martes, 20 octubre, 2020
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El reluciente césped se funde con el sol y la árida tierra. La inmensidad se hace presente a la vista, aunque él no observa, solo corre. El pequeño niño solo tiene un objetivo en mente: llegar al colegio en el menor tiempo posible. No importa si el día anterior no comió lo suficiente, si hace calor, si está cansado, si le falta el oxígeno por estar a 2430 metros sobre el nivel del mar o si le duelen los pies por lanzarse al abismo descalzo. No importa si debe atravesar 10 durísimos kilómetros. El pequeño etíope corre sabiéndose libre entre tanta inmensidad. Llegar intacto hasta el centro educativo solo le demuestra que tiene un don y que debe aprovecharlo, incluso si no son muchos los que creen en él. Al fin y al cabo, en la pista todos se igualan, ya que no importa el color de piel, el rango social u otras superficialidades: solo prevalecen los que entienden el significado de la libertad. 


“Yo quiero ser como Miruts Yifter” se repetía en silencio el joven Haile Gebrselassie (nacido en AsellaArsi, Etiopía, un 18 de abril de 1973, aunque existen dudas acerca de su edad real), un muchacho pequeño y menudo que debía correr todos los días 10 kilómetros -o más si llovía- para recibir una educación decente. Tanto influyó en él esto que en su adultez –como expresa el sitio Olympic– siguió corriendo con el brazo izquierdo torcido, como si aún llevara libros en el. El menor de nueve hermanos, sin embargo, no sentía aquello como algo malo, sino que lo hacía casi con gusto, ya que de esta forma emulaba en su mente a aquellas leyendas del atletismo de su tierra, como el propio Yifter (campeón en los 5000 y 10000 metros de Moscú 1980) o los legendarios vencedores olímpicos Abebe Bikila o Mamo Wolde 

Haile había nacido en el seno de una familia de pastores muy humilde, tanto que ni siquiera había para comprar zapatillas. Pero el tener los pies desnudos tenía sus beneficios, ya que Gebrselassie aprendió a fortalecer sus extremidades inferiores en el campo abierto, economizando su esfuerzo. Para su padre el atletismo era una pérdida de tiempo, aunque eso no dejó de motivar a un niño que necesitaba despegarse del campo para lanzarse a las carreras. Soy incapaz de estar un día sin entrenar. Es una adicción” le comentaría al diario ABC.  

En una nota hecha para The Guardian el etíope explicó como fue que empezó a darse cuenta de que podía tener una carrera en el deporte. “Mi primera carrera fue en una competición escolar, los 1500 metros, en 1987. Gané la carrera. Y yo era el más joven del campo. Solo era un niño. Cuando comenzamos la carrera, fui muy rápido y los otros chicos pensaron que pararía antes del final. Pero no lo hice. Después de ganar la carrera, todos estaban muy emocionados, y así fue como comencé en el atletismo”. 

Con el tiempo se fue despegando de lo que pensaba su padre para salir a forjarse su propio destino. Comenzaría a entrenar cada vez más duro, aumentando la cantidad de kilómetros diarios que corría. “La clave está en la mente, hay que tener disciplina, compromiso y trabajar duro” expresaba como mantra. Sin embargo, el etíope afrontaba la dureza de los entrenos y la incertidumbre del futuro con una sonrisa en su rostro, una que nunca lo abandonaría y la cual lo terminaría por consagrar. No todo el mundo puede correr tanto y sonreír al mismo tiempo.  

 

De desconocido a gran campeón 

Su primer gran momento llega en 1992, cuando venció tanto en los 5000 como con los 10000 metros en el Mundial Juvenil de Seúl (Corea del Sur), superando en el proceso a un futuro gran campeón olímpico como lo fue el marroquí Hicham El Guerrouj. Un año más tarde demostraría que estaba para cosas grandes, alcanzando la medalla de plata en el Mundial de Mayores en Sttutgart (Alemania)en los 5000 mts (perdiendo con el keniata Ismael Kirui) y la dorada en los 10000 mts, con el aliciente de vencer al subcampeón olímpico de esta distancia, Richard Chelimo y al campeón mundial, Moses Tanui, ambos de Kenia.  

