lunes, 2 agosto, 2021
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Hay equipos que se dedican a escribir historia, y hay otros que se dedican “a ser historia”. Este es el caso de la selección femenina de fútbol de Estados Unidos que participó en los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996. 

Esta, a pesar de ser la edición número 26 de los JJOO, tenía una característica especial, pues por primera vez se jugaría el torneo femenino de fútbol. Atlanta 1996 no podía haber sido un mejor escenario para dejar su nombre en lo más alto, un nombre que representa a la selección que es una potencia, la madre del fútbol femenino de élite. Son ellas quienes dominan esta rama desde sus inicios formales en FIFA y los JJOO, y Atlanta significó la piedra fundacional. 

Estados Unidos era anfitrión de unas olimpiadas. Para los fanáticos y el auge del fútbol femenino, era lo mejor que podía pasar. Las norteamericanas eran las claras favoritas para quedarse con el torneo, y el Comité Olímpico de su país decidió apostar por ellas. Se invirtieron grandes cantidades de dinero para que tuvieran las mejores condiciones y pudieran prepararse de la mejor manera para que ese primer oro se quedara en casa.   

Se dice que, para ese entonces, esta selección estadounidense era la mejor que jamás se haya visto. Eran un conjunto sólido, habilidoso, vertiginoso, con disposición anímica y física para buscar de manera constante la forma de ganar. Dirigidas por el entrenador estadounidense Tony DiCicco, tenían estas chicas en su ADN el gen ganador que caracteriza a esta selección generación tras generación, y es el mismo que les permite hasta el día de hoy desarrollar jugadoras para poder estar en la élite. 

El estar en casa, para ellas, fue un factor fundamental, pues a pesar de tener la presión de todo un país, contaban con el apoyo de esas mismas personas que gustaban de asistir a los estadios para poder disfrutar de la exhibición de juego que ofrecían.  

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Estados Unidos era un cuadro que poseía gran flexibilidad táctica; el entrenador solía variar sus planteamientos dependiendo del partido y del rival, pero lo único invariable en su alineación era la defensa, que constaba de un bloque de tres jugadoras, compuesto por Carla Overbeck, que era la encargada de dirigir a la defensa, Brandi Chastain y Joy Fawcett. La gran labor defensiva y la actuación de la portera Scurry, fueron un factor clave para el éxito colectivo, recibiendo únicamente tres goles en todo el torneo. 

Como todo equipo grande tenían virtudes, pero también existían defectos que el entrenador había detectado en competencias anteriores. En lo que más fallaban era en la pérdida de balón, pues muchas veces lo hacían y no tenían un esquema definido para poder recuperarlo. Eso también generaba un excesivo desgaste a la hora de correr hacia atrás intentando equiparar la velocidad del balón. 

Durante el tiempo de la preparación, el cuerpo técnico decidió trabajar en esos aspectos, haciendo que las futbolistas pasaran juntas bastante tiempo, aproximadamente desde inicios de ese año hasta la fecha en la que se comenzó a jugar. La idea era arribar a la cita olímpica con un equipo balanceado y listo para el protagonismo que le esperaba.

DiCicco solía plantear sus partidos con un 3-4-3 pero, si el partido lo ameritaba, el dibujo se modificaba a un 3-5-2 para reforzar el medio campo y de esa manera limitar el radio de acción de sus rivales. 

1996 es un año que quedó para el recuerdo, escrito como el precedente de los torneos de fútbol femenino. Para esta edición, por la inmediatez de la decisión tomada, no hubo tiempo de planificar una clasificación, por lo que se eligió a los ocho mejores equipos del Mundial de 1995. En esa Copa del Mundo, las jugadoras norteamericanas tuvieron un traspié en semifinales y cayeron ante Noruega pero supieron levantarse para hacerse dueñas de la medalla de bronce ante China en el partido por el tercer lugar.

A pesar de haber conseguido antes una medalla de bronce, estas chicas tenían el deseo de ganar, pues nadie tenía la sed de victoria que ellas reflejaban en cada uno de sus encuentros. Cabe destacar que nueve de las 16 jugadoras que conformaban este equipo maravilloso fueron parte del plantel que participó en el primer Mundial de la FIFA en China en 1991, y que además seis de ellas ya tenían más de 100 partidos como internacionales. Estas futbolistas sumaban experiencia al plantel e imponían respeto con nombres de peso como el de Michelle Akers y Mía Hamm

Las norteamericanas estaban en el grupo A junto a una de sus grandes rivales: China, Suecia y Dinamarca. Ganaron casi todos los partidos, pero China se encargó de frustrar esa primer gran hazaña, adjudicándose el liderato del grupo tras empatar a puntos y beneficiarse de la diferencia de goles. En semifinales, las estadounidenses enfrentaron a Noruega, escuadra a la que vencieron 2-1 para llegar a la gran final contra uno de los grandes rivales de la década y su reciente rival de grupo, las chinas. 

El 1 de agosto, la final tuvo una asistencia de 76.489 personas, un récord de asistencia absoluto para lo que representaba el fútbol femenino en aquel entonces. No obstante, ese récord se superaría tres años más tarde en el Mundial de 1999, en uno de los partidos que se jugó en el Roses Bowl, de Pasadena California, enfatizando el crecimiento de la disciplina en el país y en el mundo. 

Por fin llegaba el momento de ver a esa selección que tanto ilusionaba y en la que tantas expectativas se tenía pelear por esa tan ansiada medalla de oro. En un partido disputado de inicio a fin, el desenlace fue el que todos esperaban. Victoria local por 2 a 1 con goles de Shannon MacMillan y Tiffeny Milbrett y primera medalla de oro olímpica para las norteamericanas. Fue una alegría absoluta para la afición y una satisfacción para el Comité, ya que cumplieron con creces lo que de ellas se esperaba. Con una exhibición de fútbol con goles y un juego vistoso y efectivo, esa plantilla dejó escrito el nombre de los Estados Unidos en la historia grande del deporte olímpico, al mismo tiempo en el que sentó una importante base para el desarrollo del Fútbol Femenino. 

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