lunes, 18 enero, 2021
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Era el último esfuerzo. Terminaba la gran fiesta capitalista que se había desbordado en consumos y excesos. El evento final de la Copa Mundial más innovadora y sofisticada guardando las proporciones de inversiones y épocas. El negocio de la mercadotecnia había volado por los aires con la empresa ISL, encargada de vender todos los derechos de la FIFA, misma que años antes había inaugurado la corrupción deportiva en compañía de João Havelange, presidente que durante su mandato no había visto a Brasil, su país, ser primero en el torneo orbital.

La pareja de baile era la de más alto nivel. Brasil e Italia eran las dos selecciones más ganadoras desde 1930, ambas con tres Mundiales conquistados. El ganador sacaría ventaja como el primer tetracampeón de la historia. 24 años antes había ocurrido algo similar. Sudamericanos y europeos saltaron al campo del Estadio Azteca para luchar por el primer tricampeonato, quedándose de manera definitiva con la copa Jules Rimet; sin devoluciones y sin réplicas. Brasil, con Pelé en sus últimos toqueteos, la consiguió. A principios de los 80, esa antigua copa fue robada del Estadio Maracaná. Era la original. La que levantó Uruguay en su propio país y también en estadio ajeno.

Estados Unidos, como un país amante del espectáculo y el morbo, tenía en medio a dos viejos conocidos. Unos, dirigidos por Arrigo Sacchi, listos para tomar venganza y llevarse la delantera como la selección más veces campeona. Otros, bajos en estatura y con una sequía desesperante, llegaban motivados por una ausencia que ameritó lágrimas y luto en el país de la samba y la caipiriña; Ayrton Senna, fallecido 77 días antes en el Gran Premio de San Marino, casualmente en Imola, Italia. El Jogo Bonito había dejado de existir también. Tres pilares de la historia deportiva brasilera habían pasado a la oscuridad de la desaparición.

Un ausente de más; Andrés Escobar, asesinado 15 días antes en la Medellín violenta y cruda de los 90´. En ese mismo estadio, el Rose Bowl de Los Angeles, donde todos esperaban la finalísima del mundo, el defensor colombiano había firmado su sentencia de muerte al convertir en propia puerta cuando se enfrentó contra el equipo anfitrión por la fase de grupos. Era la final de los ausentes. La final del honor y la fragilidad humana. Asistieron 94.194 personas, sin contar los que veían el partido desde más arriba.

 

USA 1994, la antítesis de lo sutil

Los dos equipos, acompañados por la terna arbitral, salieron por un curioso túnel ubicado en la tribuna sur del estadio. El ingreso fue justo por el banderín del córner, topándose en la caminata con el arco donde finalmente se definió el ganador. Los italianos salieron al campo con chaqueta gruesa, bajo un sol infernal digno del verano californiano. Los brasileros, familiares por naturaleza, hicieron el recorrido tomados de la mano uno al otro en una posición de brazos incómoda para la vista. Estados Unidos 1994 fue innovador. Ya los árbitros no vestían de luto como en otras épocas. Ya los nombres estaban en la espalda y era fácil reconocer a las figuras.

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Dicha cita orbital era exagerada en todos los sentidos. Previo al encuentro, las banderas de los dos países casi que tapaban por completo el terreno, mientras que los papelitos agudizaban las tomas televisivas. Los himnos, sin ningún intérprete vocalista, estuvieron a cargo de una banda marcial superior a los 50 hombres. Pelé, presente en una cabina de transmisión, también fue norteamericano por un momento. Vistió de traje con una corbata que tenía impresa la bandera de Estados Unidos. Hasta la cancha parecía más grande de lo convencional.

Los patrocinios inundaban cualquier espacio disponible. Era la constante. Canon, McDonald’s, Energizer, Snickers, Coca-Cola y Gillete acaparaban las vallas aledañas al campo. Incluso, puedo imaginarme al técnico italiano Arrigo Sacchi comprando sus lentes oscuros en cualquier centro comercial de Los Ángeles en las jornadas de descanso, mientras sus jugadores se quedaban en el hotel probando la nueva Nintendo y escuchando música electrónica en sus poderosos Walkman WM-75 de marca Sony. Sin lugar a duda con zapatillas Nike encima de los muebles.

 

Un trofeo que se hizo esquivo

El nuevo trofeo de la Copa Mundial no se quería despedir tan rápido de Estados Unidos. La final entre Brasil e Italia fue, según los experimentados, la más pareja que hasta hoy se ha visto. Fue la primera que finalizó 0-0 en los 90’ reglamentarios, además de tener el mismo resultado durante toda la prórroga. Por su parte, también quedó en los libros de historia como el primero título mundial que se definió desde la tanda de penales. Gianluca Pagliuca y Cláudio Taffarel entraron en acción pocas veces durante el juego. Tal vez se robaron las miradas por sus apariencias de modelos de revista y sus rasgos físicos preponderantes, dignos del Jet-Set capitalino.

 

 

Brasil fue el primero en tocar el balón y también el primero en avisar. En la delantera tenía a Romário y Bebeto, los cuales fueron las figuras más importantes de los sudamericanos durante la copa. Era un equipo que había apostado por el orden, la fuerza y la disciplina, más que por el talento y el despilfarro. Brasil atacaba con pocos hombres, únicamente con los dos ya mencionados. El talento que poseían, sumándole la capacidad colectiva que había desarrollado y el hambre de gol, era suficiente para delegarles todas las opciones de anotar.

