domingo, 20 junio, 2021
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Por Enrique Roldán

El Muro de Berlín acababa de caer, Gorbachov bailaba su kalinka mientras la perestroika y la glásnost desmontaban la URSS, el más humano de los Dioses todavía tenía la esperanza de conquistar la Copa del Mundo en esa Italia partida en dos que él entendía como nadie, la Game Boy todavía no había llegado a Europa, a Margaret Thatcher le faltaba poco para dejar de robar la leche a los niños ingleses, y el Real Betis Balompié, con más pena que gloria, andaba por la segunda división española. Así daba comienzo la última década del siglo XX. Mientras el mundo miraba a Rusia preguntándose qué estaba liando el hombre aquel de la mancha en la cabeza, media Sevilla, y parte de la otra, ponía sus ojos en un Betis que había dado con sus huesos en Segunda tras una mala temporada.

Pero el equipo subió rápidamente después del varapalo del año anterior. Jugadores como Nery Pumpido, Pepe Mel o el Puma Rodríguez estuvieron en aquella plantilla que consiguió ascender de la mano de Juan Corbacho y Don Julio Cardeñosa, una persona que, en boca de cualquier bético, siempre debe ir precedida del Don, o incluso del sir, si es que el bético es de tierras anglosajonas. Pero la alegría dura bien poco en la casa del pobre, y a pesar de conseguir el ascenso, ni el fichaje del mítico Trifón Ivanov evitó que el Betis hiciera una temporada horrorosa que le llevó a concluir el campeonato en la última posición. No habían pasado ni dos años desde el inicio de la década y el Betis ya estaba otra vez en la categoría de plata, una división que, en virtud de los campos embarrados y los futbolistas con pelos en las piernas, aún no recibía el nombre de Smartbank.

Son tres las temporadas que el equipo pasa en la segunda división española. Entrenadores de renombre como Jorge D’Alessandro o Sergio Kresic no dan con la tecla, y el equipo, ya con jugadores como Ureña, Cañas, Merino, Márquez o Cuellar, no consigue pasar del cuarto puesto en los dos primeros años de travesía por el desierto. Ni siquiera el regreso de Don Rafael Gordillo, otro de los sir verdiblancos, ayudó al ascenso del equipo en la temporada 92/93. Sin embargo, el curso siguiente supuso un punto de inflexión en la historia del Betis, no porque el paso del equipo fuera una marcha triunfal ni mucho menos, sino porque en la jornada 26 llegó al equipo el hombre que mejor ha sabido entender la idiosincrasia del club: Lorenzo Serra Ferrer. El entrenador balear se hizo cargo de un conjunto desahuciado que tenía muy pocas esperanzas de volver a la primera división, pero tras una racha de victorias que sirvió para grabar a fuego en la historia del Betis algunos nombres como los de Aquino o Alexis, el equipo de las trece barras volvió a primera división por méritos propios.

Aquel ascenso tuvo lugar en Burgos el 8 de mayo de 1994 y es el primer recuerdo que tengo como bético. Cincos años largos tenía yo el día que aquellos once valientes saltaron al césped de El Plantío para ganar 0 a 2 con goles de Márquez y Aquino. Quiso la casualidad que el bueno de Gabriel Toribio anotara aquel gol, porque según cuenta mi abuela, ese año no hice otra cosa que dibujar al argentino marcando goles. La verdad es que no me acuerdo de hacer aquellos dibujos, igual que no recuerdo ni una sola jugada del partido, pero sí tengo grabado a fuego la alegría de mi tío. Cuando me preguntan por lo que recuerdo de aquel día, siempre digo que mi tío Chico, como le seguiré llamando aunque cumpla los 90 años, lloraba como una magdalena mientras agarraba un vaso de cerveza de tubo. Una manera de beber cerveza, por cierto, más pura que la mimbre y que poco a poco se va perdiendo en el holocausto de los vasos de sidra, que son más bonitos, pero calientan antes nuestro querido zumito cereal de origen egipcio. De hecho, creo que el bético debería recuperar el beber en esos vasos durante la previa de los partidos. Y no lo digo por capricho, sino por superstición. Todavía puede encontrarse por Youtube un vídeo de los béticos que se fueron en tren a Burgos, y creo que no hay ningún protagonista del reportaje que no agarre un vaso de tubo, ya sea para tomarse una cerveza o un cubata. Sigamos el ejemplo de aquellos pioneros que se adentraron en la oscuridad y el frío de la meseta castellana dejando atrás el vergel de luz y alegría que supone Andalucía y su Cruzcampo. Bebamos en vaso de tubo por ellos.

