domingo, 17 octubre, 2021
Banner Top

Corrían mediados de los años treinta y en Alemania se empezaba a respirar un aire espeso. El Partido Nacional Socialista llegaba al poder y el clima se tornaba difícil, tenso, también en los países limítrofes que comenzaban a temer por los rumores que llegaban sobre sus vecinos.

Ocurre que en ese país había lugares, sumados a otras locaciones de Austria e Italia, que eran de las más solicitadas por los entusiastas practicantes de los deportes de invierno y el régimen, autoritario primero hacia adentro y con una estrategia expansionista posteriormente, ahuyentó a gran parte del público. Fue entonces cuando el Comandante escocés Peter Lindsay, gran amante de los deportes de invierno, se propuso buscar un nuevo establecimiento que funcionara como una estación turística y que estuviera más alejada de aquellos países. 

Después de buscar y averiguar por todos los medios, Lindsay se encontró con una localidad al suroeste de Francia anclada en el valle intra alpino de La Tarentaise. El lugar era Méribel, e inmediatamente se transformó en una estación de renombre, llegando a albergar hoy en día hasta 30.000 turistas de numerosos puntos del continente en temporada de invierno, en contraste con los escasos 2.000 habitantes permanentes que residen allí.

Más de medio siglo después, Méribel se transformó también en sede Olímpica, cuando acogió los deportes del hockey sobre hielo y el ski alpino pertenecientes a los XVI Juegos Olímpicos de Invierno de Albertville 1992, ciudad situada a unos 45 kilómetros de la popular estación.

Y si Méribel se transformó en lo que es actualmente producto de una corriente política que estaba destinada a cambiar el rumbo del mundo como se lo conocía hasta entonces, cuando los Juegos Olímpicos arribaron al lugar en 1992 lo hicieron en un momento en el que el globo transitaba otra alteración de gran importancia que iba a modificar el orden global al que precisamente la Segunda Guerra Mundial había dado paso.

Hablamos de la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Mijaíl Gorbachov había llegado al poder como Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1985 con la complicada tarea de revivir la economía soviética, debilitada ante un contexto internacional nuevo y cambiante como era el de finales del Siglo XX al que la Unión debía responder con modificaciones profundas no sólo en cuanto a su proceder como nación, sino también culturales. Una mayor apertura y permeabilidad al mundo se avecinaba posible y necesaria, y para ello era necesario transformar al país.

Pero Gorbachov no solo se enfrentó ante una modificación económica y cultural que supusieron, a grandes rasgos, la Perestroika y la Glásnost. El máximo mandatario tuvo que lidiar con un grupo muy numeroso y poderoso de oficiales del Estado conservadores que no querían ver estos cambios. 

Mientras el líder soviético luchaba en el Kremlin por mantener a la Unión Soviética a la vez que intentaba modificarla dotando de más soberanía a los diferentes Estados constituyentes, para 1988 las Repúblicas Bálticas de Estonia, Lituania y Letonia daban un golpe al régimen en búsqueda de independencia con fuertes expresiones nacionalistas de por medio, un hecho que debilitó política y simbólicamente a la Unión, y que terminaría ejerciendo un efecto dominó en el resto de los Estados que formaban aquella inmensa nación.

La independencia temprana de esas tres Repúblicas desembocó en una época conocida como el Paraje de las Soberanías, que tuvo lugar entre finales de los 80´ y principios de los 90´ y durante el cual varios de los Estados formadores de la Unión Soviética declararon soberanía sobre sus territorios. Hacia 1990, la URSS había perdido seis Repúblicas (Armenia, Estonia, Georgia, Moldavia, Letonia y Lituania) y en la segunda parte de 1991, diez Repúblicas habían cortado lazos con Moscú entre los meses de agosto y diciembre. 

Sumado al fallido pero desestabilizador intento de Golpe de agosto de ese año promovido por la cúpula conservadora del gobierno, esos hechos fueron los que terminaron por escribir el certificado de defunción de una de las mayores potencias de la historia y dieron paso a la Comunidad de Estados Independientes (CEI), a la que el resto de los nuevos países se sumarían prontamente el 21 de diciembre -con la excepción de Georgia- tras las firmas del Protocolo Almá Atá. Finalmente, el 26 de diciembre de 1991 el Consejo de las Repúblicas ejerció su última sesión como cámara superior, votando en un día histórico la disolución de la Unión Soviética.

