jueves, 28 octubre, 2021
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Ese sueño de ganar la Copa Libertadores comenzó en 1985 con la designación de Peter Dragicevic como presidente de Colo-Colo. El club albo había sido subcampeón en 1973 ante Independiente de Avellaneda, mientras que otros clubes chilenos como Cobreloa y Unión Española se habían atrevido en ediciones posteriores a evadir la dictadura de Augusto Pinochet y llevarle alguna felicidad al pueblo por medio del fútbol y la esfera continental, pese a no quedarse con el título. Aun así, Chile había caído en una resignación política, y los clubes locales vivían con las uñas, jugaban con temor y celebraban en cautiverio. Ese Colo-Colo liberó a Chile de la zozobra y la muerte emocional de un pueblo censurado. La felicidad máxima llegó por doblete, a principios de los 90’.

La primera decisión que tomó Dragicevic en el mandato del Cacique fue la más polémica. El nuevo DT, para 1986, fue Arturo Salah, histórico jugador de la Universidad de Chile, conteniente máximo de Colo-Colo. Era su primera experiencia como entrenador, y los odios, además del rechazo, eran las respuestas inmediatas a un proyecto que no zarpaba del muelle con una decisión popular.

Lo primero que hizo Salah, con apellido de crack egipcio que juega en la Premier League, fue limpiar el camerino; sacar a los viejos y meter a los nuevos que venían desde abajo. Las silbatinas y el conflicto con carabineros en los primeros partidos no se hicieron esperar. Arrancó con tropiezos, como todo proyecto ganador. El Demonio se vistió de blanco.

Salah renunció pocos partidos después de tomar el mando, pero los jugadores pujaron para su continuidad. El equipo se unió, gracias a un sentido paternal que llegó desde las entrañas de ese DT discutido. A su mandato Colo-Colo ganó los campeonatos de 1987 y 1989, además de tres copas chilenas en 1988, 1989 y 1990. Ese mismo equipo planificó ganar la Copa Libertadores, sin creer en casualidades o sueños incrédulos. Lo planificó desde la parte administrativa y tangible en papel.

Los pilares de una gloria planificada

A Peter Dragicevic ya le había salido bien su primera gran decisión como presidente. Pero llevar a Arturo Salah como entrenador no era suficiente para consumar el objetivo continental que se tenía sobre la agenda. Incluso, no fue ni siquiera con Salah que pudo llegar a lo más alto del continente, pero su salida para 1990 fue lo que permitió la consolidación del equipo campeón de América. Ese líder campeón llegó desde Yugoslavia: Mirko Jozic, de quien hablaremos unas líneas más adelante.

El presidente albo se hizo con dos jugadores, que aunque sin mucho trasegar para la época, hoy son referentes en la historia de Colo-Colo. El primero fue El Hombre de amarillo, el arquero Daniel Morón quien llegó a Chile proveniente de Unión de Santa Fe sobre 1988. Su espectacularidad en el arco pasaba por su uniforme completamente amarillo, tal como lo habían hecho Toni Schumacher y Jean-Marie Pfaff en los Mundiales más recientes. Era espigado, sin mucha corpulencia. Era un show.

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El segundo fue el delantero Marcelo Barticciotto, quien llegó de Huracán, con una carrera casi naciente pero promisoria para sus intereses. No tenía pinta de futbolista. Más bien era un rockstar de la época, con un look bien organizado y esencia de modelo noventero en revista parisina. Era ágil, infalible en el área, ese jugador diferente que rompía defensas chilenas, argentinas, peruanas y paraguayas. Además, llegó a Santiago de Chile con la misión de reemplazar a Hugo Rubio, histórico colocolino que fue vendido al fútbol italiano.

Ambos jugadores cohesionaron a la perfección con otros nombres importantes como Lizarro Garrido, Patricio Yáñez, Javier Margas y el inolvidable goleador Ricardo Dabrowski. Era un equipo hecho por la disciplina. También las ganas de triunfar y llorar de orgullo por los colores chilenos, llevando en alto el nombre de un país necesitado.

El cumplimiento según la agenda

El proyecto deportivo del club era ambicioso para la época y la coyuntura. Era innovador, novedoso, hecho para ser tomado como referencia e inspirar a los otros equipos chilenos. También era censurar una dictadura que había callado miles de bocas en más de 15 años. La gloria continental fue casi simultánea a la salida de Augusto Pinochet, y esa Copa Libertadores puso la cereza en el postre de la felicidad. Incluso, el No, esa famosa campaña opositora que decretó la caída del dictador, comenzó por Peter Dragicevic, el primer hombre que tuvo el coraje para rechazar a Augusto Pinochet.

Previo a la votación del plebiscito de 1988, en el cual se decidía si Pinochet debía seguir o no en el poder, el presidente de Colo-Colo fue invitado al máximo despacho de Chile. Augusto Pinochet le propuso ayudas económicas para reconstruir el Estadio Monumental, ese que había estado abandonado desde 1975. Colo-Colo había comenzado tiempo atrás a remodelarlo, pero el dinero era insuficiente. Aun así, Dragicevic rechazó una ayuda estatal. El nuevo estadio fue terminado en 1989, ayudándose de 500.000 euros que tenía el club por la venta de El Pájaro Rubio.

