sábado, 24 octubre, 2020
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Cuando un deporte ve como su mejor jugador de todos los tiempos se retira, un vacío incalculable y difícil de llenar aparece en el espacio y el tiempo. De repente, aquellas portadas memorables levantando la copa, esas acciones de tintes ficticios que adornaron a través de las pantallas el día a día de todos los aficionados al hockey sobre hielo durante 21 años de magia acabaron huérfanas de una figura digna de sucederlo.

Cuando Wayne Douglas Gretzky se retiró del deporte que amó desde los dos años, el hockey sobre hielo dijo adiós a la mayor leyenda deportiva que jamás haya existido en cualquiera de las cuatro grandes ligas de Norteamérica. No hay otra manera de decirlo.

Nieto de abuelos polacos que llegaron a Canadá a principios del Siglo XX, Gretzky comenzó a patinar en el congelado Río Nith en su localidad natal de Brantford, Ontario, mientras Walter, su padre, lo miraba atentamente. Faltaban apenas unos años para que el pequeño Wayne se convirtiera en la esperanza nacional a una edad de adolescente. Con 378 goles en 68 partidos a la edad de 10 años, a los 12 ya se le solicitaban autógrafos mientras dejaba perplejos a los espectadores de los más prestigiosos torneos infantiles. 

En Canadá, un país donde los crudos inviernos se extienden hasta los seis meses de duración, el hockey sobre hielo es tradición no solo deportiva, sino cultural. De generación en generación, el juego forma parte de la vida de la gente y de cada chico que crece allí imitando los movimientos de los profesionales en lagos congelados y pistas de hielo improvisadas que se crean en los patios traseros a lo largo y a lo ancho del país. 

Hockey Night in Canada, un programa iniciado en 1931 y que llegó a la televisión en 1952 en el que se transmiten por la señal pública los partidos más destacados de la semana, es un día marcado en rojo en el calendario familiar. No es ninguna exageración, y como muestra podríamos mencionar aquel 24 de febrero de 2002 en el que, de 33 millones de canadienses, 26 millones vieron la final por el oro de los Juegos Olímpicos de Salt Lake City que Canadá le ganó a los Estados Unidos. Habían pasado 50 años desde la última presea dorada canuck allá por 1952. De ahí que ese delgado chico despertara semejante atención. Desde su pre-adolescencia, todo un país enfermo hasta la médula por el hockey sabía quién era ese tal Gretzky, alguien destinado a marcar una época en el deporte rey allá por el norte.

Aquel delgado chico era extremadamente ágil. Le faltaba altura, músculo, pero se movía como un delfín. Danzaba sobre la pista de hielo anticipando hacia dónde iba a ir el disco en vez de ir en su búsqueda, tal como su padre le había enseñado. 

Y tuvo la oportunidad de probar que la estrategia ofrecida por Walter funcionaba también en el mundo profesional, al que ingresó en 1978 con sólo 17 años con los Indianápolis Racers de la World Hockey Association después de maravillar y llenar estadios por sí solo durante su etapa como jugador Junior. La WHA, creada seis años antes de la llegada de aquel wonderkid, era una liga paralela a la NHL, conocida como una liga de outlaws, de bandidos, con muchas menos restricciones como la de poder contratar a menores de edad y los inexistentes topes salariales que si existían en la primer competencia, fundada tempranamente en 1917.

Solo 8 partidos jugados en Indy ya habían certificado lo que todos estaban ansiosos de ver: Gretzky no era una sensación juvenil, era una realidad. Y bien lo sabían los Edmonton Oilers cuando se lo llevaron aprovechando las desgracias financieras de unos Racers que ya habían ingresado al abismo del colapso financiero y la desaparición, uno al que la liga entera se adentraría meses después producto de franquicias deficitarias y del excesivo gasto en el que sus equipos incurrieron con el objetivo de quitarle talento a la primera de las dos. 

Cumplidos los 18 años, Wayne recibió de parte de la franquicia un contrato de 3 millones de dólares por diez años. Más adelante en la temporada, Gretzky recolectaba el premio al novato del año luego de anotar 110 puntos, suficientes para ser tercero en la tabla general en su primer año como profesional, pisando además las finales con derrota frente a los Winnipeg Jets, equipo que curiosamente estuvo muy cerca de hacerse con el joven.

