lunes, 26 octubre, 2020
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Tal vez la elección de Estados Unidos para albergar el Mundial de 1994 fue la más controversial hasta ese momento. El fútbol no existía en Norteamérica, se le llamaba soccer y entre la lista de eventos deportivos más populares no estaba ni siquiera entre los primeros cuatro. Sin embargo, su adjudicación fue la mejor decisión en temas netamente económicos, con un auge bastante consolidado del capitalismo, el consumismo descarado y un cartel inmenso e infalible de publicidad; los yankees eran felices, vivían de fiesta y este deporte novedoso era el espectáculo perfecto para aquella época veraniega.

Fue un Mundial exótico por donde se lo mire. Las marcas patrocinadoras como Nike o Adidas se empeñaron en hacer las indumentarias lo más raras y notorias posibles, recordando que la empresa alemana de Adi Dassler innovó en sus productos, con mangas anchas, sus tres líneas bien pronunciadas y diseños que incluso hoy son añorados por todos los futboleros de la vieja escuela. También estaban de moda los jeans aparatosos, Mickey Mouse, Michael Jackson y la jovencita y atractiva Jennifer López, que cantó en la inauguración de la copa en el Soldier Field de Chicago.

Entre el 17 de junio y el 17 del mes siguiente, por lo menos 3,6 millones de personas asistieron a los 52 partidos disputados, con un promedio de 69.000 espectadores por encuentro. Era tan extraño ver un partido de fútbol en el país del Tío Sam que los nueve estadios empleados eran de fútbol americano, los cuales habían sido adaptados para el balompié durante esas fechas.

Sorpresa primera; Bulgaria llega a USA 94

El equipo búlgaro no volvió a clasificar desde Francia 98. Foto: Archivo

El equipo búlgaro que dirigía Dimitar Penev no había estado en Italia 1990. Sí lo hizo en México 1986, incluso con su mejor participación hasta el momento, siendo eliminado por el anfitrión en octavos de final. Sus cuatro presencias mundialistas anteriores en 1962, 66, 70 y 74 habían sido un fiasco con F mayúscula, pero a Estados Unidos llegaban con aire, aun en un entorno de anonimato. Tenían una plantilla que se esparcía por todo el fútbol europeo, nombres impronunciables que se posicionaban en las mejores ligas, pero eran de segundo orden frente a los verdaderamente animadores del torneo. Hristo Stoichkov era la cara visible y el chico de moda. Tal vez sus seguidores tenían la capacidad de deletrear su apellido por lo menos en el décimo intento, diferente a los demás mortales del equipo que también figuraban en sus respectivos clubes.

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La clasificación de Bulgaria fue agónica. Llegó a la última fecha de las eliminatorias europeas con la obligación de ganarle a Francia en el Parque de los Príncipes, venciendo de por medio a un seleccionado de figuras como Didier Deschcamps, Eric Cantona y Jean-Pierre Papin. Por su parte, los francófonos podían conseguir un cupo a Estados Unidos con un empate y dejar atrás su no clasificación a la cita orbital de 1990. La primera sorpresa se consumó. Con un gol de Emil Kostadinov en el minuto 89’ tras una jugada explosiva de Stoichkov, Los Leones dijeron ¨we did it¨. Así fueron segundos del grupo 6, acompañando a Suecia al Campeonato Mundial. Francia se quedó fuera junto con Austria, Finlandia e Israel.

Sorpresa segunda; Bulgaria se mete en el grupo selecto

Los búlgaros conformaron el grupo D junto a Argentina, Grecia y Nigeria. Lo más atractivo era el regreso de Diego Maradona al equipo nacional luego de su primer doping en 1991 y una tensa relación con el entrenador Alfio Basile; en el segundo partido ante los africanos, el 10 volvería a ser apartado y sancionado por el mismo problema de sustancias no permitidas.

A diferencia de argentinos y balcánicos, Nigeria y Grecia debutaban en un Mundial con mucha expectativa de por medio, sobre todo por una extraña camiseta a cuadros que portaba el conjunto de Las Águilas y un estilo folclórico en demasía. Grecia iba a Troya, pero su regreso no fue ni mucho menos demorado.

