockton y MJ y nuevamente el de Spokane fallaron sus tiros. La gasolina comenzaba a escasear en la montañosa ciudad. 

Ahora sí, último minuto del último baile. Nuevamente le realizan una falta a un Jordan que buscaba la canasta y el 23 logra poner el empate a 57.9 segundos. El aire estaba tenso, se cortaba con un cuchillo. La gente pedía defensa, pero parecía imposible ante aquel señor que era capaz incluso de luchar ante monstruos. Pero todavía podían confiar en la ofensiva, y eso hicieron: Malone le dio un pase de costa a costa a Stockton y este logró un triple que parecía sentenciar la historia. Quedaban solo 41.9 segundos. La nada y la eternidad al mismo tiempo. 

Phil Jackson tuvo que pedir tiempo muerto porque aquella situación lo ameritaba. Estaban 83-86. Las siguientes palabras eran claves: se debía pensar rápido, pero también en frío. “Mike, debes pensar el siguiente tiro. Recuerda que tus piernas están muy cansadas. Esto no es el comienzo, muchacho“, dijo Phil. “Coach, estoy sintiendo que rejuvenezco en estos momentosle respondería el ex compañero de Bugs Bunny. Y si bien lo dijo en tono de broma -porque, a esas alturas, las piernas les comenzaban a fallar a todos-, lo cierto es que había un dejo de verdad en aquello. Y es que, como dije antes, MJ parecía un Dios onmipotente: estaba en todos lados, metiendo todo lo que podía, recibiendo infinidad de faltas y, a su vez, bajando rápido para recuperar todos los balones posibles para arrancar un contraataque letal. Cuando sonó la chicharra para volver al parquet, todo cambiaría para siempre: comenzaban los últimos instantes de un equipo de leyenda. Era el último baile, y Jordan aprovecharía cada maldito segundo para dejar en ridículo a todos.

Las porristas, esos seres que solo existen para entretener a unos siempre aburridos norteamericanos, dejaron su lugar para que vuelvan a hacer acto de presencia nueve héroes modernos de carne y hueso y un ser supremo. Restaban solo 41.9 segundos y había que pensar bien cada jugada, aunque claro, la ventaja la seguía teniendo Utah, que ganaba por tres y contaba con grandes pasadores. Pero Jordan no les dio tiempo a nada: recibió la naranja y fue rápidamente a atacar el aro. Nadie pudo frenarlo -y tampoco quisieron arriesgarse con las faltas-, por lo que, a 37 segundos del final, la cosa volvía a emparejarse: 86-85.

Y entonces aconteció uno de los momentos más trascendentales y llenos de magia de la historia del deporte. Los Jazz fueron al ataque buscando volver a tener, al menos, una ventaja de tres puntos. Pero no pudieron por él, por el siempre presente Jordan, que ahora decidía que era tiempo de defender aquella bola como si fuera la última. Stockton llevó el balón con la cadencia que siempre lo caracterizaba -y que le permitía pensar en cada jugada como si fuera Kaspárov- y se la pasó a un Malone que apenas pudo recibir la carta antes de perderla ante el propio Jordan, que se la manoteó y se lanzó rápidamente al ataque. 

MJ salió disparado hacia el aro rival pero decidió frenar casi en seco y pensar, darse un tiempo en medio de tanta vorágine. 11, 10, 9, 8. Los segundos se consumían y los hinchas de los Jazz cada vez festejaban con más fuerza, queriendo impulsar a su equipo hacia la épica victoria. Pero el que tenía el balón era Jordan y solo a él parecían ocurrirle las cosas mágicas en los momentos más tensos. Russell salió a marcarlo como se marcan los niños en esos míticos 1v1 de Harlem. Pero era querer frenar al huracán con una servilleta. El 23 de los Bulls esperó, esperó y luego si, salió lanzado, realizando un amago que, sumado a una cachetadita en las nalgas -algunos dicen que fue más y que era falta-, dejó tirado y en ridículo a su marcador, consiguiendo un tiro claro y una imagen que quedará grabada por los siglos de los siglos. A 5.2 segundos del final MJ lo había conseguido: 45 puntos (16 en el último cuarto) para dejar el marcador 87-86. Lázaro había resucitado.

Lógicamente, el banquillo de los locales pidió tiempo, porque todavía les quedaba la última posibilidad y ganarían consiguiendo al menos dos puntos. Pero los jugadores, por más que tuvieran esa chance, ya sabían que sería casi imposible escribir una historia reescrita por los mismos dioses. Stockton fue el que tomó la responsabilidad de jugarse el todo por el todo. Y lo intentó, tirando un triple cerca del cierre, aunque la caprichosa pegó en el aro y salió. Era el fin, los Bulls lo habían conseguido. Esa temporada lucharon contra la edad, las lesiones, los rivales cada vez más duros y contra una dirigencia que quería empezar de cero. Y a todos lograron vencer.

Si, es verdad que al final aquel no fue el último tiro de Jordan, ya que volvería años después para jugar en los Washington Wizards, pero aquello terminaría siendo casi una anécdota. La imagen de la perfección ya había quedado grabada a fuego ese 14 de junio de 1998 en las montañas de Salt Lake City. Era el sexto anillo. Era el final de una era maravillosa. Era el último baile. Y vaya si ese grupo supo bailarlo a la perfección.

Fuentes:

  • ESPN
  • Marca
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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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