miércoles, 27 octubre, 2021
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Tal como cualquiera de nosotros arrastra hasta cierto punto el legado de aquellos quienes nos precedieron e intenta vivir la vida como mejor sea posible, los aficionados a un deporte -y particularmente a un equipo- también cargan con ese pasado. Ya sea en Buenos Aires, Tel Aviv, Barcelona o en cualquier ciudad de los Estados Unidos, si ese pasado es bueno (con títulos y recuerdos felices) será un poco más ligero. pero sí es malo, los fantasmas de la amargura sobrevolarán la conciencia hasta que un buen día los astros decidan alinearse y dar un respiro a esos fieles errantes.

En el caso de los New York Rangers, franquicia de hockey sobre hielo fundada en 1926 y miembro de los Original Six que compitieron en la NHL entre 1942 y 1967 y todavía lo hacen actualmente, las penurias de una vida que se auguraba exitosa pero que la realidad se encargó de bajar a tierra fueron compartidas y trasladadas de generación en generación por sus fanáticos.

Era 1940, y en Inglaterra no había fútbol por culpa de la Guerra, el Atlético de Madrid era todavía el Atlético Aviación y los Juegos Olímpicos de Helsinki eran cancelados. En 1940, los New York Rangers ganaron la Stanley Cup por tercera vez en su historia. Muchos dicen que, en efecto, esta Copa es la más difícil de ganar de los cuatro grandes trofeos norteamericanos, debido al factor impredecible que ofrece cada partido y la duración de los playoffs más duros y físicamente demandantes que se extienden hasta los dos meses y medio de duración, en el que los jugadores, muchas veces soportando dolorosas lesiones, deben aguantarse los golpes y poner el cuerpo a las balas durante interminables series.

 

De la arrogancia a la maldición y más de medio siglo en las ruinas

La final por el campeonato de ese año enfrentó a los New York Rangers contra los Toronto Maple Leafs en un clásico de la costa este. Los Rangers se erigieron como los campeones y, con la victoria consumada, el General John Reed Kilpatrick, quien había luchado en la Primera Guerra Mundial y al volver se había convertido en un exitoso hombre de negocios, tuvo la curiosa idea de encender un pedazo de papel y tirarlo al interior de la Copa.

Kilpatrick era el presidente de la Madison Square Garden Corporation, dueña del estadio y del equipo, y los papeles que acababa de lanzar hacia el interior del grial contenían en ellos la deuda de la hipoteca del edificio situado entonces en la 8ª Avenida que ya había sido cancelada recientemente, en parte gracias al éxito cosechado en la congelada superficie. Aquel gesto fue visto por los puristas y por el público en general como una falta de respeto hacia Lord Stanley de Preston, el sexto Gobernador General de Canadá entre 1888 y 1893 que dio nombre a la enorme Copa después de que este la donara en 1892 al deporte que amaba.

La altanería de Kilpatrick provocó quizás, muchos dicen, no solo una maldición perpetrada por los dioses del hockey, sino una respuesta a un conflicto que ya había quedado atrás en el tiempo pero que volvería para atormentar a los Rangers por muchos años, demasiados.

Retrocedamos cuatro años. El nombre es Dutton, Red Dutton. Es 1936 y los New York Americans le acaban de nombrar como su nuevo Mánager. Once años antes de la llegada de Red, en 1925, los Americans eran el único equipo profesional de hockey sobre hielo de la ciudad. Primero con escepticismo y luego con curiosidad, los mandamases del Garden, estadio que el equipo alquilaba, vieron en la situación de sus inquilinos una oportunidad que cualquiera que se crea un hombre de negocios en la Gran Manzana no podría dejar de perseguir.

Para ese entonces los NYA ya generaban mucho dinero, la asistencia al estadio iba en aumento y la expectación nada se parecía a la de antaño. Un año después, en 1926, hay un nuevo equipo en la ciudad. El Garden acaba de dar vida a los New York Rangers, equipo que le retribuirá todas las ganancias a los dueños del lugar, que ya no tendrán que contentarse con una suma consensuada con los ahora ambulantes Americans.

Aquello dio comienzo a una guerra entre las dos franquicias que a día de hoy es fácil saber como terminó: Dutton llegó con los bolsillos llenos para intentar salvar al decano del hockey en la ciudad hasta que la Segunda Guerra Mundial golpeó la economía americana y, por ende, la salud financiera de un equipo que ya venía en horas bajas. Dutton, con el barco hundiéndose, declaró furiosamente que los Rangers no iban a ganar nada mientras él estuviera vivo. Cuando Dutton murió en 1987, los Americans ya se habían fundido en 1942 bajo el nombre de Brooklyn y los Rangers todavía ostentaban el mismo número de Copas que en 1940: tres. Las leyendas, tan referenciadas en este mundo a veces utópico del deporte, siempre resuenan. “Mucho de eso fue cosa de los periódicos“, supo declarar Dutton años antes de su muerte, “pero a veces los periódicos pueden estar en lo cierto“.