Volver a casa fue el pilar que decretó el punto máximo del proyecto. Pero todavía faltaba lo realmente importante; jugar la copa.

Mirko Jozic llegó a mediados del 90, luego de que Arturo Salah terminara su vínculo con Colo-Colo para ir a dirigir la selección nacional. El club chileno fue eliminado en la Libertadores de ese año y en el ambiente se notaba un sentimiento de fracaso. El yugoslavo no hablaba español, traía un traductor, tal como lo hace hoy en día Marcelo Bielsa en el Leeds. Había estado en el club años atrás trabajando con divisiones menores, pero el idioma no era lo suyo. Eso sí, en los primeros tres meses aprendió lo básico de la lengua. Era frío. De pocas palabras. Directo. Exigente. Un punto a favor para el DT; tenía un equipo que se conocía y se valoraba.

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El año de la copa empezó como lo planeado seis años atrás. Colo-Colo era el bicampeón del campeonato local, Mirko Jozic ya había levantado su primer título en menos de siete meses desde su llegada y el Estado Monumental era más importante que el mismo Palacio de La Moneda. Chile ya estaba en libertad. Solo era cuestión de hacérselo saber al resto del mundo. Ese mecanismo fue “el equipo del pueblo”. El que llamó la atención. El que hizo del país austral una tierra próspera. Era el modelo a seguir.

Los dirigidos por Jozic debutaron en esa Libertadores con un tenue empate ante Deportes Concepción en un duelo de chilenos. Sin embargo, en las siguientes tres fechas el puntaje fue perfecto; 3-1 Vs Barcelona de Ecuador, 2-0 Vs Deportes Concepción en la vuelta y 3-0 ante Liga de Quito. Aun así, dos empates finales ante los clubes ecuatorianos pusieron en duda lo que podía lograr en fases finales. Incluso, ese primer lugar en el grupo B con nueve puntos no resultó en un gran mérito para la afición que pedía más y más.

En octavos, la presentación de Colo-Colo fue modesta. Ante Universitario de Perú, un empate de visita y una victoria 2-1 en casa bajó el ímpetu. Los peruanos no eran más fuertes, pero el equipo que conformó la dirigencia alba podía estar más arriba. Sí tuvo una clara superioridad en cuartos de final, venciendo 4-0 a Nacional de Uruguay y llegando a los mejores del torneo con un global de 4-2, perdiendo el invicto en El Centenario de Montevideo. Boca Juniors fue el que puso sobre la mesa el contrato más difícil de firmar para Peter Dragicevic y sus muchachos. El equipo Xeneize que dirigía Óscar Tabárez era el claro favorito, con jugadores como Navarro Montoya, Diego Latorre y Gabriel Omar Batistuta.

Últimos pasos para llegar a la gloria:

La Bombonera pesó. Colo-Colo se vio superado por un insuficiente 1-0 a favor de los argentinos. Pero ese punto de dificultad estaba escrito en letras pequeñas; mostrar que todo está perdido para después atacar con más fuerza. Lo que no se tenía previsto en el cronograma era la lucha campal que se vivió en Chile luego de que los dirigidos por Jozic le dieran la vuelta a la serie y firmaran el paso a la final con un contundente 3-1 a estadio lleno. Patadas voladoras, sangre en el rostro, policías interviniendo bruscamente, alegoría en las gradas. Fue la segunda versión de la muy mencionada Batalla de Santiago.

En la final, Olimpia de Paraguay. Era el actual campeón. Había eliminado a Atlético Nacional, otro ganador reciente del torneo. Su fortín era Defensores del Chaco, pero en casa no había tenido resultados óptimos. Un empate 0-0 en Asunción envalentonó el pueblo chileno, que por una vez más, creyó. No solo creyeron los desamparados, sino que lo vieron cerca. Colo-Colo había ganado todos sus partidos de lo local en la fase eliminatoria, y los 67.000 hinchas chilenos no lo iban a dejar pasar. Era una caldera con temperaturas inimaginables.

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La baja del goleador argentino Ricardo Dabrowski por lesión no fue ni mucho menos riesgosa. Si bien llevaba cinco goles en la copa y era el hombre gol de Colo-Colo, sus colegas hicieron la tarea que él les había delegado. Luis Pérez abrió la noche con dos golazos dedicados al pueblo chileno, mientras que la goleada inolvidable se cerró con un tercer tanto en los pies de Leonel Herrera, quien ingresó en el primer tiempo. Ese 3-0 culminaba con sueño ambicioso que se puso en oficialidad desde 1985. Los jugadores, el estadio y la libertad de la gente quedaron por estipulado.

Esa noche Colo-Colo no fue solamente Colo-Colo, sino que se convirtió en la selección nacional y en el espíritu chileno. Era el logro de todos. Los jugadores lo hicieron sentir, llevando el trofeo de la Copa Libertadores a la tribuna para que los aficionados la palparan y la consintieran como suya. Los mismos jugadores de Universidad de Chile, rivales acérrimos del Cacique y máximos contendientes históricos, fueron hasta la sede del club albo para felicitar a los campeones y hacerles sentir su apoyo pese a defender escudos diferentes, unidos eso sí por la bandera de la estrella solitaria.

¡Chi Chi Chi, Le Le Le, Colo-Colo de Chile!

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