Mi tío lloró, el Betis subió y yo empecé a ir al campo con mi abuelo. En esa época abrían las puertas del estadio a falta de quince minutos para que acabara el partido, algo que se hacía, en teoría, para que la gente pudiera abandonar el estadio con tranquilidad si así lo deseaba. Pero como esto no es Frankfurt ni Estocolmo, el bético de a pie aprovechaba para entrar a ver los últimos minutillos del partido, y si había algún guardia de seguridad que se opusiera, pues con dos chascarrillos tontos y una conviá a un buche de vino se arreglaba la cosa. Durante aquellas visitas al campo cada dos domingos no fui muy consciente, pero el Betis estaba haciendo una temporada increíble. La llegada de jugadores como Hristo Vidakovic o Vlada Stosic (flamante campeón de la Copa de Europa con el Estrella Roja de Belgrado poco tiempo atrás), la consolidación de un delantero como Ángel Cuellar y de otros jugadores como Alexis y Merino, la seguridad ofrecida en la portería por un Pedro Jaro que terminó siendo Zamora aquella temporada, y por supuesto, las dotes de mando de Serra Ferrer, hicieron que aquel equipo fuera tan difícil de vencer que acabó la Liga en tercer lugar. De segunda división a quedar tercero, una hazaña al alcance de muy pocos pero sobradamente fácil para un equipo que era y es capaz de lo mejor y de lo peor y que había fichado al que fue mi primer ídolo: Kowalczyk, un polaco con bigote que había deslumbrado por su papel en Barcelona 92 pero que a mí me llamaba la atención por lo raro que era su nombre.

Kowalczyk no hizo nada del otro mundo en la temporada siguiente, pero lo cierto es que tampoco hizo falta. El equipo se reforzó muy bien, consiguiendo algunas cesiones del Barcelona tras un controvertido pase de Cuéllar al club culé, el préstamo de Alfonso Pérez desde el Real Madrid (poco antes, curiosamente, Alfonso había marcado en gol del empate en el partido de homenaje que recibió Rafael Gordillo), la llegada de Pier Luigi Cherubino desde el Sporting de Gijón y el fichaje del hombre que desbancó al bueno del delantero polaco en el pedestal de mis ídolos béticos: Robert Jarni. Aquel croata delgaducho, que años atrás había dejado su tierra natal por el estallido del conflicto yugoslavo, llegó al Betis procedente de la Juventus de Turín, y tal y como le vi colgar un balón, supe que no había visto una cosa igual en mi vida. Mi obsesión con Jarni llegó a tal punto que intenté empezar a jugar al fútbol con la pierna izquierda, algo que desestimé a ver que no era capaz de dar un pase en línea recta. Es más, creo que entre mi abuelo y yo teníamos aburridos a todos los trabajadores de la tienda del Betis, pues raro era el día en el que no nos acercábamos a pedir un póster del futbolista croata. Si tenía la pared de mi cuarto llena de pósters de videojuegos y de Goku, ¿Cómo no iba a tener el del mejor futbolista que había visto en mi vida? En la tienda siempre decían que no tenían posters de Jarni, pero lo cierto es que hace poco un coleccionista de productos del Betis me dijo que él sí que consiguió uno, así que desde esta tribuna se lo digo: “Me lo robaste y nunca pude ponerlo encima del cabecero de mi cama, mamón”.

Aquella temporada el Betis siguió jugando a lo suyo. Encerradito atrás, orden defensivo, y a la más mínima, gol y para casa. No obstante, la disputa de la UEFA (en aquella época el tercero no tenía derecho ni a previa de Champions) y una plantilla no demasiado larga hizo que el equipo no pudiera quedar tan alto en la tabla como la temporada anterior. El Betis terminó octavo aquel año, pero los béticos sentimos el orgullo de ver nuestros colores campaneándose por Europa. Fuimos a Estambul, donde eliminamos al todopoderoso Fenerbahçe. Aún recuerdo a mi tío contándome lo complicado que eran los campos turcos, pero la verdad es que yo vi aquello por Antena 3 (se me ha olvidado la última vez que esta cadena emitió un partido de fútbol) y me pareció que el campo del Compostela tenía más ambiente. Cosas de la edad, supongo.