Tras la ira de Dutton y la desaparición de los NYA, los Rangers comenzaron una larga y agónica sequía que duró hasta la década de los ´90. Porque esos tres títulos en las vitrinas distaban mucho de la cosecha del resto los Original Six: por las 23 Copas de los Montreal Canadiens, las 13 de los Toronto Maple Leafs, las 7 de los Detroit Red Wings, las 5 de los Boston Bruins, los escasos logros de los neoyorquinos, que además quedaban bien atrás en el tiempo, les convirtieron en el hazmerreír de la liga durante mucho tiempo.

Su mediocridad solo era comparable con la de los Chicago Blackhawks, que al menos habían conseguido su tercer trofeo en los ´60, veinte años después de la última conquista neoyorquina. Se habían transformado en un equipo histórico que no hacía justicia a sus comienzos. Con catorce ingresos a los playoffs, cuatro Finales de Conferencia y una sola Final durante ese tiempo, es acertado decir que los Rangers se habían convertido en una franquicia irrelevante.

 

Postales de una época muy lejana. Así se veía el Garden en los años cuarenta (Getty).

 

Durante este extenso período de tiempo, de 1940 a comienzos de los ´90, los Rangers intentaron todo lo posible para recuperar el envión que los primeros años les habían dado. Fue común ver ingresar por la puerta del Madison a grandes nombres como Phil Esposito y Guy Lafleur, dos de los mejores jugadores de todos los tiempos, que llegaban al final de sus carreras para intentar levantar otra Copa, pero todos fallaban en el intento.

Así, año tras año, década tras década, el fantasma de los campeones del ´40 sobrevolaba la azotea del primer Garden, encontrando también aposento en el segundo edificio construido en los ´60. Eran en una franquicia anclada en el pasado, con generaciones de aficionados que no pudieron volver a ver a su equipo en la cúspide. Kilpatrick se había llevado los sueños de toda una ciudad que se carbonizaron, irónicamente, en el momento más feliz que el equipo les había entregado.

Sí avanzamos hasta comienzos de la década de los ´90, para 1991 los Rangers se habían convertido en uno de los grandes pretendientes nuevamente. Tras los resultados positivos con dos finales divisionales en cuatro años, el General Manager Neil Smith se había encargado de comenzar a remodelar una plantilla en el intento de conseguir lo que todos anteriormente en su puesto no habían logrado: el título.

 

El Mesías

El 5 de octubre de una recién comenzada temporada 1991/1992 el famoso Montreal Forum se prepara para vivir un choque de históricos. Los Rangers no ganan aquí desde 1983, y el partido arranca con un ritmo frenético, con los dos conjuntos intentando imponerse desde el físico. Este partido tiene una particularidad: es el primer partido que Mark Messier (5 Stanley Cups, 851 partidos, 1034 puntos) disputa con la camiseta del equipo del MSG. Messier llegó ayer a la ciudad más famosa del mundo y hoy acaba de ser crucial en la victoria de su equipo. Es una pequeña muestra, pero una que habla a los gritos y que insinúa que algo ha cambiado.

La planilla final dice que los Rangers ganan por fin en Montreal y los números atribuidos a Messier son los siguientes: 1 asistencia; +\- 1; 2 minutos en penalización y 1 disparo a puerta. Pero lo que la planilla no dice es que, con Messier en la pista, Nueva York parece otro equipo, uno que ahora sabe hacia donde mirar y hacia donde ir. Hay quienes piensan que se avecina, posiblemente, un futuro mejor.

 

(Dave Sandford/Getty Images)

 

Apodado ´El Alce ́, Messier nació en la ciudad de St. Albert, al noroeste de Edmonton, y creció en el seno de una típica familia canadiense que, cómo no, llevaba el hockey en la sangre. Durante sus primeros años, la familia acompañó a su padre, Doug, que fue jugador profesional, y fue allí donde Mark comenzó a enamorarse del deporte. Subiendo en los rankings y entrando en la consideración de muchos durante su época de juniors, cuando Mark tuvo edad suficiente para comenzar a jugar profesionalmente ya era visto como uno de los mejores jugadores de hockey del país.

