sábado, 23 enero, 2021
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Argentina y la Copa Davis poseen una de las historias de amor-odio más grandes de la historia del deporte. Y es que los albicelestes lucharon durante décadas para poder levantar de una buena vez la Ensaladera de Plata. Hasta el 2016 parecía que el título se les negaría por siempre y para siempre a los argentinos, como si un Bela Guttman del tenis hubiera plantado una maldición imposible de romper. En este siglo nos acostumbramos a ver a un equipo potente, capaz de plantarle cara a cualquier rival y que era siempre una de las candidatas a campeonar. Pero durante la década de los 90´ lejos se estuvo, incluso, de soñar con el Grupo Mundial. 

Si bien la selección sudamericana comenzó a competir en este torneo en los años 20´, lo cierto es que recién con la llegada de un muchacho de pelo largo se comenzó a soñar en serio. Guillermo Vilas, el hombre que popularizó al deporte blanco en las tierras gauchas, se convertiría en el buque insignia del equipo, en un peso pesado capaz de derrotar a lo mejor de lo mejor. En 1977 se logró sortear con éxito la Zona Americana –con victorias épicas ante Brasil, Chile y Estados Unidos- antes de plantarse en las semifinales del Interzonal ante Australia. Willy, que en ese año prácticamente no tuvo rivales (siendo considera por muchos como el legítimo número uno del mundo, sobre todo por el periodista Eduardo Puppo, que sigue batallando porque se lo reconozca como tal) venció tanto a Phil Dent como a John Alexander, aunque este último partido no tuvo relevancia debido a que los oceánicos habían obtenido antes los tres puntos necesarios. “Es inútil pelearle los puntos a Vilas, sería desgastarse con una posibilidad de éxito remota. Tenemos que concentrarnos en los partidos con Cano y el dobles” diría el capitán australiano Neale Fraser a la revista El Gráfico, tal cual como rememora Diego Estévez en su libro “Argentina y la Copa Davis”. Dicho y hecho, los aussies derrotaron a Ricardo Cano y triunfaron en un extenuante dobles –al cual se sumó Vilas- para el 3-2 final.  

En 1980 se volvió a llegar a las semifinales del Interzonal luego de vencer tanto a Brasil como a los Estados Unidos, siendo este uno de los triunfos más impresionantes de la albiceleste, ya que enfrente estaban monstruos de la talla de John McEnroe, Peter Fleming y Brian Gottfried. Sin embargo, este año comenzaron a aparecer los conflictos que se harían tan típicos en el conjunto nacional. En este caso, debido a una pelea que tuvieron los jugadores con la Asociación Argentina de Tenis (AAT). Aquella fue una buena oportunidad para llegar a la final, enfrentando en el Buenos Aires Lawn Tennis a Checoslovaquia, un conjunto que no parecía -en la previa- tan poderoso. Sin embargo, nadie contó con un factor clave: Ivan Lendl. El nacido en Ostrava se puso al equipo al hombro y derrotó tanto de manera individual como en el dobles –junto a Tomas Smid– a Vilas y a José Luis Clerc, el segundo al mando en aquellos años.  

Al año siguiente se creó el Grupo Mundial y la Argentina, como era lógico, participó del mismo, logrando la hazaña de arribar a la final tras triunfos ante Alemania Federal, Rumania y Gran Bretaña. El rival fue Estados Unidos en Cincinnati. Sin embargo, la complicada relación entre los dos primeros singlistas argentinos (Vilas y Clerc) complicó demasiado una serie que ya de por si era compleja. McEnroe despachó rápido a Willy, pero Batata daría el golpe ante Roscoe Tanner, venciéndolo en tres sets. Los dos siguientes duelos fueron titánicos: en el dobles la dupla apeló a la “mística copera”, aquel fuego sagrado que poseen los jugadores albicelestes para lograr equipararse ante rivales imposibles. Lograron estar 7-6 arriba en el quinto set, aunque finalmente sucumbieron por 11-9. Clerc, a su vez, también llevaría a cinco sets a McEnroe. “Demostramos que podíamos ganar este match, que éramos dignos de ser finalistas. Queda la bronca de haber estado cerca y no poder ganarla” comentó luego el nacido en Buenos Aires. 

