miércoles, 28 octubre, 2020
Banner Top

La presión se hacía cada día más insoportable. Los malos pensamientos la anulaban, ya que sentía como la muerte le respiraba cerca de la nuca. Solo la contención de su familia hacía que ella tuviera ganas de continuar. Pero que difícil era aquello: cartas, llamadas, paredes pintadas; todo le recordaba el odio que sentía una parte de su Argelia natal. Inclusive en su propia mezquita el imán -la persona que dirige las oraciones- la había tratado como una escoria y como anti musulmana. No podía correr en su patria, no podía sentirse libre con su propia gente. Era, sencillamente, una tortura. Y todo por animarse a correr en pantalones cortos y sin un hiyab que cubriera su rostro.  


Hassiba Boulmerka (10 de julio de 1968, Constantina, Argelia) la vida dejó de sonreírle justamente cuando todo parecía marchar sobre ruedas. Ella, que había descubierto siendo una niña que correr la hacía feliz, demostró ser una de las mejores corredoras de la media distancia de toda África tras sus triunfos en los 800 y 1500 metros de los campeonatos continentales de 1988 y 1989, aunque aquellos sucesos no habían tenido la trascendencia necesaria. En los Juegos Olímpicos de Seúl no había podido pasar siquiera el primer corte en ninguna de las dos competiciones. En el Mundial disputado un año después, en Barcelona, lograría un gran 7° puesto en la final, pero terminó lejos de la cubana Ana Fidelia Quirot. Se había sabido reponer a la decepción de no mostrar todo su potencial en sus primeros olímpicos, pero interiormente sabía que tenía mucho más para ofrecer.  

Dos años después se verían los frutos de su extenuante entrenamiento. Boulmerka viajó a Tokio para afrontar el tercer Mundial de Atletismo con una maleta cargada de ilusiones (hacía poco se había quedado con las pruebas de 800 y 1500 metros de los Juegos del Mediterráneo). Esta vez decidió centrarse solamente en la carrera de los 1500 metros que comenzó el 29 de agosto, demostrando que tenía potencial para luchar por las medallas. Obtuvo su heat con un tiempo de 4:08.20, venciendo por unas centésimas a la soviética Lyudmila Rogachova, que había ganado el oro en el Mundial Indoor meses atrás. Dos días después se disputó la gran final en el Estadio Olímpico, donde Boulmerka no solo volvería a verse las caras con la peligrosa Rogachova, sino también con su compatriota Tetyana Dorovskikh, una de las últimas grandes atletas aquella cuna de campeones que fue la Unión Soviética. Doina Melinte (Rumania) y Ellen Kiesling (ex alemana democrática) eran las otras grandes contendientes al título mayor. Eran los últimos tiempos de gloria de las tierras de un telón de acero ya desmoronado. 

La argelina comenzó bien la carrera, metiéndose rápidamente en el centro del pelotón, quedando cuarta con diferencia tras las dos primeras vueltas. Tras la tercera vuelta la historia se mostraba sumamente pareja, con hasta seis atletas con posibilidades, entre ellas una Boulmerka sumamente concentrada y con un plan que aplicó a la perfección. Se mantuvo siempre a la expectativa detrás de Kiesling y la keniata Susan Sirma y solo apretó el acelerador en los últimos metros, como si recién hubiera iniciado la prueba. Las dos líderes prontamente perdieron sus posiciones ante este furibundo ataque, siendo también sobrepasadas por Dorovskikh y Rogachova. Pero, pese a tu titánico esfuerzo, no pudieron alcanzar a una africana que voló en el tramo definitivo, ganando el oro con un tiempo de 4:02.21.  

Pero lo que debió ser una celebración llena de felicidad y éxtasis para la joven Hassiba se convirtió prontamente en su momento más oscuro. Tras aquel título, su mundo comenzaría a venirse abajo de una manera vertiginosa.  