Así fue que, tal cuento, terminó recalando en el equipo de su ciudad para juntar fuerzas con un muchachito que también comenzaba a hacer sus primeras armas en el profesionalismo llamado Wayne Gretzky, o lo que es lo mismo, el mejor jugador de hockey de todos los tiempos. Al lado del 99, Messier entregó a los Edmonton Oilers cuatro Stanley Cups y ganó hasta una quinta ya como líder de una franquicia que había traspasado a Wayne a Los Angeles.

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Fue esa clase de líder la que había ingresado por las puertas del Garden para llevar a los Rangers a un lugar que no conocían desde 1940. Pero adaptarse a los cambios toma cierto tiempo, y lo que Smith pretendía hacer iba a requerir de paciencia, trabajo y, por supuesto, suerte, pero ya hablaremos de eso más adelante.

Segundo partido de la temporada en casa. Dos días después de su debut en el uniforme azulado, el Garden se dispone a recibir a su equipo para otro duelo de alto vuelo contra los Boston Bruins. Antes del partido, el estadio presencia una ceremonia corta pero lo suficientemente emotiva para el receptor de la misma. Pasaron tres días desde su llegada a la ciudad, pero Mark Messier ya porta la ´C´ de capitán bordada en su pecho. Una fila de anteriores capitanes lo saluda y le estrechan la mano. Hoy se acaba de confirmar lo que todo el mundo ya había visto en la pista contra los Canadiens: los Rangers tienen un nuevo líder. “Te hace jugar a un nivel más alto, me empuja a dar más de lo que nunca pude” reconocía Tony Amonte, uno de sus compañeros.

El partido termina en tiempo extra y Messier se roba otra vez la atención de todos con la asistencia final. Con un debut soñado y un vestuario entregado, Messier acaba de comenzar de la mejor manera su estancia en el Garden, pero queda mucho camino por recorrer. “Sentí un tremendo orgullo, y no esperé que me recibieran de esa forma. Me dije a mí mismo ´voy a morir intentando traer una Stanley Cup a los fans de Nueva York‘” le contó tiempo después el futuro ganador del Hart Trophy al Jugador Más Valioso de esa temporada a The Hockey News.

Mientras la 91-92 vio como los Rangers lideraron su conferencia y la liga al tiempo que Messier se llevaba su segundo Hart Trophy (marcando 35 goles y 72 asistencias) en camino a una derrota en las finales divisionales ante Pittsburgh, la 92-93 no podría haber caído peor. Tras la excitación y la esperanza que el equipo había suscitado el año anterior, los Rangers se quedaron fuera de los playoffs en una temporada marcada por las lesiones. Fue un lapidario paso atrás en un momento en el que todo señalaba a seguir apuntalando la candidatura al reinado del deporte helado. Además de las lesiones y el fracaso deportivo, los Rangers tuvieron en esa temporada dos entrenadores, un signo de inestabilidad que cualquier equipo destinado a cosas grandes debía evitar.

Llegó septiembre y con él un nuevo mariscal de los banquillos. A Mike Keenan, mejor conocido como ´El Pitbull´, nunca le gustó ser el más pequeño de la habitación, y a pesar de su corta estatura, el hombre portaba con él una más que merecida reputación que imponía respeto allí donde fuese.

Keenan, que antes de tomarse un año sabático previo a la temporada 93-94 guió a Chicago a la final por la Stanley Cup, fue contratado para ejercer como la pieza faltante en una franquicia que tenía una dirección deportiva audaz y valiente y un equipo que ya había demostrado galones liderando la liga en la temporada regular.

Embarcado en su postura de tipo duro, El Pitbull tenía una pasión desmedida por el trabajo físico e inculcó, desde el primer día, un régimen nunca antes visto de prácticas cortas pero rápidas que no ofrecían ningún descanso y en las que los jugadores nunca dejaban de moverse. ¨De repente noté un salto en las prácticas ̈, dijo Brian Leetch, uno de los líderes del vestuario que estaba en NY desde el Draft de 1985.  ̈Si no hacías bien un ejercicio, parábamos y lo hacíamos de nuevo. Apretó los botones correctos en los jugadores, yo incluido, desde el principio, así que fue un inicio interesante ̈ .

 

El Pitbull, siempre eléctrico y al acecho desde la banda.

 

Con la plantilla más que nunca ´a punto´ y un nuevo contrato de 13 millones de dólares y cinco años firmado por Messier que le convirtió en el tercer jugador mejor pagado por detrás de su viejo amigo Wayne Gretzky y Mario Lemieux de Pittsburgh, los Rangers necesitaron su tiempo para acostumbrarse al sistema de Keenan hasta que encadenaron una racha de 14 partidos invictos que les depositaron en el primer lugar de la liga hacia el fin de semana del All-Star.