En los restantes años de la década la Argentina volvería a llegar a una semifinal en 1983 (derrota 4-1 ante Suecia), pero ya nada sería lo mismo: las dos espadas sudamericanas casi ni se hablaban y en 1984 Vilas se retiró del equipo tras el triunfo ante Alemania Federal en primera ronda. Un año después, se perdió insólitamente ante la Unión Soviética como local para descender de grupo por primera vez. Comenzaba una era diferente en la Copa Davis. 

Una luz de esperanza 

Las siguientes campañas, ya sin Vilas y Clerc pero con dos grandes promesas como lo eran Martín Jaite y Horacio de la Peña, demostraron ser una constante montaña rusa, con ascensos y descensos casi que de manera continua. La tranquilidad pareció llegar recién en 1989, cuando Alberto Mancini, Gustavo Luza y el propio Jaite lograron el retorno al Grupo Mundial tras vencer tanto a Canadá como a Gran Bretaña. Un año después de eso llegó el que sería el último gran momento del tenis argentino en esta centenaria competición. 

Todo comenzó en el Buenos Aires Lawn Tennis ante Israel. Mancini y Jaite ganaron sin problemas a Gilad Bloom y Amos Mansdorf, mientras que Luza y Javier Frana consiguieron el punto final ante Mansdorf y Simon Perkins. Tocaba Alemania Federal en su último año antes de la unificación. Este era un rival complejo, ya que contaba con Carl-Uwe Steeb (14° aquel año) y un Michael Stich que comenzaba a mostrarse como la nueva cara del tenis germano (llegaría a ser el segundo mejor jugador del mundo en 1993, año en el que ganó la Davis, la Copa Hopman y el oro olímpico en dobles en Barcelona 1992). Sin embargo, no estaba presente la mejor raqueta de los europeos, Boris Becker, algo que facilitaba un poco la tarea. 

Pese a esta ausencia, Alemania luchó como siempre hace en cada deporte. Mancini, que había llegado a ser 8° el año anterior (y era por entonces 16°), batalló ante un correoso Jens Wohrmann para derrotarlo por 7-5, 4-6, 7-6 y 7-6. Este resultado dejó en claro que la serie no estaba ganada de antemano y Steeb se lo hizo saber a Jaite (11°), venciéndolo por 6-3, 6-7, 6-4 y 6-3. En el dobles, siempre un punto clave, Frana y Luza se toparon con Erich Jelen y Stich, los cuales jugaron de manera magistral para ganar en tres sets: 6-2, 7-6 y 6-2.

Parecía que todo se terminaría el domingo, pero aquí aparecieron tanto Jaite como Mancini para dar vuelta la serie, en uno de los momentos más épicos del tenis argentino. Martín logró vencer a Stich en casi cuatro horas por 4-6, 6-4, 6-1, 1-6 y 6-3, por lo que le tocó el turno al Luli de intentar la hazaña de la remontada. Éste se llevó llevarse los dos primeros sets ante Steeb (7-6 y 6-3) y en el tercero, cuando iban 3-3, la falta de luz natural hizo que la definición se corriera para el lunes. Roberto Andersen y Eduardo Puppo, en su maravillosa obra “Historia del Tenis en la Argentina” -que consta de tres tomos-, comentaron lo siguiente con respecto a aquel final de película: 

“Por pedido de los jugadores, se abrieron las puertas para ocupar los asientos vacíos por la obvia problemática del día laboral. Y así fue: se desbordó la capacidad, pero nadie cometió desmanes; se observó gran cantidad de chicos con uniformes escolares. La única meta era salir de allí cantando victoria. Comenzó con el saque del argentino y quedo 0-40. Se recuperó y llegó a contar con una ventaja, pero Steeb le quebró luego de casi 10 minutos de un game eterno. La pelea psicológica continuó y fue Mancini el más fuerte: le quebró al alemán dos veces y en cero, para dibujar la cifra de la victoria, que para completar el set apenas demandó 23 minutos de juego”.  

Se había llegado a una nueva semifinal en medio de un gran momento de éxtasis, pero en el césped de Sydney las cosas no resultaron para nada bien, con la Australia de Pat Cash triunfando por 5-0. “Nuestros jugadores dejaron la vida tras una gran entrega” comentaría el capitán Alejandro Gattiker. Aquella fue la última serie suya como líder del equipo -comenzaría a entrenar a Mancini- y también fue la última gran alegría del seleccionado en la Davis. La década de los 90´, que comenzó por todo lo alto, le mostraría su peor cara a la Argentina. 

