miércoles, 30 septiembre, 2020
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Acostumbrados recientemente a ver a los Lionel Messi, Arturo Vidal, Luis Suárez y compañía luchando en inviernos consecutivos por el máximo trofeo del fútbol sudamericano -la pandemia del coronavirus evitó que esto sucediera por segunda vez en las últimas cuatro ediciones, posponiendo la Copa América de Colombia y Argentina para el 2021-, nos encontramos con que la constante desorganización de la CONMEBOL, todavía presente en estos días, ha derivado en calendarios por demás inusuales si comparamos al máximo torneo sudamericano con las demás copas continentales del resto del mundo.

No obstante, lo que sucedió en 2015 y 2016 con las Copas de Chile y Estados Unidos y estaba previsto que ocurriese en 2019 y 2020 no es exclusivo de estos tiempos, puesto que el trofeo se ha puesto en disputa a lo largo de las décadas en años consecutivos varias veces, jugándose además en intervalos de dos, tres, cuatro, seis y hasta ocho años entre una edición y la otra. Sin embargo, lo que ocurrió en 1959 sí que fue único en toda la historia de la competición.

Aquel año, la Copa América -entonces conocida como Campeonato Sudamericano- se disputó dos veces en un lapso de ocho meses. La primera entre marzo y abril, en Argentina; y la segunda en diciembre, más al norte, en Ecuador.

 

Argentina 1959: batalla de gigantes

 

Siete equipos se presentaron a la cita a disputarse en el ya coloso Monumental de River Plate. Aquel otoño, el Antonio Vespucio Liberti cambió la banda roja del equipo liderado por Amadeo Carrizo y Ángel Labruna por la celeste y blanca del equipo que conducía el entrenador Victorio Luis Spinetto, además de ejercer como espectador de las diabluras que ejecutó en el verde césped de Núñez el bueno de Garrincha, entre muchas otras estrellas continentales.

El torneo, a diferencia de las posteriormente establecidas fases de grupos y cruces eliminatorios, se jugó en formato de liguilla, todos contra todos y a una vuelta, con el mejor equipo posicionado al final de las seis jornadas reclamando el título de campeón sudamericano.

A Buenos Aires llegaron figuras históricas de varios países, como el mencionado Garrincha y Didí por Brasil; Héctor Núñez (61 goles en 154 partidos con el Valencia entre el 59´ y el 65´) y Néstor Gonçalves, gloria absoluta de Peñarol y el que más vistió su camiseta con 574 partidos, que iluminaron a la Celeste en suelo argentino.

Argentina llevó al torneo a una nueva generación de futbolistas que buscaba sentar las bases de un futuro mejor, habiendo sufrido en Suecia 1958 una de las cachetadas más importantes de su historia ante Checoslovaquia (1-6). Aquella selección, confiada en la supuesta superioridad del fútbol argentino, llegó a Suecia sin lugar establecido para entrenar, con una preparación previa por demás escasa, e incluso tuvo que pedirle camisetas prestadas al club local Malmö una vez que perdió el sorteo previo al primer partido. El resultado fue la mayor humillación jamás vista por los albicelestes, que terminaron en 13º posición, mientras Brasil arrolló todo lo que tuvo por delante en camino a su primera conquista mundialista.

Aquella debacle provocada luego del torneo instó a la Asociación del Fútbol Argentino, presionada por el periodismo y la opinión pública, a llevar a cabo una revolución en vistas de recuperar el prestigio perdido a nivel internacional. De los 22 participantes en el norte europeo un año antes, sólo Francisco Lombardo, Eliseo Mouriño (ambos de Boca), José Varacka (Independiente) y Orestes Corbatta (Racing Club) repitieron como representantes albicelestes. 

Con un promedio de 4,1 goles por cotejo, aquel Sudamericano no defraudó en cuanto a espectáculo goleador, pero quizás el hecho más importante del campeonato jugado en Buenos Aires fue la aparición de un joven que hacía un año había dejado atónitos a los suecos, en lo que fue quizás el mejor debut mundialista de la historia del deporte. Edson Arantes do Nascimento, Pelé, La Perla Negra, haría buen uso de su debut en un torneo continental, anotando un total de ocho goles para reclamar la destacada mención de scorer del torneo.