El equipo lideraba, las sensaciones eran las mejores y poco había por mejorar dadas las circunstancias. Pero el objetivo no era ser los primeros en la liga, sino ganar un título, y para eso el movedizo Neil Smith no desperdició el tiempo en recostarse sobre su silla y saborear las mieles de un éxito todavía simbólico. En una seguidilla de movimientos agresivos que catalogarían toda su estadía en la silla grande de los Rangers, Smith llevó a la Gran Manzana a una oleada de nuevos jugadores para reforzar la cuesta neoyorquina por el trofeo.

Con un número de modificaciones nunca vistas para un equipo que se situaba en el tope de la liga a escasos meses del comienzo de la postemporada, Smith mandó al joven Tony Amonte a Chicago por los laboriosos Stéphane Matteau y Brian Noonan y se hizo con Craig MacTavish de Edmonton, que llegó en lugar de Todd Marchant. También se fue Mike Gartner -alguien que, hasta esa fecha, había marcado más de 600 goles en su carrera en la NHL y había registrado 52 puntos en 72 partidos- en lo que fue el movimiento más sorpresivo de todos entre dos futuros miembros del Salón de la Fama, por Glenn Anderson de Toronto.

Ese equipo de los Rangers tomó, hasta el inicio de la postemporada de 1994, nueve años en conformarse. Desde la llegada del portero Mike Richter en el Draft de 1985 hasta la inserción de los Anderson, MacTavish, Matteau y Noonan en el trade deadline de marzo, la máquina azulada estaba en condiciones de desenmascarar a su destino.

 

Neil Smith, el arquitecto del equipo en su oficina del Garden. David E. Klutho /Sports Illustrated via Getty Images

 

Luego del parón del All-Star, el equipo continuó afianzándose y finalizó la temporada regular con un récord de franquicia de 112 puntos, marcando en cada uno de los 84 partidos y alcanzando ese número anotador sin registrar a ningún jugador en el top 10 de goleadores en una clara muestra del exitoso y fluido engranaje colectivo. El tren que comandaba Keenan transitó toda la campaña a máxima velocidad, y ahora restaba ver sí lo hecho durante ese tiempo y los cambios realizados servirían para el momento más importante de la campaña.

 

La hora de la verdad

La primera ronda de los playoffs los encuadró con los rivales locales, los New York Islanders, a quienes los Rangers despacharon en cuatro cotejos con una diferencia de 22 goles a 3. En la segunda, los Washington Capitals no pudieron más que robarle un juego.

Con solo nueve partidos en las dos primeras rondas y casi sin tener que viajar (un corto viaje en bus contra los Islanders y un vuelo de menos de una hora a Washington), el destino les volvió a poner a un rival cercano en las Finales de la Conferencia Este, las primeras para los Rangers desde 1986. Eran los New Jersey Devils, equipo que venía arrastrando una larga racha de ingresos a la postemporada pero que buscaba romper el maleficio ese año y que ya había demostrado tener madera, terminando segundo en la clasificación general a sólo seis puntos de su próximo rival.

El primer duelo entre los dos mejores equipos de la liga resultó en un frenético partido en el Madison que necesitó de dos tiempos extra para coronar a un ganador y en el que los dos porteros, Mike Richter y Martin Brodeur, se robaron la atención del público y de los analistas con 44 y 35 paradas respectivamente. Brodeur transitaba su primer año en la liga, y sus actuaciones le valdrían para ser premiado con el Calder Memorial Trophy como el mejor jugador novato.

Richter prosiguió con su pletórico estado de forma en el segundo partido para ayudar a su equipo a empatar la serie con un demoledor 4-0 con goles de Messier, Nemchinov, Anderson y el fantástico Adam Graves en un partido que finalizó con gresca y polémica.

En la tercera noche, ya al otro lado del río Hudson, los Devils recibieron a los Rangers en su casa de manera hostil, empujándoles hasta otro brutal partido lleno de dureza física y, por sobre todas las cosas, largo. Otros dos tiempos extra pasaron hasta que a los 86 minutos de juego, Stéphane Matteau puso a los visitantes por el techo con su gol.

