viernes, 10 julio, 2020
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Pupo no había comido nada todavía, de hecho no había probado bocado en todo el día.  Sin embargo, sus serias insinuaciones de llenarse la panza hacían que mirara con plena atención el pedazo de ala de pollo que yo llevaba en la mano agitándola de lado a lado.  Su desespero era tal que cuando le lancé la presa, corrió, abrió raudo su enorme hocico y en un minuto la devoró por completo.

El gran Pupo era el perro que yo tenía en la infancia, y así son los perros, no saben de fútbol. Les importa solo comer y dormir. No obstante demoró sesenta segundos en tragarse lo que le había entregado. Él no cabe en esta historia. 

Por esos días Alan Snoddy ojeaba libretas de apuntes, álbumes y enciclopedias para conocer más de la selección a la que le pitaría en una Copa del Mundo.  Snoddy, el norirlandés que un día por decisión de la FIFA dirigió en Guadalajara un Marruecos – Portugal en 1986, se debería instalar ahora por segunda vez en un Mundial, en el gramado del San Siro en una tarde de 1990. Le contará años más tarde a sus nietos que no señaló un jalón de camiseta a un diez de camisa roja por parte de dos alemanes.

Llegaba el turno de mi padre, el viejo con el que nunca fui al estadio porque le gustaba más mirar conciertos de La Fania en un viejo VHS. Tenía en sus ojos un revuelo tardío de lo que significaba el fútbol para mí.  Siempre trataba de amenizarme con una charla precoz sobre la redonda sin mucho éxito, como cuando me preguntó de qué país era la Bundesliga. 

Ignoraba, al igual que Pupo, que Lothar Matthäus cumplía su partido número doce en la historia de los mundiales aquel 19 de junio de 1990. Mi viejo se había demorado más de quince años en hacerme esa pregunta, yo acababa de cumplir diecisiete. 

72.510 espectadores habían llegado al estadio de Milán ese día. No como los noventa y un fríos hinchas que habían acompañado al Junior en un partido frente al Deportes Quindío una tarde de domingo en el Metropolitano de Barranquilla. 

Aquella tarde en la ciudad colombiana, el cuadro tiburón estrenaba su octava estrella que había ganado en una final ante el Once Caldas hacía un par de meses atrás. 

Por esos días estaban de moda las lecturas de bando, las noches de guacherna, dimes y diretes entre quienes llevaban el recuerdo de cómo eran los carnavales antes en Barranquilla y varios grupos de personas que compraban cajas enteras de harina para hacer de ellas, todo, menos un pastel.  El Carnaval era la fiesta de Barranquilla, no el Junior. Por eso sería que esos noventa y uno que fueron a verlo, tenían menos esperanza que los colombianos que fueron a ver un Alemania – Colombia en Italia. Ese partido duró noventa y tres minutos y diecinueve segundos, mucho tiempo más de lo que había pensado.

A mis seis años me despertaba a las ocho de la mañana los fines de semana. El show de Cantinflas en dibujos animados, Tierra de Gigantes, Maxi Mini, Mi Pequeña Maravilla, Ver para Aprender, Chespirito y demás programas de televisión educativa e infantil rodeaban mi inicio matutino en los días que no iba al colegio.

Un martes, la programación en los medios se interrumpía, para darle paso a William Vinasco, Wbeimar Muñoz, “Pache”  Andrade, Carlos Antonio Vélez, Jorge Eliécer Campuzano, Hernán Peláez y Édgar Perea entre otros. 

En esa media mañana colombiana, la televisión en la cadena dos cortaba las novelas de Jorge Barón TV, para poner en primicia el plano general de un grandísimo techo adornado con paneles de vidrio transparentes y barrotes rojos. 

Abajo, a muchos metros de la cabina de prensa, once hombres vestidos de rojo, azul y rojo se posaban petrificados por el deber en los 105 x 68 metros del gramado donde también se habían paseado Platini, Van Basten, Maradona, Laudrup, Falcao, Zoff y otros con menos suerte. 

Al mediodía en Colombia se almorzaba ajiaco en Bogotá, pescado en Santa Marta, sopa de avena en Boyacá y en Buenaventura solo se tenían televisores encendidos en un martes de junio. Diecinueve minutos antes de las doce del mediodía en Colombia, miles de almuerzos comenzaban a ser rechazados por los que estaban en el televisor o pegaban sus orejas en las transmisiones radiales. 

