sábado, 19 septiembre, 2020
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Toda historia empieza con un sueño, y ese sueño refiere a la meta de una o varias personas. El sueño de Enrique Fernández era contratar a una estrella internacional para su pequeño equipo y demostrarles a los jugadores mexicanos que las estrellas también podían ser pequeñas de tamaño, pero grandes de mentalidad.

El Atlético Celaya fue el campeón de la Segunda División de México en la temporada 1994-1995, venciendo al Pachuca en la final y ganando de esa manera su ascenso a la Primera. Como sucede con todo equipo recién ascendido, era el principal candidato a volver a la segunda, un equipo chico, sin muchas pretensiones. Pero el dueño del equipo, Enrique Fernández tenía otros planes. Antes de iniciar el torneo, tomó el teléfono y llamó a las oficinas del Real Madrid preguntando por Emilio Butragueño, la estrella de la selección española en el Mundial de 1986 y gran estandarte de “la quinta del Buitre”. En palabras del mismo Emilio, la secretaría del club le avisó que habían hablado de México preguntando por él, a lo que el español, tan educado y correcto como siempre ha sido, le dio a Enrique su número personal.

Enrique era un soñador, pero sobre todo un excelente vendedor, por lo que le empezó a vender a Emilio una idea, la del equipo recién ascendido. El dueño llamaba prácticamente a diario a la casa del jugador para seguir haciendo la labor de convencimiento. Mientras tanto en México, el Celaya tenía que armarse para la temporada; siendo el recién ascendido, no muchos jugadores escuchaban con emoción la oferta ¿y cómo los convenció Enrique?, diciéndoles que Butragueño jugaría en el equipo, aun cuando todavía no era cierto. De esta manera, logró seducir a jugadores como Richard Zambrano, Hugo Pineda, Carlos Hernández y José Damasceno “Tiba. El equipo empezaba a tomar forma.

Después de semanas de negociación, la estrella de Madrid estaba en un avión con rumbo a la ciudad de Celaya, y aunque no estaba todavía muy convencido, ya había aceptado. La idea de Emilio era que si el equipo más o menos marchaba correctamente, todo estaría bien. Esa temporada fue la bomba, Butragueño llegaba al equipo recién ascendido en México.

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El profesionalismo del español estuvo presente en todo momento desde su llegada al país. Sin poner peros, sin quejas, se dedicó a trabajar y, al iniciar el torneo, en cuatro jornadas ya tenía a toda la ciudad a sus pies. El equipo estuvo invicto en las primeras cinco fechas, y su primera derrota llegó recién en la jornada 6 ante Santos. Al final de la primera vuelta los “Toros” se encontraban entre los primeros ocho lugares del campeonato.

El Celaya pasó toda la segunda vuelta plantándole cara a los grandes y apabullando a los chicos, perdiendo solamente cuatro juegos en la segunda mitad del campeonato, finalizando en cuarto lugar con 52 puntos, 34 victorias, 14 empates y solo 10 derrotas, todo de la mano del capitán español. En cuartos de final, el Monterrey sería el primer rival en la liguilla. Con un empate como visitante 2-2, y luego un 0-0, el Celaya avanzó a la semifinal por el criterio de goles de visitante. Después, destrozó al Veracruz con un global de 6-1 para colocarse en la final del torneo, en su primera temporada en Primera. Era increíble.

Celaya era el centro de atención no solo en México, también en España, puesto que Emilio había llevado a un equipo recién ascendido a la final. El rival en la última instancia, el Necaxa, era el mejor equipo de los 90’ en tierras aztecas.

La final de ida fue el 1 de mayo de 1996, en estadio Miguel Alemán Valdés, casa de los Toros. 31 mil espectadores abarrotaron el estadio para ver un cerrado empate a un gol. La vuelta sería en el Estadio Azteca. Tres días después, el 4 de mayo, 60 mil aficionados del Celaya invadieron la casa del Necaxa. En un Azteca absolutamente lleno, 100 mil espectadores presenciarían la final, pero más de la mitad eran del equipo visitante. Cientos de autobuses salieron de la pequeña ciudad del Bajío con rumbo a la Ciudad de México, algo que no se ha vuelto a ver en el fútbol mexicano y difícilmente se verá.

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En un partido muy trabado, Toros y Rayos no se hacían daño, y faltando pocos minutos para el final, el gran Emilio demostró ser también mortal, de la manera más cruel. Un centro por derecha llegó a la cabeza de la figura que, completamente solo en la línea del área chica, increíblemente remató a un lado de la portería de Nicolás Navarro. Esa falla le costó el campeonato al pequeño equipo, ya que el partido terminó sin goles y Necaxa se coronó por la ahora maldita regla de los goles de visitante. Después de esto, la Federación Mexicana de Fútbol decidió eliminar esa regla en las finales.

El Atlético Celaya no consiguió un campeonato que merecía y Butragueño lo sabía, tanto así que estaba visiblemente más triste que sus compañeros, porque entendía que iba a pasar mucho tiempo para que ese equipo volviera a aspirar a algo así. Sin embargo, Enrique y todo el club comprendían que habían hecho algo histórico. Emilio originalmente firmó para un año, pero se quedó tres, aunque los otros dos no fueron para nada iguales al primero. Incluso cuando gracias a él llegaron verdaderos monstruos como Míchel y Hugo Sánchez el equipo no volvió a funcionar igual.

Al español, así como el toro enamorado de la luna, le tomó una semana ganarse a sus compañeros, un mes ganarse a una ciudad, y seis meses ganarse a todo un país. Por eso la temporada ‘95-‘96 del fútbol mexicano siempre será recordada como la temporada de Emilio en el equipo de Enrique.

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