sábado, 24 octubre, 2020
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El Estadio Olímpico de hockey hierba Morris Brown College de Atlanta (EEUU) está ya vacío. No queda nadie de las cerca de 20.000 personas que esta tarde de agosto abarrotaban las gradas. El Willhelmus, el himno de los Países Bajos, es solo un murmullo lejano que se apaga y se dirige hacia la Villa Olímpica. La fiesta se desarrollará lejos de este campo de hockey. Todo ha acabado ya. La tarde ha dado paso a la noche, y los focos del terreno de juego siguen encendidos. Apenas una hora antes se disputaba aquí la final olímpica de hockey hierba entre España y Holanda. Ahora, tras la ceremonia de entrega de medallas, todo parece un dulce recuerdo.

Los oranges se han alzado con la victoria por tres goles a uno en un durísimo partido de tú a tú en el que brillaron dos nombres por encima de todos; Ronald Jansen, el guardameta neerlandés, y su mediocampista, Floris Jan Bovelander, un tipo alto y desgarbado de medias por los tobillos, pelo revuelto y polo desabotonado, especialista en el chut de penalti córner que, con dos goles consecutivos de esta manera en tan solo tres minutos, arrebató cualquier esperanza dorada hispana.

Sin embargo, bajo estos inmensos focos del Morris Brown College, dieciséis jugadores siguen impertérritos a pie de campo. Inmortalizan el momento con sus cámaras y atienden a los periodistas. Visten sonrisas e impolutos chándales John Smith azul y blanco con detalles rojos. En sus manos sostienen ramos de flores y en sus cuellos cuelgan relucientes medallas de plata. Son los dieciséis integrantes de la selección española de hockey hierba que, a pesar de haber caído derrotada en una final en la que llegaron a ir por delante del marcador y acariciar el soñado oro, parece que no quieren irse de este estadio. Todos juntos, alegres, celebran la medalla conseguida en esta calurosa noche del 3 de agosto de 1996.

Semanas antes de este momento, España partía sin grandes pretensiones ni delirios de grandeza a los Juegos Olímpicos de Atlanta 96’. Había sido quinta clasificada en los anteriores Juegos de Barcelona, y novena en el Campeonato del Mundo de Sídney de 1994. Sin embargo, la expedición prometía. Una buena preparación los meses antes y un equipo que mezclaba juventud, con jugadores como Pol Amat de tan solo 17 años, y veteranía, como Quim Malgosa o Juantxo García-Mauriño, para quien los de Atlanta serían sus terceros Juegos Olímpicos, dejaba entrever un combinado con mucho talento capaz de sorprender a cualquiera. Además, el seleccionador Toni Forellat había sustituido a Santi Cortés en el banquillo y había incorporado una pieza clave en el engranaje español; Antonio Guerra y su constante; “tirar para adelante, que sois unos monstruos”. El desparpajo del que España hizo gala en todo el torneo y la disciplina defensiva, así como la agresiva presión en mediocampo, fueron esenciales para que este grupo de deportistas olímpicos amateurs se colaran entre las páginas de la Historia y se codearan con los grandes de este deporte.

El hockey hierba en España era, por aquel entonces -y sigue siendo- un deporte minoritario. Un deporte que parece condenado a la marginalidad mediática y que, sin embargo y cada cuatro años, coincidiendo con la cita olímpica, acapara titulares y rescata la atención de muchos. En el pasado dio sus alegrías; un bronce en Roma 60’, una plata en Moscú 80’ o el famoso oro de las chicas de Barcelona 92’. Estos logros hicieron que ahora siempre se espere obtener algún metal, incluso cuando nunca se es favorita. Y es que el éxito del hockey hierba en un país que en aquel 1996 contaba con 7.000 federados se explica gracias al cariño y mimo que se le tiene a esas cosas que son de familia.  En España, el hockey hierba se concentra en la localidad barcelonesa de Terrasa. Una ciudad de doscientos mil habitantes y cuna del hockey nacional que ha transmitido el amor por este deporte de generación en generación.

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Si en 1960 el hockey hierba español lograba la primera medalla de su historia en los Juegos de Roma, ahora en Atlanta 96’ los hijos de aquellos primeros medallistas de bronce buscaban igualar, y por qué no mejorar, la hazaña de sus padres. Apellidos como Usoz, Dinarés o Amat encontraban en Atlanta un legado que continuar en jugadores como Pablo Usoz, Jan Dinarés o Santi y Pol Amat. El tiempo diría el resto. Como señalaba Xavi Arnau: “Si antes de llegar a Atlanta nos hubieran dicho a los integrantes de esta selección que íbamos a ganar una medalla, lo hubiéramos firmado con los ojos cerrados”.