La razón era que un jugador del Colonia había dejado a media defensa de Atlético Nacional regada por todo el césped. Seguramente Littbarski recordó la gesta de “La Gambeta” Estrada de Millonarios el 4 de diciembre de 1988 en Medellín. Hizo veintiuna con la pelota y la llevó con la cabeza al área chica, para luego empalmarla suavemente al segundo palo de Higuita.  

Ese día, René se sintió desconcertado por la elegancia del jugador de Millonarios. Igual de desconcertado que cuando el alemán se la clavó en el ángulo derecho luego de un zurdazo que ni el “Chonto” Herrera lo alcanzó a controlar. Se empezaba a escribir la historia, eran las 11:37 de la mañana colombiana.

No había un jugador más capaz en la cancha como aquel melenudo de Santa Marta. No sabía Valderrama todavía que le tocaría entonar como nunca una sinfonía de regates, toques, destreza y precisión como el mejor ajedrecista del planeta, aún con el tobillo adolorido.

Un día estará en un avión regresando de Estados Unidos por jugar un Mundial, cuando una azafata le dé un vaso de agua para decirle lentamente que han asesinado a Andrés Escobar, su amigo. Por ahora le tocará darle el último toque a la pelota Adidas antes de que el jugador de Buenaventura se quedara sin voz. 

Varios segundos antes de escribir la historia, Wbeimar Muñoz, relator para la radio colombiana, anunciaba “una puñalada por la espalda” ante la celebración germana en los ochenta y ocho minutos del partido milanés. La misma celebración se la habían hecho los ingleses a los alemanes en 1966. 

Geoff Hurst les pintó la cara veinticuatro años antes con tres goles, uno de ellos fantasma. Los inventores del fútbol le celebraban un triunfo a los alemanes en su propia cara y en la de la reina Isabel también. 

Ahora esa celebración inglesa se trasladó al Giuseppe Meazza de Milán años más tarde, pero los intérpretes cambiaron. A los colombianos nos tocó sufrir ese grito ajeno mientras que los germanos, recién unificados en su nación, levantaban las manos celebrando la puñalada de Littbarski. 

Los números en este cuento se suceden. Uno era el lugar que se le otorgó a Valderrama tres años antes para enumerar los mejores jugadores de Sudamérica. Dos fueron los goles que Colombia hizo en su presentación en Italia ante Emiratos Árabes. Tres habían sido ya las veces que América de Cali se quedaba llorando una final de Copa Libertadores. Cuatro fueron los disparos que recibió “El Palomo” Usuriaga el día de su asesinato. Cinco son las veces que Colombia jugará un Mundial para 2014.

Pero aquí, seis pases serán los que determinarán que la jugada que se dio a las 11:41 de la mañana en Colombia, que duró 15 eternos segundos, estuviera en los recónditos recuerdos del archivo nacional. Años antes de este acontecimiento, cualquier colombiano habría recordado un holocausto en el Palacio de Justicia de Bogotá, donde once familias lloraban la desaparición de once inocentes en una guerra estúpida e imberbe al mismo tiempo. 

Ahora, cuatro años y medio más tarde, las mismas lágrimas de aquellos que vieron aquel holocausto se volvieron a escurrir por las mejillas mestizas, pero con un detonante: serían secadas doscientos treinta y cinco segundos después de la puñalada de Littbarski. 

Acuñado a un metro de la raya lateral, Leonel Álvarez perseguía a Littbarski para robarle el cuerpo del delito. Un año antes se arrastraba en el arco norte de El Campín para gritar que era el nuevo Campeón de América con Atlético Nacional. Una gesta donde René atajó todo en una tanda de penales interminable y en la que a él le tocó definir.  Nuevamente el número catorce de los rojos hizo lo que más sabía hacer: robar pelotas.

Había dado cinco pasos cuando se le asomó su compañero de fórmula apodado el “Bendito”. Para los colombianos ese sobrenombre significa ponerles velas a los santos y considerarlos sublimes para conceder favores. Fajardo todavía no sabía cómo le iba a hacer el gol a Eduardo Niño del América en esa final del fútbol colombiano en 1991, para ganar el título con Nacional. Por ahora se preocupaba por llevar la pelota lejos de ahí.  

