domingo, 20 septiembre, 2020
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Por allá a mediados de los 90, mientras Michael Jordan volvía la NBA después de su paso por el béisbol y regresaba la locura a todo el mundo, otro jugador también inició una época, a su manera, sin reflectores, pero si con mucho esfuerzo.

Nacido en El Rosario, Sinaloa, una pequeña ciudad en el noroeste de México, en su juventud emigró a Arizona, en el país del norte, en donde ya empezaba a destacar gracias a su estatura. Completó sus estudios de preparatoria en el Pima Community College, en el cual fue la figura, ganando diferentes premios y reconocimientos, además de pertenecer a varias selecciones de su conferencia y de su Estado, y fue parte de varias selecciones conocidas como las All Conference.

El potencial del sinaloense se veía desde lejos, tanto así que en 1993 la selección mexicana lo volteó a ver y lo convocó para los Juegos Centroamericanos y del Caribe en Ponce, Puerto Rico. Haría su debut en la selección nacional cuando aún jugaba en la preparatoria. Horacio siguió acumulando reconocimientos y captando el talento de reclutadores universitarios, pero contrario a lo que se pensaría, eligió a la Universidad Grand Canyon, de la división II de la NCAA, aún teniendo ofertas de universidades división I.

Aunque no era el nivel más alto al que podía aspirar, el mexicano, ya de 2.11 metros de estatura, sobresalió de una manera impresionante en sus años universitarios, destacando regularmente en los partidos y siendo una pieza fundamental de su universidad, tanto así que en su primer año ganó el premio al mejor jugador de la División II de la NCAA. Con ese reconocimiento bajo el brazo empezó a atraer la atención de los reclutadores de la NBA.

Los Phoenix Suns llamaron al pivote para la pretemporada, con miras a iniciar las prácticas con el equipo. Ya con esta edad, además de su estatura destacaba como tirador a distancia, algo poco común en aquella época para jugadores de su tamaño, porque además de alto era robusto y muy fuerte. Contrario a esto, no se veía lento en la cancha y anotaba mucho de larga distancia, dos grandes cualidades que no cualquier jugador con ese físico podía ofrecer. Todo esto le valió para firmar con el equipo de Arizona para jugar la temporada de 1996-1997, a la cual llegó como el gran representante de la comunidad hispana, abundante en aquella zona. Por esto también fue portada en un número de la revista de los Soles, pero no fue hasta 1997 que llegó su debut oficial.

Llamas convirtió el 2 de marzo de ese año en una fecha histórica para el básquetbol mexicano: en Dallas, ante los Mavericks, se convertiría en el primer mexicano en disputar un partido oficial de NBA, jugando tres minutos y consiguiendo dos puntos. La hoja de anotación de ese histórico partido está enmarcada y colgada en la sala de casa de sus padres en El Rosario, y en ella se puede leer escrito “los quiero mucho a todos, nunca los olvidaré, su hijo y hermano, Horacio Llamas Grey”.

Solo jugó unos pocos partidos esa temporada, y a pesar de que muchos tenían expectativas en el mexicano, la rudeza y la competencia de la mejor liga del mundo le causaron problemas. No terminó de adaptarse del todo y estuvo en pista mucho menos de lo esperado, contando en su primer año un total de 20 partidos y 34 puntos anotados. En la temporada 97-98 las cosas serían aún peores, solo entró al parquet en 8 ocasiones, y después de esta temporada fue liberado por el equipo donde jugara Charles Barkley.

El mexicano volvió su país a finales de la década para tener actividad en la liga mexicana, aunque también tendría experiencias en otros países, además de ser un referente de la selección de México. A diferencia de su paso por la NBA, en esta etapa de su carrera si pudo demostrar todo su potencial, al grado de que a inicios de los 2000 lograría tener otra oportunidad en la NBA, específicamente en los Wizards de Washington, donde se encontró nada más ni nada menos que con Su Majestad, Michael Jordan, con el cual tiene una imperdible anécdota.

Durante la pretemporada de los Wizards se jugaba un partido de práctica entre los jugadores de Washington y ambos formaban parte del mismo quinteto. A falta de 8 segundos para terminar el partido, perdían por 2 puntos y como siempre ha sucedido, Michael era toda competitividad, era evidente que no quería perder ni ese simple encuentro de entrenamiento. El seis veces campeón tomó el balón para tirar, teniendo encima la marca de dos rivales, vio solo y abierto al mexicano, le pasó la pelota y este, desde la línea de tres, anotó la canasta de la victoria. Al volver para defender, Llamas cuenta que sintió como alguien le brincaba en la espalda: cuando volteó vio a Jordan gritándole “that´s my men!!! that’s my men!!!”.

Horacio terminó su carrera en la Liga Mexicana de Básquetbol, ganando varios campeonatos nacionales, irónicamente con otros soles, los de Mexicali. Fue entrenador de los Pioneros de Cancún y actualmente trabaja para la Asociación Deportiva Mexicana de Básquetbol y también es embajador de la NBA en el país.

Si bien la historia del mexicano en la NBA fue muy corta -y menos positiva de lo que se esperaba después de una brillante carrera universitaria- fue, a su vez, una historia que abrió puertas, que le demostró a las universidades de Estados Unidos y a la NBA que los mexicanos jugaban buen baloncesto. Su importancia no solo radica en que fue el primero, sino que también fue la figura latina en una liga donde en esos años no había muchos latinos.

El impacto que tuvo con la comunidad hispana en Arizona y en Estados Unidos sirvió para que muchos de sus compatriotas se interesaran en el deporte. Ya no solo era ver a Michael Jordan, ahora también podíamos ver a Horacio Llamas. Su historia fue corta y rápida, pero nunca será olvidada por los mexicanos y por los hispanos, pues él será recordado para la posteridad como el primer mexicano en la NBA.

 

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