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La siguiente parada fue Kaiserslautern, quien también cayó ante el todopoderoso bigote de Serra Ferrer, y aunque el hecho de ganarle al equipo alemán ya era mérito bastante, yo intenté convencer a todos los sevillistas de mi clase de que aquella gesta era heroica, pues en Alemania hacía un frío que no nos podíamos imaginar. Yo no había pisado Alemania por aquellos entonces, pero todos quedaron convencidos y hasta los sevillistas más defensores de Martagón me dieron la razón en aquella clase de primaria. De hecho, cuando llegó la siguiente eliminatoria, todos en mi clase pensábamos que el Betis iba a pasar. Daba igual que la mitad de la clase no fuera bética, los había convencido con el tema del frío. Y así fue como nos tocó jugar contra el Girondins de Burdeos, un equipo que yo pensaba que íbamos a despachar en dos saltos. Pero resulta que la cosa no fue así, porque en el Girondins empezaba a despuntar un muchacho que, si bien no tenía entradas, si tenía una coronilla que clareaba de manera preocupante. Ese muchacho se llamaba Zinedine Zidane, nos marcó un gol desde el medio campo, nos eliminó y se fue para Burdeos, donde pensé que tenía que hacer incluso más frío que en Alemania.

Terminó la temporada y el bético, que encaraba ya la segunda mitad de década, no podía contener la emoción por saber que después de bastantes años de zozobra tenía un equipo que funcionaba a las mil maravillas y era capaz de conseguir metas inimaginables hacía poco tiempo atrás. Fichamos, además, a uno de los tíos con más carisma que ha pasado por el Villamarín: Finidi George. La sombra juguetona, como lo llamaba Manolo Melado (me niego a llamarlo speaker, porque eso no lo hay aquí, Melado era “el que daba las alineaciones del Betis antes de los partidos”) llegó procedente del Ajax de Ámsterdam y se ganó el corazón de los aficionados béticos. No por su sonrisa constante ni por ponerse el sombrero cordobés cada vez que marcaba un gol, que también, sino por ser un pelotero de categoría. Si Jarni estaba en una banda, Finidi estaba en la otra, y ya podían estar tranquilos ambos jugadores, porque si ponían un balón al área, sabían que era cuestión de tiempo que Alfonso, Pier o Sabas (aunque este cada vez menos) la metieran para dentro.

Y con este señor equipo que conformó el Betis para la temporada 96/97 fuimos capaces de concluir el curso en la cuarta posición, empatados a puntos con un Deportivo de la Coruña que tenía poco que ver con el que ahora se arrastra por los campos de 2ª B. Pero el plato fuerte no se sirvió hasta los últimos compases de la temporada, cuando el Betis se enfrentó al Barcelona en la final de la Copa del Rey. Yo sabía por aquel entonces que ya habíamos ganado una copa en el año 77. De hecho, fue la primera que no se llamó Copa del Generalísimo, y mi yo de 9 años, que estaba acostumbrado a escuchar a mi padre decir que Aznar era un “hijo de puta con dos balcones a la calle”, estaba orgulloso de que nuestra copa no llevara el nombre de Franco. Pero aun así quería otra, y después del temporadón que habíamos hecho, estaba convencido de que nos comíamos al Barcelona.

Con el paso de los años llegué a conocer en Roma a una japonesa que se llamaba Mananiko (o eso creo) y recuerdo que con el tiempo encontré cierta similitud entre lo que yo viví aquella noche viendo la final de Copa y lo que aquella japonesa experimentó durante sus días en la capital italiana. Mananiko era una mujer de casi 40 años que había decidido ir a Roma para convertirse al cristianismo, teniendo la genial idea de alquilar una cama en uno de los cientos de albergues mugrientos que hay cerca de la estación de Termini. Quiso el destino que su cama fuera una de las quince que estaban  en el mismo cuarto que yo había elegido con dos amigos para pasar el fin de año en Roma, y, sinceramente, solo la globalización es capaz de explicar que a día de hoy yo tenga una foto con Mananiko mientras me río y sostengo un cigarro. ¿Por qué he metido aquí esta pequeña referencia a la señorita Mananiko? Porque ella fue a Roma completamente convencida de que la fe cristiana le ayudaría a encontrar sentido a su vida. Sin embargo, le cogió gusto al limoncello, a la Birra Moretti y a todo el alcohol que le pusieran por delante. De manera que después de varias noches en las que se fue sola a emborracharse por las calles de Roma, volvió un día al albergue, dando camballás (o tumbos, para los que no han tenido la suerte de nacer en África del Norte) de pared a pared, contando que no iba a convertirse al cristianismo por la sencilla razón de que no le hacía falta: las borracheras gordas que se cogió por las calles romanas le sirvieron para encontrarse a sí misma y volver a Japón sin la necesidad de cargar con un crucifijo para el cabecero de su cama.