Lo que sí sabía era como le recibía la pelota a Leo, sus miradas se cruzaron en un santiamén. Como cuando era niño y le tocaba jugar en un potrero de Rionegro antes de ir a clases en la vieja escuela. 

Fajardo fue pieza clave en el título de Copa Libertadores de Nacional un año antes, le quemó las manos un par de veces a Goycochea en el partido de ida de los cuartos de final contra Millonarios y también fue destacado en la marca en el juego inicial de la final contra Olimpia en Asunción. La prensa guaraní lo había calificado con siete puntos en ese partido, uno de los mejores de Nacional aquella noche paraguaya, a pesar de la derrota.

El turno le correspondería al número diez de los rojos. Luego que Fajardo le diera tres toques a la pelota, el melenudo recibía aquello que más lo hacía feliz. Medias abajo, camisa por fuera y cantidad de pulseras en ambas manos eran su estirpe.  Aún no sabe que veintitrés años más tarde se pintará el cabello de rosa, en una campaña para combatir el cáncer. Moldea la pelota a su antojo con la derecha, siempre con la derecha, para dar un giro de ciento ochenta grados y encontrar al compañero mejor ubicado. Lo siguen tres alemanes. Uno de ellos con el número tres en la espalda, Brehme. Aquel alemán convertirá un penal en gol, diecinueve días más tarde antes de alzar la Copa del Mundo frente a Argentina.

El jugador de Buenaventura, el moreno, cree que el melenudo no lo vio todavía. Lo cierto es que se estrecharon las manos en 1986 cuando Cali y Santa Fe se enfrentaron en Bogotá. El moreno grandote, de un metro con ochenta y siete centímetros, da esta vez un sólo toque a la pelota para devolverla al que inició la gesta.

Fajardo intenta hacer sombra en la jugada, pero desde el inicio ya hacía parte de ella. Decide con prontitud no hacer tiempo como acostumbraba hacerlo en Colombia y escoger entre dársela al que tenía a un metro o al moreno grandote que le apuraba por la parte de atrás. Se decide por la primera.

De los tres alemanes que el melenudo había dejado atrás un segundo antes, volvieron a aparecer otros dos. Pensaron que seguramente tiraría la pelota afuera, que erraría el pase o sería presa fácil para arrebatársela y que luego Alan Snoddy diga que es final. Antes había hecho magia con la derecha, ahora era con la izquierda. Dos toques más y vendrá el momento de contener la respiración.

De sus cincuenta y tres años de vida, Valderrama ha dedicado veintitrés para jugar al fútbol y nunca había metido una pelota como cuchillo entre mantequilla entre cuatro alemanes. Uno de los relatores para la televisión colombiana exclamará un suave ¡uy!, antes que el moreno se encuentre cara a cara con el portero.

El moreno aún no sabe que tres años y setenta y nueve días más tarde, saldrá aplaudido del Monumental de River por sesenta mil personas, incluyendo a Diego Maradona. Que luego la tapa de El Gráfico titulará: “Vergüenza” tras un 5-0 en un fondo negro profundo y que en 2013 sufrirá un severo accidente de tránsito que casi le cuesta la vida. 

Por ahora deberá hacer valer el hecho que lo pondrá en la retina del Real Madrid. Son las diecisiete horas, cuarenta y un minutos y once segundos en Milán, siete menos en Bogotá y las mismas diecisiete en Berlín. 

El diecinueve de los rojos no había jugado las eliminatorias para ese Mundial. No jugaba en Nacional, Millonarios o Cali. Jugaba para Santa Fe y casi queda fuera de la Copa del Mundo por decidir si pateaba una pelota, o se dedicaba a estudiar administración para luego gerenciar una empresa de seguros. Finalmente no conocía cuál era su destino.

El otro comentarista en la cabina colombiana nunca rezaba por las noches, no iba a misa los domingos porque estaba relatando fútbol y tampoco había hecho una cábala por la mañana.

“¡Viene Colombia Dios mío!,” fue lo que miles de colombianos escucharon de la garganta de William Vinasco Chamorro. Aún no sabe que dieciocho años después se lanzará a la candidatura por la alcaldía de Bogotá, ni que su hija se casará con un disc-jockey de una emisora radial y tampoco que llorará cada 31 de diciembre a las doce de la noche para anunciar el año nuevo en vivo desde su  propia cadena de radio.