Hasta este momento, Richter se estaba encargando de recordar a su joven colega de en frente que todavía era un novato, y si bien Brodeur estaba cuajando una temporada de ensueño, durante los próximos dos juegos el oriundo de Montreal se puso a su equipo a los hombros y disputó los mejores minutos de un rookie en mucho tiempo: en los próximos dos partidos, el joven de 22 años paró 93 de los 98 tiros recibidos y cimentó la remontada de su equipo que ganó el juego siguiente por 3-1, y le propinó a su rival una verdadera paliza en el quinto por 4-1 para ponerse 3-2 arriba en la serie, con el sexto partido a jugarse en el Brendan Byrne Arena de Nueva Jersey. Fue tal el drama que Keenan sentó a Leetch durante 15 minutos en ese juego 4, además de sacar de la portería a Richter y prescindió por momentos del mismísimo Messier. ¨¿Qué diablos estaba haciendo, dando una lección en el medio de unas Finales de Conferencia? Eso era una pesadilla Ranger¨.

Y aquí hay que detenerse por un momento e ir hacia atrás. Volvemos a inicios de octubre de 1991, cuando los Rangers se hicieron con Messier y le nombraron como el nuevo capitán del barco. Messier había arribado al estadio para ser presentado oficialmente y conocer las instalaciones para luego subirse a un avión y aterrizar en Montreal, donde ayudó a su equipo a conseguir la victoria. En esos primeros momentos dentro de su nuevo vestuario previo al viaje, Messier tuvo un diálogo con una persona del staff respecto a la posición de una mesa situada en el centro de la sala sobre la que reposaban unos contenedores de Gatorade.

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Parecía lógico que los contenedores estuvieran al alcance de la mano de todos y cada uno de los jugadores, pero no para Messier. A continuación, lo que Mark le dijo a esa persona quedó grabado en la historia de ese equipo y de la franquicia:

-¨Podrías moverlos hacia el costado¨ le preguntó el nuevo jugador.

-¨¿Por qué?¨

-¨Quiero poder tener contacto visual con mis compañeros¨.

Con esa visión en mente, Messier tomó la responsabilidad de enfrentar a los medios tras conceder la segunda derrota consecutiva ante los Devils y con su equipo al borde de la cornisa. En lo que se convertiría en el momento definitivo de Messier, muy por encima de sus 5 Copas ganadas en Edmonton, el capitán salió en defensa de la causa y, con total confianza, aseguró:

 

¨Vamos a ir allá y vamos a ganar el sexto partido. Sabemos que vamos a ir y ganar el sexto partido y traer la serie de vuelta (al Garden) para el séptimo…Tenemos suficiente talento y experiencia para dar vuelta esto. Eso es exactamente lo que vamos a hacer en el sexto juego.”

 

Aquella breve comparecencia, conocida como ¨The Guarantee¨ o ¨La Garantía¨ se transformó rápidamente en un arma de doble filo que podía hundir al equipo en caso de derrota e incluso incentivar aún más al rival. Pero en ese momento, tan hundidos en la marea de los playoffs, poco importó.

Y sí Messier empujó a toda la franquicia con sus justas palabras, vaya si lo hizo al día siguiente, anotando un hat-trick en el tercer tiempo de un partido que los Rangers ganaron por 4-2 tras ir perdiendo y jugando peor que su rival durante la mayoría del juego para respaldar sus dichos y volver al Garden para el partido definitorio. La promesa se había cumplido. La desventaja se había tornado en ventaja y, con el diario del lunes, la famosa frase de Messier pasó a formar parte del intenso folklore deportivo neoyorquino.

A lo largo de su carrera en Nueva York, la importancia de Messier para la unión del grupo, algo clave en aquellos que buscan levantar un título, fue quizás más relevante que su performance en la pista de hielo, y eso es decir mucho. Tras su llegada, organizó reuniones, planeó fiestas, reorganizó el vestuario, cambió la mente de muchos y endureció la coraza de un equipo que ya no iba a tolerar que la derrota fuese factible. Los Rangers necesitaban de todo eso como el aire que respiraban, y Messier se los dio, mucho antes incluso de poner un pie en el hielo. Al fin y al cabo así se forman los equipos campeones, levantan la vara. Y Nueva York no había visto una vara tan alta en medio siglo.

A rebosar estaba el Madison para presenciar una batalla de gladiadores. Tras un primer parcial en 0, a los 9 minutos del segundo, el anterior capitán y símbolo de la franquicia neoyorquina Brian Leetch anotó de manera exquisita realizando un giro de 360º para despegarse de su defensor y haciendo pasar el disco por debajo de la humanidad de Brodeur.

 

El disco ya pasó y Brodeur no puede hacer nada. Messier ya selló el empate de los Rangers camino a una remontada histórica.

 

El último período comenzó con unos Devils desesperados por empatar. La ventaja se mantenía y los minutos pasaban. Brodeur, otra vez pletórico, ya había cruzado la barrera de las 40 paradas por tercera vez en la serie y el graderío estaba en pie, saboreando el pase a la Final.