Aquel primer partido de Pelé en un campeonato continental fue en la primera jornada, un 10 de marzo ante 45.000 espectadores en un frenético 2-2 contra Perú. El equipo Inca, sorpresivo gran animador entre los tres grandes históricos, compitió de igual a igual con un conjunto cargado de jugadores que próximamente saltarían al viejo continente y se erigió como una de las sensaciones del Sudamericano de la mano de los cinco goles de Miguel Ángel Loayza (que luego pasó al F.C. Barcelona sin mucho éxito), y del joven Juan Seminario, autor de los dos goles contra Brasil.

Pero el cruce más recordado del torneo llegó el 26 de marzo, en la antepenúltima fecha, cuando los mismos cariocas se enfrentaron con Uruguay en la noche de Buenos Aires.

El partido comenzó viendo como Uruguay, haciendo uso de su férrea defensa, se estableció en el campo desde temprano. De todas formas, así como el cronómetro aumentaba los minutos jugados, también subía la dureza empleada por aquellos quienes ocupaban el rectángulo, y los roces no tardaron en llegar. Primero fue Escalada, que entró fuerte ante Djalma Santos y ameritó la roja. Luego Almir fue el que, como respuesta, empezó a dejar la plancha en cada disputa por la pelota. 

Y así, mientras el match se tornaba caliente, el momento cúlmine de algo que desde el arranque se preveía inevitable ocurrió cuando Almir, caracterizado por su predisposición al choque, agredió con una entrada salvaje a Alcides Silveira en el área de Uruguay. Inmediatamente después, Gonçalves respondió con una patada y la batalla campal se puso en marcha. Jugadores de campo, suplentes, entrenadores y hasta fotógrafos, abandonando su condición de miembros de la prensa, repartieron golpes y patadas apuntando a todo lo que se moviera. 

Pero nadie estuvo más activo durante aquella gresca que Mario Américo, el masajista del equipo brasileño, que no tuvo mejor idea que sujetar a William Martínez para que uno de sus jugadores lo agrediera. Didí, alguien recordado por su clase, se olvidó de los modales y le propinó una patada voladora al propio Martínez. El uruguayo, que luego de caer al piso siguió recibiendo golpes, terminó jugando con una venda ensangrentada en su cabeza, entregando una postal propia de una guerra y no de un partido de fútbol. Además, Castilho, el arquero carioca, debió ser reemplazado tras la gresca.

 

El masajista brasileño Mario Américo sujeta a William Martínez para que los brasileños le peguen.

 

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Aquella muestra de desprecio entre uruguayos y brasileños, todavía fresca por los retazos del Maracanazo, estuvo presente en las décadas de los 50´ y 60´ tanto a nivel de selecciones como de clubes, con su mayor exponente siendo la final de la Copa Libertadores que enfrentó al Santos contra Peñarol en 1962 y que dejó más grescas, sangre y expulsiones para sumar al historial entre los dos países.

Cuando la pelea finalizó, el árbitro expulsó a cuatro jugadores, dos por lado. Los medios uruguayos que estaban cubriendo el evento lo tuvieron claro: debieron haber echado a los 22. Al término del partido, Sasía agredió a Bellini, capitán brasileño, que terminó en el vestuario con dos dientes menos, activando otra batalla generalizada que no terminó hasta que la policía intercedió para frenar las patadas voladoras de Didí, los golpes de puño de Sasía, y demás agresiones dignas de alguna que otra noche en la cárcel.

 

Imagen de la segunda gresca, protagonizada por el lado uruguayo por José Sasía, William Martínez y Goncálvez.

 

Llegados a la última jornada, el torneo regaló el Clásico sudamericano por excelencia en el partido que erróneamente se considera como una final al ser esos equipos los únicos que llegaban con opciones de levantar la copa. Argentina, con balance perfecto y diez puntos en su cosecha, alcanzó la última jornada como líder, mientras que Brasil, tras el tropiezo con Perú, ganó sus cuatro siguientes partidos y necesitaba de una victoria si quería aguar la fiesta del máximo rival.