Mientras tanto, el moreno se encuentra cara a cara con Bodo Illgner. El portero alemán alzará los brazos en señal de festejo cuando su club, el Real Madrid, levante su séptima Copa de Europa ocho años más tarde tras el gol de Mijatovic frente a la Juventus en Ámsterdam.

El reloj de San Siro amenaza con un pitazo final, marca los 47:13 del segundo tiempo. El moreno de Buenaventura ya tenía decidido qué hacer: no la entregará a Estrada que venía por el centro, tampoco se la picaría al portero para ganar en diciembre el premio Puskas y menos le rompería el arco como lo hizo en 1995 en un amistoso en el que Colombia enfrentó a Newell’s en el Campín de Bogotá.   

Illgner miraba por encima del hombro la estampa que tenía enfrente. Habían pasado tres años desde 1983 para que el portero debutara en la primera división con el Colonia.  Fue suplente de Schumacher en ese club hasta  1986. Aún no sabe que le tocará sentarse de nuevo en el banco de suplentes en 1999, por culpa de un chico de dieciocho años llamado Iker Casillas. Se retirará del fútbol en 2001, para volver a sentarse en un sillón de su casa en Westerburg, su ciudad natal, para ver como su selección pierde con Italia la semifinal en 2006. 

Alemania ostentó el récord de trescientos cincuenta y ocho balones recuperados en Italia 90. Pero este fue el único balón no recuperado que les costaría una amargura. Ya sabían que en Colombia se jugaba muy bien al fútbol. El morocho, el melenudo y otros nueve más se lo hicieron saber.  Antes de que le diera el último toque a la pelota, al moreno se le había olvidado la celebración que había ensayado con sus compañeros un día antes en el entrenamiento. Ahora mira y recuerda que quiso estar en Londres en el 66, en México en el 70, en Múnich en el 74 o tal vez cuatro años antes en el estadio Azteca un 22 de junio.

El moreno tendrá que decidir que iba a hacer, se le acaba el tiempo. Toma la mejor de las decisiones que un colombiano haya tomado alguna vez. Al final de la jugada le dirá a Illgner que se compre una sotana cuando lo vuelva a ver.

Ahora está corriendo por la banda derecha de San Siro, agitando sus brazos y gritando de júbilo. Donde también se pasearán Asprilla en 1993, Iván Córdoba en 1999 y Guarín en el 2013. Ahora está gritando desesperadamente con una sonrisa en la cara, mientras sus compañeros de chaqueta roja hacen una estampida humana hacia su anatomía.

Recuerda a sus cuarenta y nueve años, que Eduardo Niño no le quitaba sus brazos de encima. Recuerda que el único que lo respaldó en Madrid en las épocas de racismo fue Jorge Valdano. Recuerda que sentenció a Goycochea dos veces en el Monumental. Recuerda que prefirió unos guayos de goma, en vez de un diploma colgado en la sala de su casa. Recuerda que quiso irse a Brasil para alzar copas en la tierra de los laterales. Recuerda que sostuvo la cinta de capitán en las eliminatorias de 2002 en un par de partidos. 

Recuerda su casa en Nápoles, en Cali, en San Pablo, en Madrid. Recuerda que no volvió a ver la camisa diecinueve colgada en un vestuario. Recuerda el cartel que decía Budweiser mientras corría. Recuerda el potrero en Buenaventura. Recuerda a su madre llorando por él cuando partió de casa. Recuerda la tristeza en Estados Unidos y Francia. Recuerda la Cruz de Boyacá un seis de septiembre luego de los cinco goles a Argentina. Recuerda que durante 15 segundos y 43 décimas no recordó nada, solo le importaba que la gente supiera quién era él. 

El jugador de Buenaventura, el moreno, el número diecinueve  ya no sería el mismo. Son las diecisiete horas, cuarenta y un minutos y trece segundos en Milán, siete menos en Bogotá y las mismas diecisiete en Berlín. 

Freddy Rincón ya sabe que ha nacido para convertir un gol; mira hacia el cielo, se limpia el sudor de la frente y cambia la camiseta con un alemán. Entonces piensa que después de todo, puede morir tranquilo.

 

Rincón dispara, la historia y San Siro observan.

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Comunicador Social y Periodista colombiano. Fanático del deporte en general y apasionado por el fútbol. Amante de las buenas historias que pueden cambiar la vida de las personas.

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