Tras el cese de la WHA, los Oilers fueron admitidos por la NHL junto con otros cinco equipos, marcando el comienzo de la historia moderna del hockey sobre hielo. En su primera temporada en la liga ¨verdadera¨ fue reconocido como el jugador más valioso, una distinción que fue la primera de ocho consecutivas, y finalizó como máximo anotador con 137 puntos entre goles y asistencias (cada registro con valor de un punto).

Con Edmonton, un equipo de un mercado ¨pequeño¨, consiguió cuatro Stanley Cups en cinco años en los que formaron una plantilla excepcional con personalidades como Mark Messier. Paul Coffey y Jari Kurri, todos a la postre Hall of Famers, mientras continuó rompiendo cualquier récord o noción establecida de lo que era posible sobre una pista de hielo. 

Aquellos años 80´ entregaron batallas entre la vieja y la nueva guardia, con los Oilers valiéndose de un Gretzky que ejerció como catalizador de un sistema de ataque insaciable de libre movimiento que cambió el paradigma de un deporte todavía anclado en longevas mañas del dump and chase game que consistía en avanzar el disco hacia la zona contraria para buscar el choque con el rival y recuperarlo en fase ofensiva, cuyo mayor exponente fueron los Broad Street Bullies de Philadelphia y su brusco juego de choque que aterrorizó a la liga durante los locos años 70′. 

Esos Oilers fueron el primer equipo que llegó a promediar más de 400 goles por temporada cuando ninguna otra franquicia había alcanzado los 400, y lo hicieron centrando su juego en la libertad de sus cinco integrantes que, por primera vez, actuaban como un bloque ofensivo y libre de ocupar cualquier espacio mientras su estrella superaba las 200 anotaciones, otra cifra inédita. Nadie había visto nada igual en la NHL. Era una revolución que únicamente los soviéticos habían sido capaces de realizar con su juego creativo de la mano de Anatoli Tarasov, también notoriamente durante la década precedente a la llegada de Gretzky.

 

Hasta Andy Warhol se vio hechizado por el esteticismo y la clase del 99 a tal punto que le hizo un retrato, el único que unió al artista con un deportista.

 

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Guiado por una mente y un instinto privilegiados, Gretzky entendía y acomodaba el juego a su antojo. Transformó el hielo en su propia tabla de ajedrez. No era el más fuerte ni el más rápido, pero la capacidad de ejecutar cada instancia en la pista con tal pulcritud le convirtieron en una figura realmente irrepetible, con todo lo que la palabra conlleva. Visualizaba y anticipaba. Sus creatividad, su velocidad de ejecución, su instinto y su acierto que desarrolló sobre las finas hojas de acero que utilizaba para volar sobre la superficie congelada le elevaron hasta el pedestal que hoy ocupa como El Más Grande (The Great One).

 

“Tengo un presentimiento sobre dónde va a estar el compañero. Muchas veces puedo darme vuelta y pasar sin siquiera mirar.”

 

Así como los oponentes más duros merodeaban a su alrededor con el deseo de pararlo con la fuerza, él arrinconaba a los demás con su amenaza, como un tiburón que se mueve sigilosamente en dirección hacia su presa. Siempre hacía lo que tenía que hacer y como lo tenía que hacer. Y fue así que construyó una carrera que ni el más agraciado de los deportistas soñaría con poder tener. 

Sus ojos se abrían ante la presión de una defensa desesperada; aguantando el disco más que nadie hasta el último instante, engañaba con su aparente desentendimiento de la jugada hasta visualizar la llegada de un compañero desmarcado. Atraía para destruir. 

Su lugar preferido en el rectángulo helado fue detrás de la portería contraria, lugar desde el cual ejercía como director de orquesta, algo también visto antes en el juego soviético. Sus muñecas, que supo entrenar durante los veranos jugando lacrosse y béisbol, su otro deporte preferido, referían a las de los mejores pintores, solo que en su caso pintaba líneas de pase y trayectorias de golpeo que sólo él podía pensar, mucho menos realizar. 