Argentina, sabiéndose campeona con un empate y utilizando inteligentemente su condición de local, practicó un fútbol trabado, sin muchas ideas y de pierna fuerte en consecuencia con su necesidad. Cualquier riesgo desmedido podía salir muy caro, y los once jugadores ejecutaron el plan a la perfección ante un sobre poblado Monumental, que esa noche acogió a unas 85.000 almas.

Antes del comienzo del partido, el chileno Robles, juez del infame Brasil – Uruguay de hacía unos días, dio un sermón a los 22 futbolistas. Tal y como se esperaba, en la primera mitad Brasil controló el medio campo, y Argentina, pierna fuerte y velocidad de por medio, buscó aprovechar los espacios que la canarinha dejaba producto de su adelantamiento en el campo. 

Brasil era la calidad, pero entorpecida por una trabajadora y ruda Argentina; la albiceleste, era la fuerza, la meticulosidad de sus marcadores, concentrados más en los de camiseta amarilla que en el propio balón. No era para menos, enfrente estaban Didí, Garrincha y Pelé. Como resultado de todo aquello, el partido fue en líneas generales malo, jugado de manera conservadora por ambos conjuntos.

Dentro de la baja calidad del encuentro, Argentina se encontró con un gol producto de su avance por las bandas y la fortuna de la cabeza de su delantero, cuando a los 40´ Juan José Pizzuti, ariete de Racing, definió el centro de Callá con un cabezazo quirúrgico, enviando la pelota entre las piernas de Gilmar, que no pudo contener el disparo. 

En el segundo tiempo, Brasil salió con necesidad a buscar el gol, reforzando el control del mediocampo y asediando el arco argentino. Y encontró lo que había salido a buscar desde el vestuario llegados los 13´, instante en el que Garrincha combinó con Pelé, entregando el momento de mayor magia del torneo. La Perla Negra recibió el pase de su compañero bien acomodado entre unos centrales agotados físicamente, la bajó con el pecho, avanzó con la redonda a su merced y colocó la pelota a la derecha del arquero Negri, que no pudo hacer nada.

Luego del empate visitante, mediando el complemento, los argentinos se acomodaron y, a pesar del gran desgaste físico, que había sido su mejor arma en el primer tiempo, pudo definir la historia con algunas avanzadas que no encontraron destino y el partido terminó como había comenzado, en tablas.

El Gráfico, con el gran periodista Dante Panzeri a la cabeza del análisis, definió la participación argentina en la ¨final¨ de la siguiente forma: ¨No hagamos del hecho que otros no jueguen (parece que el mismo campeón del mundo lo hace poco algunas veces) una razón para justificar que tampoco jueguen los nuestros. Exigir que se juegue mejor es anhelo de ganar jugando mejor, de ganar mejor, en suma…Se abre ahora el (ciclo) más difícil: darle fútbol, ponerle calidad, inyectarle una escuela que no tiene, o quitarle las que sobran entre tantas escuelas dispares que aglutina 

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Y es que, a pesar del título conseguido, la imagen que los argentinos desplegaron en suelo propio distaba mucho del buen pie y la combinación alegre de ¨La Nuestra¨, aquella manera de jugar tan característica que tomó el juego en el país a partir de que los criollos fueron tomando el lugar de los ingleses en esto del balompié llegada la primera década del Siglo XX. ¨Para llegar a destino (Argentina) aún tiene que recorrer largo camino. Jugar mejor. Aglutinar más fútbol y conseguir un patrón de juego¨, demandaba Panzeri.

En definitiva, fue un torneo en el que el Campeón del Mundo no demostró el nivel ofrecido un año antes y en el que el local, aunque con un juego poco feliz, consiguió una inesperada consecución que elevó su cuenta continental a doce títulos, el tercero ganado en forma consecutiva.

Al terminar el partido, el estadio se transformó y las tribunas pasaron de reflejar las luces blancas de los focos a emanar fuego. Un ¨incendio¨ se apoderó de ellas producto de unos efusivos hinchas que encendieron pedazos de periódico en un espectáculo nunca visto, intimidante y poco inteligente. Si las bengalas tan características de las más feroces aficiones de hoy en día todavía no existían, algo había que hacer, habrán pensado.

