miércoles, 30 septiembre, 2020
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1916 resultó ser un año bastante convulsionado. En Europa continuaba la denominada Gran Guerra, con batallas cada vez más cruentas y devastadoras. En México, Vetustiano Carranza declaraba a Santiago de Querétaro como la capital de la República, en el marco de una revolución que había iniciado en 1910. Y en Rusia, Rasputín era asesinado a finales de diciembre, en lo que resultó ser uno de los momentos previos más importantes de cara a la revolución bolchevique que iniciaría en 1917. Mientras tanto, las cosas trascurrían con mayor normalidad en Sudamérica, una tierra que había tenido varios conflictos entre vecinos, los cuáles comenzaban a calmarse lentamente.

Lo que empezaba a cobrar cada vez mayor relevancia en el subcontinente era aquel cuero que corría libre por los bastos campos y adoquines. Los ingleses y escoceses habían traído hacia ya varias décadas aquel deporte denominado fútbol, algo que terminaría por fascinar a los criollos, que poco a poco se hicieron con el control de unos clubes previamente dominados por los británicos o hasta por los más pudientes. Los encuentros internacionales entre selecciones cercanas comenzaban a ser algo común y sumamente aclamado a inicios del siglo XX, sobre todo con los clásicos entre las dos potencias del Río de la Plata, Argentina y Uruguay, quienes ya disputaban duelos con trofeos en el medio, tanto a nivel de selección como entre los propios clubes.

Fue por ello que se sintió la necesidad de empezar a tener torneos en donde dirimir quién era el mejor de todos. El primer intento de esto fue el Campeonato Sudamericano de 1910, realizado en una Argentina que celebraba su centenario de la Revolución de Mayo. El local se quedó con el título de este certamen amistoso al vencer tanto a Chile (5-1) como a Uruguay (4-1). Las sensaciones habían sido muy positivas, por lo que se pensó en ir más allá.

La Argentina volvería a aprovecharse de otra festividad centenaria (en este caso, la firma de su independencia de España) para rescatar aquel anhelo de un torneo propio, al mismo estilo que el que se disputaba en las islas británicas (el Home British Championship). Para el mismo se invitó a los mismos equipos de hacía seis años, además de Brasil.

 

 

Aquellos eran tiempos muy distintos a los actuales, ya que no existía un calendario tan estructurado como los de la actualidad (por ejemplo, los tres primeros encuentros fueron disputados por los chilenos), además de que no había un staff de árbitros extranjeros, por lo que no fue raro ver tanto al futbolista brasileño Sidney Pullen como al entrenador chileno Carlos Fanta impartiendo justicia. Por su parte, tampoco se podían realizar cambios en el medio de los partidos o incluso una Confederación que llevara los mandos del football en la región, algo que, sin embargo, cambiaría unos días después de iniciado el primer certamen de selecciones del continente.

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Faltaban cientos de cosas, si, pero también había algo mucho más fuerte: la pasión y el amor por este juego, algo que demostraron los hinchas en todos los encuentros, hecho que queda demostrado al ver que ya por aquel entonces hubo entre diez mil y veinte mil personas en el estadio de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires (GEBA), sitio donde se disputaron los seis compromisos de la primera Copa América -o Campeonato Sudamericano, como se lo conocía por aquel entonces-. El torneo se inauguró el 2 de julio con el match entre la poderosa Uruguay (una de las favoritas junto con el local) y Chile. El árbitro argentino, Hugo Gronda, y las 10.000 personas que asistieron vieron como los charrúas demolían a sus rivales, derrotándolos por 4-0, con sendos dobletes de José Antonio Piendibene e Isabelino Gradín, dejando en claro los pergaminos con los que arribaron a la tierra de su vecino.

Lo curioso de este duelo fue que los chilenos reclamarían posteriormente los puntos, ya que habían manifestado que la Celeste había presentado sobre el campo a “dos jugadores africanos”, hablando de Juan Delgado y el propio Gradín, una mentira cargada del racismo de la época. Y es que ambos eran tan uruguayos como el mate. Isabelino no solo rompió las barreras raciales de su tiempo, sino que hasta se convirtió en uno de los grandes deportistas uruguayos, consiguiendo varias medallas de oro en los torneos sudamericanos corriendo en los 200 y 400 metros y en la posta 4×400. A esa misma velocidad también la utilizaría en la capital argentina para consagrarse como goleador y mejor jugador de aquel torneo.

La escuadra local debutó cuatro días más tarde ante la Roja, a la cual destrozó con un inapelable 6-1, gracias a los goles de Alberto Ohaco, Juan Domingo Brown y Alberto Marcovecchio, todos por partida doble (descontó para la visita Telésforo Báez). Ver la lista de los goleadores de aquel partido es tener un breve panorama de la trasformación que sufría el fútbol argentino. Y es que Brown era uno de los últimos miembros de aquel juego iniciado por los británicos -él tenia ascendencia escocesa-, siendo miembro del glorioso Alumni, el primer gran campeón de las tierras gauchas, aunque daba ya sus regates en Quilmes, otro conjunto de origen inglés. Mientras tanto, Marcovecchio y Ohaco jugaban en las filas de Racing, el gran dominador de la década de 1910 y que ya mostraba un juego distinto al de los maestros. Eran los iniciadores de “la nuestra“, ese estilo tan rioplatense de pases y gambetas endiabladas.