 

Comandaba el juego desde su ¨oficina¨, aquella que supo edificar detrás del portero contrario.

 

Goles inverosímiles que rebotaban en la espalda de los guardametas por decisión suya y no por mera fortuna, carreras en las que dejaba a su marca besando el hielo tras clavar los frenos para habilitar al compañero libre y esquinas de la portería que parecían cubiertas por todos los medios sucumbieron ante la grandeza del 99. “Aquellos días te podían pegar desde atrás en lacrosse, y también empujarte, así que tenías que aprender a rodear los golpes para protegerte”. 

Producto de la especialización tardía que le permitió explorar otras actividades durante su etapa de formación, fue un artista en un contexto de equipo. La disciplina con la que contó para trabajar en su juego desde edades muy tempranas, gracias al amor natural y obsesivo que le tuvo al deporte, sumada a la espontaneidad que su cuerpo y mente ejecutaron como ningún otro lo hizo y nadie lo hará, le permitieron desafiar las formas y revolucionar la realidad de un deporte hasta entonces jugado, a grandes rasgos, a base de golpes y velocidad. Golpearle,” dijo Glen Sather, su primer entrenador en Edmonton, “es como intentar golpear confetti“. 

Esas noches con temperaturas bajo cero que incluso obligaron a su padre a instalar unos postes para iluminar la pista del jardín trasero de la casa, aquellas reuniones sociales con amigos a las que se negó con una sonrisa por seguir practicando porque era lo único que le hacía verdaderamente feliz dieron sus frutos de la manera más salvaje que se haya visto en el deporte profesional. 

Porque si vamos a revisar los números, la cosa se pone fea para el resto: es el único jugador en anotar 200 puntos o más en una misma temporada sumando goles y asistencias, un registro al que llegó un total de cuatro veces en su carrera. Es el líder en goles en una temporada (dos registros diferentes), líder en puntos en una temporada (cuatro registros) y es el líder en asistencias en una temporada, ocupando 11 de los 12 primeros puestos. Además, sus 2,857 puntos totales representan 1000 puntos más que su ídolo de la infancia y leyenda de los Detroit Red Wings, Gordie Howe, su inmediato perseguidor en el segundo lugar histórico.

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Wayne conoció a Howe cuando tenía diez años. ¨Era más grande, más fuerte y más amable de lo que nunca me hubiera imaginado¨.

 

Nadie, en ningún deporte, ha sacado semejante diferencia estadística. No extraña entonces que ni Michael Jordan en baloncesto, ni Babe Ruth en béisbol, ni Tom Brady o Jerry Rice en fútbol americano hayan secundado a Gretzky en la consideración de Sports Illustrated como el atleta más dominante de siempre. ¿Qué otra cosa amerita alguien que reescribió los libros de los récords hasta transformarlos prácticamente en un diario personal?

Cuando rondaba por la liga el misticismo de los 50 goles en 50 partidos disputados que habían conseguido Maurice “Rocket” Richard en el 45´ y Mike Bossy en el 81 ́, Gretzky llegó a la temporada 81-82 y decidió que ya era hora de cambiar la historia. Anotó 50 goles en 39 partidos, esto es, necesitó 11 partidos menos para opacar un récord que hasta ese momento solo dos personas sobre la faz de la Tierra habían conseguido, y lo hizo con 20 años, en un equipo todavía en formación, anotando cinco goles en esa legendaria trigésimo novena noche para batir el récord, valga la redundancia, en tiempo récord.

Porque decir Gretzky es lo mismo que decir récord. Con sus nueve Hart Trophies, el trofeo que en hockey equivale a nueve temporadas en las que fue considerado como el jugador más valioso, es el único jugador de cualquier deporte norteamericano en llegar a esa cifra. Para poner en contexto, el único que se le acerca en la historia es Kareem Abdul-Jabbar, que durante su excelsa carrera con los Milwaukee Bucks y Los Angeles Lakers levantó seis premios al Jugador Más Valioso de la NBA durante los 70′ y principios de los 80′. 