Nadie es profeta en su propia tierra 

“Cuando gané la primera medalla en el Mundial de Tokio 1991 y regresé a Argelia ya percibí que mi vida había cambiado totalmente. El primer viernes donde se hacen las oraciones, el Imán de la Mezquita de Constantina, mi ciudad natal, ya dijo que yo no era musulmana porque corría con pantalón corto. Y también dijo que estaba en contra del Islam. Este hecho me afectó muchísimo porque yo soy musulmana, pero no soy una fanática. Yo no puedo ser de otra manera porque todos mis antepasados eran musulmanes. Entonces fue cuando me di cuenta de que mi imagen había cogido mucha fuerza y que creaba mucha crispación en todos estos responsables, tanto políticos como religiosos. Fue cuando me di cuenta de que mi victoria no era solo deportiva, que era una victoria de la mujer en Argelia” expresó Boulmerka en una entrevista realizada por el diario La Opinión de Murcia.  

El mundo que conocía comenzó a caerse a pedazos. Los extremistas en su Argelia natal empezaron a hacer su vida imposible, sobre todo el Grupo Islámico Armado Argelino, el cual se formó unos meses después de su triunfo. Pese a ser la campeona mundial, la trataban como si fuera un demonio, como si correr descubierta fuera un pecado mortal. De repente, Hassiba tuvo que dejar su vida habitual. No podía salir sin escolta, cada llamado telefónico era un suplicio e incluso dejó de correr en su propia patria, una que, de repente, parecía haberla olvidado. Tuvo que tomar la difícil decisión de irse a vivir a Alemania para olvidarse un rato de lo vivido –lo que no evitó un atentado contra su vida en hasta dos oportunidades-, siempre teniendo custodia personal.  

Pese a los altos niveles de estrés que manejaba, Boulmerka tenía claro que su objetivo era uno solo: Barcelona 1992, donde buscaría resarcirse de su mal trago vivido cuatro años atrás. Para arribar a su primer objetivo (la final), tuvo que pasar primero por dos instancias. Ambas se las llevó saliendo primera, con una marca de 4:09.91 primero y 4:03.81 después, dejando segundas a unas Dorovskikh y Rogachova que ahora competían para el Equipo Unificado, demostrando que no solo había cambiado la vida de la argelina, sino la del mundo en general. Todavía no habían aparecido las etíopes, ugandesas y keniatas para adueñarse de esta prueba. Las que si estaban eran las chinas Qu Yunxia y Liu Li, toda una novedad, ya que el gigante asiático no había conseguido grandes resultados -hasta ese momento- en aquella distancia. Era un pequeño aviso: la Unión Soviética había muerto y era China la que había decidido despertarse. 

Boulmerka comenzó ese 6 de agosto en el Estadio Olímpico de Montjuic de la misma manera que lo hizo en Tokio. No buscó apurar y ganar terreno, sino que se dedicó a esperar que fueran las demás las que comenzaran a cansarse. Tras la primera vuelta, marchaba entre el cuarto y el quinto lugar, con un ritmo siempre constante. Sin embargo, Rogachova comenzó a despegarse rápidamente de las demás, por lo que la argelina tuvo que aumentar también su velocidad para no perderle el rastro. Dorovskikh y Melinte también estaban cercanas, asechando para dar el zarpazo.  

La última vuelta fue impresionante y sumamente disputada, con el duelo Rogachova-Boulmerka siempre presente, también con la aparición de Qu que logró dejar al resto atrás para posicionarse en puestos de podio (un año después ella marcaría el récord mundial con un registro de 3:50.46). Parecía que la rusa iba a llevarse la carrera, pero de repente se le terminó el combustible y la africana aprovechó para acelerar, cada vez más, abriendo una brecha irreparable a cada paso que daba. Uno, dos, cinco metros. Rogachova veía como su oro se desvanecía como arena que se recoge del mar, mientras que a Hassiba comenzaba a explotarle el corazón de alegría. Ganó el oro olímpico a pesar de las amenazas de muerte, de tener que vivir con custodia permanente (se decía que atentarían contra su vida si competía en los Juegos), de verse forzada a separarse de los suyos y de convivir día si o día también con un enorme estrés. “El deporte no es solo competición, es un proyecto de vida, es una vida. Y para tener éxito en el deporte hay que tener una buena cabeza” le manifestó a La Opinión. 

