sábado, 31 octubre, 2020
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Meses después del éxtasis que significaron los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 para el pueblo español, el deporte del país ibérico se encaminaba al comienzo del proceso de una nueva olimpiada con el objetivo puesto en llegar a Atlanta 1996 con la mayor cantidad de representantes posibles.

En el caso de la gimnasia rítmica, la encargada de seleccionar al equipo que buscaría buenos resultados era Emilia Boneva, una estricta entrenadora búlgara que contaba con una generación de niñas con mucho talento. Hay que recordar que la incorporación de la modalidad de conjuntos se oficializó a finales de 1995, por lo que el proceso en esta disciplina comenzó inconscientemente en 1993, pero realmente dio comienzo en diciembre de 1995. Los equipos se conformaban por siete integrantes, seis que alternaban la titularidad entre las modalidades de 5 aros y la de 3 pelotas y 2 cintas, y una suplente para ambos ejercicios.

La última prueba nacional para decidir quiénes serían las encargadas de representar a España en esta disciplina se pactaron para febrero de 1995 y solo había un cupo disponible. Hasta ese momento el equipo lo formaban Marta Baldó, Nuria Cabanillas, Estela Giménez, Estíbaliz Martínez, María Pardo y Maider Espinoza. Faltaba una sola pieza, que iba a comenzar como suplente en sendos ejercicios, para completar el rompecabezas de Boneva quien, para su sorpresa, iba a terminar aceptando a una chica que ella misma había rechazado el año anterior. 

Se trataba de Tania Lamarca, quien había participado de las pruebas nacionales de 1994, pero debido a su altura no superó el corte. La búlgara había dejado en claro que ninguna de sus dirigidas podía medir menos de un metro sesenta de altura, por lo que el 1,54 de Lamarca la descartaba automáticamente. Sin embargo, gracias a la ayuda de su entrenadora personal y del preparador físico de su club, la oriunda de Vitoria trabajó durante todo ese año para demostrarle a Boneva que sus cualidades técnicas pesaban más que los seis centímetros que la separaban del biotipo ideal de la entrenadora nacional. A fines de marzo se incorporó a sus compañeras del equipo español, con las que iba a convivir hasta mediados de 1996 en busca del pasaje a los Juegos Olímpicos de Atlanta.

Como se mencionó anteriormente, Lamarca comenzó como suplente en ambos ejercicios, y llegó a quedar afuera de la convocatoria en el primer torneo luego de su incorporación al equipo. Pero, como si del destino se tratara, en Alemania iba a llegar un tropezón que le aclaró el panorama a Boneva sobre el futuro de sus niñas. Luego de un decepcionante sexto puesto en Karlsruhe, la búlgara decidió incluir a la vitoriana en el elenco titular en ambos ejercicios, relegando a Maider Esparza a la suplencia absoluta. Una vez hecho el cambio, todo tomó un nuevo rumbo y el seleccionado empezó a congeniar de tal manera que obtuvo el segundo y tercer puesto en 3 pelotas y 2 aros y 5 cintas, respectivamente, en el Europeo de Praga. Otro adelanto del futuro próximo fue que, en ambas modalidades, el podio lo completaron Rusia y Bulgaria, selecciones que iban a hacer sufrir a las españolas más adelante.

Ya sin las preocupaciones de elegir las piezas correctas y con un mes entero entrenando con la alineación Baldó, Canillas, Lamarca, Giménez y Pardo en 5 aros y Baldó, Giménez, Lamarca, Martínez y Pardo en 3 pelotas y 2 cintas, Boneva y sus chicas llegaron afiladas al Campeonato del Mundo de Viena, en donde volvieron a adelantar lo que se estaba gestando en esa concentración. Las hispanas consiguieron el título en 3 pelotas y 2 cintas y la medalla de plata en 5 aros y, en consecuencia, en el concurso general que les valió la clasificación a los próximos Juegos Olímpicos. El impulso de esos resultados las llevó a aceptar la propuesta de Boneva de realizar una concentración en el Centro de Alto Rendimiento de Sierra Nevada en Granada en plenas fiestas, las cuales las pasaron lejos de sus familias para seguir perfeccionándose de cara a los Juegos de Atlanta.

Tanto en esa concentración como en las anteriores, la rutina era la misma: despertarse, esperar en fila a ser pesadas, desayunar, entrenar un mínimo de 8 horas entre trabajo físico y los aparatos, cenar y volver a someterse al pesaje nocturno antes de ir a dormir. A esto hay que sumarle la estricta dieta que seguían, vital en una disciplina como la gimnasia, por la cual comenzaron a abusar de los chicles durante estos confinamientos. En nuestro podcast con Tania Lamarca, ella nos contó de primera mano que llegaron a pedirles a sus familias 500 cajas para engañar al estómago y evitar así la sensación de hambre durante los entrenamientos.

Y, con el diario del lunes, se puede decir que todos esos esfuerzos valieron la pena. En 1996 se subieron al podio de todos los torneos que disputaron y no bajaron el nivel pese al retiro de María Pardo -quien fue reemplazada por Lorena Guréndez- grabaron anuncios de televisión para distintas marcas que comenzaban a explotar el marketing de los Juegos Olímpicos y, como si esto no fuese suficiente, se volvieron a imponer en 3 pelotas y 2 cintas en el Campeonato del Mundo de 1996, esta vez en Budapest. Así llegaban las todavía no denominadas Niñas de Oro a Atlanta. 

