jueves, 23 septiembre, 2021
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Existen deportistas que dejan su huella marcada a fuego cuando pasan, una que queda grabada para toda la eternidad. Estos fenomenales atletas, tocados con la vara de los dioses, consiguen proezas asombrosas: llenan sus gargantas de goles, ganan trofeos como si nada, se quedan clavados en lo más alto de los podios o rompen todos los récords habidos y por haber. Santiago Segurola los denominaría como “héroes de nuestro tiempo” y, sin dudas, el ucraniano Serguéi Bubka entra dentro de esta categoría.

Nacido en el seno de una familia de clase trabajadora un 4 de diciembre de 1963 en Voroshilovgrad (actual Lugansk, territorio que actualmente es un estado no reconocido), tuvo que lidiar con un padre (Nazar) que era parte del Ejército Rojo y que les impuso tanto a él como a su hermano Vasily una disciplina militar, algo que, pese a la dureza, terminaría dando sus frutos más adelante. El pequeño Serguéi descubrió el salto con garrocha a la edad de nueve años, cuando un amigo lo invitó a unirse a un club. Prontamente, y como suele pasar con los seres que parecen surgidos de otro planeta, mostraría un incipiente talento, tanto es así que pasaría a estar, a los once años, bajo la tutela de Vitaly Petrov, coach que también llevaría entrenó a Yelena Isinbayeva y al italiano Giuseppe Gibilisco. Su primera marca conocida fue de 2,70 m, misma que iría dejando atrás con meteórica facilidad.

Nazar intentó que su hijo dejase el deporte, pero la mentalidad del joven Bubka era sumamente fuerte, por lo que no lo pudo alejar de las alturas. Cuando sus padres se divorciaron se fue a vivir con su entrenador a Donetsk -tenía tan solo 15 años- para comenzar con una preparación más fuerte, a la vez que se mantenía firme en los estudios. Si bien en 1981 quedaría séptimo en el Campeonato Europeo Junior, no pasó mucho tiempo hasta que diera el salto entre los mayores. De hecho, dos años después ganó su primer medalla dorada en un Mundial de Mayores, en Helsinki, gracias a una marca de 5,70m, dejando varios centímetros atrás al subcampeón olímpico -y compatriota- Konstantin Volkov, al polaco Tadeusz Slusarski (campeón en Montreal 76 y también plata en Moscú 80) y al actual rey de los Juegos, el también polaco Władysław Kozakiewicz.

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De la nada aparecía un retador muy fuerte de cara a la cita máxima del deporte. Pero nadie contaba con que Bubka, pese a estar bendecido por los dioses, también tendría que lidiar con sus propios demonios en esta competición.

 

 

La maldición olímpica

El soviético -y posteriormente ucraniano- lo ganaría todo, pero sin dudas su gran cuenta pendiente fueron los Juegos Olímpicos, donde le pasó de todo. Para empezar, al evento de 1984 en Los Ángeles no se pudo presentar debido al boicot propuesto por la Unión Soviética, en parte como represalia por lo ocurrido cuatro años antes, cuando gran parte del bloque liderado por Estados Unidos decidió no participar del torneo realizado en Moscú.

Distinta fue la situación de Seúl 1988. Allí, Bubka llegaba con 18 récords mundiales en su espalda (el último era de 6,06m al aire libre, conseguido un 10 de julio de ese mismo año en Niza). En los últimos Juegos en los que vistió la casaca roja luchó mano a mano ante sus compatriotas Radion Gataullin y Grigoriy Yegorov. Un ucraniano, un uzbeko y un kazajo dejaron un podio comunista para la historia, despidiéndose con broche de oro. Al pupilo de Petrov le bastó con llegar a los 5,90m -récord olímpico-, aunque luego intentaría arribar hasta los 6,10m, sin éxito. Para que nos demos una idea de lo que significa esta altura, es como si el soviético hubiera saltado con éxito a un elefante macho africano.

Bubka siguió ganándolo todo durante aquellos años. Nadie podía contra el titán del este, que seguía batiendo su propio récord centímetro a centímetro, asegurándose con esto cuantiosas primas ofrecidas tanto por patrocinadores como por los organizadores de los eventos. De esta forma llegaría a Barcelona 92, nuevamente, como el gran favorito. Era como si todos los demás luchasen de antemano por la medalla de plata, tal como sucedería en baloncesto con la llegada del Dream Team. Pero la “maldición” volvió a tocar de cerca al ucraniano

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Juan Manuel Surruca, en su blog El Marcador, lo explica de la siguiente forma: “Nada hacia prever que se torcerían los pronósticos pero aquel 7 de agosto de 1992 el destino le había preparado un amargo trago. Mientras la mayoría de los participantes comenzaron el concurso, Bubka fue pasando alturas y no entro en competición hasta los 5.70m, realizando dos inesperados nulos. Ante la situación de la prueba, Serguéi opto por pasar altura y jugárselo todo a cara o cruz en un salto sobre 5.75m, pero ante la sorpresa general también derribó el listón”.

Increíble pero real, el hombre que había ganado la fase de clasificación no pudo con un salto casi 40 centímetros más bajo que las marcas que había obtenido poco tiempo atrás (6.11m en junio en Dijón al aire libre y 6.13m en marzo en Berlín al aire libre). Sí, increíble pero real. Unos días después, en Padua -el 30 de agosto para ser más exactos- conseguiría los 6.12m a la vista de las nubes, sumándole el 19 de septiembre en Tokio un centímetro extra.

Y, para más inri, en Atlanta 1996 descubrió el culmen de la desgracia. Bubka llegó a la cita, otra vez, con los dos récords a cuestas -el olímpico y el global-, yéndose hasta los 6.15m tres años atrás en la que fue su casa, Donetsk. Pero aquel hombre que hacía rato había dejado la cara de niño ni siquiera pudo competir por lesionarse el tendón de Aquiles. Lo que los dioses dan también lo pueden quitar.

“Ese fue un día triste en mi carrera. Quería ganar en Atlanta porque solo tengo una medalla de oro olímpica y quería una más” le manifestaría, apesadumbrado, al London Observer. En otro momento también llegó a comentar que aquel desgraciado momento era una prueba más de que los Juegos Olímpicos no habían sido hechos para él.

Bubka luchó contra un cuerpo que ya comenzaba a darle signos de cansancio tras tantos años de vuelos estratosféricos, terminando por decir adiós en el 2001. La suya fue, pese a los dolores olímpicos, una carrera digna de pocos elegidos: logró 35 récords mundiales, los cuales tardaron muchísimos años en ser superados (en el 2014 el francés Renaud Lavillenie saltó 6.16m en indoor, mientras que en este 2020 el sueco Armand Duplantis logró unos 6.15m outdoor), 13 mundiales -6 consecutivos al aire libre-, varios premios individuales…y un oro olímpico. Parece poco esto último, pero hay elegidos que ni siquiera han podido llevarse una de cualquier otro color. 

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Fuentes:

  • Encyclopedia
  • Atletismo Granada Joven
  • Bleacher Reporter
  • Britannica
  • El Marcador de Juan Manuel Surruca

 

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Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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