 

Las nuevas metas 

“Para cualquier atleta, ganar una medalla es una victoria deportiva, pero para mí supuso ganar la vida. Vivía en una sociedad donde existían muchas prohibiciones de carácter cultural, también legales y religiosas. La mujer no tenía mucho margen para emanciparse en su vida. Estuve amenazada de muerte porque gané una carrera con pantalón corto. Fui considerada como un demonio porque fui el mismo año campeona del mundo y campeona olímpica, y eso no cuadraba con la mentalidad de aquellos momentos. Cuando gané la primera medalla olímpica y estaba con la bandera de Argelia extendida, un periodista dijo ‘Hassiba, un ángel o un demonio’, y lo decía porque había ganado” le diría Hassiba a La Opinión. No importaba la historia realizada, para los extremistas religiosos, ella había pecado contra la integridad del país, solo por tener prendas iguales a las de las demás competidoras. 

Boulmerka comprendió entonces que no solo corría por ella y su gloria personal, sino que también lo hacía por tantas otras que no tenían voz ni voto, por tantas Hassiba a las que se les prohibía correr o que también sufrían amenazas de muerte por intentar emular a su heroína. En los siguientes años la argelina ganó medallas doradas en los 800 metros de los Juegos del Mediterráneo de 1993 y en los 1500 metros del Mundial disputado en Gotemburgo, Suecia, además de un bronce en la misma distancia en el Mundial de Stuttgart dos años antes. Lamentablemente, no pudo despedirse como le hubiera gustado del deporte, ya que no pudo llegar a la final de los 1500 de los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996 por haberse torcido el tobillo. Unos meses después le diría al mundo que se retiraba de las pistas. Seguramente, tantos años de luchas terminaron por complicarla físicamente, aunque su lucha se mantuvo en pie. 

Tras unos años pudo volver a Argelia, donde la eligueron como la mejor atleta de los últimos 50 años, a la vez que comenzó a trabajar para el Comité Olímpico Internacional para promover el deporte femenino, impulsando que todas las comisiones del COI tuvieran al menos un 20% de mujeres trabajando. Es miembro de la Comisión Deporte y Mujer Africana y de la Mujer Árabe, se convirtió en una exitosa empresaria del rubro de los medicamentos. Además, recibió el Premio Príncipe de Asturias y hasta creó una escuela de deporte para las niñas de Constantina.

Si bien perdió mucho durante su juventud –su madre falleció cuando ella comenzaba a figurar entre las mejores y no pudo estar cuando su padre quedó en coma, producto de la desesperación por no poder estar con su hija, además de tener que dejar de lado a sus amistades y hasta su propia patria-, lo cierto es que su lucha por un lugar más justo e igualitario sigue en pie. Como le expresara a la BBC, ella demostró que las mujeres pueden vencer a sus enemigos.  

 

Fuentes: La Opinión de Murcia, Mediotiempo, BBC, Marca, Biografías y Vidas. 

  • ¡Hola! Esperamos que hayas disfrutado del artículo. Antes de que te vayas queremos recordarte que estamos preparando cosas grandes, pero necesitamos la ayuda de nuestros lectores para hacerlas realidad. Por eso, si te gusta lo que hacemos en The Line Breaker, abrimos un canal para que consideres invitarnos a un café y así ayudarnos a mantenernos en pie.
También puedes leer:   Paavo Nurmi: la leyenda del finlandés volador
Tags: , , , ,
Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

Related Article

0 Comments

Leave a Comment

The BreakerLetter

¡Ya salió la The Lines 13!

Consíguela haciendo clic aquí

Wing, el espíritu del fútbol

Mis Marcadores

Nuestras Redes

INSTAGRAM

Archivo