 

El inicio de la pesadilla 

El nuevo capitán era Francisco Mastelli, justamente el ex entrenador de Luli. El primer rival de 1991 fue Nueva Zelanda, otra vez sobre césped, la superficie más temida por los tenistas argentinos. Sin embargo, esta vez la suerte le sonrió a los albicelestes, que lograron ganar 4-1, cediendo solo un partido cuando la serie ya estaba liquidada. Jaite y Frana, en los singles, y éste último con Christian Miniussi en el dobles estuvieron intratables. La travesía, sin embargo, duró poco. Y es que tocaba la reunificada Alemania en Berlín, esta vez con un Becker que apenas se despeinó ante Frana y Jaite. El momento épico se dio en el choque entre duplas, cuando Frana y Miniussi llevaron el match ante Stich y Eric Jelen a cinco sets, tres de ellos resueltos en el tie break.  

Si bien el resultado ante los germanos acabó en una derrota predecible por 5-0, lo cierto es que se había luchado hasta el final. Aquella generación de jugadores había tomado la posta dejada por las dos leyendas argentinas y estaba haciéndolo bastante bien. Sin embargo, todo iba a cambiar muy pronto. 

La debacle comenzó en 1992, en el sorteo del torneo realizado en Londres. Todavía no se utilizaba el ranking para definir a los cabezas de serie del certamen, sino que a los ocho mejores se los escogía de la siguiente forma: los cuatro semifinalistas tenían su lugar asegurado entre los mejores sembrados, mientras que los otros cuatro salían del ranking promedio que tenían los jugadores en ese momento. Según este sistema, la Argentina tendría que haber entrado tranquilamente entre los mejores gracias a sus tres figuras (Mancini, Jaite y Pérez Roldán), pero la Federación Internacional de Tenis decidió poner por encima de la albiceleste a Australia y Países Bajos, en una decisión que levantó mucha polémica. Encima, el rival terminó siendo el peor posible: Estados Unidos en Hawai, con un cuarteto dorado: Pete Sampras y André Agassi en singles y Rick Leach más el interminable John McEnroe en dobles. Imposible. Y así fue: Jaite logró ganarle el primer set al que sería multicampeón en Wimbledon, pero terminaría cediendo en cuatro sets. Peor la pasó Mancini ante el estrafalario muchacho de ascendencia armenia. Dejó todo, pero el 5-0 mandaba a la selección al repechaje. 

Del 25 al 27 de septiembre, en Aarhus, la Argentina vivió una verdadera pesadilla, una de la que solo podría despertar recién una década más tarde. El rival era Dinamarca, ignota dentro del mundo de la Copa Davis (y del tenis en general) y cuya figura era Kenneth Carlsen, cuyo mejor ranking fue 41° en 1993. Mancini comenzó triunfando ante Frederik Fetterlein, aunque tuvo que dar vuelta un 0-2 en sets, algo que hizo sonar todas las alarmas, más aún cuando el debutante Gabriel Markus cayó ante el poderío de los saques de Carlsen. El 1-1 seguía siendo un buen resultado, teniendo en cuenta que al día siguiente jugarían Frana y Miniussi. Pero estos nada pudieron hacer ante Kenneth y su compañero, Morten Christensen. El domingo fue el día del descenso, con un Carlsen que nuevamente volvió a ser la clave, esta vez ante un flojo Mancini. Markus pudo, al menos, llevarse su alegría personal ante Christensen, pero nadie lo celebró: el equipo volvía al Grupo I. Y no justamente para volver tan pronto. 