Aquel mismo tratado que dio nacimiento a la CEI terminó también con la Guerra Fría y el orden social, político y económico del planeta. En ese contexto, un grupo de jugadores de hockey sobre hielo se disponían a competir en el mayor escenario deportivo sin una bandera que defender, sin una patria natal a la cual volver una vez terminada la competencia y con una turbulenta preparación previa al torneo.

El del hockey sobre hielo era un escenario que durante años había sido dominado por el país que acababa de desaparecer. Entre 1954 y 1991 y en medio de la siempre presente discusión en torno al dopaje y a la dudosa condición amateur de sus deportistas, la Unión Soviética ganó prácticamente todos los torneos internacionales en los que participó, y lo consiguió creando en el camino un estilo propio y novedoso de ataque fluido y de una belleza estética sin parangones, en total contraste con lo estricto de sus políticas deportivas y el comportamiento casi militar que regía dentro del propio equipo. De los últimos 7 torneos Olímpicos, 6 fueron ganados por la URSS, incluídas las dos últimas ediciones.

A los mandos de ese equipo del 92´ estaba el imperturbable e intimidante Viktor Tikhonov, ganador de once títulos como mandamás de la Máquina Roja, que llegaba a Albertville con dos oros olímpicos para disputar un torneo que estaba próximo a arrancar el 8 de febrero. Era muy pronto, solo un mes y unos días después de la desaparición formal del país al que hasta el año anterior todos pensaron que iban a representar. 

Al final, un grupo de funcionarios del Comité Olímpico decidió en una oficina en Lausanne, Suiza, que los atletas seleccionados para participar iban a prepararse bajo la organización del Comité Olímpico de la URSS, existente hasta marzo de ese año, pero lo harían bajo el himno y la bandera Olímpica, sin representación alguna de su país natal.

Fue así que se creó la denominación de Equipo Unificado que en los Juegos de Invierno acogió los destinos de atletas de 6 de las 15 nacionalidades ex soviéticas, por las 12 que compitieron luego en los Juegos de Verano de Barcelona. Atletas de Rusia, Ucrania, Kazajistán, Bielorrusia, Uzbekistán y Armenia se enfundaron los uniformes de la delegación unificada que, aún mermada y habiendo competido bajo una enorme nube de incertidumbre no solo deportiva, sino también política y personal, finalizó segunda en el medallero de Albertville.

Para el torneo que nos concierne, los jugadores de la NHL (la mejor liga del mundo) volvían a ser elegibles tras varios años de ausencia impuesta por las franquicias dueñas de los derechos deportivos de sus jugadores, pero aquello no resultó en un gran aporte cualitativo debido a la continuación de la liga durante los Juegos

El mundo entero comenzaba una transición, y también lo hacía, como no, su equipo de hockey, que fue creado bajo el mismo concepto que el que se utilizó para presentar al equipo de la CEI en la Eurocopa de fútbol de ese mismo año en Suecia.

La conformación del plantel fue difícil teniendo en cuenta las condiciones previas al evento, y no estuvieron exentas de conflictos internos producto de la incertidumbre que se vivía socialmente e institucionalmente. ¨Durante la temporada, revisamos a los jugadores de y elegimos cual de los que se quedaron (en la URSS) podría ayudar en la disputa por las medallas en los. La situación era repugnante. En diciembre, la URSS colapsó y los líderes de la Federación Rusa de Hockey sobre Hielo, que se consideraban los sucesores legales de la Federación Soviética, se metieron impúdicamente en nuestros asuntos. Todo era simple aquí: estaban ansiosos por el poder.¨ recordó Robert Cherenkov, miembro del Cuerpo Técnico del Equipo Unificado y de la Unión Soviética durante varios años.

La juventud abundaba el equipo, pero no por decisión, sino por necesidad. En 1989, producto de la agonía económica que vivía el país, la Federación de Hockey Sobre Hielo liberó a sus jugadores, a quienes hasta entonces mantenían en su país con buenos sueldos, para poder emigrar occidente. Aquello resultó en un total de 34 jugadores que dejaron la URSS con destino a la NHL y a otras ligas de Europa. Tres años después, para la temporada 91/92, otros 23 habían dejado la madre patria, impactando en la calidad de la liga local y en la jerarquía de los jugadores disponibles para los intereses del equipo nacional, ya que aquellos que cruzaban el charco se convertían en inelegibles. Algunos, incluso, ni siquiera querían volver. 