Todo comenzó el día de la ceremonia de inauguración. Dentro del equipo español se dirime el primer conflicto. Para la selección de hockey, la competición comienza justo la mañana después de la ceremonia de apertura de los Juegos. Algunos veteranos como García-Mauriño, quien ya ha asistido a unas cuantos desfiles olímpicos, aboga por no acudir y quedarse en el hotel descansando. Otros, en cambio, quieren concurrir a la ceremonia, conscientes de que es una experiencia única e irrepetible. La discusión se alarga todo el día. Finalmente no irán. Por el contrario, los alemanes, su rival al día siguiente, desfilan confiados por el Centennial Olympic Stadium de Atlanta. Aquello, sin duda, fue la mecha de una llama que no se apagaría hasta el último día de competición.

Al día siguiente a las 9 de la mañana, España anuló a la por aquel entonces campeona olímpica Alemania, liderada por la leyenda del hockey europeo “Martillo” Fisher. Un único gol del delantero Xavi Arnau bastó para derrotar a los germanos. El portero Ramón Jufresa dijo después del partido: “Dicen que las desgracias unen y el no poder acudir al desfile de inauguración nos unió más si cabe.”

Más tarde llegaría Pakistán, selección que a pesar de ser campeona del mundo en 1994, no pasaba por su mejor momento, y a la que España endosó un 3-1. Los días pasaban poco a poco en Atlanta y el equipo avanzaba en sintonía. Se sucedieron los albicelestes y correosos de Argentina con grandes jugadores como Caldas, Lombi o Retegui, y después la anfitriona Estados Unidos. España superó ambos encuentros con victorias, y Xavi Escudé, el cerebro del equipo, junto con la dupla Escarré-Arnau, maravillaban al mundo entero con sus goles y filigranas.

De esta manera, España se plantó como primera de grupo y logró el pase a semifinales donde se encontraría con Australia. Un partido que se adivinaba a priori una ardua tarea por el poderío físico aussie con su capitán, Mark Hager, como máximo goleador kookaburra. Sin embargo, España tiró de pundonor y garra, y no cedió ni un milímetro. Australia por su parte, empezó dormida el partido, y finalmente lo acabó pagando caro. “Para ganar una semifinal hace falta sufrir, y nosotros supimos sufrir” aseguraba Xavi Arnau entonces.

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Al final, el buen hacer de los españoles, la suerte necesaria en este tipo de encuentros y cierta simpatía del árbitro holandés Peter Von Reth que concedió un penalti strock a favor de España, acabaron con el resultado a favor por dos goles a uno de los hispanos, que se aseguraban así una medalla y el más que merecido privilegio de disputar una final olímpica. Allí, les esperarían los tulipanes; Bovelander, Brinkman, Delissen y compañía, subcampeones del mundo, autoproclamados inventores del hockey moderno y que contaban con la presión de todo un país que, a pesar de tener la mejor liga de hockey del mundo, todavía no poseía ninguna medalla de oro olímpica en su palmarés.

Esto, sin embargo, no parecía atemorizar a los jugadores españoles. Conocían a la perfección con quien se enfrentaban, e incluso alguno como Juantxo, había militado en las filas del Amstedram donde había compartido vestuario con sus futuros rivales. El triunfo ante los australianos había dado alas a los españoles, que se mostraban convencidos de la victoria ente Holanda. El diario Mundo Deportivo de aquella época recogía las declaraciones de los jugadores.

 

Escarré: “Si ya hemos ganado a Alemania, Pakistán y Australia, ¿por qué no podemos hacer lo mismo con Holanda?”.

Pol Amat: “Estoy convencido de que vamos a ganar el oro, pero todo depende del partido que nos salga”.

Santi Amat: “Los últimos resultados con los holandeses, un triunfo y un empate, inducen a pensar que podemos ganarlos. Me da miedo su penalti y su veloz contraataque”.

El entrenador, Toni Forrellat, se mostraba convencido; “Seguro que vamos a ser campeones”.

 

Santi Amat no se equivocó. Aunque España saltó al césped del Morris Brown College como mejor sabía hacer, con alegría y presionando bien arriba, no logró materializar ninguna de hasta las seis ocasiones claras que tuvieron de marcar gol en la primera parte. La suerte no les acompañó, y los penaltis córner, esta vez, estaban del lado de los oranges.