Cuando el canje del siglo que mandó a Gretzky a Los Angeles llegó el 9 de agosto de 1988, se produjo una explosión en el Cinturón del Sol estadounidense, la zona que comprende el territorio que va desde el suroeste al sureste del país. Del Pacífico al Atlántico, aquella región de clima caluroso y árido en la que están encauzadas las ciudades de Los Angeles, Phoenix, Dallas, Nashville y Las Vegas de repente comenzó a interesarse por el deporte y por la posibilidad de formar parte de la NHL.

Hoy en día esas ciudades mencionadas anteriormente cuentan con una prominente participación en la mejor liga del mundo, una situación que muy probablemente nunca hubiesen tenido ni la posibilidad ni el interés de perseguir de no haber sido por aquellos años en los que Gretzky lideró a los LA Kings a su primera final por la Stanley Cup en 1993, desatando la pasión por el hockey en un lugar donde la nieve y el hielo solo se veían en la televisión. 

Durante su estadía en Hollywood, los partidos de los Kings registraron aforo completo por primera vez desde su concepción, mientras se convertía en el primer jugador de hockey en alcanzar un salario superior al millón de dólares por año en 1989.

 

“Todas las indicaciones apuntan en esa dirección”

El 15 de abril de 1999, ya como parte de los New York Rangers tras un breve paso por Saint Louis, Wayne cerraba su cara a cara con los medios de comunicación en Ottawa después de jugar el que, según sabríamos días después, sería su último partido como jugador profesional en su tierra. Con esas palabras, intentando esquivar las lágrimas con la misma habilidad con la que esquivaba rivales en el hielo, destacó que la decisión no iba a ser tomada ese día, pero sí lo iba a hacer pronto. 

Aquella noche de jueves, Gretzky absorbió la ovación de más de 18.000 personas tras marcar el gol del empate a 2 a falta de unos minutos para finalizar el juego. Inmediatamente después, la gente agolpada en el estadio comenzó a cantar al unísono ¨¡un año más!¨. De repente, el Corel Center se transformó en una ceremonia de despedida ante lo que podía ser el retiro de The Great One. La frase ¨Gracias, Señor Gretzky¨ aparecía escrita por tinta indeleble en numerosos paños que adornaban las tribunas y los pensamientos de aquella masa entregada. 

Había tal magnetismo entre símbolo y espectadores que la gente se quedó incrustada en sus lugares tras el final del partido. Hasta todos y cada uno de los jugadores de los Ottawa Senators se acercaron al banco de suplentes y empezaron, uno a uno, a estrechar la mano del 99 mientras la gente seguía en pie, inmóvil. El estadio no se vació hasta ver salir desde el túnel al objeto de su adoración para saludarlo una vez más. Wayne saltó nuevamente al hielo, dio una vuelta por la pista con la mano en alto y volvió al vestuario.

Al llegar el día del último partido de la temporada, la noticia que nadie quería oír se confirmó. El mejor de todos los tiempos se retiraría tras el partido ante los Pittsburg Penguins el 18 de abril de 1999 en el Madison Square Garden, ya sin opciones de adentrarse en playoffs. Antes del inicio de la última función del gran artista, ex compañeros y personalidades del deporte se dieron cita para expresar algunas palabras en una ceremonia que se armó para despedir a lo más parecido a un Príncipe que Canadá nunca tuvo.

Nadie se quiso perder el evento más importante del año. Jerry Seinfeld, uno de los actores más famosos de la década, estaba ahí para despedir a su amigo con el que construyó una relación durante el paso del 99 por la ciudad. Gordie Howe también apareció en un video en el que despidió al Gretzky deportista, ya convertido en amigo personal. Incluso Michael Jordan grabó un mensaje que se pudo ver en las pixeladas pantallas del Madison.

Wayne disputó en total 22 minutos y 30 segundos en el hielo, tomó dos tiros y repartió una asistencia, el último punto de su ilustre carrera para habilitar al entonces capitán Brian Leetch. En la derrota por 3 a 2 en tiempo añadido, el 99 usó en total 52 palos diferentes que luego firmó y ofreció a compañeros, miembros del staff técnico y allegados. Porque también era un All Star con los que le rodeaban. Siempre, a pesar de su humildad, supo lo que significó para el juego y para los demás; inspirado por las maneras cordiales de Howe, nunca se opuso a los pedidos del público.