De ahí que el equipo se presentó en tierras francesas con dos jugadores experimentados en Andrei Khomutov y Vyacheslav ¨Slava¨ Bykov, ambos profesionales en Suiza en ese momento, y una enorme cantidad de jóvenes que los entrenadores encontraron en sus propios equipos juveniles nacionales, cuyo grueso provenía de los tres clubes más importantes del país, el CSKA, el Dynamo y el Spartak, todos de Moscú. Cuestiones referentes al status del equipo, el financiamiento, la preparación y el scouting afloraron durante esos meses previos pero, bajo la guía de Tikhonov, no había un alma que no estuviera lista para buscar la gloria.

Beneficiados con un sorteo que les vio enfrentar a dos de los rivales más flojos en Suiza y Noruega, los presagios del entrenador canadiense Dave King -que había deslizado que los jugadores nacidos en la URSS se encontrarían con problemas debido a la delicada situación de vuelta en sus casas- quedaron en la nada muy temprano, cuando los unificados le endosaron a Canadá su única derrota de la fase preliminar por 5 goles a 4.

Sin embargo, pese a los optimistas primeros resultados, la situación más al este no invitaba a una gran celebración. Cuando el final de la URSS llegó, para entonces la gente estaba más preocupada por su situación económica, había muchas familias por debajo de la línea de la pobreza y la desesperación por obtener productos de consumo básico que se encontraban en escasez predominaba en la conciencia de la población. Pero incluso en la más desgarradora incertidumbre, aquel torneo se convirtió, quizás, en el último momento unificador, tal como lo expresó el atacante Vitali Prokhorov: ¨Todo el mundo estaba mal, preocupado. Esta fue quizás la última alegría en un momento muy difícil¨.

Otro problema que tuvimos que enfrentar fue la falta de motivación política”, explicó Prokhorov, que en el verano posterior a la cita Olímpica se fue a Estados Unidos a probar suerte en las filas de los Blues de St. Louis. – ¨En el uniforme no teníamos nada escrito, solo los nombres al dorso. Y en el frente – vacío. La bandera era olímpica y el himno, un fragmento de la ópera de Beethoven. Cuando sonó antes de los partidos, “apagué el sonido” y canté en mi cabeza “La unión inquebrantable …” ¡Y lo escuchaba!

Tras haber empatado a 8 puntos con canadienses y checoslovacos en su lucha por el Grupo B, el Equipo Unificado arrolló a FInlandia para arribar a la lucha por las medallas. Allí les esperaba el ganador del otro grupo, los Estados Unidos, el único invicto hasta el momento. 

Ese equipo estadounidense había llegado con unos papeles que casi los condenaban a ser de los peores conjuntos. Pero aún cargado con jóvenes universitarios, algunos jornaleros de las ligas menores y sólo tres miembros de franquicias NHL, sorprendieron a muchos al plantarse de tal manera en las semifinales, habiendo crecido en volumen de juego y confianza a medida que fue pasando el campeonato y cimentados en el guardavallas Ray LeBlanc, que estaba disputando el torneo de su vida.

El partido fue duro, igualado, tanto que llegados al tercer período con empate a 2 y 10 minutos restantes todo podía pasar. Pero allí, en el momento definitivo, donde el disco quema y la tensión se corta con un cuchillo, apareció la experiencia de los miembros más importantes del equipo rojo. Los americanos no pudieron con la frustración y otorgaron a sus rivales tres penalidades rápidas y consecutivas que les dejaron en desventaja numérica por demasiado tiempo. 

¿El resultado? Un parcial de 3-0 fulminante al tercer período en solo siete minutos y con el público francés en contra que determinó que el representante sin patria lucharía por el máximo honor solo dos días después. Así, los Unificados se encargaron de romper las nóveles esperanzas de los norteamericanos, que se quedaron cortos de repetir el resultado de la hazaña del Milagro en el Hielo de 1980 en Salt Lake City, cuando un equipo también formado por estudiantes universitarios venció a la mejor versión posible de la URSS. 

¨Nos superaron. Como siempre hizo Rusia, tienden a controlar más el disco, toneladas de posesión del disco. No puedes cometer faltas contra un equipo como Rusia, o te van a meter el disco en la red. Le das a un equipo como ese muchas oportunidades y van a sacar provecho. Y lo hicieron.¨ David Emma, capitán de los EEUU

Basados, como todos los grandes equipos de la URSS del pasado, en un gran plan táctico seguido a rajatabla, los jugadores encontraron su arma más peligrosa en una enorme camaradería formada en la adversidad del contexto que les rodeaba. Y tendrían finalmente su prueba definitiva ante los canadienses, sedientos de oro desde 1952, cuando los Edmonton Mercurys lo ganaron en Oslo. 