Era el momento que muchos, generaciones enteras, habían soñado. Abuelos que deseaban vivir para ver otra vez al equipo en esa instancia, niños y jóvenes que han crecido con su equipo en la más cruda irrelevancia, era hoy y ahora para ellos. Pero era hoy y ahora también para Valeri Zelepukin. El solitario gol de Leetch aguantó solo ahí arriba en las alturas del marcador una eternidad, hasta que el ruso decidió ponerse el traje de villano y empatar la historia con un gol que superó a Richter a los 19 minutos y 52 segundos de juego. ¡¡¡7 segundos faltaban!!! El poderoso sonido que bajaba desde las butacas se transformó en un silencio sepulcral. ¿Era eso cierto? ¿Cómo podía ser? Después de tantos años de amargura y decepción, ¿de verdad tenemos que pasar por esto? Debían exclamar todos en la intimidad de sus almas. Nadie lo quería decir, pero  ̈1940…¨.

 

El último banner, siempre destacado en cada una de las transmisiones televisivas.

 

Después de todo, una pregunta que se hizo recurrente desde los años ´40 aparecía en la mente de muchos: ¿Cómo podrían ganar la Copa los Rangers? Algo debía pasar para que aquello no ocurriera, tal y como había estado sucediendo desde hacía más de medio siglo.

¨Overtime¨ esbozó la megafonía del Garden. Y el aire se tornó espeso. La duda y el miedo al fracaso, palpables como la mismísima fatiga emocional que cargaba esa estructura se apoderaron del ambiente en el tiempo adicional, que en playoffs aumenta de 5 minutos a 20 minutos más de juego hasta que uno de los dos consiga anotar. En una serie tan brutal y emocionante desgastante, otros veinte minutos eran una puñalada en las piernas de esos atletas.

Exceptuando otra milagrosa intervención de Brodeur, tal vez ya exhaustos, agotados por el esfuerzo, ninguno de los dos equipos pudo inquietar demasiado a su rival en un primer tiempo extra marcado por disparos lejanos y un partido que nunca encontró su ritmo hasta arribar al segundo. Allí, la figura de Stéphane Matteau opacó a los Richter, Leetch y Messier para dar a los aficionados uno de los recuerdos más disfrutados en la historia de la franquicia, y una jugada que a día de hoy es reconocida como una de las mejores de la historia del deporte.

Matteau consigue el disco tras un rebote en la pared en la esquina inferior izquierda de la pantalla y avanza hacia la portería de New Jersey dejando atrás al marcador, que con un ritmo pasivo y conservador no pudo seguir el de su rival. Matteau ya está detrás de la portería de Brodeur y parece que espera la aparición de algún compañero para mantener viva la jugada. Está, por unos segundos, solo. Su marcador, el que había dejado atrás está retomando el impulso y a su izquierda se avecina la presencia de otro uniformado color rojo.

Su compañero Kevin Lowe aparece por el centro en dirección hacia los tres palos pero un defensor consigue anteponerse. En ese instante, Matteau utiliza la extensión de su anatomía, el palo, y lo extiende en dirección de Brodeur. No tiene ángulo para tirar, puesto que está todavía demasiado atrás de la portería, pero el palo le es útil para dirigir el disco hacia las piernas del portero. En un instante, el Garden va a explotar de alegría, Matteau va a anotar su segundo gol en tiempo extra de la serie y Brodeur va a querer hacer un agujero en el hielo.

Lamentablemente para él, no hay profundidad donde zambullirse, y Matteau ya salió disparado agitando los brazos que no pueden pueden ni sostener ese palo que ha llevado consigo durante 84 minutos. ¿Qué pasó? Brodeur le había dejado el costado izquierdo a merced para intentar precisamente lo que el atacante decidió hacer y cuando el novato de temporada y serie sublimes reaccionó, ya era tarde. A la jugada la decoró, cómo no, el relator de turno, Howie Rose, que al grito de ¨MATTEAU!!!, MATTEAU!!!, MATTEAU!!!¨ endulzó los oídos de los fanáticos neoyorquinos durante muchos años luego de aquel suceso.

Aquella fue una serie contestada por dos rivales geográficos en cada centímetro del hielo durante siete partidos de los cuales tres fueron definidos en dos tiempos extra, y que regaló a los aficionados un duelo estelar entre uno de los mejores guardavallas de la liga y de la historia y otro que ya comenzaba a sentarse en la misma mesa siendo un novato. Los Devils iban a ganar la Copa en el ´95 con un Brodeur estelar de nuevo, pero ahora la gloria se iba a desviar hacia el este del Hudson para rozar las manos a los de Nueva York. ¨Fue duro, pensábamos que lo teníamos ganado, pero todo lo que tuvimos que superar del pasado de los Rangers nos preparó para ese momento¨ recordó Messier.