 

Vivir en el infierno 

1993 fue una temporada sumamente extraña, una que demostró lo mejor y lo peor del equipo en el torneo y que terminaría siendo la tónica del resto de los 90´. Se comenzó bien en la Zona Americana ante México (como local), equipo al cual se derrotó por 4-1 con los aportes de Mancini, Frana y De la Peña. El primer paso estaba dado: con ese triunfo se jugaría la reclasificación para volver a la máxima categoría. ¿El rival? Hungría, país al que solo se había enfrentado una vez, en 1926, con triunfo por 3-2. Si bien se debía viajar hasta Budapest, lo cierto es que el panorama lucía alentador: sus dos espadas, Joszef Kroschko y Sandor Noszaly, estaban más cerca del puesto 200 que del 100. Pero todo lo que pudo salir mal terminó peor: 0-2 el viernes, triunfo esperanzador de Frana y Pablo Albano (debutante) y nuevas caídas el domingo para un 4-1 demoledor. “Fue éste un gran fracaso, no pude soportar el drive de Sandor Noszaly contra mi drive, después sobrevino la lesión que me imposibilitó determinados movimientos indispensables para mis golpes” expresaría con bronca Guillermo Pérez Roldán 

Un año después la historia no cambió. Con Caio Rivera como capitán (elegido por Vilas), la Argentina no aprovechó la ventaja de ser uno de los cabezas de serie del Grupo I americano, perdiendo en una accidentada serie ante Uruguay en Montevideo por 2-3. “Fue un caos: le pegaron a mi mamá en la tribuna, me persiguieron y me dijeron de todo, me tiraron con una birome…Yo no pude jugar. Fue mi peor Copa Davis” recordaría Javier Frana en el libro “Maldita Davis” de Danny Miche. El equipo albiceleste había comenzado ganando gracias a Markus, pero Frana fue la clave, en este caso en el mal sentido, ya que cayó en sus tres cotejos.  

Albano y Frana, en la derrota ante Uruguay

Para 1995 la escuadra albiceleste comenzaba en la primera ronda habiendo dejado el beneficio de ser cabeza de serie contra Chile, un verdadero clásico sudamericano y que contaba en sus filas con Marcelo Ríos. El capitán Ricardo Rivera llevó a dos debutantes (Franco Davín y Luis Lobo) y pese a que Franco perdió sus dos singles (ante Gabriel Silberstein y el propio Chino Ríos) Frana pudo ponerse el equipo al hombro ganando los dos individuales y el dobles junto a Lobo, que se convertiría en un clásico en los siguientes años en aquella modalidad. Pero la Venezuela de Nicolás Pereira y Maurice Ruah frenó el impulso en la semifinal americana, disputada en el Altamira Tenis Club de Caracas. El 3-2 final dejaba a la albiceleste, una vez más, en la segunda división. 

La siguiente temporada mostraría como la Copa Davis, esa vieja obsesión argentina, comenzaba a quedar de lado, igual que el propio tenis nacional. Y es que la fábrica de talentos parecía haber entrado en una dolorosa huelga. Por ejemplo, el mejor jugador al finalizar 1996 era Hernán Gumy, posicionado recién como número 42 del mundo, siguiéndole Javier Frana como 80°. Un año después Gumy terminaría como el mejor albiceleste, siendo 84°, y sin ningún otro tenista en el top-100. La dirigencia no planificaba a futuro como ocurría en otros países y eso terminaba repercutiendo, obviamente, en el conjunto nacional y en el apoyo del público, uno que comenzaba a acostumbrarse a los malos momentos, dejando de llenar el Buenos Aires Lawn Tennis.

Por eso fue que aquel año se tuvo que ir hasta la ventosa Mar del Plata para disputar la serie ante la ignota Bahamas de Mark Knowles en el Club Náutico, sitio donde hizo sus primeras armas Guillermo Vilas. Tras un cómodo 4-1 ante los caribeños, llegaría una nueva chance de ascender, en este caso ante México. Daniel García no pudo contar con el lesionado Frana, pero si con Gumy, poniendo como segundo singlista al debutante Gastón Etlis (que tendría una buena carrera como doblista). Pero otra vez la misma historia: se llegó con fe, pero ésta se destruyó muy pronto. El 3-2 definitivo (con un último partido disputado solamente para la grada) dejó en claro el sitio que se ocupaba. La Argentina era una escuadra de segundo nivel. 

“Seguimos en Segunda División. Ni bueno ni malo, sencillamente la realidad (…). No nos da para estar en la élite, ni tenemos un nivel desastroso (…). Hay que empezar a construir un futuro que llevará más de media década intentar edificar. Si comenzamos ya, los chicos que ganaron el Campeonato Mundial de 14 años, Guillermo Coria, Antonio Pastorino y David Nalbandián, serán nuestros hombres, con un (Mariano) Zabaleta ya en la madurez. Quizás, solo quizás, entonces los sueños se harán realidad” comentó en la revista El Gráfico el periodista Luis Hernández con un toque premonitorio que impresiona al leerse años después. Mientras tanto, había que seguir sufriendo. 