En la final, Canadá propuso un partido defensivo y de contención que buscaba exponer ciertos problemas que los ex soviéticos se encontraban a la hora de crear situaciones de peligro desde la línea azul (el sector defensivo) del rival. 

El cero en el marcador se mantuvo hasta el final del primero de tres períodos, con los canadienses viéndose sobrepasados por momentos e incurriendo en penalizaciones consecutivas que mermaron físicamente a los de pantalón azul y camiseta blanca. Sólo los reflejos del hasta ahora perfectísimo Sean Burke, que aquel día se había levantado con el pie derecho, mantenía a los del norte en partido.

La respuesta canadiense fue aquel viejo refrán que se puede aplicar a muchos de los deportes de equipo, ¨que pase el jugador o el disco, pero no los dos¨. Hasta el mismo referí tuvo que recuperarse de una embestida no intencionada producto del vuelo y el roce del encuentro. Pero ni el poste que casi reventó Wally Schreiber les dio el respiro que tan agónicamente buscaban. 

A pesar de todo, el tercer período comenzaba igual que el partido. En cero. Y Canadá estaba en todo su derecho de pensar que lo peor quizás ya había pasado. 

Pero aún sufriendo de esos inconvenientes que los canadienses forzaban en su rival con todo el ímpetu, el Equipo Unificado logró desactivar el planteo de su rival con su velocidad y su clásico y fluído juego de transición, cuya gran virtud se manifestaba en la enorme capacidad de hacer importantes a los jugadores que llegaban desde atrás a la zona ofensiva. Habían cambiado los nombres, la famosa alineación formada por Fetisov, Kasatonov, Larionov, Krutov y Makarov ya estaba en la NHL y el nuevo personal era joven, pero la esencia del hockey soviético consiguió extenderse hasta el Palacio de Hielo de Méribel, aún cuando el país se caía a pedazos.

El primer gol de los ex soviéticos llegó cuando un latigazo de Evgeni Davydov al comienzo de la zona canadiense tomó una trayectoria extraña al rebotar en la pared tras la portería y le cayó a Vyacheslav Butsaev, que la mandó a la esquina de un Burke que no tuvo tiempo de reaccionar. 41 minutos de excelencia se esfumaron en un abrir y cerrar de ojos para el portero que enfiló para la banca tras el gol. Aquella fue la única participación de Butsaev en un Juego Olímpico, representando luego a Rusia en cinco Copas del Mundo. Era su primer y único gol del campeonato.

A tres minutos del final, el destino le dio una palmada en la espalda a los canadienses. Con el centro Alexei Zhamnov detrás del acrílico, penalizado, una salvaje incursión de Lindros -el mejor de Canadá, que había participado en Francia debido a un conflicto con los Quebec Nordiques de la NHL- hacia la portería rival le otorgó a su equipo la posibilidad de atacar 5 contra 3 por 25 segundos. Era ahora o nunca. A matar por el oro o sucumbir y llevarse la plata. Pero esa efímera superioridad se esfumó incluso antes de que pudieran siquiera rematar. 

Una buena defensa unificada del faceoff y una posterior falta, sumada a la inminente vuelta de Zhamnov, cancelaron cualquier ventaja y empezó a destruir cualquier vestigio de empate. Instantes después, un error conceptual de Vitali Prokhorov en la marca lo mandó a la banda y le regaló a Canadá todavía otra oportunidad de redimirse y empatar el partido con un jugador más. El entrenador Dave King optó por pedir tiempo muerto y elaborar el mejor intento que le iba a quedar para cambiar la historia. Pero no iba a ser. Incluso una penalización al guardavallas del Equipo Unificado por retraso de juego y que puso a Canadá en doble superioridad otra vez no fue suficiente.

Exhaustos, los dirigidos por King no tenían más para dar, y Boldin se encargó de rematar la historia con un gol a cuatro minutos del final para hundir a su rival. La respuesta canadiense llegó tarde. El gol de Lindberg a los 57 minutos de juego fue la primera gran muestra de lo que los canucks podían llegar a realizar, pero de poco sirvió con un equipo exhausto y desesperado que concedió la tercera y definitiva daga de ¨Slava¨ Bykov con algo más de un minuto restante.

Reconocido como uno de los mejores jugadores del mundo en los 80´, ¨Slava¨ decidió no participar nunca en la NHL pese a haber sido drafteado unos años antes. En Méribel, el ídolo del CSKA de Moscú aportó 11 puntos a la causa grupal marcando 4 goles y asistiendo en otros 7. 