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A las puertas de la gloria esquiva

En las Finales ante los Vancouver Canucks, los Rangers se pusieron rápidamente 3-1 arriba en la serie tras perder el primer partido como local. Sin embargo, Vancouver, que contaba con uno de los mejores jugadores del momento, el cohete ruso Pavel Bure, plantó firmemente su candidatura con dos goleadas, la primera en el Garden, aguando la fiesta a los locales por 6 a 3 y luego dando a sus aficionados una pizca de esperanza a la cual aferrarse con un 4-1 en un Pacific Coliseum que se venía abajo.

Así llegaron los Rangers al momento cúlmine, definitorio, aquel que podía borrar de la faz de la tierra 54 años de agonía y desilusión, perdiendo dos match point para tener que defender todo el trabajo realizado no solo esa temporada, sino desde la llegada del movedizo e inquieto Manager Neil Smith. Si les preguntaban a los aficionados, la frase de cabecera podría haber sido la siguiente: ¨esto es Nueva York¨, o lo que se debería entender por ¨si vamos a ganar, vamos a tener que ver correr sangre, sudor y lágrimas hasta el último instante¨. Después de todo, a una maldición de 54 años no se la borra así como así.

La heroica del séptimo partido y de los tres doble suplementarios contra los Devils quedaron en el olvido, y todo lo que importaba ahora era salir victorioso del último partido de la temporada. Era ¨el partido de hockey más importante jamás jugado en Nueva York¨ en palabras del relator Bob Cole de la Canadian Broadcast Company.

Brian Leetch y Adam Graves fueron los primeros goleadores del partido, ofreciendo un primer período fascinante que invitaba a todos a soñar. Pero ¨esto era Nueva York¨, y el drama no tardaría en llegar. Después de 54 años, ¿qué son unos minutos más?

Trevor Linden metió el miedo en el cuerpo a la gente con su gol en el segundo tiempo hasta que el Mesías Mark Messier reventó la red del bueno de Kirk McLean a los 13 minutos para llegar al último y quizás definitorio tercer tiempo. Con un 3-1 en el bolsillo, los Rangers se escudaron en un juego conservador y defensivo que intentó contrarrestar la desesperación de los canadienses.

Aquello les había servido para terminar el segundo período con una ventaja de dos goles, pero poco resistió ante la avalancha de los visitantes que, otra vez gracias a Linden, se pusieron un gol abajo a los 4 minutos del tercero. Otra vez la agonía. Otra vez el drama. Otra vez la duda: ¨¿Podremos esta vez?, ¿Será esta la maldita vez que lo consigamos?¨

Los últimos 15 minutos con 3-2 a favor en el marcador de repente transcurrían como 15 años. Un segundo más, una jugada más, un silbato más. Y el tiempo pasaba, seguramente mucho más lento para los locales que rápido para el equipo en desventaja. 54 años de amargura resistían en inertes números de un cronómetro que contenía los sueños de miles.

El centro Nathan LaFayette produjo más de un infarto al impactar el disco contra el poste a falta de cinco minutos. Richter, para ese entonces, ya andaba desbocado intentando tapar y anticipar cada movimiento de ese disco negro que ahora quemaba.

Los cinco minutos pasaron a ser cuatro, tres, dos. Ya no había uñas, ya no había a donde mirar, qué pensar o qué hacer. Solo quedaba esperar. 54 años en un minuto. Los Canucks se abalanzaron contra la portería local y ya habían mandado a McLean al banco para sumar un hombre extra en ataque. Los Rangers, como podían, despejaban el peligro. A segundos del final, se produce un despeje en la zona defensiva local y el disco sale disparado hacia adelante, con la portería vacía. La historia se habría terminado si ese disco no hubiera avanzado lo suficiente sobre el hielo del Garden como para posarse sobre una de las líneas de fondo. Fue fino, pero uno de los árbitros marcó icing, falta en contra de los Rangers por mandar el disco hasta el otro fondo desde su propia zona defensiva.

Fue dudoso, pero los jueces del partido dieron sentencia y el partido no se había terminado. Richter se tuvo que volver a poner las protecciones que segundos antes habían volado por los aires en un festejo apresurado, y la gente tuvo que permanecer en sus lugares hasta que el reloj bajara a 0. Faltaban 1,6 segundos, y Vancouver iba a tener otra oportunidad. La última. De nuevo, 54 años ahora condensados en 1,6 segundos.

