miércoles, 14 abril, 2021
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No se la podían sacar. Cuando uno tiene que describir a un jugador de hace un buen tiempo atrás, es inevitable asociarlo a un ejemplo cercano para una comprensión más acabada. Si les hablo de Robert Prosinečki, muchos sabrán de él y hasta habrán visto parte de su arte. Los treintañeros avanzados algo deberían recordar de un crack que brilló en la cita de Francia 98, pero que también tuvo una presencia en 2002. Para los más jóvenes, es más fácil que ponga sobre la mesa a un Juan Román Riquelme. Por eso para comenzar este artículo de la serie “90 de los 90” les doy esa pista: si no saben quién era ni cómo jugaba Prosinečki, piensen en Riquelme. Y por supuesto, tienen ahí a mano hermosos compilados en YouTube de sus pisadas, gambetas, remates, asistencias, todo edulcorado con un tranco lento para los cánones de hoy y, aunque no parezca, también de ese entonces.

Los capítulos centrales de la carrera de Robert – quien nació en Alemania, donde sus padres trabajaban, y a los 10 años recién se instaló en Croacia – pueden concentrarse en un ciclo que va desde 1987 hasta 1998, aunque sus actuaciones dentro de una cancha se extendieran hasta 2004. Lo podríamos titular “Del Mundial Juvenil de Chile a Francia 98” y sería una síntesis poderosa de una década que lo vio brillar y también sufrir momentos aciagos.

Yugoslavia, la Selección que no pudo florecer”, título Juan Pablo Gatti en una gran nota también de esta serie. Pero esa Selección yugoslava que no iba a poder conseguir todo lo que uno podía imaginar, entre guerras y azares varios, tuvo su capítulo fundante siendo un grupo de pibes. En 1987, en el Mundial Sub 20 disputado en Chile y comandados por el entrenador Mirko Jozic (que años después dirigiría al Colo Colo campeón de América en 1991), Yugoslavia se quedó con el título brillando con un fútbol de impronta sudamericana. Prosinečki fue el Balón de Oro, Zvonomir Boban el de Bronce y Davor Suker el Botín de Plata. 

“Si triunfa en el fútbol, me comeré el carnet de entrenador”

¿Qué habrá pensado Miroslav Blazevic cuando en 1998 tuvo entre sus dirigidos de una inolvidable selección croata a Robert Prosinečki? Once años antes, cuando el joven daba sus primeros pasos en el Dinamo Zagreb, Blazevic fue contundente y nos regaló el título de este apartado. Se equivocaba.

Esa frase, ese juzgamiento temprano acerca del volante ofensivo tuvo sus consecuencias. Poco duró en Zagreb, pero sus movimientos terminaron siendo un acierto. El Estrella Roja había iniciado hacía unos años un proyecto liderado por el mago Dragan Dzajic, uno de los mejores jugadores de la historia balcánica y el que más jugó en la Selección de la extinta nación. Búsqueda de talento, cambio en la identidad de juego y un horizonte a mediano plazo: ganar una Copa de Europa. El conjunto de Belgrado empezó a dominar el fútbol yugoslavo en la segunda mitad de los 80’s. Allí se sumó Prosinečki en 1987. El rubio se juntaría con el macedonio Darko Pancev, el montenegrino Dejan Savicevic, Sinisa Mihajlovic, Vladimir Jugovic o el rumano de origen serbio Miograd Belodedici. Un Dream Team unido en un marco de inminente desintegración. Todavía esos diversos orígenes se agrupaban bajo una sola bandera. 

La cima terminaría siendo efectivamente continental, tras un par de conquistas locales. El 29 de mayo de 1991 en Bari, el Estrella Roja venció 5 a 3 en los penales al Olympique de Marsella tras un 0 a 0 por momentos soporífero – y eso que eran dos muy buenos equipos – durante los 120 minutos. Era la gloria en medio del desastre como lo titulé hace un tiempo en este artículo. Prosinečki, autor del primer disparo desde los 12 pasos, ya era el mejor jugador yugoslavo, un título individual que había cosechado al finalizar 1990. Tras esa conquista, Yugoslavia iniciaría su cruento proceso de desintegración y los jugadores que formaron parte de aquel extraordinario Estrella Roja se repartieron por el mundo. 

De Italia a Francia

Los años 90 lo tuvieron a Prosinečki mayoritariamente en España. Es uno de los pocos que puede contar que jugó en los dos más gigantes: Real Madrid, que fue quien primero posó sus ojos sobre él, y Barcelona. Además jugó en el Real Oviedo, dirigido por Radomir Antic (campeón luego en el doblete del Atlético Madrid, donde el bueno de Robert estuvo a punto de recalar) y en Sevilla. Ningún paso fue muy destacado, aunque dejó estelas de su sello. En el Madrid lo acuciaron las lesiones y en el Barcelona en menor medida también, además de algunos problemas disciplinarios (lo apodaron “el paquete rubio”, porque afirman que fumaba hasta 40 cigarrillos diarios). En Oviedo y en Sevilla fueron mejores sus recuerdos, aunque con los andaluces bajó a Segunda División.

Pero hablemos de Selección. De selecciones, mejor dicho. Prosinečki fue figura fundamental de aquella Yugoslavia que avanzó hasta cuartos de final en Italia 90. Convirtió un gol en el duelo contra Emiratos Árabes Unidos en la primera ronda y se destacó como conductor de un muy buen equipo que se deshizo de España en octavos y al que sólo las manos mágicas de Goycochea voltearon (Robert igual convirtió su penal). Una selección que, como todo en Yugoslavia, se desintegraría en un conflicto de mucha tensión y crueldad.

Ocho años después Prosinečki volvería a calzarse la camiseta de la Selección… de Croacia. Y se iba a convertir en el único jugador en la historia en anotar goles en Mundiales con dos selecciones distintas. Lo hizo en el primer duelo de aquella cita contra la también debutante Jamaica a quien los croatas vencieron 3 a 1. Luego le ganaron a Japón por 1 a 0 y, ya clasificados, sucumbieron ante Argentina por 1 a 0 en un reencuentro bien distinto al de 1990. 

Ese segundo puesto del grupo H fue un premio en lo inmediato para los dirigidos por Blazevic. Mientras Argentina tuvo que ir a una batalla contra Inglaterra, los croatas “ligaron” a Rumania y con un gol de Davor Suker, a la postre goleador de la Copa, se metieron entre los ocho mejores. Pero había más: en un duelo para enmarcar, Croacia se tomó una dulce revancha de nada más ni nada menos que Alemania. Dos años atrás se habían cruzado en la Eurocopa 96 en la misma instancia y Alemania, que casi siempre gana, venció 2 a 1, avanzó a semis y luego festejó la conquista continental. Sin embargo, el fútbol da revancha y en una actuación notable los croatas hicieron 2 en 1: golearon 3 a 0 y se metieron en semifinales, sorprendiendo a propios y ajenos.

En las semis el local Francia, en la noche soñada de Liliam Thuram, derribó el sueño croata, que luego festejó el tercer puesto obtenido frente a Holanda con otro gol de Suker para consagrarlo como Botín de Oro y otro de nuestro querido Prosinečki.

En 11 años, del 87 al 98, este talentoso jugador demostró muchas cosas. Pero una quedó más evidenciada que las demás: cuando se calzaba la camiseta de su país, la motivación iba en aumento. En las grandes citas siempre dio la cara. Los vaivenes de clubes eran una anécdota cuando jugaba Yugoslavia o Croacia. Un verdadero jugador de Selección.

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Sebastián Tafuro

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