La historia de los chilenos se terminó el 8 de julio, cuando lograron sacarle un empate Brasil (Demósthenes había puesto en ventaja a una escuadra dividida entre jugadores cariocas y paulistas, igualando sobre el final Hernando Salazar), despidiéndose así con un solo punto, 2 goles a favor y hasta 11 en contra. Recién en los años 40´ comenzaron a mostrarse como una escuadra potente, sobre todo gracias a la profesionalización de su liga.

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El cuarto match fue entre la Argentina y la propia selección brasileña dos días después. Si bien existía una rivalidad entre ambos, lo cierto es que lejos estaba de ser el gran clásico del fútbol mundial que conocemos hoy en día, honor que antes poseía el duelo entre las dos escuadras rioplatenses. Los locales, en un GEBA a rebalsar con 20.000 personas, comenzarían ganando 1-0 gracias a José Laguna, delantero de Huracán. Lo curioso es que el “Negro” no era parte de aquel conjunto. “Un rato antes del comienzo del partido, un rumor comenzó a recorrer las tribunas: Alberto Ohaco, el extraordinario goleador de Racing, había viajado al Interior del país y no regresaría a tiempo. Encima, Ricardo Naón, hombre de Gimnasia La Plata, que estaba en el estadio, se negó a jugar argumentando que no había llegado la carta de citación. Pedro Martínez, el primer jugador de Huracán convocado para la Selección, comentó que en las tribunas se encontraba su compañero Laguna” comentó el historiado Oscar Barnade. El hombre nacido en Salta aprovechó las circunstancias para cumplir su sueño. Se sacó su traje (porque antes se estilaba ir al fútbol como si del teatro se tratase), se puso la rompa albiceleste y se convirtió en figura y leyenda. Si bien Alencar igualó el encuentro, fue el propio Laguna el que terminó en alzas.

La selección brasileña, que tenía dos puntos en su haber, cerró su participación ante los charrúas, sabiendo que tenía chances reales de ser el primer campeón de América. Esa ímpetu los llevó a salir a buscar el partido desde el arranque, consiguiendo el primer tanto a los 8 minutos por intermedio de uno de los atacantes más fantásticos que tuvo el fútbol en aquellos años, el paulista Arthur Friendenreich.

El jugador del Paulistano (aunque luego pasaría por clubes como Santos, Flamengo o Sao Paulo) era otro de los tantos personajes de este torneo que sufrían el racismo en su patria. Hijo de un empresario alemán y de una madre afroamericana brasileña (hija de esclavos liberados, un hecho reciente ya que la esclavitud se abolió en el coloso de habla portuguesa recién en 1888), el llamado “mulato de los ojos verdes” logró vencer los prejuicios a bases de goles, muchos goles, quizás demasiados. Algunas fuentes señalan que marcó 1329 tantos en 1239 partidos, aunque otros atribuyen aun más gritos sagrados. Lo cierto es que el bueno de Arthur fue clave para que las personas vieran a las figuras por su juego y no por su color de piel.

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Sin embargo, y pese a que los brasileños se fueron en ventaja tras el primer tiempo, los uruguayos sacaron a relucir aquel fuego sagrado que tanto los ha caracterizado en los grandes momentos. Gradín (58´) y José Tognola (77´) dieron vuelta la historia para llevarse un gran triunfo por 2-1 y así liderar la tabla a falta del último partido. Es verdad también que los todavía jugadores blancos (el verde y amarillo recién aparecería tras el desastre emocional que significó el Maracanazo) finalizaron el partido con 10 hombres debido a la lesión de Orlando, algo que mermó las posibilidades de, al menos, rescatar un punto.

El 17 de julio, entonces, se llevó a cabo la última función del primer torneo sudamericano con el duelo más esperado, uno de los clásicos más imponentes de la época: Argentina vs Uruguay. El estadio de GEBA era una auténtica caldera a punto de hervir. Miles de fanáticos habían llenado al coqueto establecimiento dispuestos a presenciar una verdadera fiesta del fútbol. Sin embargo, el duelo no transcurrió con normalidad. Y es que los hinchas comenzaron a generar algunos disturbios, invadiendo incluso el terreno de juego, lo que obligó al chileno Fanta a frenar el pleito con apenas cinco minutos disputados.

No se podía hacer nada más. La final fue reprogramada para un día después en la vieja cancha de Racing y entonces si que comenzó lo bueno. Las dos escuadras buscaron romper las porterías ajenas, aunque a los charrúas solo les bastaba con un empate para campeonar, algo que supieron usar a su favor. Los minutos pasaron, los argentinos se desesperaron y atacaron cada vez con mayor fuerza, pero el gol nunca llegó. Cuando el árbitro pitó el final la gente aplaudió a unos visitantes que habían demostrado ser los mejores de aquel certamen. Había rivalidad, si, pero todavía se conservaba la caballerosidad. Este fue el inicio triunfal para el máximo campeón de la Copa América. Y es que, hasta la fecha, Uruguay suma 15 entorchados, uno más impresionante que el anterior.

Pero el Sudamericano no solo sirvió para dirimir al mejor equipo del subcontinente. Los políticos locales aprovecharon la presencia de los extranjeros para seguir armando amistades y pequeños pactos económicos y de no agresión, una semilla que florecería muchos años después con la creación del Mercosur. Por su parte, el dirigente uruguayo, Héctor Rivadavia Gómez, aprovechó la disputa deportiva para buscar formalizar el fútbol en la región. El 9 de julio, entonces, se creaba la CONMEBOL, la Confederación Sudamericana de Clubes, el primer organismo de este tipo en todo el mundo. El deporte rey era más soberano que nunca en esta parte del globo y, desde entonces, siempre ha sido una cuestión más allá de la vida y la muerte.

 

El País

 

Fuentes: Clarín, One Football

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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