viernes, 18 junio, 2021
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Por Fernanda González

De acuerdo con el sitio web de los Juegos Olímpicos Tokio 2020, o 2021, la gimnasia artística es una disciplina que pone a prueba la fuerza, agilidad, coordinación, velocidad y resistencia de los atletas mientras busca constantemente la perfección. Me parece una definición acertada que, al mismo tiempo, es un arma de doble filo.

Cuando vemos las competencias decisivas e incluso los eventos previos a los Olímpicos, olvidamos todo el esfuerzo y la preparación que hay detrás. No somos conscientes del dolor que las lesiones dejaron en las y los gimnastas, el tiempo de recuperación que necesitan o me atrevo a decir que incluso desconocemos el ambiente en el que trabajaron para llegar tan lejos.

El lado oscuro de la historia 

Hay un lado de la gimnasia que ignoramos todavía más. Llamémoslo como algo similar a un lado oscuro ¿El motivo? Durante años, la exigencia de los entrenadores en ese camino rumbo a la perfección rebasaba límites que quedaron plasmados en el documental Atleta A, que se estrenó en Netflix en junio de este año y que fue realizado bajo la dirección de Bonni Cohen y Jon Shenk.

El punto principal del largometraje es exponer el abuso sexual que cientos de gimnastas sufrieron a manos del doctor Larry Nassar a lo largo de varias décadas; sin embargo, la historia destapa otro tipo de abusos. Entre los testimonios se encuentra el de Jennifer Sey, quien participó en los Olímpicos de 1986 y detalló lo que sucedía en aquellos años. “Empecé en este deporte a mediados de los años 70 y diría que la metodología de los entrenadores era la crueldad. Era el método aceptado: sé tan cruel como necesites para obtener lo necesario de tu deportista”, afirmó la ahora escritora y ejecutiva estadounidense.

Sey aseguró que Bela y Martha Karolyi, esposos y entrenadores muy conocidos en el mundo de la gimnasia, fueron los encargados de probar que aquella forma de entrenar era la correcta, por lo que a pesar del miedo y algunas denuncias, se consolidaron como las figuras a seguir si se quería llegar a la justa olímpica y, por supuesto, triunfar en ella.

Y ahí la historia nos remonta a Nadia Comaneci, la histórica atleta que recibió la puntuación perfecta de 10 en Montreal 1976. La pareja Karolyi estaba detrás de aquellas medallas, entrenaban a la selección rumana y no sólo eso, sino que también impusieron, inconscientemente, la juventud en la gimnasia.

Geza Pozsar, coreógrafo del equipo Karolyi entre 1974 y 2002, reveló que las intenciones de Rumania y la Unión Soviética de superar a los estadounidenses en la gimnasia no eran ideas deportivas; hacían alusión a la Guerra Fría para “producir” mejores atletas: elegían a niñas de aproximadamente seis años que fueran flexibles, pero sobre todo que no tuvieran miedo. Y Nadia fue su mejor producto.

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El control sobre las niñas y adolescentes era total, su peso era tan importante que muchas sufrieron desórdenes alimenticios con tal de mantenerse delgadas y aun así no era suficiente. La humillación llegaba a extremos en los que Bela Karolyi abofeteaba a las gimnastas y las llamaba “vacas gordas”, Martha también las golpeaba y les dejaba marcas de sus dedos o anillos en el rostro y el cuello.

Años después, los entrenadores aterrizaron en Estados Unidos, percibieron el talento y no dudaron en implementar su método, que ya era muy conocido e irónicamente aceptado.

Éxito en Estados Unidos 

El interés de los estadounidenses en la gimnasia creció exponencialmente y con ello también se elevaron los ingresos. De acuerdo con Mike Jacki, presidente de USA Gymnastics de 1983 a 1994, tan sólo en 1991 el organismo recibió cerca de 12 millones de dólares como resultado de las campañas protagonizadas por las atletas. Todo gracias a una aparente imagen perfecta y un ambiente sano.

Posteriormente hubo cambios en la administración de la organización y Steve Penny asumió la presidencia. Su experiencia como empresario ayudó a que el crecimiento de las gimnastas como marca continuara por los cielos y para los Olímpicos de Atlanta 1996 los errores no estaban permitidos. Estados Unidos buscaba convertirse en la potencia más importante.

Shannon Miller, Jaycie Phelps, Amanda Borden, Kerri Strug, Amy Chow, Dominique Dawes y Dominique Moceanu conformaron el equipo y ahora son conocidas como “Las Siete Magníficas” por haber conseguido el primer oro olímpico en gimnasia artística femenina. Pero eso no fue todo; esa medalla marcó otro episodio nunca antes visto y Strug fue su protagonista.

Rutinas de piso, barras asimétricas y barra de equilibrio, las siete se lucieron. Aunque ahora sí, vamos a ahondar en lo que hizo la estrella de esta historia. Strug salió a presentarse en piso al ritmo de una combinación entre Guitar Boogie Suffle y Petite Fleur, el recinto se paralizó al verla suspendida en el aire y estalló en ovaciones de pie después de sus aterrizajes.