 

Postales de otra época: un incendio Monumental luego del triunfo albiceleste. (El Gráfico)

Ecuador 1959: la fiesta a la que nadie quiso ir

 

El desorden y las posiciones encontradas dentro de la CONMEBOL para finales de año era tal que el máximo organismo del fútbol sudamericano no tuvo mejor idea que realizar otro Sudamericano ante la incesante demanda de la Federación Ecuatoriana de Fútbol, que buscaba desarrollar un evento importante para presentar su nuevo estadio. Así nació el segundo Sudamericano en un año, cuyo único objetivo fue la inauguración del Nuevo Estadio Guayaquil, también conocido como estadio Modelo.

 

(El Universo)

 

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A la competencia solo se presentaron cinco equipos, con Brasil llevando a la mitad del mundo un combinado del Estado de Pernambuco, mientras que la defensora del título, Argentina, presentó un equipo ¨B¨. Alberto Spencer, futura gloria del Peñarol de los 60´, fue el nombre más importante de aquella cita, aunque solo pudo elevar a su Ecuador al cuarto puesto.

Uruguay, a la postre campeón, arrancó su participación con un balance de 12 goles a 0, venciendo por el camino al local, a Brasil y a la vigente campeona Argentina, a la que le endosó un vergonzoso 5-0, antes de mantener su invicto en el último partido contra Paraguay. Fue una gran sorpresa ver a la Celeste arrasar de esa forma, sobre todo teniendo en cuenta que el equipo no estuvo exento de problemas a su llegada a Ecuador, ya que arrastraba un conflicto interno que no le permitió alinear a ninguno de los jugadores de Peñarol, campeón local vigente en ese momento.

De Argentina en aquel torneo no se esperaba mucho, pero el pobre resultado destapó críticas que, al son de las expresadas unos meses antes, más tenían que ver con la identidad de juego del equipo que con el resultado de aquel clásico rioplatense, al punto de que a la campaña de la albiceleste en Ecuador se le llegó a poner el nombre de ¨segunda Suecia¨.

El goleador de esa segunda edición fue José Sanfilippo, gran estrella del Campeonato Argentino con San Lorenzo de Almagro, con seis goles, mientras que el uruguayo Alcides Silveira, también reconocido futbolista en Argentina por su paso por Independiente y Boca, fue condecorado como mejor jugador en tierras ecuatorianas.

El resultado del Sudamericano de Ecuador, a pesar de lo polémico de su realización, los equipos secundarios y aquellas selecciones que declinaron la invitación, de alguna manera terminó siendo reconocido de manera oficial; no así el propio torneo, que fue denominado finalmente como Sudamericano Extra. Además, por si fuera poco, y debido al carácter extraordinario de ese Sudamericano II, la Copa que Argentina había levantado el pasado abril no estaba en disputa, por lo que la celebración de la victoria en el ¨Extra¨ fue casi tan magra como el nivel general mostrado por los equipos, algunos faltos de calidad en sus filas y generalmente aferrados a un planteo de juego conservador. 

Al menos, si hay que sacar algo bueno en términos organizativos, aquel caótico año sentó la bases para la primera edición de la Copa Libertadores de América, que inició su historia un año después, dando inicio al máximo torneo continental a nivel de clubes en la región.

Así fue el año futbolístico sudamericano de 1959, un año en el que dos torneos de altos contrastes tuvieron lugar en el lapso de ocho meses. Por un lado, la batalla de los ¨cucos¨ y el debut sudamericano de una de las mayores glorias del deporte. Por el otro, un torneo descafeinado que vio como el campeón arrasó con su competencia mientras inauguraba un estadio.

Todo made in CONMEBOL. 

 

La Celeste campeona en Guayaquil. Fue la décima conquista de los charrúas. (El Gráfico)

 

Fuentes: RSSSF, El Universo, CONMEBOL, El Gráfico, Ovación.

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Enzo Del Llano
Periodista. De Córdoba, Argentina. Hincha del fútbol modesto y del básquetbol en todas sus formas. Convencido de que el deporte es cultura.

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