Bulgaria cayó duramente derrotada ante los africanos en el partido de inicio. Con un 3-0 en el Cotton Bowl, la sorpresa parecía venir del continente negro. El orden defensivo de los dirigidos por Penev fue destruido fácilmente y esa victoria del debutante nigeriano mostraba lo que iba a ser una copa de excesos y de partidos para alquilar balcón.

Ese golpe del primer partido fue el detonante para la revelación búlgara el resto del torneo. En su segunda aparición, contra Grecia, un imponente 4-0 ponía las cosas en su rumbo. Hristo Stoichkov marcó un doblete desde el punto penal y se comenzó a perfilar como la figura de la competición. Esa temporada fue el máximo artillero de Europa, llegó a la final de la Copa de Campeones con el FC Barcelona, fue el posterior ganador del Balón de Oro y su procedencia aparentemente lo hacía transitar un nivel más alto en espectacularidad.

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Ya en el tercer partido, Bulgaria venció al reciente subcampeón del mundo. Golpeados por la salida de Maradona, el equipo celeste y blanco se vio apabullado por un 2-0 que prendió todos los flashes de las cámaras hacia el seleccionado que contaba, aparte del ya mencionado goleador, con jugadores de calidad como Emil Kostadinov (Porto) y Lordan Letchkov (Hamburgo). Jugaban sin preocupaciones, sin ningún temor, con un carácter frentero y con desparpajo a la hora de atacar. En defensa eran robles. El biotipo era de señores rudos que se asemejaban a los camiones llenos de mercancías capitalistas.

Con un triple empate a seis puntos, Bulgaria llegó a octavos de final gracias a un segundo lugar. Nigeria fue primera por diferencia de gol, y la condición de mejor tercero metió a Argentina entre los 16 mejores. Los griegos hicieron 0 puntos.

Dios es búlgaro”, dijo Hristo al pasar de fase.

Sorpresa tercera; Bulgaria elimina al campeón

Bulgaria Vs Alemania 1994

Bulgaria venció a Alemania en cuartos de final. Foto: Getty

El recordado look de Jorge Campos no fue suficiente para que México pudiera eliminar nuevamente a los búlgaros en octavos de final. Por medio de la tanda desde el punto penal, Bulgaria concretó su mejor participación en una copa mundial, avanzando hasta cuartos. Sin embargo, ya dentro de los ocho mejores del torneo de selecciones, se tendría que enfrentar al campeón vigente, Alemania, que tenía en un momento cumbre a personajes como Lothar Matthäus, Rudi Völler y Jürgen Klinsmann. Los teutones fueron primeros del grupo C, dejando atrás a España, Corea del Sur y Bolivia.

Ya en el Giant Stadium de New Jersey y superando los 55.000 espectadores, se dio lo esperado. Alemania comenzó ganando con penal de Matthäus recién comenzado el segundo tiempo. Pero esa estirpe búlgara se impuso y dominó el resto del partido a su antojo. Stoichkov marcó su quinto gol de la competición, gracias a un tiro libre cercano sobre el 75’. Dos minutos después, Lordan Letchkov mandó a guardar el gol de la victoria, con un potente cabezazo que dejó a los alemanes más pálidos que sus propias camisetas.

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Bulgaria apenas tuvo freno en semifinal. Italia, el equipo que sería segundo posteriormente, jugó a su manera y le pasó por encima a los sueños balcánicos que en algún momento se pensaron reales. Roberto Baggio, el recordado crack que botó el último penal ante Brasil en la final, tuvo, quizás, su mejor expresión en mucho tiempo, marcando un doblete y dándole validez a esa frase dolorosa en ocasiones: “No siempre los sueños se cumplen”. Fue héroe y villano en los dos partidos de desenlace. Stoichkov apenas pudo decretar el descuento, siendo así el goleador de la copa con seis gritos, curiosamente compartiendo el galardón con el ruso Igor Salenko, quien en un solo partido ante Camerún metió cinco anotaciones.

Los noventa dieron para mucho, y el caso de Bulgaria sigue siendo, hasta el día de hoy, una de las mayores gestas que jamás se hayan producido en una Copa del Mundo. Hizo falta la aparición del que quizás fue el segundo jugador más habilidoso del torneo después de Maradona para frenar a una selección que, quizás, podría haber llegado hasta el final. Nunca lo sabremos, pero lo cierto es que no necesitaron eso para dejar su nombre y bandera grabadas en la historia de una década memorable. Durante un mes, efectivamente, Dios fue búlgaro.

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