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Pues con aquella final Betis – Barcelona a mí me pasó lo mismo que a Mananiko con su idea de convertirse al cristianismo para encontrarse a sí misma. Yo me senté en el sofá con el pleno convencimiento de que el Betis iba a ganar ese partido, con la idea de enfadarme si no conseguíamos el título, pero cuando terminó el encuentro me levanté llorando, siendo más bético de lo que era cuando me había sentado. Que nadie me malinterprete, yo quiero ganar, cuanto más mejor, porque eso es el fútbol, pero creo que aquel partido marcó indeleblemente a muchos béticos de mi edad. Empezamos ganando con gol de Alfonso, justo al borde de la primera parte empató Figo, quien ahora, por cierto, se encarga de dar lecciones al Gobierno español, cuando se me ocurren pocas personas más Judas que el portugués. Finidi, el nigeriano que bien podría haber nacido en las antiguas cavas de gitanos de Triana, marcó el 1 a 2 en el minuto 82, pero cuando parecía que la Copa se venía para Sevilla, empató Pizzi a falta de dos minutos. Qué pena que las calzonas que llevaba ese día no fueran tan grandes como ese traje gigantesco que vistió el día de su presentación como entrenador del Valencia. Se habría caído él solo, enredado entre las cuerdas y el pernil, y no habría marcado aquel tanto.

Nos fuimos a la prórroga, y Amunike, cuyo aporte más relevante a la historia del fútbol fue grabar un anuncio de coches, dio un pase a Figo en el minuto 115. Otra vez el ínclito portugués, el que años más tarde no se llevó un cochinazo en la cabeza porque Dios no quiso, marcó el definitivo 3 a 2. Si mi tío Chico lloró el día del ascenso de Burgos mientras agarraba su vaso de tubo, yo lloré en el balcón mientras los béticos de mi calle se asomaban a fumarse el cigarrito de después del partido, repasando una y otra vez las jugadas que podrían habernos hecho campeones. Mananiko se fue a su país sabiendo que no necesitaba ser cristiana para ser feliz, yo me fui a mi cuarto sabiendo que no necesitaba ganar un trofeo para querer al Betis.

La temporada acabó de forma agridulce, pero el sevillano, y el andaluz en general, es fuerte. No en vano, como dijeron los hermanos Caba, “en Andalucía confluyen la desesperación filosófica del islam, la desesperación religiosa del hebreo y la desesperación social del gitano”. Estamos curtidos en mil batallas, por no decir harto palos (de nuevo, África del Norte vincit), así que reponerse de tan dolorosa derrota y centrar la mirada en la Recopa, competición que habíamos ganado el derecho de disputar, era tan normal para el bético (y el andaluz) como ver el sol salir por Almería y ponerse por Huelva. Fue Luis Aragonés el encargado de sustituir a un Serra Ferrer que había puesto rumbo al Barcelona, pero el “ganar, ganar, ganar y volver a ganar” que inculcó en la selección española tuvo poco impacto en el Betis, equipo en el que, por cierto, ya había jugado cuando era joven.