Lograr lo imposible 

Como era costumbre, además de Estados Unidos las principales contendientes por el oro eran las rusas y las rumanas; de hecho, la diferencia en la puntuación final fue mínima. A instantes del final, Kerri cargó con la responsabilidad de definir la competencia en el salto de potro.

Strug necesitaba 9.493 puntos para que las norteamericanas se adjudicaran lo más alto del podio. Realizó sus estiramientos finales, comenzó su carrera y en el primer salto sufrió un tropezón que la dejó cojeando. Ante el evidente dolor que sufría, una toma de las cámaras permitió ver cómo su madre decía “no puede hacerlo” y su padre intentaba mantener la calma, lo demostró con sus gestos y hasta sus movimientos de manos.

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La joven de 19 años de edad regresó con complicaciones al inicio de la pista y los entrenadores la animaron a seguir adelante; el equipo estadounidense necesitaba la mejor puntuación y no era el momento para abandonar. Una nueva carrera, un nuevo impulso, había mucho más que la medalla en juego.

El salto fue impresionante, sobre todo tomando en cuenta la grave lesión que ya sufría Strug. Su aterrizaje es considerado hasta nuestros días una hazaña olímpica, ya que se plantó en la colchoneta con sólo un pie. Después de saludar a los jueces la gimnasta tuvo que arrastrarse, ya no pudo caminar y los médicos la llevaron con sus compañeras. Lo logró con 9.712.

Estados Unidos se llevó la medalla dorada con puntuación de 389.225, y las rusas lloraron inconsolables al tener que conformarse con 388.404 puntos y la presea de plata; el tercer lugar se lo adjudicaron las rumanas con 388.246.

Las icónicas imágenes del festejo fueron protagonizadas por Bela Karolyi, quien tomó en brazos a Strug, ya con la pierna inmovilizada, y la alzó como una auténtica heroína para que saludara al público en camino al podio. Lo impresionante no es únicamente lo que ocurrió, sino también el semblante que ella denotaba.

Cualquiera pensaría que se le vería sonriente mientras disfrutaba el empaparse de gloria, recibir su medalla y entonar el himno de su país. No fue así. A pesar de que dejó ver una tímida sonrisa, Kerri intentaba dejar atrás el llanto y seguramente el dolor, era como ver a un bebé tranquilizarse después de llorar con mucho sentimiento.

¿Hazañas o presión? 

Después de ver Atleta A y lo que sufrieron tantas deportistas a manos de los adultos que se aprovecharon de su posición, aparecieron muchas preguntas en mi cabeza y es imposible redactarlas a todas. No obstante, me atrevo a asegurar que los considerados éxitos deportivos fueron resultado directo de una serie de abusos físicos, psicológicos y, desafortunadamente, hasta sexuales.

¿Qué haces cuando notas que quienes te violentan de esta forma son quienes -en teoría- te pueden llevar al éxito? Y peor aún, ¿qué haces cuando desconoces que la situación es un abuso? Guardar silencio.

Como en muchos otros aspectos del deporte, y de la vida en general, la lucha de muchas mujeres continúa; particularmente la de aquellas que en su momento formaron parte de USA Gymnastics, caso que llegó hasta los tribunales de Michigan y que ante cientos de testimonios en su contra, llevó al doctor Larry Nassar a terminar tras las rejas con una sentencia de 40 a 175 años en prisión.

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Sin restar importancia a ese lado de la historia, me gustaría regresar un poco a lo deportivo. La gimnasia, como todo en esta vida, evolucionó y vio nacer a más estrellas. Cambió la forma de pensar sobre que las atletas que practicaran esta disciplina tenían que ser siempre pequeñas y extremadamente delgadas.

Un deportista de alto rendimiento tiene que mantenerse sano. Es cierto que muchos padecen desórdenes por diversas razones, pero en una rutina normal no sería necesario poner en riesgo su vida. Y con la evolución en la gimnasia llegamos incluso a Río 2016, la justa dominada por Simone Biles. En ese año surgieron tantas opiniones diferentes sobre lo menos relevante: su físico.

Recuerdo muy bien un debate en la universidad, la maestra o maestro de turno expuso que la estadounidense consiguió reconocimiento internacional con talento y sus indiscutibles capacidades y un compañero refutó con el argumento de que Simone no tenía la misma complexión que Nadia Comaneci, que las gimnastas tenían que tener cierto cuerpo y por consecuencia, también cierto peso.

En ese momento y hasta ahora, difiero con esa forma de pensar. Es el mismo estereotipo impuesto por los Karolyi, ese que llevó a tantas niñas a arriesgarse con tal de tener una oportunidad de competir y que las alejó de disfrutar una infancia o adolescencia un poco más normal.

Si hablamos de un mundo ideal, la violencia, los patrones o cualquier tipo de abuso no deberían existir en el deporte; al no ser así, no queda más que seguir peleando por un ambiente más tranquilo y menos riesgoso para quienes quieren marcar la historia de su disciplina o de su país.

Ojalá se siga recordando a Kerri Strug y lo que consiguió. Para bien o para mal dejó su huella y el esfuerzo que dio en cada paso es digno de resaltar. Eso sí, que de igual modo sirva como ejemplo para las próximas generaciones de directivos y entrenadores, porque el brillo de los atletas no tendría que ser opacado por nada, ni nadie más.

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