Entre Romário y Bebeto, Brasil pudo celebrar en ocho ocasiones, sabiendo que los goles a favor fueron 11 en siete partidos. Exceptuando la insípida final ante Italia, la dupla estuvo presente en todos los resultados. Sin olvidar, además, la curiosa celebración del delantero que militaba para el Deportivo de La Coruña, simulando cargar a un bebé. Ese infante imaginario había nacido 10 días antes, mientras su padre disputaba la Copa Mundial de la FIFA. Su nombre se conjugaba perfectamente con la coreografía.

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Ese juego vistoso y mágico pasó a un segundo plano. Dunga, Mauro Silva y Branco se encargaron de hacer el trabajo sucio; detener al rival con un puntapié previo a una posible acción de riesgo. Lo que no les enseñaron fue a golpear a sus contrincantes sin levantar los tapones al punto de casi lesionarlos. Para pegar y chocar, Brasil se veía más brusco y fuerte de lo debido. Los italianos sufrieron ese ímpetu. La magia y los sueños ya no existen en el fútbol actual, manifestó el estratega Carlos Albero Parreira antes de comenzar el campeonato.

Y con ese método lleno de críticas, Brasil fue primero del grupo B, venciendo a Rusia, Camerún y empatando con Suecia. Hizo lo propio en la fase definitiva contra Estados Unidos, Holanda y nuevamente el conjunto sueco en semifinal. Fue el único equipo no europeo en superar los octavos de final. Mientras tanto, el caso de Italia fue diferente. Fue tercera en el grupo E, con un empate a cuatro puntos de todos los equipos, clasificando como mejor tercera; en fases finales dejó en el camino a Nigeria, España y Bulgaria, todos con el resultado de 2-1.

El equipo que vestía de azul tenía sus mejores armas en defensa. Era un equipo balanceado y con prioridad hacia el juego equilibrado y sin afugias. Su último título mundial había sido en España 1982, pero esta vez no contaba con un delantero tan letal como el histórico Paolo Rossi. Aun así, su base era el AC Milan, que esa temporada había destrozado al Dream Team de Johan Cruyff en aquella final de Atenas. Sacchi los conocía bien, y tal como en la final de la Copa Intercontinental de 1989, los lentes oscuros eran señal de buen augurio. Franco Baresi y Paolo Maldini eran las máximas figuras. Ambos defensores. Ambos ídolos en Milán. Uno de 34 y otro de 26.

 

Desde los penales se marcó la historia en USA 1994

Cuando los dos equipos se ubicaron en el medio campo y los porteros de indiscutible guapura emprendieron la caminata hacia el arco sur del Rose Bowl, el ambiente parecía angelical, lleno de pureza. Los brasileños siempre han sido creyentes, mientras que los italianos tienen en su propio país la Santa Sede del catolicismo.

El sol no facilitaba sombras en ningún sector del terreno; los 94.194 asistentes usaban sombreros y gorras blancas, tal como si se dispusieran a esperar en el Vaticano la designación de un nuevo papa; Taffarel, rubio y con buen porte, se asemejaba facialmente a Karol Wojtyla, más conocido como Juan Pablo II, quien ya llevaba 26 años en el papado.  

El primero en cobrar fue Baresi, tal vez el más experimentado de Italia. Su presencia en la final fue casi inexplicable; en el segundo partido de la copa ante Noruega había sufrido la rotura de sus meniscos, por lo que fue operado de urgencia en Nueva York y pudo reincorporarse. El penal, a las nubes. Lo erró como todo un principiante. “Creo que alguien desde el cielo quería que ese Mundial lo ganara Brasil. Todo era demasiado bonito para ser real”, aseguró el defensor tiempo después.

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Romário convirtió el segundo penal de Brasil. Marcio Santos había sucumbido ante el casi invencible Pagliuca y las cuentas se pusieron 1-1 con dos cobros por escuadra. Ese mismo Romário, ágil en sus movimientos y el poste guía de Brasil estuvo a pocos días de quedarse por fuera del torneo orbital. Parreira, el DT, no tenía química con el jugador y las filosofías de vida eran contrarias. “No lo volveré a llamar”, anticipó meses antes del evento. ¿Qué hubiera sido de Brasil sin El Chapulín?

Evani – Italia; gol

Branco – Brasil; gol

Massaro – Italia; erra

Dunga – Brasil; gol

Llegó ese momento de Roberto Baggio. Figura ante Bulgaria en semifinal y España en cuartos. En ese partido concluyente no había estado en su mejor rendimiento y poco hizo ante una defensa tan rústica como la sudamericana. Era el actual Balón de Oro y su cola de caballo era el look de moda. Al momento en que Dunga convirtió el tercero, las banderas de Brasil se comenzaron a hondear, no solo en las incómodas tribunas, sino también en el banquillo.

 

 

Los jugadores que esperaban su turno y rezaban desde el círculo central se pararon del césped por única vez, todos ya listos para dar el último recorrido en altas velocidades.

Lo que ocurrió después es sin duda el hecho más sonoro de un subcampeón mundial. El balón por los aires, haciendo un recorrido similar al de Baresi en el primero cobro. “El balón, no sé cómo, se elevó tres metros en el aire. Creo que fue Senna quien tiró aquella pelota por lo alto. Fue él quien hizo que Brasil ganara”, escribió el mismo Baggio en su autobiografía Una puerta en el cielo.

Y sí, la dedicatoria a Senna estuvo presente. Los jugadores, en medio de su celebración posterior a los cobros, desdoblaron una pancarta que decía: “Senna… aceleramos juntos, el tetra en nuestro”. Su trágica muerte, en la que algunos aseguraron ver su alma salir del cuerpo mientras era atendido por los equipos de emergencia, no permitió que se convirtiera en tetracampeón de la Fórmula 1. Su cuarto título mundial llegó desde Estados Unidos, y no precisamente en una pista de automovilismo. 

 

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