España se encontró una y otra vez con un muro llamado Jansen bajo los tres palos que frustraba cualquier intento de adelantarse en el marcador. Ni siquiera la dupla Arnau-Escarré pudo con el portero, a quien en Holanda ya empezaban a encomendarse como un dios. La ocasión más clara fue un mano a mano del propio Escarré, quien teniendo a Nacho Cobos a su derecha para rematar a placer, optó por buscar la gloria eterna y chutar desde el borde del área, para regocijo de Jansen quien en una gran estirada mandó la bola a córner. Usoz también pudo adelantar a España en el marcador en una internada en el área que no logró convertir en gol. Otra vez Jansen. Otra vez caras de frustración en España. Así, la primera parte se saldó con un cero a cero, una Holanda ahogada por la presión con algunos buenos contraataques y una España que acabaría pasando factura no haber sentenciado la final en los primeros treinta y cinco minutos.

 

 

De nada valió al final el golazo por la escuadra de Víctor Pujol a falta de veinticuatro minutos para el final. España soñaba, pero Holanda despertó de su letargo y activó la maquinaria para lanzarse al ataque. Quedaba mucho partido, las piernas pesaban para los españoles, que se quedaban sin ideas y veían volar a un jovencísimo Teun de Nooijer, junto con Taco van den Honert. Siete minutos duró la alegría de los jugadores españoles. Siete minutos en los que se soñó con el ansiado oro. Al séptimo minuto apareció el gigante Bovelander para devolver a la realidad, con un durísimo mazazo de derecho en una acción de penalti córner, a un país entero.

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Casi sin tiempo para asimilar que el oro estaba en apuros, una bola cruza el área de España y pega en los pies de Ramón Sala, quien se queja de que no puede ver nada. El árbitro irlandés Ray O’Connor alza los dos brazos en posición horizontal y señala la portería de Ramón Jufresa. Penalti córner para Holanda. Bovelander sonríe y acaricia el grip de su stick TK. Esta noche en Atlanta, Floppie Bovelander, como le llamaban los amigos, es el encargado de aguar la fiesta al reducido número de espectadores españoles presentes en el estadio, y acabar de una vez por todas con cualquier esperanza. Con otro zurriagazo, el bueno de Floppie adelanta a los tulipanes y sentencia el partido. Faltan quince para el final, pero solo quedará tiempo para que otro jovencísimo, Bram Lomans, de solo 21 años, de nuevo de penalti córner, clave un flick de arrastre a la escuadra. Final del partido; España 1, Holanda 3.

Hay quien dice que es imposible saborear el presente, que solo el tiempo nos da la perspectiva necesaria para entender los logros conseguidos, incluso por pequeños que sean. A menudo, hasta que no han pasados meses o incluso años, uno no es capaz de mirar atrás y ser consciente de lo vivido. En este sentido, es de inmenso valor ver cómo, tras el pitido final, en los jugadores de España no hay una sola lamentación. Orgullosos, enfilan el camino a los vestuarios, y una vez allí se toman su tiempo para cambiarse y prepararse para recoger las medallas. Afuera, la gente espera impaciente. El propio comentarista de Televisión Española se queda poco a poco sin datos ni nada que decir. Dentro del vestuario, los jugadores ríen. Viven el momento. Saltan al campo cogidos de la mano, se suben al podio. Una medalla de plata olímpica para el recuerdo.

¿Qué faltó en aquella final? “No faltó nada, sobraron los penalti córner” dice Pablo Usoz. ¿Y después? Después de ese Estadio Olímpico Morris Brown College vacío. Después de la ceremonia de entrega de medallas, ¿Qué hay después de eso?. “Dos meses flotando. Algo parecido al nirvana, no sé. Una sensación como que todo está en su sitio. Sentado en un sofá sin hacer nada, sientes que todo está bien”, dice Juantxo García-Mauriño.

 

 

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Lucas García Alcalde
Nació en Ovalle (Chile) en 1996. Muy joven decidió ser viajero como quien decide ser oficinista. De Buenaventura a Oslo, de Barcelona a Quito, de la selva amazónica al desierto de los saharauis, recorrió casi todos los territorios posibles de la geografía y las utopías. Y mientras viajaba, escribía. Nunca publicó un libro, ni tampoco ganó un premio.

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