 

¿Se puede caer más bajo? 

1997 fue el peor año de esta travesía en el desierto. Porque Argentina estuvo cerca de pisar la Tercera División, una verdadera ofensa cuando se observan los pergaminos históricos del equipo. La debacle comenzó en el Estadio Nacional de Santiago, ante la siempre dura Chile. Todo arrancó como se esperaba: triunfo de Ríos ante Frana y de Gumy ante Silberstein. Pero en el dobles pasó lo peor: Frana jugó un mal partido, facilitando enormemente la tarea de los locales, que lograron llevarse el partido en cinco sets, remontando un 1-2 en contra. El Chino vencería cómodamente a Gumy para mandar a la Argentina a las series por la permanencia. 

Ecuador, con Nicolás Lapentti, vino al Buenos Aires para propinarle otro duro golpe al seleccionado, uno que estaba siendo dejado de lado por todos, jugando prácticamente sin público. “Para mí, es una sorpresa que no venga mucho público a ver los partidos. Recuerdo que, en 1985, cuando estuve con Andrés Gómez, no cabía nadie en el estadio y nos hicieron sentir, con el aliento y con los gritos, más visitantes que nunca” relataría con asombro el capitán de los visitantes, Raúl Viver. En aquella serie debutó Marcelo Charpentier (quizás uno de los jugadores más extraños en pasar por la Davis para el país, ya que nunca pudo entrar siquiera en el top-100 en su carrera) pero la tónica fue la misma: Lapentti estuvo encendido y ganó sus dos encuentros, con un Luis Morrejón dando el golpe ante Gumy para el 1-3. 

Si, increíble pero real, la Argentina se jugaría el todo por el todo ante Venezuela en el Lawn Tennis, con el ganador quedándose un año más en el Grupo I y con el perdedor bajando de categoría. Lo único bueno de este encuentro es que se ganó por 4-1, guardando un lugar entre los mejores del Grupo Americano. Aunque se había conseguido, en gran medida, gracias a que los de Víctor Pérez habían llegado sin sus dos principales cartas del triunfo.  

Aunque parezca mentira, un año después Argentina terminó aspirando por subir al Grupo Mundial. Primero derrotó con comodidad a Colombia por 5-0 en el Mayling Club de Campo de Pilar, un country (si, a eso se había llegado), aunque mostrando una señal de luz al ver en el equipo a Lobo acompañado de Lucas Arnold, Franco Squillari y Guillermo Cañas, una escuadra esperanzadora y que comenzaba a dar signos del buen futuro que se avecinaba. Tras esto se derrotó a Chile por 4-1 en el retorno al Buenos Aires (esta vez lleno, ya que Marcelo Ríos llegaba como número uno del mundo). En esta ocasión hubo dos puntos clave: el triunfo de la dupla Lobo-Arnold ante Ríos y Nicolás Massú por 7-5, 6-3 y 6-3 y la victoria de Squillari ante Fernando González -que reemplazó al lesionado número uno- por 6-3, 4-6, 6-2 y 6-0.  

La reclasificación para el Grupo Mundial fue ante Eslovaquia, otra vez como local, y la serie estuvo llena de emoción, con Dominik Hrbaty y Gumy ganando el viernes (este último a Karol Kucera, 6° del ranking, aunque había arribado al país arrastrando una lesión). Arnold y Lobo demostrarían su buena compenetración llevándose el duelo ante las dos espadas eslovacas, pero el lunes tanto Kucera como Hrbaty lograron dejar a su país en primera tras dos grandes partidos ante Squillari y Gumy, respectivamente.  

La década se cerraría luchando nuevamente por el descenso, tras caer como visitante ante Ecuador por 4-1, aunque aquí aparecieron en escena los Marianos: Puerta y Zabaleta, dos grandiosos jugadores. Ante Venezuela aparecieron también Cañas, Mariano Hood y Sebastián Prieto, siendo Puerta el hombre clave, ya que derrotó tanto a Jimy Szymanski como a Ruah. 

El inicio del nuevo milenio no pareció mostrar aquella prometida mejoría en el equipo, aunque todo había comenzado mal, muy mal, en el Parque O´Higgins de Santiago.