Desde entonces, al etíope solo le lloverían las medallas doradas, con algunos pocos cambios cromáticos. Y es que aquel primer puesto conseguido en tierras germanas sería el inicio de un dominio absoluto en aquella distancia hasta el final del milenio. En 1995, en Gotemburgo (Suecia), dejaría en el camino al campeón olímpico de Barcelona, el marroquí Khalid Skah y al que fue el gran rival de su carrera, Paul Tergat, subcampeón tanto en Atenas 1997 (Grecia) como en Sevilla 1999 (España).  

Gebrselassie no solo se convirtió en el amo y señor de los 10000 metros, sino que también se animó a salir de su zona de confort para buscar lauros en otros terrenos. Así, llegaron una medalla de plata y dos de bronce de Cross Country, la primera como Junior y la segunda ya compitiendo ante los mejores; un segundo (5000) y tercer puesto (10000) en el campeonato africano de 1993 y triunfos en los mundiales Indoor de 1997 y 1999, tanto en 1500 como 3000 metros.  

El hombre que siempre sonreía no solo sufrió dolores de cuello por tantas medallas colgadas, sino que también se convirtió en un asesino de marcas, tanto a nivel nacional como internacional. Por ejemplo, en su carrera obtuvo nada menos que hasta 61 plusmarcas de Etiopía -desde los 800 metros hasta la maratón, demostrando de esta forma su enorme polivalencia en el atletismo-, teniendo también 27 récord mundiales. Incluso con 35 años llegó a romper su propia marca en la maratón con 2.03:59, aunque aquellas carreras más largas son parte de otra historia. Primero toca hablar de sus dos logros más trascendentales: las medallas doradas conseguidas en 1996 y 2000. 

 

En la cima del Olimpo 

Gebrselassie viajó hasta Atlanta con la ilusión de repetir la hazaña de su ídolo, Miruts Yifter. Desde 1968 Etiopía había tenido grandes actuaciones en los 10000 metros, pero solo el nacido en Adigrat pudo coronarse en aquella distancia. Él, en su interior, sabía que aquella era su oportunidad de quedar grabado a fuego en los libros de historia. Y es que ningún campeonato mundial puede compararse con el dorado brillo de la máxima presea olímpica.  

Su rival en la tierra de la Coca Cola, AT&T y la CNN no sería otro que Paul Tergat, que llegaba a la cita como bicampeón de Cross Country, aunque también existían otras amenazas como su coterráneo Worku Bikila (segunda mejor marca del año en 1995 tras la del propio Haile, que había conseguido el récord mundial con sus 26:43.53) y los marroquíes Skah y Salah Hissou 

La competición se dividió en dos etapas: en la primera se dividía a los 48 participantes en dos grupos de 24, logrando su cupo para la final los 8 primeros de cada serie más las 4 mejores marcas, indistintamente de la zona. La carrera más rápida se dio en el heat 1, donde los 10 primeros superaron la marca del propio Gebrselassie en el segundo heat, siendo que este fue el mejor de la suya. Igualmente, esto siempre significa poco si no se realiza una buena final. A veces hay que saber cuándo apurar y cuando no. 

La gran motivación de cara a la final para Haile era saber que Tergat estaba allí, quizás la persona más importante durante su trayectoria. “Ambos estábamos en la cima de nuestras carreras, y la nuestra era una rivalidad muy amistosa pero muy competitiva. Paul y yo básicamente llegamos a la escena casi al mismo tiempo, y emularlo fue algo que me ayudó a esforzarme. Recuerdo haberle dicho a Paul que nuestros dos países necesitan esa competencia. Para nosotros, correr no es un deporte más. Siempre le decía: “Paul, Etiopía necesita a Kenia, Kenia necesita a Etiopía”. En ellos dos se podía reconocer la enorme superioridad africana en el atletismo, una que se mantiene hasta nuestros días. 