Tikhonov, el gran comandante del hockey, llegó así a su tercer oro olímpico como entrenador, un récord hasta la fecha. Fue levantado en brazos por sus jugadores del ¨jardín de infantes¨ como les había bautizado la prensa en la previa al evento. Muchos fueron a Francia tras haber sido convencidos por el entrenador de que permanecieran en sus países hasta la cita Olímpica para luego emigrar hacia mejores oportunidades deportivas y salariales.

La imagen de ese Tikhonov volando por encima de sus pupilos era muy diferente a la de aquel tirano de los 80´. Y si bien se tomó su tiempo para lamentar el éxodo masivo de talento y la ruptura del país al que condujo durante gran parte de su vida, todavía tendría tiempo de agrandar su leyenda a los mandos del equipo del Ejército Rojo, su casa del CSKA. “Desde los cambios en mi país, parece que un ladrón siempre está sacando las cosas más bonitas de nuestra casa. El hockey sobre hielo sigue siendo una mina de oro en Rusia. Pero ahora está abierto al cielo. ” dijo. Posteriormente, hacia el final de su carrera sería condecorado con la Orden al Mérito por la Patria, una de once distinciones que el El Gran Dictador recibió por sus aportes al deporte y al Estado. 

Vyacheslav Bykov, al igual que Prokhorov, fue otro de los que ¨encendió¨ el himno soviético durante la ceremonia de premiación: “Cuando se izó la bandera olímpica, estaba cantando el himno soviético en mi cabeza. Para mí, nada había cambiado realmente¨. Bykov y Andrei Khomutov se retiraron del hockey internacional después del oro en Albertville y no estuvieron en el Campeonato Mundial que se disputó dos meses después, donde la CEI dio paso a una Rusia que en su primera aparición internacional fue eliminada por Suecia en los cuartos de final.

Joe Juneau, el delantero de Canadá, supo reconocer los esfuerzos y el talento de ese mermado pero orgulloso Equipo Unificado: “Debemos admitir que los rusos fueron sin dudas los más fuertes. Los que dijeron que el Equipo Unificado estaba debilitado se equivocaron. Este equipo logró mantener un nivel de juego excepcional. La clave es saber si podrá perdurar con la liberación del régimen y la salida de sus mejores jugadores a la NHL“.

La pregunta de Juneau, 28 años después, tiene una respuesta quizás sorprendente teniendo en cuenta lo que ocurrió durante todos esos años previos a la disolución de la URSS. Y la respuesta es no. 20 de los 23 jugadores de ese equipo Unificado participaron en la NHL eventualmente, y aquel fue el último oro olímpico para la CEI, que no volvió a competir como tal y también para Rusia, el heredero natural de la URSS. Desde entonces, nunca han vuelto a recuperar el nivel ni el estatus de antaño. El único gran momento a destacar fue en el 2018, cuando los atletas rusos ganaron también bajo la bandera olímpica debido a las sanciones impuestas al Comité Olímpico Ruso tras el escándalo de dopaje de Estado previo a y durante los Juegos de Invierno de Sochi 2014. 

Ese oro de Albertville 92´ finalmente fue otorgado a Rusia como descendiente principal de la URSS, al igual que ocurrió con su lugar en la ONU y otros organismos internacionales. Pero esos Juegos de Albertville fueron, quizás junto con los de Barcelona, el último soplo de vida soviética. Mucho ha cambiado en el mundo y en el deporte tras la finalización de aquel colapso, o tal vez no, quién sabe. Pero lo que es seguro es que ese conjunto quedará en la historia como el campeón sin patria, que luchó y compitió bajo una bandera que no era la suya, aún cuando bien adentro de sus corazones todavía cargaban con la prestigiosa historia del hockey sobre hielo soviético.

  • ¡Hola! Esperamos que hayas disfrutado del artículo. Antes de que te vayas queremos recordarte que estamos preparando cosas grandes, pero necesitamos la ayuda de nuestros lectores para hacerlas realidad. Por eso, si te gusta lo que hacemos en The Line Breaker, abrimos un canal para que consideres invitarnos a un café y así ayudarnos a mantenernos en pie.
(Visited 54 times, 6 visits today)
También puedes leer:   90 de los 90: el hombre que miraba a todos desde arriba
Tags: , , , , , , ,
Periodista. De Córdoba, Argentina. Hincha del fútbol modesto y del básquetbol en todas sus formas. Convencido de que el deporte es cultura.

Related Article

0 Comments

Leave a Comment

The BreakerLetter

Archivos

Nuestras Redes

INSTAGRAM

Mis Marcadores