 

 

El partido se iba a terminar con la disputa del disco en la zona defensiva de los Rangers. No había tiempo para nada más, recuperarlo significaba el fin de la maldición, perderlo abría la puerta a un tiro más de Vancouver. Con ese peso fue a disputar el disco Craig MacTavish, especialista en la materia que había llegado a NY en el canje de marzo para encargarse, justamente, de ese tipo de jugadas. Tres generaciones se agazapaban sobre sus hombros para liberar un grito contenido durante más de medio siglo. Cuando el árbitro lo soltó, el disco no encontró destino visitante y la bocina sonó. Era el sonido más dulce jamás escuchado. Más que ningún hit de Sinatra o cualquier melodía salida de la anatomía de John Lennon que alguna vez endulzaron ese histórico estadio.

La banca local salió disparada con las manos al aire mirando al techo, a la grada, a sus compañeros, reproduciendo uno de esos momentos para los que vive un deportista. Durante años, los aficionados rivales se burlaron de los Rangers al grito de  ̈¡1940!¨. Ahora era Adam Graves, que ese año anotó 36 goles más que su mejor marca anterior, el que cantaba eso a las tribunas del Garden. Parecía decir ̈que lo sigan diciendo, yo ya la gané¨.

Fue precisamente la grada que se levantó un cartel que a día de hoy sigue siendo uno de los momentos más famosos en la historia del deporte norteamericano (sí, lo hemos dicho varias veces ya, pero es que es real). Sobre un cartón blanco y en letras negras, la frase ¨AHORA PUEDO MORIR EN PAZ¨ reflejó quizás de una manera algo excesiva pero para nada irreal el sentimiento de tantas personas.

 

 

La victoria del ´94 fue quizás la más dramática en toda la historia de la liga. Del séptimo juego con doble tiempo extra en las Finales de Conferencia al séptimo juego contra Vancouver y ese final que nunca parecía llegar tras haber desperdiciado una ventaja de 3-1, el camino de los New York Rangers a la tierra prometida no dio lugar a más drama.

En un año 1994 para la historia, los Rangers fueron campeones por primera vez en 54 años. La última vez que habían levantado la Copa, la liga contaba con siete equipos y se jugaban 48 partidos de temporada regular. Cuando Lord Stanley volvió a pasearse por Nueva York, había 26 franquicias peleando por ella.

Otro momento histórico fue el recibimiento del Conn Smythe Trophy al mejor jugador de las finales por parte de Brian Leetch, que fue el primer jugador estadounidense en conseguirlo en toda la historia y que formó junto a Sergei Zuvob, líder del equipo en anotaciones, una de las parejas defensivas más goleadoras de la historia. Leetch, a quien la franquicia le retiró su camiseta número 2 en 2008 y forma parte del Salón de la Fama, se mantiene en la consideración de muchos como el mejor Ranger de la historia.

Por más inolvidable que haya sido esa temporada 93-94, el equipo campeón se disolvió sorpresivamente rápido. Keenan dejó su cargo tras una exitosa pero emocionalmente demandante campaña, mientras que piezas clave como Anderson, Tikkanen y Lidster le siguieron a su nuevo trabajo con los St. Louis Blues. Un lockout durante la siguiente temporada hizo que la cantidad de partidos se redujera considerablemente, alterando el ritmo de una campaña que trajo demasiados cambios, y eso fue el principio del fin de una historia a la que el tiempo no dejó continuar.

Por décadas, los fans de los Rangers habían sido burlados a gritos de ¨1940!¨; ahora, su equipo les había dado otro cántico para replicar. En un año 1994 de película no solo para los Rangers, sino también para los otros inquilinos del Garden, los New York Knicks, que llegaron a las Finales de la NBA, ambas franquicias dieron a la ciudad un verano inigualable.

Mucho cambió el mundo en esos 54 años. Pasaron 11 Presidentes, la Guerra Fría llegó y se fue, y la población estadounidense había aumentado en más de 110.000.000 de personas en todo ese tiempo. Al final, a esos fanáticos lo único que les importó fue dejar atrás los fantasmas de una historia cruel, quizás demasiado, para disfrutar de uno de los mejores momentos del hockey sobre hielo de los Estados Unidos y por ende de esa década tan especial, aquella que, finalmente, les devolvió la vida.

 

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Periodista. De Córdoba, Argentina. Hincha del fútbol modesto y del básquetbol en todas sus formas. Convencido de que el deporte es cultura.

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