Al momento de la última chicharra que oyó como profesional le siguieron 15 minutos de ovación cerrada. Los Rangers, tal y como habían hecho los Senators días atrás, le asignaron las tres estrellas representativas de los mejores del partido a modo de reconocimiento. Incluso al terminar el evento tuvo que entrar y salir del vestuario hasta en dos ocasiones ante el griterío y la alabanza de la gente que no paraba de cantar ¨¡Gretzky, Gretzky!¨.

Tomo la decisión a principios de año al ver como sus piernas no se correspondían con la agilidad de su mente y su todavía excelsa capacidad de pasar. Durante aquella concluyente temporada, su cuerpo había evidenciado el paso del tiempo y le había impedido jugar una quincena de partidos que revelaron, casi como una falta de respeto, que durante esa ausencia los Rangers practicaron el mejor hockey de la temporada. Porque el tiempo pasa también para los inmortales, aunque estos se mantengan en la memoria colectiva de la gente.

Terminó la campaña con un disco abultado en la columna, pero incluso en esas condiciones, Gretzky se mantuvo como uno de los jugadores ofensivos más productivos de la liga; con 9 goles llegó a la cifra de 1.071 goles totales entre temporada regular y playoffs, a los que sumó otras 53 asistencias. Porque sí, era el máximo y mejor goleador de la historia, pero también era el mejor asistidor, a tal punto que sus 1,963 asistencias representan por sí solas un récord en puntos totales por encima de cualquier marca que otro jugador haya podido alcanzar sumando goles y asistencias.

 

“Este es un gran juego, pero es duro. El tiempo te pasa factura, y ya es hora”.

 

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Era tan grande que pulverizó todos los récords. Era tan grande, que cambió el juego para siempre y permitió que creciera en zonas en donde nunca nadie vio caer la nieve, a la vez que terminó por despertar la pasión por el hockey en jóvenes que, de no haber sido por él, hubieran jugado al béisbol, al fútbol americano o vaya uno a saber qué. Era tan grande, que la liga tuvo que retirar su número 99 para la eternidad y en todos los otros equipos. Y aún ese homenaje suena a poco para alguien que al momento de su retirada tenía tantos récords como para hacer un libro de marcas personales, 61 para ser más exactos al momento del adiós.

Siempre fue un prodigio en búsqueda de la excelencia. Y ahí reside la grandeza de Gretzky. Alcanzó esa excelencia y la mantuvo durante toda su carrera hasta trascender un deporte cuyas raices, hasta su llegada, siempre se encontraron enlazadas a las particularidades regionales y ambientales donde el propio juego nació. Hizo cool al deporte en lugares donde crecían cactus. No solo jugó al hockey de manera extraordinaria. Le dio otra definición.

Pero la figura de Gretzky es incuantificable. Su caso es, y lo fue casi desde antes de su entrada en las ligas mayores, el de una figura de carácter mitológico cuyo nombre y rostro se convirtieron en íconos tan reconocibles de su país como la hoja de maple y el castor. Él mismo dijo que nadie era más grande que el juego mismo; muchos, incluído Howe, le contradicen. 

El legendario narrador de la Canadian Broadcast Company, Bob Cole, retirado recientemente tras más de 50 años de carrera en la que llevó el hockey a cada hogar a través de su característica voz dejó más claro que nadie la esencia de un Gretzky jugador que nos dejaba a finales de los 90´ con una simple frase que dijo así: ¨muchos padres han escuchado decir a sus hijos ´mi padre es el mejor´, bueno, ustedes (en referencia a los tres hijos que Gretzky tenía en ese momento) pueden decir: ´mi padre, es perfecto´¨.

 

“Voy a extrañar cada parte del juego, porque amé cada parte de él.”

 

 

Fuentes: Sports Illustrated, The Hockey Writers, The Star, Bleacher Report, ESPN, NHL Stats, Sportsnet.

 

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Enzo Del Llano
Periodista. De Córdoba, Argentina. Hincha del fútbol modesto y del básquetbol en todas sus formas. Convencido de que el deporte es cultura.

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