Ese año fichamos a Oli, procedente del Oviedo. Cuentan las malas lenguas que el fichaje de Roy Makaay estaba hecho por el Betis, pero Luis Aragonés prefirió al delantero asturiano. Esa temporada también fichamos a Denilson, pero hasta el curso siguiente no se puso la camiseta del Betis. Recuerdo que me enteré antes que mis amigos del fichaje de este futbolista, el cual, a pesar de lo que costó, nadie de mi barrio conocía. Cuando era niño me bajaba siempre a jugar al fútbol al campito de mi barrio, desde que se acababa la digestión hasta que se iba el sol uno no hacía otra cosa que creerse que algún día iba a jugar en el campo del Betis, que por cierto lo tenía (y sigo teniendo) a tres calles. Pero cuando te bajabas más pronto de la cuenta, por el ansia viva de que te diera en la cara el aire del barrio, todavía no había bastantes chavales con los que echar una pachanguita, por lo que uno se ponía a tirar unos penaltis con cualquier otro ansioso que no aguantara más los documentales o el Giro de Italia que echaban en el salón de su casa. El día que supe del fichaje de Denilson me puse a echar unos penaltis con un amigo, y para darle emoción elegimos nombres de los jugadores que iban a tirar. Yo dije que lo harían Alfonso, Jarni, Finidi, Oli y Denilson, y mi amigo, al que poco tiempo después le partí la muñeca de un pelotazo, me dijo que aquello era trampa, que quién coño era Denilson. Yo le expliqué que era un brasileño buenísimo que habíamos fichado del Sao Paulo. Nos había costado 5.000 millones de pesetas (30 millones y pico de euros), ¿cómo no iba a ser un crack mundial?

La temporada continuó, con la esperanza de que Denilson llegara el año siguiente y nos arreglara la papeleta, porque por mucho que el Sevilla estuviera ese año en Segunda, veníamos de casi ganar una Copa y aspirábamos a algo más. Pero lo cierto es que el Betis terminó la Liga en octava posición, y aunque fue muy bonito jugar la Recopa (uno de los trofeos que más echo en falta hoy en día), tras despachar el Budapesti VSC y el Copenhague, el Chelsea de Toré André Flo nos dejó fuera sin poder hacer nada en ninguno los dos partidos. El espigado futbolista noruego dejó recuerdo aquí en Sevilla, de hecho, a un conocido que era (y es) alto y rubio como él solo, lo siguen llamando Flo. Pero también nos dejó fuera en la que fue nuestra última participación en la Recopa; apeados de la misma, seguimos disputando la Liga sin pena ni gloria y siendo conscientes de que la cosa, aunque tenía frenos, empezaba a ir cuesta abajo.

La siguiente temporada echó a rodar con un Denilson que hacía muchas bicicletas pero ni daba asistencias ni marcaba goles. También llegaron jugadores relativamente importantes como Celso Ayala o Iulian Filipescu, aterrizados desde River Plate y Galatasaray respectivamente. Pero aquello no me gustaba como olía. Jarni se había ido al Madrid, fichamos a un entrenador portugués que pegó la espantada antes de que nadie se pudiera dar cuenta y terminó llegando Vicente Cantatore, con quien la cosa tampoco cuajó. Entonces fue cuando aterrizó por estos lares Javier Clemente, un entrenador que venía de dirigir la selección española y que había hecho campeón al Athletic de Bilbao años atrás, pero que tenía el mismo trato de balón que Vinnie Jones. A pesar de (o gracias a) los balonazos de Clemente, el Betis salvó la temporada quedando en el puesto número once. Seguíamos en la lucha, pero quedaban ya algo lejanas aquellas sensaciones del equipo que luchó en lo más alto de la tabla, tuteó al Barcelona y llegó a disputar competiciones europeas.

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Y con este mal cuerpo, con esta sensación de que las cosas no iban como deberían ir, comenzó la temporada 99/00. Los béticos teníamos más miedo a pegar un segundazo que al cacareado Efecto 2000, y la verdad es que estábamos en lo cierto. No se cayó ningún satélite, ni los misiles nucleares se dispararon solos, pero el Betis tuvo la ocurrencia de bajar a Segunda división junto al vecino y al Atlético de Madrid. Recuerdo que ese año fichamos a dos argentinos que, por alguna razón, hicieron que me ilusionara un poco. Vete tú a saber la razón, porque la verdad es que no eran Batistuta y Verón, sino Diego Crosa, proveniente de Newell’s y el Chirola Romero, que dejó atrás a Gimnasia y Esgrima La Plata para jugar en Heliópolis. Estuvieron comandados por Carlos Timoteo Griguol, un mítico del fútbol argentino que había dejado su estampa en Ferro Carril Oeste, el equipo de Caballito, pero el plan del bueno de Timoteo, con quien coincidí hace no mucho en el Arquitecto Ricardo Etcheverri, no funcionó para nada. El equipo no consiguió alcanzar una buena dinámica deportiva y aquel hombre, que solía llevar boina y daba golpes en el pecho a los jugadores antes de salir al campo, fue sustituido por Guus Hiddink.