Sólo una pareja de padres pudo ir a verlas, factor en que todas coinciden que en un principio no les gustó, pero con el correr de los días se dieron cuenta de que había sido beneficioso, ya que era una distracción menos en sus cabezas.

Una vez radicadas en la Villa Olímpica, Boneva extremó los controles sobre la alimentación debido a que todo lo que proveía el hotel y la Villa podía afectar la elasticidad y el biotipo de los cuerpos de sus niñas. De hecho, en una inspección sorpresa en el cuarto donde todas dormían descubrieron que habían hecho helados con Gatorade congelado en la heladera. La entrenadora sabía que tenían serias chances de conseguir meterse en el podio y no iba a dejar que ningún detalle se interponga entre sus dirigidas y ese objetivo por el cual habían trabajado y sacrificado tantas cosas.

El día de la final las chicas habían arrancado de la mejor manera posible: quedando primeras en 5 aros y teniendo que definir con el aparato en el que habían sido bicampeonas del mundo. La lógica indicaba que tenían ventaja por sobre las rusas y las búlgaras, aunque había un factor que las puso en vilo. Ellas eran las primeras en salir y, en una disciplina tan subjetiva como la gimnasia, los jueces tienen como costumbre puntuar unas milésimas por debajo de lo que lo harían normalmente ya que ese puntaje se convierte en el parámetro para el resto de las performances.

La clasificación general luego de que realizaran su rutina de 3 pelotas y 2 cintas dictaminaba que se habían asegurado la medalla de plata y que solo Rusia podía arrebatarles la de oro. Inmediatamente, volvieron al vestuario y se aislaron hasta el final de la prueba. Apagaron la televisión, algunas se sentaron, otras caminaban impacientes de lado a lado mientras Boneva se mantenía imperturbable a la espera del resultado de las gimnastas rusas.

¿Cómo se iban a enterar del resultado si se habían encerrado en el vestuario? Fue su compatriota Almudena Cid, gimnasta artística que también había clasificado a los Juegos, quién corrió por los pasillos para avisarles que la performance de las rusas no había sido suficiente y que, por ende, eran campeonas olímpicas. Los chicas rompieron en gritos, lágrimas, llantos, abrazos y saltos al enterarse de la noticia y, cuando les acercaron un teléfono, se pusieron en contacto con sus propias familias en medio de palabras poco descifrables producto del éxtasis emocional en el que estaban envueltas.

La imagen que quedó para la posteridad fue la de las seis jóvenes llorando en el podio con la medalla de oro colgando en sus cuellos y un ramo de flores en sus manos izquierdas mientras sonaba el himno español. Era la primera medalla de la historia de los Juegos en esta modalidad y la segunda de España en gimnasia rítmica tras la de plata que había conseguido Carolina Pascual cuatro años antes en el concurso individual.

Un broche de oro atípico

Una vez finalizada la euforia de los Juegos y retomada la rutina habitual en el mundo deportivo comenzaron a aflorar los problemas y abusos que las denominadas Niñas de Oro habían sufrido en ese proceso de dos años. Estela Giménez, Estíbaliz Martínez y Maider Esparza se retiraron del equipo nacional, Marta Baldó, que lo había hecho en mayo de 1996, detalló en declaraciones al diario El País todas las veces que Boneva había llevado al límite sus controles físicos y agresiones verbales, dichos que fueron respaldados y confirmados por sus compañeras. Tania Lamarca, por su parte, se retiró a principios de 1997 luego de discutir con la búlgara por los criterios de elegibilidad para el equipo que encararía el proceso rumbo a Sydney 2000. 

Como si esto fuera poco, la Federación Española de Gimnasia no les quiso pagar el premio de cinco millones de pesetas que les había prometido si conseguían volver con la medalla de oro colgada del cuello. Las Niñas de Oro recurrieron a la justicia y, después de cuatro años de pujas legales, fueron resarcidas económicamente a fines del 2000.

Con el paso de los años, las manchas negras de la historia de las Niñas de Oro se fueron borrando del público general aunque en el mundo de la gimnasia siguen siendo recordadas. En cuanto a lo estrictamente deportivo, su legado volvió a surgir cuando el equipo español de gimnasia rítmica se adjudicó la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Rio 2016 demostrando que, pese a todo lo que tuvieron que atravesar, dejaron una huella imborrable en la historia del deporte español.

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Facundo Osa
¡Buenas gente! Soy Facundo Osa, tengo 20 años y me gusta escribir de todo un poco. Últimamente estoy en una parte más polideportiva de mi escritura ya que me alejé del fútbol porque dejó de atraparme como antes. Así que ya saben, cada vez que vean alguna nota que sea de algún deporte que no frecuentamos tanto en la página, seguro sea mía jajajaja. Ya que están, síganme en Twitter (@FacuOsa) si no se quieren perder de nada del mundo polideportivo (especialmente rugby, básquet y automovilismo).

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