Al principio comenzó dominando el burundés Aloys Nizigama, aunque prontamente comenzaron a cobrar mayor protagonismo los tres keniatas que había en escena (TergatJosphat Machuka y Paul Koech), con un Haile que esperaba de manera paciente su momento para atacar. El desesperarse es lo peor que puede pasarte en carreras tan largas, por lo que analizó cada momento para saber cuándo meter un cambio más. Paul comenzó a cortarse cada vez más, por lo que Haile supo que eso era lo que estaba esperando: una final de a dos. Ambos dieron lo mejor de sí, corriendo codo a codo por ese lugar en la historia que te da el oro olímpico. El Centennial Olympic Stadium vibraba con aquellos dos titanes provenientes del Cuerno de África. Y no era para menos: ambos iban con un ritmo que les permitiría romper, de sobra, el récord olímpico impuesto por el marroquí Brahim Boutayeb en Seúl 1988.  

Tergat se mantuvo siempre por delante hasta la última vuelta, cuando el campeón mundial realizó su ataque definitivo. Uno, dos, cinco, diez pasos. De repente, la paridad se rompió gracias a un Haile que se había convertido en una locomotora dispuesta a llevarse todo lo que tuviera por delante. Ese golpe fue demasiado para un keniata que supo que solo iba a recoger una medalla de plata. Con un tiempo de 27:07.34 Gebrselassie se quedaba con la dorada y con un nuevo récord. Y la recibía con esa sonrisa tan atrayente. Haile, por fin, había cumplido con el sueño de emular a su ídolo de la infancia. Pero allí no se terminaría la historia 

 

El momento más grande 

Cómo se mencionó anteriormente, Haile se dedicó casi exclusivamente a vencer a todo aquel que se le pusiera enfrente en los 10000 metros, ganando los campeonatos mundiales –tanto en exterior como en interior-, e incluso dejando el récord global en unos sorprendentes 26:22.75, la cual alcanzó el 1 de junio de 1998 en Hengelo, Países Bajos (aquella marca recién la rompería su compatriota Kenenisa Bekele en el 2005 y este año el ugandés Joshua Cheptegei la dejó en 26:11.00). También consiguió varios triunfos en los 1500 y 3000 metros.  

Nuevamente, Haile apuntaba a algo mayor, y era el conseguir el doblete olímpico, algo que solo habían logrado hasta ese momento el checoslovaco Emil Zatopek (1948 y 1952) y el finlandés Lasse Virén (1972 y 1976). En Sydney el sistema sería igual que en Atlanta: dos rondas semifinales, con los 8 mejores de cada una pasando a la gran final, siendo acompañados por los 4 mejores tiempos en conjunto. Igual que sucedió en Estados Unidos, Gebrselassie logró llevarse su manga, aunque en la general terminaría siendo octavo. 

Nuevamente, la gran amenaza para Haile era Paul, que había logrado en 1997 el récord mundial antes de perderlo a manos de su amigo y rival, aunque se seguía demostrando fuerte, siendo el gran campeón en el Cross Country (consiguió cinco medallas de oro consecutivas desde 1995 a 1999, cediendo recién con un bronce en el 2000). Otros competidores a tener en cuenta serían los etíopes Girma Tolla –el ganador de la general en las eliminatorias- y Assefa Mezgebu (una de las promesas de aquel país. 

La carrera fue, sin dudas, espectacular, algo digno de ver en un nuevo siglo y milenio. La paridad fue muchísimo mayor que cuatro años atrás, lo que hizo que hubiera hasta seis corredores con chances claras de ganar cerca del final. A diferencia de Atlanta, esta vez Haile no se quedó relegado viendo a sus demás competidores, sino que decidió ir a por todas, incluso poniéndose por delante a falta de cuatro vueltas. Sin embargo, Paul no se quedó de brazos cruzados, atacando y volviendo al primer puesto. Era un final maravilloso. A falta de tres vueltas ya solo quedaban cinco contrincantes buscando alguna de las tres medallas en juego, aunque en el fondo todo el mundo sabía que aquella competencia se definiría entre los dos colosos. Era la tercera “final” entre un keniata y un etíope. En México 1968 Naftali Temu derrotaría a Wolde, el sucesor de Bikila. Y en 1996 Gebrselassie había hecho lo propio con un Tergat que quería cobrarse su revancha. 