Ni siquiera un hombre de la experiencia del holandés pudo enderezar aquello, de manera que el equipo se acercó peligrosamente al descenso. En los últimos partidos llegó como entrenador Faruk Hadzibegic, mítico jugador bosnio que se había desempeñado en el Betis y que como consecuencia de tener un nombre con una pronunciación peculiar, fue llamado Pepe por todo el mundo. Pero ni Pepe Hadzibegic ni el papa de roma podrían haber enderezado aquello. El equipo certificó el descenso tras un partido en casa contra el Madrid. No empezamos jugando mal, pero éramos una banda de cornetas y tambores, y el Madrid, que yo pensaba que no apretaría porque ya no se jugaba nada, apretó. Marcó Roberto Carlos pasado el ecuador de la primera parte y Anelka dio la puntilla en el segundo tiempo. ¡Anelka! Que aquí no hizo absolutamente nada, y que de lo mejorcito que ha aportado al fútbol ha sido un documental que anda por Netflix. Pero sí, Anelka fue el que marcó y nos mandó a lo oscuro durante un añito.

Ese partido lo vi en mi casa (pues no me saqué por primera vez el carné del Betis hasta el año siguiente) y tal y como acabaron los 90 minutos cogí mi pelota y me baje a la calle con muy mala cara. Nunca había vivido un descenso del Betis, porque cuando en el año 91 a mí me decían Betis, y yo respondía: “¡Bueno!”, así como cuando me decían Sevilla, y yo respondía: “¡Caca!”, no había manera humana de que yo supiera donde tenía la cara, así que mucho menos iba a saber qué hacía el Betis. Aquello me dolió, bastante más que la final de Copa contra el Barcelona, y no tuve otro pensamiento que dedicarme a dar pelotazos. Cogía el balón y ¡pim!, pelotazo al cielo acordándome de la madre de Roberto Carlos. Cuando la pelota caía, otra vez, venga pelotazo y venga acordarme de la abuela de Raúl, y así sucesivamente hasta que vestí de limpio a la familia de todos los jugadores del Madrid.

Unos pelotazos, fíjate tú que cosa más inocente se le ocurre a un chiquillo que tiene once años y acaba de ver a su equipo bajar. Hoy en día los niños están más picardeados, seguramente alguno iría a la ciudad deportiva a darle una pedrada en la espalda al que se le pusiera a tiro. Pero yo no, yo me contenté con aquellos pelotazos y con pensar que el año siguiente, con el carné más barato en Segunda, mis padres estarían por la labor de pagármelo. Y así fue, de ver partidos contra el Fenerbahce, el Kaiserlautern y el Barcelona pasé a ver el desempeño de equipos como el Racing de Ferrol, el Lleida o el Badajoz 1905, pero en el fondo no me importaba, porque yo iba a ver al Betis, no al equipo que tuviera enfrente. Aquel Betis, con una camada de canteranos entre los que destacaba un tal Joaquín Sánchez, y con una delantera argentina conformada por Gastón Casas y Gabi Amato, consiguió volver a Primera tras una campaña dura. El ascenso tuvo lugar en Jaen, y el pobre Casas terminó en calzoncillos, literalmente, pues la invasión de campo hizo que perdiera toda su ropa en favor de los béticos que habían ido hasta Jaén emulando a quienes viajaron a Burgos casi una década antes con sus vasos de tubo.

Ese día no pegué balonazos al aire ni me acordé de la madre de Chendo, los llantos fueron de alegría y volví a mi estado natural: el de un muchacho tranquilote de doce años que todavía no había empezado a fumar tabaquito de liar y quería mucho al Betis. Pero que nadie se equivoque, no me hizo falta volver a primera para saber lo que las trece barras significaban para mí. Mananiko descubrió lo mucho que se quería a sí misma durante una de aquellas noches romanas en las que se cogió unas papas de persona mayor, y yo lo supe desde el día en el que perdimos la final contra el Barcelona. A día de hoy solo me apena no haber conseguido el póster de Jarni, pero esas cosas las dejaremos para la incertidumbre de los 90´, cuando conseguir algo en la tienda del club era una odisea y cuando visitar el campo, aunque fueran quince minutitos, era lo más cercano a sentirse Kowalckyz, aquel primer ídolo con bigote al que, a diferencia de Hadzibegic, no le cambiamos el nombre.

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