Lo cagaron a palos a mi viejo, le pegaron a mis amigos y a mí me dieron una tremenda patada en los huevos cuando ustedes me estaban cuidando” se quejó Zabaleta ante los carabineros, que dejaron que la furia de los hinchas locales explotara. Las sillas y los golpes volaron y el equipo, que ya caía 2-0 (Ríos había vencido a Gumy y Massú a Zabaleta), decidió retirarse por sentir que no había seguridad. Sin Puerta ni Squillari, Argentina visitó a Canadá y se llevó un 4-1 en contra, aunque es verdad que aparecieron los nombres de Juan Ignacio Chela, Agustín Calleri y los Martin, García y Rodríguez (en el dobles). La Legión, sin quererlo, tocaba las puertas de la Davis. Colombia, como local, poco pudo hacer ante los tenistas retornados y con el 1-4 a favor la Argentina volvió a mantenerse en la segunda división.  

Y al final, la luz 

El 2001 fue el año. Tras caer al Grupo I en 1992, luego de tantas caídas estrepitosas, decepciones, ausencia de jugadores y de público y falta de proyectos, llegó por fin el final del largo recorrido. En el Mendoza Tenis Club de la provincia homónima, la Argentina empezó con todo ante México: 5-0 sin perder ni siquiera un set, estrenándose nada menos que Gastón Gaudio, uno de los mejores jugadores argentinos de aquella década inicial de los 2000. Tras esto se disputó la segunda rueda en el Córdoba Lawn Tennis Club ante Canadá, donde se cobró una merecida revancha: otro 5-0, otro partido sin ceder ni un solo set, con un Gaudio que incluso derrotó en el día inicial a Sebastien Lareau permitiendo un solo game en contra.  

Se llegaba a septiembre con todo el hambre de gloria a cuestas, ese que parecía sacado de los 70´ y 80´ y no de aquella infame década de los 90´ sumamente nefasta en cuanto a resultados se refiere. Otra vez en Córdoba, el rival fue la molesta Bielorrusia de Max Mirnyi. Franco Davín apostó en los singles por Squillari y Gaudio y por Cañas-Lobo para el sábado. Tras una victoria en sets corridos de Franco sobre Vladimir Voltchkov llegó la primera sorpresa cuando Mirnyi le ganó la primera manga al Gato por 4-6. Era el primer set cedido en el año y la gente comenzó a tener sus dudas, algo lógico entendiendo de donde se venía. Pero nadie sabía que hacia donde se estaba yendo era hacia un lugar mejor: Gaudio sacó lo mejor de su repertorio y se llevó el segundo encuentro por 6-4, 6-1 y 6-3.

Con el 2-0 a favor se llegaba con exceso de confianza al sábado y la dupla Lobo-Cañas se llenó de fuerzas para vencer en un encuentro impresionante a los dos singlistas europeos. El 6-7, 7-6, 7-6, 4-6 y 6-4 significaba que la Argentina volvía al Grupo Mundial. El domingo sirvió para que la gente y los jugadores festejen hasta altas horas de la noche, con Squillari y Gaudio sellando el tercer 5-0 de aquel año sublime. El broche de oro de una temporada maravillosa. La Armada Albiceleste era de Grupo Mundial. 

En las siguientes temporadas aparecieron los Nalbandián y Coria vaticinados, más un grupo de jugadores maravilloso, que retomarían la lucha por la Ensaladera de Plata. Argentina se acostumbró rápido a estar entre los mejores, llegando a tres finales (2006, 2008 y 2011) y a varias semis más antes de cumplir el gran sueño en el 2016. Fue un abrazo al alma tras sufrir durante añares. La Copa Davis sigue siendo esa niña mimada del tenis argentino. Ojalá que se haya aprendido de los errores del pasado.   

Fuentes:

  • Argentina y la Copa Davis. Historia de una obsesión” de Diego Estévez.
  • Maldita Davis. Secretos, mitos y miserias del tenis argentino” de Danny Miche.
  • Pasión por la Davis. Luces y sombras de la copa que siempre obsesionó a los argentinos” de Gonzalo Bonadeo.
  • Historia del tenis en la Argentina (Tomo III)” de Roberto Andersen y Eduardo Puppo.
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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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