A dos vueltas para el final Paul y Haile seguían sin poder despegarse de MezbeguIvuti y Korir, lo que hacía la cosa todavía más interesante. Las piernas comenzaban a agarrotarse y el oxígeno se hacía cada vez más escaso. Pero nadie quería dar su brazo a torcer. No habría récords mundiales ni olímpicos, pero poco importaba eso. Y es que las marcas, muchas veces, quedan en un segundo plano cuando lo que está en juego son las emociones.  

“Me sentí bien durante toda la carrera y luego, con unos 400 metros restantes, me quedé encerrado. Tuve que usar mucha energía para llegar al frente (con 250 metros restantes). Esto es deporte. Nunca me contuve. Sabía que tenía que darlo todo” manifestaría Tergat sobre aquel cierre de película. Aquellos últimos metros parecieron más una competencia de 100 metros que una de 10 mil. Solo en los últimos momentos los dos colosos pudieron despegarse e ir pisada a pisada hacia la meta. Paul estuvo a nada de ganar, pero al final Haile lo sobrepasó con lo poco que le quedaba de fuerza.

La diferencia final fue mínima. “Fue difícil aceptar perder por solo 0.09. Tal vez si hubiera competido en los 100 m en lugar de los 10,000 m, podría haber sido más fácil de aceptar. Sin embargo, estaba satisfecho. Le deseé a Haile todo lo mejor y le dije que yo me estaría moviendo hacia el maratón. Haile y yo nos hicimos grandes amigos. Todavía lo somos hoy. Después de Sydney y el final de mi carrera en la pista, de hecho, me convertí en una mejor persona y un mejor atleta” resaltaría el keniata en World Athetics 

“Aunque estoy muy orgulloso del hecho de que tengo dos medallas de oro, creo que definitivamente calificaría el oro de Sydney un poco más alto que el otro. ¿Por qué? Probablemente por la dureza del campo, la intensa competencia que tuve con Paul Tergat, mi amigo de Kenia, y, sobre todo, el hecho de que la diferencia entre nosotros al final fue tan pequeña. Aunque he establecido muchos récords mundiales y he ganado muchas competiciones, el oro olímpico de Sydney 2000 es definitivamente mi momento favorito” dijo años después el etíope para Sportskeeda. 

Ambos terminaron pasándose a la maratón (para Haile, su compatriota Bikila era un héroe, por lo que quería intentar algo más en su carrera), viviendo otros momentos inolvidables, con un Tergat que lograría el récord mundial en 2003, aunque fue destronado dos veces por Gebrselassie, que al final marcó unos titánicos 2.03:59. Pero estas batallas serán contadas en otro momento. Lo cierto es que los 90´ fueron el momento en donde los africanos comenzaron a dejar al resto del mundo de lado en los 10000. Incluso el último campeón, Mo Farah, si bien representa a Gran Bretaña, es nacido en Somalía.  

Nadie sabe cuál es el secreto de los innumerables logros de aquella región. Algunos dicen que es la comida. Otros la altura. Se dice también que el que los niños corran descalzos desde niños ayuda a que tengan una mejor pisada y resistencia. Quizás algún día se sepa la verdad acerca de esto. Pero si se le pregunta a Haile, siempre responderá que para él correr es vivir. “Cuando sales y corres y sudas, te das cuenta de que esto te hace sentir mejor. Siempre me sentí igual. Cuando no corro, mi cuerpo no se siente bien, algo dentro de mi simplemente no se siente bien. No sé, tal vez sea porque lo he estado haciendo durante tanto tiempo, que estoy acostumbrado, pero digas lo que digas, hay mucho malestar y nerviosismo si no corro”. Por eso siempre que se lanzaba a una pista o al pavimento lo hacía con una sonrisa de oreja a oreja. Como cuando era niño y no tenía nada material, pero se divertía sintiéndose Yifter en medio del campo. Y ganando, siempre ganando.

 

Fuentes: La Nación de Argentina, ABC de España, OlympicThe Guardian, Sportskeeda, World Athetics 

 

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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